Hoy es el Día del Padre en Suecia. Para mí es, ante todo, un día de recuerdos y añoranzas. Pienso en mi propio padre, en el tiempo que compartimos y en todas aquellas cosas que, como suele suceder, quizá comprendí demasiado tarde. Pero también es un día para detenerse a pensar en lo que significa ser padre. Porque uno puede dejar de ser hijo en términos biológicos cuando el padre desaparece, pero nunca deja de serlo en la memoria. Y uno puede ver crecer a sus hijos, acompañarlos durante buena parte de su vida y descubrir, cuando menos lo espera, que ser padre es una condición que no se abandona nunca.
Fui padre muy joven, casi sin proponérmelo. La noticia llegó cuando todavía estaba construyendo mi propia vida y seguramente tenía más preguntas que respuestas sobre lo que me esperaba. Sin embargo, desde el mismo instante en que supe que iba a ser padre, empecé a pensar que se abría ante mí un mundo nuevo. Un mundo que yo deseaba formar, en el que quería que mis hijos crecieran, descubrieran las cosas, aprendieran a pensar por sí mismos y tuvieran oportunidades que quizás yo no había tenido.
No sabía demasiado bien cómo hacerlo. Nadie nos entrega un manual de instrucciones cuando nos convertimos en padres. Uno aprende sobre la marcha, comete errores, se equivoca en ocasiones y descubre que querer lo mejor para los hijos no significa necesariamente saber qué es lo mejor para ellos. Pero hay algo que sí tenía claro: quería ofrecerles un mundo abierto, donde la curiosidad, la libertad y el respeto por los demás fueran valores fundamentales.
Ser padre por primera vez tiene mucho de dramatismo, y las circunstancias pueden contribuir a aumentarlo. Cuando nuestra primera hija decidió que había llegado su momento de venir al mundo, había caído una gran nevada. Vivíamos en una casa en el campo, a unos diez kilómetros de la ciudad, y no teníamos coche. Yo disponía de una moto y, con una temeridad que hoy seguramente no repetiría, nos pusimos en camino hacia el hospital. No sé muy bien cómo conseguimos llegar, pero llegamos.
Después comenzó la larga espera. Por aquel entonces no se permitía a los padres asistir al parto, así que me instalaron en una pequeña sala de espera. Allí estábamos dos hombres, cada uno con sus propios nervios, contaminando el aire con el humo de nuestros cigarrillos. Yo estaba tan inquieto que perdí por completo la noción del tiempo. Los minutos parecían horas y las horas, días. No había nada que pudiera hacer, salvo esperar.
Finalmente, cuando la mañana empezaba a despuntar, nació nuestra querida hija. Una comadrona salió a buscarme y me la entregó envuelta en una pequeña mantita blanca. La tuve entre mis brazos y todo lo demás dejó de importar. La nieve, el viaje en moto, las horas de espera y la angustia quedaron atrás. Allí estaba mi hija. Y yo acababa de convertirme en padre.
Recuerdo la infinita alegría que sentí cuando tuve a mi primera hija en los brazos. Era una sensación difícil de describir. Allí estaba aquella pequeña criatura, tan frágil y, al mismo tiempo, tan llena de vida. La miraba y sabía que ella era parte de mí. Había llegado al mundo a través de nosotros, pero desde el primer instante era también alguien completamente nuevo, una persona con su propia vida por delante. Yo nunca había experimentado una felicidad semejante. De pronto comprendí que mi vida ya no me pertenecía solamente a mí. Había alguien a quien acompañar, proteger y ayudar a descubrir el mundo. Y aprendimos sueco juntos, pero ella, a la vez, también aprendió español.
Después llegó su hermano, mi primer varón. Por entonces yo empezaba también a dar mis primeros pasos en la docencia, otra aventura que acabaría convirtiéndose en una parte fundamental de mi vida. Mi hijo, sin embargo, parecía tener cierta inclinación por los escenarios históricos. Quiso venir al mundo nada menos que en Helsingør, en el castillo de Hamlet, al otro lado del estrecho. Pero conseguimos regresar a Suecia a tiempo. Fue un viaje espeluznante, de esos en los que cada segundo parece una eternidad y la angustia apenas deja espacio para pensar. Finalmente llegamos y pude tenerlo en mis brazos. Allí estaba mi querido hijo. Aquel día permanece en mi memoria como uno de esos momentos inolvidables en los que la felicidad llega después de haber conocido muy de cerca el miedo.
Y pasaron los años. Los niños crecieron y con ellos llegó todo lo que significa criar hijos: las escuelas, las reuniones con los profesores, los deberes, el fútbol, el piano, el atletismo, los entrenamientos, los partidos y los campeonatos de los fines de semana. Y esa interminable sucesión de actividades que acaba organizando buena parte de la vida familiar. Días llenos de movimiento, de horarios y de compromisos. A veces agotadores, pero también llenos de pequeñas alegrías que uno quizá no sabe apreciar suficientemente mientras los está viviendo.
Sin apenas darnos cuenta, aquellos niños que habíamos llevado en brazos empezaron a caminar por su cuenta, a tener sus propias opiniones, sus amistades y sus proyectos. El mundo que habíamos querido construir para ellos comenzaba a convertirse en su propio mundo. Y nosotros teníamos que aprender, poco a poco, a ocupar un lugar diferente en sus vidas.
Y, cuando nuestros hijos estaban ya casi a punto de emprender el vuelo, sentimos el deseo de volver a experimentar la sensación de ser padres. Quizá hubo en aquella decisión algo de temor ante la perspectiva de quedarnos solos, de ver cómo la casa iba quedándose poco a poco vacía. O quizá fuera, sencillamente, la necesidad de volver a sentir aquella infinita alegría que habíamos experimentado tantos años atrás. No sé muy bien qué pesó más en aquella decisión. Probablemente ambas cosas se mezclaron. Lo cierto es que volvimos a abrir nuestra vida a la llegada de un hijo, con todo lo que eso significaba: empezar de nuevo, volver a los pañales, las noches interrumpidas, los primeros pasos y el asombro de contemplar cómo una vida comienza a descubrir el mundo.
Y llegó nuestra segunda hija, llamando a la puerta a bordo de nuestro velero. Su llegada provocó tal revuelo que nuestro perro, un fiel labrador negro que formaba parte de la familia, acabó cayendo al agua. Si no hubiera sido por la fuerza y la determinación de nuestro hijo, probablemente lo habríamos perdido en la oscuridad de aquella noche. Fueron momentos de mucha agitación, pero finalmente conseguimos llegar al hospital.
Yo pasé aquella noche leyendo un reportaje sobre la Fastnet Race, aquella famosa regata que tantas historias de navegación y aventuras ha dejado tras de sí. Mientras tanto, las horas fueron pasando hasta que nuestra hija abrió los ojos a un hermoso verano nórdico.
A diferencia de sus hermanos mayores, ella llegó a una familia que ya estaba formada. Tuvo desde el primer día a sus padres y a sus hermanos, y creció rodeada de afecto. Había en casa una historia compartida, muchas experiencias acumuladas y, sobre todo, mucho amor esperándola.
Tres años después llegó nuestro segundo varón, el cuarto de nuestros hijos. Esta vez todo sucedió sin dramatismo, sin viajes angustiosos ni aventuras nocturnas. Llegó tranquilamente, pero con toda la atención puesta sobre él. Ya éramos una familia numerosa y sabíamos algo más de lo que significaba recibir a un hijo. Sin embargo, aquella experiencia no había perdido ni un ápice de su capacidad para emocionarnos. Cada nacimiento había sido distinto y cada uno había traído consigo una alegría nueva.
Muchos años después, aquel hogar en el que habían crecido nuestros hijos, y del que los mayores ya se habían independizado, terminó por deshacerse. Fue una separación triste, pero sin rencor. La vida tomó otros caminos y yo rehíce la mía junto a una nueva compañera.
Y también en aquella nueva etapa volvió a aparecer la paternidad. Muchos años después llegó mi quinto hijo y, apenas año y medio más tarde, su hermano. Ayer precisamente cumplió dieciocho años y celebramos una fiesta en su honor. Fue una ocasión muy especial. Allí estaban sus cinco hermanos, todos juntos. En nuestra familia nunca hemos utilizado la palabra hermanastros. Son hermanos, sencillamente. También estaban mis nietos, los hijos de mi segundo varón.
Y mientras los contemplaba a todos juntos, mis seis hijos y mis nietos, sentí una felicidad difícil de explicar. Pensé que, después de tantas vueltas que da la vida, de tantas alegrías y también de algunas tristezas, había llegado a contemplar algo que nunca habría podido imaginar cuando, siendo tan joven, tuve por primera vez a mi hija en brazos. Una familia extensa, construida a lo largo de distintas etapas de mi vida, con historias diferentes, pero unida por el afecto.
Y pensé también que, si la vida terminase mañana, podría marcharme en paz. No porque ya no tuviera nada que vivir, ni porque hubiera dejado de sentir curiosidad por el mundo, sino porque acababa de experimentar una felicidad que difícilmente podría volver a repetirse con semejante intensidad.
A la alegría de verme rodeado por mis hijos y mis nietos se sumó ayer la compañía de mis queridos amigos catalanes, que han venido a pasar unos días con nosotros. Son amigos de tantos años que han conocido a todos mis hijos, del mismo modo que nosotros conocemos a los suyos. Hemos compartido tantas cosas que hace tiempo que dejaron de ser simplemente amigos para convertirse en parte de nuestra familia. Nos acompañan, nos quieren y, sobre todo, nos dan a diario pequeñas lecciones de amor y de generosidad.
También mi querida suegra disfrutó ayer de aquella celebración anticipada del Día del Padre. Y mientras contemplaba a todos reunidos, tuve la sensación de que la vida me había concedido un regalo difícil de medir, no solamente tener una familia numerosa, sino haber conseguido que alrededor de ella creciera también una comunidad de afectos.

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