Estuve en Barcelona accidentalmente en 1969 y la ciudad me pareció entonces algo gris y un poco inhóspita. Era una Barcelona muy distinta de la que uno encuentra hoy. Todavía pesaban sobre ella los años de la dictadura, la contaminación industrial, el crecimiento desordenado de los barrios periféricos y una cierta suciedad que parecía formar parte del paisaje urbano. Recuerdo una ciudad que no hacía ningún esfuerzo por resultar amable al visitante. El Barrio Gótico, además, no me produjo entonces la impresión de estar ante una ciudad medieval cuidadosamente conservada, sino ante un conjunto de calles viejas, oscuras y bastante deterioradas.

Regresé a Barcelona en 1984 para buscar material para un trabajo sobre la identidad española. Fue entonces cuando mi interés por Cataluña dejó de ser una cuestión puramente académica y empezó a adquirir una dimensión mucho más personal. En L’Hospitalet conocí a tres hermanos procedentes de Murcia que regentaban un restaurante que era, en cierto modo, un pequeño crisol de Cataluña. Allí se mezclaban personas de procedencias distintas, historias familiares diferentes y maneras diversas de sentirse catalán. Recuerdo que leí Nosaltres els catalans y que acabé discutiendo sus planteamientos con ellos. El mayor de los hermanos, Alfonso, me dio un ejemplar de Els altres catalans, de Francesc Candel, que también leí con mucha atención. Formábamos una tertulia informal, compuesta de alguno de los hermanos, el párroco de Santa Eulalia Provenzana, un químico, un comerciante de lencería, un carnicero escalador del Everest, el capellán de la catedral de Barcelona, un productor de radio, un funcionario de los juzgados y yo.

Aquellas conversaciones me hicieron comprender que la cuestión catalana era bastante más compleja de lo que podían sugerir los relatos políticos enfrentados. Había una Cataluña de lengua y tradición catalanas, pero también otra Cataluña formada por quienes habían llegado de otras partes de España y que, sin dejar de conservar sus orígenes, habían construido allí su vida. Fue entonces cuando empezó realmente mi interés por Cataluña, no tanto por la disputa política sobre lo que Cataluña debía ser, sino por intentar comprender cómo se había formado la sociedad catalana que tenía delante de mí. El hecho de que mi segundo apellido, Riqué, tenga sus raíces en la leridana Tremp, también contribuye a mi interés por todo lo catalán.

Desde entonces, he intentado muchas veces escribir algo sobre todo aquello que aprendí, pero, miles de impedimentos han ido postergando el proyecto. Ahora que lo único que tengo es tiempo, tengo la intención de finalizarlo, aunque soy perfectamente consciente de que será una tarea ardua. Y, mira que siempre me lo advertía mi madre: “no te metas en camisas de once varas”, me decía, pero yo sigo erre que erre, como si no fuera conmigo. Es por eso que me meto en el berenjenal de escribir sobre España y Cataluña, porque, he experimentado en propia carne, que es la mejor forma de que le den a uno, palos por todos los lados. A algunos puristas catalanes, les parecerá que, un “xarnego” no debería escribir sobre Cataluña porque, o nada sabe, o lo que sabe, lo interpreta malamente o, lo que es peor, malintencionadamente. Tampoco puedo esperar recensiones benevolentes, del lado de los que se consideran nacionalistas españoles, porque, para ellos, cualquier concesión a la particularidad catalana es poco menos que una traición.

Pero, sabiendo lo que me espera tras la publicación, me meto en ello, por la sencilla razón de que es algo de lo que yo creo que habría que hablar, tanto en Madrid como en Barcelona, para comprender la realidad que estamos viviendo a diario. Cualquier persona sensible, se da cuenta, que existe una especie de corriente eléctrica que carga cada momento que se vive en Cataluña, de manera que, a menos que nos encontramos en el más pequeño de los conflictos, salta la chispa de la confrontación identitaria. Una discusión sobre la lengua, una decisión administrativa, una sentencia judicial, una inversión pública o incluso un acontecimiento deportivo pueden convertirse, casi de inmediato, en un debate sobre Cataluña, España y la relación entre ambas. Es como si bajo la superficie de la vida cotidiana existiera una tensión permanente, a veces apenas perceptible y otras veces abiertamente visible, que condiciona la manera en que muchos interpretan la realidad.

Esa tensión no ha surgido de la nada ni puede explicarse únicamente por los acontecimientos de los últimos años. Tiene raíces profundas, históricas, culturales, económicas y políticas. Se alimenta de recuerdos, de agravios reales o percibidos, de relatos colectivos construidos a lo largo de generaciones y también de intereses contemporáneos. Precisamente por eso resulta tan difícil abordarla con serenidad. Cada parte suele contemplar el problema a través de sus propias certezas y sospecha de las explicaciones que proceden del otro lado. Sin embargo, si queremos entender lo que ocurre, debemos empezar por una pregunta muy sencilla: ¿cómo se ha formado la sociedad catalana que conocemos hoy? Porque antes de hablar de identidades nacionales, de independentismo o de centralismo, conviene comprender quiénes eran y de dónde procedían los hombres y mujeres que construyeron la Cataluña moderna. Comienzo pues por el territorio.

Un territorio delimitado por fronteras no es nada sin habitantes. Esto, diréis muchos de vosotros, es una gran perogrullada, y lo es, pero lleva algo de sustancia. Las fronteras pueden definir un espacio geográfico y jurídico, pero una nación, una comunidad política o un país solo existen realmente cuando hay personas que lo habitan, trabajan, transmiten una cultura, crean instituciones y desarrollan vínculos de pertenencia. Creo que, hasta aquí, podemos estar todos de acuerdo.

La historia de las naciones no puede entenderse únicamente a través de mapas. Un mapa puede mostrar líneas, montañas o ríos, pero no explica quién vive allí, qué lengua habla, cómo se organiza, qué recuerdos comparte o qué aspiraciones tiene. Son los habitantes quienes dan significado al territorio.

Los nacionalismos del siglo XIX tendieron a responder que la nación la forman ante todo las personas, no el suelo. De ahí la idea de que un pueblo puede sobrevivir incluso cuando pierde temporalmente el control de su territorio, mientras que un territorio despoblado es poco más que una expresión geográfica. Como escribió el historiador francés Ernest Renan, la nación no es una cuestión de raza, lengua o geografía, sino “un plebiscito cotidiano”[1], la voluntad de una comunidad humana de seguir viviendo junta. Sin esa comunidad, las fronteras son solo líneas trazadas sobre un mapa.

En el caso de Cataluña cabe primero definir de que estamos hablando, porque no es lo mismo la Cataluña geográfica, la histórica, la administrativa o la nacional que reivindican los distintos movimientos políticos. A lo largo de los siglos, el término ha designado realidades diferentes, desde un conjunto de condados surgidos en la Marca Hispánica carolingia, a un principado integrado en la Corona de Aragón, o una parte de la Monarquía Hispánica, una región española con instituciones propias y, desde 1979, una comunidad autónoma dotada de un amplio autogobierno.

Tampoco debe confundirse Cataluña con los llamados Països Catalans, una construcción cultural y política que engloba todos los territorios de habla catalana, ni con la Cataluña estrictamente administrativa definida por las cuatro provincias de Barcelona, Girona, Lleida y Tarragona. Por ello, antes de abordar cualquier debate sobre Cataluña, ya sea histórico, cultural o político, resulta imprescindible precisar el significado que se da al término y el período histórico al que se hace referencia. Sólo así es posible evitar anacronismos y comprender una realidad que ha cambiado notablemente a lo largo del tiempo.

Pero hoy vamos a hablar de los habitantes de Catalunya. Primero trataremos de ver quiénes son y de dónde proceden. Todos los museos nacionales, en cualquier parte del mundo, se esfuerzan por trazar una línea más o menos directa, con los primeros pobladores del territorio, empiezo yo, por lo tanto, de la misma manera.  Si observamos la Cataluña actual, la inmensa mayoría de sus habitantes descienden de sucesivas oleadas migratorias, como también lo hacen los habitantes de cualquier otro territorio. En realidad, Cataluña, como Castilla o Escania, nunca ha sido una sociedad étnicamente homogénea. Desde la prehistoria hasta nuestros días, la población catalana se ha formado mediante la mezcla continua de pueblos y migraciones.

Al territorio que hoy llamamos Cataluña, como es el caso en tantos otros territorios alrededor del Mediterráneo, llegaron tras la última glaciación, grupos de cazadores-recolectores. Los análisis genéticos realizados sobre restos humanos del Mesolítico indican que estos cazadores-recolectores pertenecían al grupo conocido como “cazadores-recolectores occidentales”, una población extendida por gran parte de Europa occidental tras la última glaciación. Más tarde, hace 7000 o 7500 años, llegaron a Cataluña los primeros agricultores neolíticos procedentes del Mediterráneo oriental. Estos descendían de poblaciones originarias de Anatolia y se mezclaron gradualmente con los cazadores-recolectores locales. A partir de esa mezcla surgió buena parte de la población que habitó Cataluña durante la Prehistoria reciente.

Durante la Antigüedad se asentaron íberos, fenicios, griegos y romanos. La romanización fue tan profunda que el latín acabó convirtiéndose en la lengua predominante y constituye la base del catalán actual. La supuesta herencia íbera ha sido estudiada con especial intensidad en Cataluña por varias razones históricas, arqueológicas e incluso políticas. La primera es puramente arqueológica, ya que Cataluña conserva algunos de los yacimientos ibéricos más importantes de la Península. Entre ellos destacan el poblado de Ullastret, en el Baix Empordà, que fue probablemente la mayor ciudad ibérica de la actual Cataluña, así como numerosos asentamientos de los indigetes, layetanos, cosetanos e ilergetes. La abundancia y buena conservación de estos restos atrajo desde muy pronto la atención de arqueólogos e historiadores. Que uno de los historiadores que más han contribuido al estudio de los íberos fuera a su vez un importante político nacionalista, ha contribuido al intenso estudio de la relación entre los íberos y Cataluña.

La segunda razón es que los iberos constituyen la primera población históricamente documentada de Cataluña. Los cazadores-recolectores, los agricultores neolíticos o las poblaciones de la Edad del Bronce no dejaron textos escritos. En cambio, los iberos aparecen mencionados por autores griegos y romanos y desarrollaron una escritura propia. Esto los convierte en el primer pueblo del territorio que podemos estudiar con cierto detalle.

Además, existe una razón relacionada con la construcción de la identidad catalana contemporánea. Durante la Renaixença y el catalanismo de finales del siglo XIX y principios del XX, algunos intelectuales buscaron las raíces más antiguas de Cataluña. Los iberos parecían ofrecer una antigüedad prestigiosa y diferenciada. Algunos autores llegaron a sugerir una continuidad entre los antiguos iberos y los catalanes modernos, como es el caso de Pere Bosch Gimpera[2], quien fue el más influyente desde el punto de vista académico. Bosch Gimpera elaboró complejas teorías sobre la formación de los pueblos de la Península y concedió una gran importancia al sustrato ibérico, y sus trabajos fueron leídos a menudo en clave nacional. Este Bosch Gimpera tuvo una trayectoria académica ligada a la política, y llegó a ser conseller de Justicia en el Gobierno de Lluís Companys.

Cuando Pere Bosch Gimpera comenzó a publicar sus estudios arqueológicos en las primeras décadas del siglo XX, la prensa catalanista les dio una enorme difusión. Sus investigaciones

eran mucho más rigurosas que las especulaciones anteriores, pero a menudo los periódicos las simplificaban y las utilizaban para reforzar la idea de una antigüedad de la particularidad catalana excepcional.

En realidad, la mayoría de los lectores catalanistas de 1900-1930 no conocieron a los iberos a través de tratados académicos, sino a través de periódicos como La Renaixensa y La Veu de Catalunya[3], revistas culturales, ateneos y manuales escolares. Fue allí donde la imagen del ibero como “primer catalán” adquirió una gran fuerza simbólica.

Además, durante gran parte del siglo XX se desarrolló una teoría muy influyente según la cual los catalanes tendrían una fuerte herencia ibérica, mientras que Castilla habría recibido una influencia más intensa de pueblos indoeuropeos. Estas interpretaciones estaban ligadas a los debates sobre las identidades nacionales y regionales. Actualmente se consideran explicaciones demasiado esquemáticas, pero contribuyeron a impulsar la investigación sobre los iberos.

Finalmente, los iberos son especialmente atractivos porque representan una sociedad compleja anterior a la conquista romana. Tenían ciudades, aristocracias guerreras, comercio con griegos y fenicios, una lengua propia y sistemas de escritura todavía no completamente comprendidos. Constituyen, en cierto modo, el primer capítulo de la historia documentada de Cataluña.

Tras la caída del Imperio romano llegaron visigodos y, a comienzos del siglo VIII, los musulmanes ocuparon gran parte de la península. Aunque la presencia islámica en la Cataluña Vieja fue relativamente breve, dejó huellas culturales y demográficas. Posteriormente, los condados catalanes fueron repoblándose con gentes procedentes de ambos lados de los Pirineos, especialmente de territorios que hoy pertenecen al sur de Francia.

Durante la Edad Media y Moderna continuó la llegada de población extranjera. En los siglos XVI y XVII, por ejemplo, miles de inmigrantes franceses se establecieron en Cataluña.[4] Algunos historiadores estiman que en ciertas comarcas llegaron a representar una parte muy significativa de la población. Visitantes extranjeros consideran que Cataluña es un territorio bastante despoblado:

“Al marge de les xifres, la imatge dels Països Catalans al començament del segle XVI era més aviat la d’uns territoris relativament buits. En els diaris dels viatgers que traspassaren aquestes terres sovintegen les referències a zones de bosc i erms i llargs recorreguts sense trobar habitatges. Tot i la subjectivitat de personatges com Francesco Guicciardini, l’ambaixador venecià Segismondo Cavalli o el conseller de Lluís XIII, Barthélemy Joly, la insistència en una mateixa impressió deu reflectir en certa manera aquella realitat. Es pot prendre com a exemple la conclusió de l’ambaixador florentí Francesco Guicciardini (1511) quan escrivia: “Hom troba una ciutat o una vila, al seu voltant hi ha un tros de terreny treballat, després però hom haurà de fer llegües senceres sense trobar res més que terres incultes. (…) Catalunya és poc habitada”.[5]

La transformación más importante, sin embargo, se produjo con la industrialización. Entre mediados del siglo XIX y la década de 1930 llegaron cientos de miles de personas procedentes de Aragón, Valencia, Murcia y otras regiones españolas atraídas por la industria textil y el crecimiento urbano de Barcelona.[6]

La gran revolución demográfica llegó entre 1950 y 1975. Durante esos años, más de un millón de españoles procedentes principalmente de Andalucía, Extremadura, Castilla-La Mancha, Murcia y Galicia se instalaron en Cataluña. Muchas de las familias catalanas actuales tienen sus raíces en esta migración reciente. Sin ella, la población catalana sería hoy mucho menor. Desde finales del siglo XX se ha producido una nueva oleada migratoria internacional. Han llegado ciudadanos de Marruecos, Rumanía, Pakistán, China, América Latina y muchos otros países. En algunas ciudades catalanas, más del 20 % de los residentes han nacido en el extranjero.

Por tanto, cuando alguien pregunta quiénes son los catalanes, la respuesta histórica más precisa es que son los habitantes de Cataluña, una población formada a lo largo de los siglos por la mezcla de numerosos pueblos y migraciones. La continuidad histórica de Cataluña no se encuentra en una supuesta pureza de origen, sino en la existencia de unas instituciones, una lengua y una cultura compartidas que han ido integrando a generaciones sucesivas de recién llegados.

La diferenciación

Estudie en su día, con gran detenimiento y atención, la obra de Benedict Anderson “Comunidades imaginadas”[7]. El concepto fundamental de Benedict Anderson es que la nación es una comunidad imaginada. ¿Por qué «imaginada»? Porque los habitantes de una nación jamás conocerán personalmente a la mayoría de sus compatriotas. Un catalán de Barcelona no conoce a la mayoría de los habitantes de Cataluña. como tampoco un madrileño conoce a la mayoría de los españoles. Sin embargo, ambos pueden tener una imagen mental de pertenecer a una comunidad formada por millones de personas con las que comparten algo.

Anderson se distancia expresamente de la idea de que una nación sea simplemente una mentira inventada por políticos. Para él, “imaginada” no significa ficticia. Las comunidades nacionales son construcciones históricas y culturales, pero son perfectamente reales en sus consecuencias. Las personas pueden sentir una enorme lealtad hacia ellas, morir por ellas o estar dispuestas a sacrificarse por ellas, por tanto, existen.

Benedict Anderson concede una importancia enorme a la lengua escrita, la imprenta, los periódicos, la literatura, los mapas, los museos, los censos y la educación. El llamado “capitalismo de imprenta” permitió que personas que jamás se encontrarían físicamente comenzaran a leer las mismas noticias, novelas, historias y discursos y a imaginar que participaban simultáneamente de una misma comunidad. Es decir, antes podía existir una población que hablaba una determinada lengua o compartía determinadas costumbres, pero eso no significa automáticamente que todos sus miembros se concibieran como integrantes de una misma nación. La nación moderna necesita que esa población se piense a sí misma como un “nosotros”, como en Nosaltres les catalans.

A mi entender, Benedict Anderson ofrece una herramienta muy útil para entender cómo se ha construido la identidad catalana, siempre que se tenga presente que cuando habla de la nación como una «comunidad imaginada» no quiere decir que sea una comunidad falsa o inventada de la nada. Lo que Anderson sostiene es que una nación es una comunidad que sus miembros imaginan como propia, aunque la inmensa mayoría de ellos jamás llegue a conocerse personalmente. Un catalán de Barcelona puede sentirse parte de una comunidad formada por millones de personas de las que no conoce absolutamente nada; sin embargo, comparte con ellas la sensación de pertenecer a un mismo “nosotros”. Recuerdo aquí la campaña “Som 6 milions” lanzada durante el mandato de Jordi Pujol, en 1986-1987, con especial difusión en 1987. La cuestión interesante, aplicada a Cataluña, es preguntarse cómo se fue construyendo históricamente ese “nosotros”.

Cataluña tenía, naturalmente, mucho antes del nacionalismo del siglo XIX, una lengua, un territorio, instituciones, derecho, tradiciones, literatura y una historia propia. Pero tener todos esos elementos no significa necesariamente que sus habitantes se concibieran en todas las épocas como miembros de una nación en el sentido moderno. Lo que ocurre durante la Renaixença es que una serie de intelectuales comienza a recuperar esos elementos dispersos del pasado y a integrarlos en un relato coherente, el de un pueblo catalán que posee una historia diferenciada, una lengua propia, unas antiguas instituciones y una personalidad colectiva que habría sobrevivido a los siglos de decadencia.

Los Jocs Florals, la literatura catalana, los periódicos, las historias de Cataluña, la recuperación de los personajes medievales, la celebración de determinadas fechas, elegidas concienzudamente, y la monumentalización de Barcelona contribuyeron a hacer visible y compartible ese relato. Aquí me refiero a la escenificación del pasado. Por ejemplo a la construcción/reconstrucción del Barri Gòtic, porque en ese proyecto no se trataba simplemente de conservar unas piedras medievales, sino también de convertir determinados restos del pasado en símbolos visibles de una continuidad histórica.

La Barcelona medieval que se restauraba, reconstruía o incluso se recreaba a comienzos del siglo XX servía para que el ciudadano contemporáneo pudiera contemplar físicamente una determinada imagen de la historia catalana. Algo parecido ocurrió con la recuperación de los condes de Barcelona, las instituciones medievales, la Generalitat, las Cortes o determinados episodios históricos. Hechos y personajes reales fueron seleccionados, interpretados y colocados dentro de un relato nacional. Desde la perspectiva de Anderson, por tanto, los nacionalistas catalanes construyeron una determinada manera moderna de imaginar Cataluña como comunidad nacional, utilizando materiales históricos que ya existían.

Esto resulta especialmente interesante si tenemos en cuenta que la población catalana real había sido mucho más móvil y mezclada de lo que puede sugerir una visión esencialista de la identidad. Sin embargo, los cambios demográficos no impiden que pueda construirse una identidad colectiva. Una nación no necesita que todos sus miembros tengan el mismo origen; necesita que puedan imaginarse formando parte de una misma comunidad. La identidad catalana, vista de este modo, no sería una esencia que hubiera permanecido idéntica desde la Edad Media, ni tampoco una simple invención política del siglo XIX, sino el resultado de un largo proceso mediante el cual una población históricamente cambiante fue aprendiendo a interpretarse a sí misma como un “nosotros” diferenciado.

La lengua, la historia, la literatura, la escuela, la prensa, los símbolos, las instituciones y también los monumentos contribuyeron a producir y reproducir esa conciencia. Y exactamente el mismo mecanismo puede aplicarse a España, porque también España es una comunidad imaginada, construida mediante una historia común, una literatura, una lengua administrativa, símbolos, instituciones, educación, prensa y memoria colectiva. La aportación de Anderson es explicar cómo una comunidad de millones de personas que nunca podrán conocerse personalmente llega a sentirse parte de una misma historia y de un mismo destino colectivo.

En el afán de demostrar una diferenciación, varios historiadores, filólogos y pensadores, intentaron demostrar, a lo largo de los siglos XIX y XX, que los catalanes constituían un pueblo de origen distinto o con características étnicas particulares respecto al resto de los habitantes de la Península Ibérica. Sus tesis fueron muy diversas y, en muchos casos, reflejaban más las preocupaciones ideológicas de su época que los conocimientos históricos actuales.

Entre ellos, podemos destacar a Antoni Aulèstia i Pijoan, que obras como Història de Catalunya, o Barcelona[8], presentó a Cataluña como una comunidad histórica diferenciada desde la Alta Edad Media, subrayando la influencia franca y carolingia en su formación. En su obra más conocida, la Història de Catalunya (1887-1889), Aulèstia sostenía que los orígenes de Cataluña debían buscarse en la Marca Hispánica creada por los carolingios a finales del siglo VIII. Los condados catalanes, especialmente el de Barcelona, habrían desarrollado progresivamente una personalidad política diferenciada hasta emanciparse de la tutela franca con figuras como Guifré el Pelós.

Según Aulèstia, el momento decisivo fue la unión de los distintos condados bajo la hegemonía barcelonesa y el desarrollo de unas instituciones propias, las Cortes, la Generalitat, el derecho catalán, que habrían dado forma a una auténtica nacionalidad medieval. La nación catalana no nacía, por tanto, de criterios étnicos o raciales, sino de una evolución histórica singular. También otorgaba una gran importancia a la lengua catalana como elemento de cohesión. La aparición de una literatura propia y el florecimiento cultural de la Edad Media eran para él pruebas de la existencia de una personalidad nacional diferenciada. En esto seguía las ideas de otros intelectuales de la Renaixença, para quienes lengua, historia y nación constituían una unidad inseparable.

Aulèstia veía el siglo XV y, sobre todo, la progresiva centralización de la Monarquía Hispánica como el inicio de una etapa de decadencia política catalana. Sin embargo, consideraba que la nación catalana había sobrevivido gracias a la persistencia de su cultura, su lengua y el recuerdo de sus antiguas libertades. La Renaixença del siglo XIX representaba, en su interpretación, el despertar de una nacionalidad histórica que nunca había desaparecido del todo.

Valentí Almirall, aunque no fue historiador profesional, defendió que Cataluña había seguido una evolución histórica distinta a la de Castilla y que poseía una personalidad colectiva propia[9]. Para Valentí Almirall, la diferencia entre Cataluña y Castilla no se explicaba simplemente por la lengua ni por un supuesto origen étnico distinto, sino por el hecho de que ambas habían seguido trayectorias históricas diferentes a lo largo de los siglos. Influido por el positivismo del siglo XIX, pensaba que las instituciones, las costumbres y la manera de ser de los pueblos eran el resultado de su experiencia histórica. Por eso sostenía que no podía comprenderse la realidad política de España sin tener en cuenta cómo se habían formado sus distintas regiones.

Según Almirall, Cataluña se había desarrollado dentro de la Corona de Aragón, donde había existido una tradición de pactismo y de limitación del poder real. Instituciones como las Cortes, la Generalitat o los municipios habían permitido una mayor participación de los distintos estamentos en el gobierno de los asuntos públicos. Castilla, por el contrario, habría evolucionado hacia formas de organización más centralizadas, concentrando progresivamente la autoridad en la monarquía y reduciendo el peso de las instituciones representativas. De esta manera, mientras la tradición catalano-aragonesa habría favorecido la negociación y el equilibrio entre poderes, la castellana habría tendido hacia una concepción más uniforme y centralizada del Estado.

Pero Almirall iba más allá de la mera comparación institucional. Creía que esas diferencias históricas habían acabado moldeando el carácter de las respectivas sociedades. La experiencia catalana habría favorecido una población más acostumbrada al pacto, al trabajo productivo, al comercio y a la iniciativa económica, con una mentalidad práctica y abierta a Europa. Castilla, en cambio, habría desarrollado una cultura más vinculada al poder político, a la burocracia y a una visión más abstracta y uniformizadora. En este punto, Almirall pasaba de la historia de las instituciones a una auténtica psicología colectiva de los pueblos, atribuyendo a cada sociedad rasgos característicos derivados de su evolución histórica.

También concedía importancia a la geografía y a la economía. Cataluña, abierta al Mediterráneo y conectada con las rutas comerciales europeas, habría mantenido relaciones culturales y económicas distintas de las de la Meseta castellana. Esa situación habría reforzado todavía más unas formas de vida y unas mentalidades diferentes. Así, historia, geografía, economía e instituciones actuaban conjuntamente para producir sociedades con personalidades propias.

Desde esta perspectiva, la unión dinástica de los Reyes Católicos no habría eliminado esas diferencias. Cataluña y Castilla podían pertenecer a una misma monarquía, pero seguían siendo comunidades formadas por experiencias históricas distintas. El verdadero problema, según Almirall, apareció cuando el modelo político castellano intentó imponerse al conjunto de España, ignorando la diversidad histórica de sus regiones. Por ello, su conclusión no era que Cataluña debiera necesariamente separarse de España, sino que el Estado debía reconocer las particularidades históricas de los distintos pueblos que lo integraban y organizarse de forma descentralizada.

En definitiva, el razonamiento de Almirall seguía una cadena lógica muy clara, una historia diferente había producido instituciones diferentes, estas habían a su vez generado formas sociales distintas, esas formas sociales habían moldeado caracteres colectivos diferentes y, por tanto, cada sociedad tenía necesidades políticas propias. De ahí que defendiera el particularismo y el federalismo como fórmulas para acomodar la diversidad histórica de España. Lo más novedoso de su planteamiento era que no intentaba demostrar que los catalanes procedieran de una raza o un pueblo distinto, sino que consideraba la identidad catalana como el resultado de una trayectoria histórica singular. Esa idea marcaría el paso desde las antiguas explicaciones basadas en el origen o la sangre hacia una concepción moderna e histórica de la nación.

Pompeu Gener era doctor en Farmacia por la Universidad de Barcelona y en Medicina por la Sorbona. Gener consideraba que la diferencia entre catalanes y castellanos no se explicaba únicamente por la historia, las instituciones o la lengua, sino también mediante una supuesta diferencia étnica y biológica. Influido por las teorías antropológicas y raciales que circulaban por Europa en la segunda mitad del siglo XIX, sostenía que los catalanes poseían una composición racial particular. Buscaba sus orígenes en los pueblos que habían habitado el Mediterráneo occidental y establecía una mayor proximidad entre catalanes y las poblaciones del Midi francés que entre catalanes y castellanos. De este modo, convertía una diferencia histórica y cultural en una diferencia pretendidamente natural y hereditaria.

Su razonamiento encajaba con una corriente intelectual europea mucho más amplia, el intento de explicar las características de los pueblos mediante la raza, el clima, la herencia y la antropología física. Gener hablaba de cualidades atribuidas a los distintos grupos, energía, capacidad comercial, inteligencia, espíritu de iniciativa, etc., como si fueran consecuencia de su constitución racial. Hoy sabemos que estas categorías carecen de la base científica que Gener les atribuía y forman parte del racialismo decimonónico, no de una explicación científica válida de las diferencias entre poblaciones.

Lo interesante para la historia del catalanismo es que Gener daba así un paso más allá de autores como Valentí Almirall, porque, si Almirall intentaba demostrar que Cataluña y Castilla habían seguido evoluciones históricas diferentes, Gener trataba de encontrar además una explicación étnica y biológica para esa diferencia. La nación catalana aparecía, en consecuencia, no solo como el resultado de una historia particular, sino como la expresión política de una población que él consideraba racialmente diferenciada.

“Vamos dudando hace ya algún tiempo que la mayoría de España sea capaz de progreso á la moderna. Sólo en las provincias del Norte y del Nordeste hemos visto verdaderos elementos, en la raza, y en la organización de que permitan esperar en el desarrollo de una cultura como la de las naciones indogermánicas de origen. En el Centro y en el Sur, exceptuando varias individualidades, hemos notado, que, por desgracia, predomina demasiado el elemento semítico, y más aún el presemitico ó beréber con todas sus cualidades: la morosidad, la mala administración, el desprecio del tiempo y de la vida, el caciquismo, la hipérbole en todo, la dureza y la falta de medios tonos en la expresión, la adoración del verbo. Y esto nada de grave tendría, pues otras naciones hay en Europa que tienen elementos de civilizaciones extrañas inferiores á la indogermánica; pero los individuos Arios, sus ideas y costumbres sobrepónense á la inferior. Rusia tiene Mogoles y Hugrofineses; Grecia, Eslavos, Semitas, Turcos, etc., etc.; mas en la primera prepondera y marcha á la cabeza de la nación el elemento Eslavo, y sus manifestaciones son las más apreciadas: en la segunda el Helénico, y es el que rige los destinos de la patria.”[10]

Este tipo de argumentos serían posteriormente cada vez más problemáticos, pero muestran bien cómo, a finales del siglo XIX, algunas corrientes del catalanismo se mezclaron con las teorías raciales que estaban entonces extendidas por toda Europa.

En el libro de Enric Prat de la Riba La nacionalitat catalana (1906), encontramos una formulación mucho más elaborada del nacionalismo catalán que la de los autores racialistas de finales del XIX. Al contrario de Gener, Prat no fundamenta la nación catalana en una raza biológica diferenciada. Su argumento es fundamentalmente histórico, cultural, lingüístico y político. Para él, Cataluña constituye una nacionalidad porque a lo largo de los siglos ha desarrollado una personalidad colectiva propia, una lengua, una tradición jurídica, unas instituciones, una cultura y una conciencia histórica comunes.

La diferencia es importante. Mientras que autores como Pompeu Gener podían buscar en la antropología física o en supuestas diferencias hereditarias una explicación de la singularidad catalana, Prat desplaza el fundamento de la nación hacia la historia. La nación no necesita ser una comunidad racialmente pura, es una comunidad humana que se ha formado históricamente. En La nacionalitat catalana, Prat presenta además la nación como algo orgánico, que se desarrolla a través del tiempo. Cataluña habría ido formando una personalidad propia desde la Edad Media, especialmente a través de sus instituciones políticas, su derecho, su lengua y su expansión mediterránea. De ahí que considere que la decadencia o desaparición de las antiguas instituciones catalanas no significa la desaparición de la nacionalidad, la nacionalidad sobrevive como personalidad histórica y cultural.

Ahora bien, hay una cuestión interesante, que Prat no sea racialista en sentido biológico no significa que su nacionalismo sea puramente voluntarista o cívico en el sentido moderno. Para él, la nación es algo que existe antes de la voluntad política individual y que se transmite históricamente entre generaciones. La lengua, la tradición, la cultura y la memoria colectiva son elementos constitutivos de esa comunidad. Prat de la Riba abandonó la necesidad de demostrar la existencia de una “raza catalana” y fundamentó la nacionalidad catalana en la continuidad histórica de una comunidad con lengua, cultura, derecho, instituciones y personalidad colectiva propias, propias de un estado:

“El Estado no es el Gobierno, ni siquiera el Estado oficial, El Estado es la asociación humana, que realiza el ideal político teniendo como soporte físico un territorio (Adolfo Posada), como elemento personal un pueblo, y como aglutinante jurídico un poder soberano.”[11]

Otro historiador catalán. Ferran Soldevila, insistió en la continuidad histórica de Cataluña desde la Edad Media, aunque sin recurrir a teorías raciales. En el caso de Ferran Soldevila, su interpretación de la historia catalana buscó subrayar una continuidad histórica de Cataluña desde la Edad Media hasta la época contemporánea, pero esa continuidad no descansaba en la existencia de una supuesta “raza catalana”.

Soldevila entendía Cataluña fundamentalmente como una comunidad histórica que se había ido formando alrededor de unas instituciones, un territorio, una lengua, una cultura y una tradición política propias. En su Història de Catalunya, la Edad Media ocupa un lugar decisivo porque es entonces cuando, según su interpretación, se constituyen los principales elementos de esa personalidad histórica: los condados catalanes, la unión dinástica con Aragón, las instituciones propias y la expansión mediterránea de la Corona de Aragón.

Lo importante es que, para Soldevila, la continuidad no significaba que los catalanes actuales fueran biológicamente los mismos que los habitantes medievales. La continuidad era sobre todo histórica y cultural. Cataluña podía experimentar transformaciones profundas, recibir inmigrantes, sufrir guerras, cambios económicos y alteraciones políticas, y seguir siendo reconocible como una comunidad histórica. Para terminar este pequeño repaso historiográfico, quiero presentar a dos historiadores que han influido en mi forma de concebir la idea de Cataluña, Jaume Vicent Vives y Pierre Vilar.

La aportación de Jaume Vicens Vives resulta fundamental porque supone un cambio bastante profundo en la manera de explicar la historia de Cataluña. Hasta entonces, una parte importante de la historiografía catalana, sobre todo la que se había desarrollado desde la Renaixença y que después había alimentado el catalanismo, había tendido a escribir la historia desde una perspectiva esencialmente política y nacional. El problema histórico que se planteaba era, en buena medida, explicar la continuidad de Cataluña, para mostrar cómo una comunidad que había tenido instituciones propias en la Edad Media, una lengua, unas leyes y una tradición política particulares había conservado una personalidad diferenciada a lo largo de los siglos. En autores como Víctor Balaguer, Antoni Aulèstia, Prat de la Riba o, con matices importantes, Ferran Soldevila, encontramos de distintas maneras esta preocupación por reconstruir una trayectoria histórica específicamente catalana. La nación aparece, así como el sujeto principal de la historia y el historiador busca sus raíces, su continuidad y las razones de su supervivencia.

Vicens Vives introduce otra manera de formular la pregunta. No abandona el estudio de Cataluña ni niega su personalidad histórica, pero deja de buscarla principalmente en una especie de esencia catalana que atravesaría los siglos. Lo que quiere averiguar es cómo se formó históricamente la sociedad catalana. Por eso, en lugar de limitarse a narrar las instituciones, las guerras o los grandes personajes, presta una atención mucho mayor a las estructuras económicas y sociales, quiénes eran los campesinos, cómo funcionaban las relaciones feudales, qué ocurrió con los remensas, cómo se desarrolló el comercio, qué papel desempeñaron las ciudades, cómo se formaron las élites y, posteriormente, cómo apareció una burguesía capaz de impulsar la industrialización. Cataluña deja de ser solamente una nación que busca ser explicada y pasa a ser también una sociedad histórica que hay que analizar.

Esto se aprecia muy bien en su interés por los siglos XV y XVI y por la crisis de la Cataluña bajomedieval. Vicens estudia, por ejemplo, el conflicto de los remensas como una manifestación de las tensiones sociales existentes en el campo catalán y de la transformación de las estructuras feudales. Del mismo modo, cuando estudia a las élites y a la burguesía, intenta comprender cómo determinados grupos sociales se adaptaron a las transformaciones económicas y políticas y cómo eso contribuyó a configurar la Cataluña moderna. La pregunta es: ¿qué procesos económicos, sociales y políticos hicieron que la sociedad catalana adquiriera estas características?

Ahí está precisamente la ruptura fundamental. La historiografía nacionalista podía explicar las diferencias entre Cataluña y Castilla recurriendo a la existencia de una personalidad histórica catalana mantenida desde la Edad Media. Vicens Vives intenta explicar esas diferencias mediante procesos históricos concretos. No hace falta afirmar que el catalán posee una naturaleza diferente, ni una raza diferente, ni siquiera que exista desde tiempos remotos una conciencia nacional idéntica a la contemporánea. Basta con demostrar que durante siglos Cataluña desarrolló determinadas estructuras sociales, económicas e institucionales que produjeron una evolución específica. Es una explicación mucho más histórica y menos esencialista.

Esto no significa que Vicens Vives fuese un historiador indiferente al problema nacional. Al contrario, porque, la cuestión de Cataluña y de su relación con España está constantemente presente en su obra. Pero intenta comprenderla desde una perspectiva más compleja. Cataluña no existe históricamente aislada de España, sino en relación con otros territorios peninsulares y con las estructuras políticas de la Monarquía Hispánica y, posteriormente, del Estado español. Por eso estudia también las relaciones entre Cataluña y Castilla, las tensiones entre las distintas partes de la Monarquía y los mecanismos mediante los cuales se fue construyendo el Estado español.

Esta nueva perspectiva tendrá una enorme influencia en la historiografía posterior. Y aquí entra Pierre Vilar, que, aunque era francés se convirtió en uno de los grandes referentes de la historiografía catalana contemporánea. Su monumental Catalunya dins l’Espanya moderna[12] lleva todavía más lejos esta tendencia a explicar Cataluña a partir de sus estructuras económicas y sociales. El propio título resulta revelador: Cataluña dentro de la España moderna. No se trata de escribir simplemente la historia de una Cataluña separada conceptualmente de España, sino de estudiar cómo se desarrolló la sociedad catalana dentro de una estructura política, económica y territorial más amplia.

Vilar analiza cuestiones que la historiografía romántica apenas había considerado centrales: la evolución demográfica, la agricultura, los precios, la producción, el comercio, las relaciones sociales, la formación de mercados, la acumulación de capital y el proceso de industrialización. Su Cataluña es una sociedad que cambia, crece, entra en crisis, se adapta y establece relaciones económicas con otros territorios. El desarrollo de la burguesía catalana, por ejemplo, no se explica porque los catalanes tengan una determinada naturaleza comercial, sino porque existen unas condiciones históricas concretas que favorecen determinadas actividades económicas y la aparición de determinados grupos sociales.

Aquí aparece una diferencia importante respecto de algunas interpretaciones anteriores. Si un historiador nacionalista del siglo XIX podía decir, en términos generales, que los catalanes tenían una antigua predisposición hacia el comercio y el trabajo y utilizar esa característica para explicar la diferencia con Castilla, la historiografía social pregunta por qué determinadas condiciones económicas y sociales hicieron posible que el comercio y posteriormente la industrialización adquirieran tanta importancia en Cataluña. Es un cambio metodológico decisivo, ya que se pasa de explicar la historia por las características supuestamente permanentes de un pueblo a explicar esas características mediante procesos históricos.

Durante el franquismo esta historiografía adquirió además una importancia particular. La derrota de 1939 había provocado la desaparición o el exilio de buena parte de la cultura política catalana anterior, y la historiografía tuvo que reconstruirse en unas condiciones intelectuales muy distintas. A partir de los años cincuenta y, sobre todo, de los sesenta, el interés por la historia económica y social ofreció una vía para estudiar el pasado catalán que no dependía exclusivamente del relato político nacionalista. El marxismo, la historia económica y la influencia de la escuela de los Annales favorecieron el interés por las estructuras profundas de la sociedad.

Vilar es particularmente importante porque introduce además una interpretación de Cataluña vinculada al desarrollo del capitalismo. Su pregunta fundamental es cómo llegó Cataluña a convertirse en una sociedad capitalista e industrial dentro de España. De ahí que sean tan importantes para él la agricultura, la expansión demográfica, el mercado, el comercio, la acumulación de capital y la industrialización. La nación sigue estando presente, pero ya no es necesariamente el punto de partida de la explicación, es, en buena medida, algo que también debe ser explicado históricamente.

Por tanto, entre la historiografía nacionalista anterior y Vicens Vives, y posteriormente Vilar, hay un desplazamiento muy importante. La primera tendía a preguntar por la continuidad histórica de Cataluña; la segunda pregunta por los procesos que hicieron posible esa continuidad y por las estructuras que hicieron de Cataluña una sociedad particular. En la primera, Cataluña es ante todo el sujeto de la historia, en la segunda, Cataluña es también el resultado de una historia económica, social y política. Y esto es especialmente importante para la cuestión que estamos siguiendo desde el principio: ¿de dónde vienen los catalanes y qué hace que sean diferentes? Continuará de alguna manera, quizás mañana u otro día de estos.


[1] https://french.ncu.edu.tw/wp-content/uploads/ELFA-Jan.-2020.-Texte-Culture.-Extrait-de-Ernest-Renan.pdf conferencia en La Sorbona 1882.

[2] https://archive.org/details/boschgimperap.1915aelproblemadelaceramicaiberica/mode/2up

[3] Un auténtico tesoro, ahora asequible gracias a la digitalización https://arca.bnc.cat/arcabib_pro/ca/publicaciones/listar_numeros.do?busq_idPublicacion=603&busq_anyo=1899&busq_dia=4&busq_mes=1&posicion&busq_infoArticulos=true

[4] https://portalrecerca.uab.cat/es/studentTheses/la-immigraci%C3%B3-francesa-a-l%C3%A0rea-de-barcelona-a-l%C3%A8poca-moderna-segl/?utm_source=chatgpt.com

[5] https://www.enciclopedia.cat/historia.-politica-societat-i-cultura-dels-paisos-catalans/la-poblacio-creixement-i-oscillacions?utm_source=chatgpt.com

[6] https://patrimoni.gencat.cat/ca/catalunyapaisdarxius/recurs-digital/recurs/mirada/migracions-a-catalunya-una-empremta-historica-i-cultural/?utm_source=chatgpt.com

[7] https://ia801408.us.archive.org/26/items/anderson_benedict-_comunidades_imaginadas/anderson_benedict-_comunidades_imaginadas.pdf

[8] https://archive.org/details/barcelonaressen00pijogoog/page/n17/mode/2up

[9] https://www.gutenberg.org/cache/epub/73278/pg73278-images.html

[10] https://archive.org/details/cosasdeespaa00genegoog/page/n21/mode/2up

[11] https://archive.org/details/la-nacionalidad-catalana/page/XXII/mode/2up

[12] https://arxiujosepserradell.cat/wp-content/uploads/2025/02/Catalu%C3%B1a-en-la-Espa%C3%B1a-moderna_-Volumen-I-Pierre-Vilar-2018-lineasdesaparecidas-9788491990406-e996cdf04397248b2f2fd50fe85fd41b-Anna%E2%80%99s-Archive.pdf