Ayer refrescaba ya un poco por la mañana. Se sentía que estábamos apurando los últimos días de septiembre, aunque las tardes todavía son soleadas y tibias. Paseaba yo por Stadsparken, como suelo hacer los sábados por las mañanas,, pero esta vez, en lugar de encontrarlo casi vacío, estaba lleno de vida y de bullicio. Bueno, de ese bullicio tranquilo que se puede escuchar en Suecia cuando cientos de personas se reúnen en un mismo lugar, lejos sin duda de los ruidos y las voces que se pueden escuchar en otro mercado en cualquier parte del mundo.


Estaban levantando los pequeños puestos. Decenas de familias de campesinos, o de granjeros de tiempo libre, como yo, pero más productivos, iban llegando para ofrecer sus productos. Verduras, frutas, conservas, panes, flores, quizá también algo hecho con las manos y con paciencia, bolsos de cuero o lana, jerséis, gorras, juguetes de madera, todo hecho a mano con materiales naturales. Era la fiesta de la cosecha, una fiesta otoñal que, de alguna manera, marca el comienzo de esa época del año que tanto me gusta, que tanto disfruto.


En Suecia, estos mercados de otoño, los llamados “höstmarknader”, tienen una tradición antigua con raíces en la sociedad agraria. El otoño era el momento en que el campo entregaba finalmente sus últimos frutos: después de la cosecha había que vender, intercambiar y conservar lo producido antes de que llegara el invierno. El mercado era una especie de celebración colectiva de la cosecha.


En muchos lugares se celebraban grandes mercados vinculados a una fiesta local, a una iglesia o a una ciudad. Allí llegaban campesinos y artesanos con manzanas, patatas, coles, zanahorias, remolachas, setas, miel, mermeladas, pan, quesos, embutidos y productos de la caza, además de objetos fabricados durante el verano. En una sociedad en la que el invierno podía aislar comunidades enteras, estos mercados tenían también una función social: eran una ocasión para encontrarse, conversar y hacer negocios.


En Escania, donde la tradición agrícola ha sido especialmente fuerte, el mercado de otoño conserva muy bien ese carácter. El paisaje de grandes campos cultivados, las granjas y las pequeñas explotaciones hortícolas proporcionan todavía buena parte de los productos que aparecen en los puestos.


Y mientras caminaba entre los puestos, pensé que quizá me gusta el otoño porque yo también, de alguna manera, soy un ser otoñal. Lo soy por mi condición de jubilado, por mi apariencia y mi forma de concebir el mundo, de ver, oler, sentir lo que me rodea, para aprovecharlo todo, como se aprovechan todos los recursos de la naturaleza que se cosechan en otoño. En otoño se recoge el sol de los meses anteriores y se convierte en alimentos almacenables. Se guardan las manzanas, las patatas, las bayas, las setas. Se fermentan las verduras. Se seca la hierba. Se almacena la leña. Se llenan las despensas y aquí, en este mercado, se ponen a la venta esos productos para que los habitantes de la ciudad puedan disfrutarlos.


!Qué explosión de colores en esos pequeños puestos! Y los aromas profundos de las setas. En un mercado de otoño se mezclan olores característicos de la estación: el dulzor de las manzanas y las peras, el aroma terroso de las setas y las raíces recién arrancadas, el perfume de las castañas asadas, el de la canela y las especias, el pan recién horneado y los quesos curados. A todo esto se une el olor húmedo de las hojas caídas, de la madera, de la tierra y de las verduras que conservan todavía algo del campo y: ese olor tibio, dulce y ligeramente ahumado de un día fresco, cuando el humo de algún puesto se mezcla con el aire otoñal. Con ese regusto otoñal me voy caminando a mi ciudad jardín para presidir una reunión de cultivadores. Sentados alrededor de una mesa, rodeados de naturaleza, discutimos problemas cotidianos sobre el agua, la tierra, los abonos naturales, esas cosas que preocupan a un cultivador, me doy cuenta de que todos los presentes somos seres otoñales.