Las maletas están todavía en el pasillo. Están, por así decirlo, en una especie de sala de espera o purgatorio, camino del desván al que no acaban de llegar. Todavía queda mucho verano y, quién sabe, a lo mejor se llenan otra vez para un nuevo viaje.
Viajar me ha gustado siempre. No siento ninguna pereza por preparar itinerarios, madrugar y cargar con la maleta a algún autobús o tren que me lleve a un aeropuerto lleno de gente como yo, camino de algún sitio, lejano o próximo, altavoces, tiendas y bares, colas. Claro que eso de volar vino después; al principio era el tren, la moto, el coche, la bicicleta incluso. Eran otros tiempos. Si has leído “Viaje a la alcarria”, sabes exactamente el tipo de viaje que a mi siempre me ha gustado, Camilo José Cela lo describe muy bien, Cambia Camilo por Martín y verás lo que yo sentía en mis primeros viajes. Yo no fui a la Alcarria, pero fui a Salamanca, a Segovia, a Zamora, a León y a Burgos, luego a Riaño y Gijón, más tarde a Fuengirola y Granada. Terminé yendo a Cáceres, Don Benito y de allí a las Hurdes. Todo eso antes de mi primer viaje a Lisboa y de allí a París y Londres, para desde allí, en una especie de espiral, ir abriendo mi territorio hasta llegar aquí, a Lund, y hacer de esta ciudad sueca mi punto de partida para viajes, cada vez más largos, más profundos en su contenido, más decisivos.
Mi primer viaje solo, me llevó a Pinto en un tren tirado por una locomotora de vapor. Olía a hollín y asbesto recalentado, los asientos de tercera eran bancos de madera. En los vagones, la gente seria miraba por la ventana como mirando un paisaje ideal o iba sumida en sus pensamientos, camino de alguna parte. Para mí era una aventura, como si fuese en el mismísimo transiberiano. Yo quería viajar, ser viajero de profesión, ir aquí para allá con poco bagaje y un cuaderno para pintar y escribir mis impresiones del lugar.
Eso de viajar es innato en los humanos. Desde nuestros orígenes, hemos viajado. Al principio, por necesidad: para cazar, para recolectar, para seguir las estaciones. Éramos nómadas antes que sedentarios. Caminamos durante miles de años desde África hacia Europa, Asia, América, Oceanía… No por capricho, sino por supervivencia.
Más adelante, el viaje tuvo fines más específicos. Vinieron las rutas de comercio, las peregrinaciones religiosas, las exploraciones imperiales. Y con cada nuevo rumbo, el hombre fue ampliando no solo su geografía, sino su imaginación. Aprendió que había otros idiomas, otras costumbres, otras formas de pensar. El viaje se convirtió así también en un espejo: al encontrar al otro, nos vimos a nosotros mismos de otro modo. Yo, al principio, saliendo de España, llevaba mi francés de la escuela. Luego incorporé el inglés y el alemán, simplemente por el gusto de comunicarme y de penetrar la literatura de los países que iba visitando.
Pensaba mucho en los antiguos viajeros, aquellos que se desplazaban a pie, largos viajes para, como en el caso de Delfos, consultar un oráculo. Desde todas las esquinas del mundo griego, y más allá, hombres y mujeres, embajadas, reyes y emisarios, emprendían el arduo camino hacia Delfos. Lo hacían impulsados por la necesidad de saber si el futuro era favorable, si un viaje sería seguro, si una guerra debía iniciarse o evitarse, si los dioses sonreían o fruncían el ceño. El viaje no era corto, ni fácil. Dependiendo del punto de partida, podía tardarse días o semanas, bajo el sol o la lluvia. Desde Atenas, por ejemplo, unos 180 kilómetros a pie o a caballo atravesando montañas. Desde Asia Menor, Tracia o el sur de Italia, el viaje incluía navegación por mar, seguidos de rutas escarpadas por tierra. Muchos viajeros no iban solos, llevaban escoltas, cargadores, y a veces animales para transportar ofrendas.
El camino era también un rito, siempre lo son. Había que purificarse, abstenerse de actos impuros, bañarse en aguas sagradas, como las del Castalia, cerca del templo, y en ocasiones llevar sacrificios u objetos votivos para ganarse el favor de Apolo, que les estaba esperando mediante los los hosioi y los prophetai, que se encargaban de administrar los rituales, organizar las audiencias, mantener los archivos y, a veces, interpretar los dictámenes de la Pitia. Había también un calendario oracular. la consulta solo era posible unos pocos días al año, tradicionalmente el séptimo día de cada mes durante los nueve meses en que Apolo “residía” en Delfos, de noviembre a febrero se decía que el dios estaba ausente.
Y todo para preguntarle al dios por el porvenir, eso tan difícil que todos seguimos queriendo saber, interpretando a nuestra manera lo que dicen nuestros modernos oráculos. En Delfos el consultante ofrecía un sacrificio, a menudo una cabra, y si los signos eran favorables, se le permitía entrar. Solo algunos podían acceder directamente a la Pitia, cuyas palabras eran siempre crípticas, pronunciadas en un estado de trance inducido posiblemente por vapores provenientes de la grieta sagrada.
La sacerdotisa no respondía directamente, hablaba en un lenguaje oscuro, que los sacerdotes interpretaban y plasmaban por escrito. Así surgían los famosos oráculos, de doble filo, ambiguos, enigmáticos. El más famoso es el que se le atribuye a Creso, rey de Lidia, quien preguntó si debía atacar a Persia. La respuesta fue: “Si cruzas el río, destruirás un gran imperio.” Y lo hizo… pero fue el suyo el que cayó.
Los oráculos no eran simplemente respuestas espirituales, sino instrumentos de diplomacia. Delfos tenía su propio cuerpo político, era neutral, y su palabra tenía un peso tal que podía frenar guerras, justificar alianzas o legitimar decisiones. Las ciudades rivales competían por el favor del dios, construían pequeños templos, los llamados “tesoros” (Thesaurus) para guardar sus ofrendas, e incluso intentaban influir en los sacerdotes. Pero el oráculo mantenía una autoridad sagrada casi incontestable.
Yo creo que, en realidad, la pregunta que llevaba el viajero a Delfos, la iba contestando él mismo durante el viaje. El simple hecho de formular la pregunta y el camino, daban la respuesta, que podía estar acorde con el veredicto del oráculo o no, pero que había madurado durante los días y las noches del trayecto. A mi me pasa también. No es que yo vaya a un oráculo a preguntar sobre el futuro, pero muchas de las decisiones vitales que he llegado a tomar, las he hecho durante un viaje.
Muchos de mis viajes los he hecho en coche, y para mi funciona como una cápsula de pensar. Mientras el paisaje va cambiando, el habitáculo ofrece un ambiente perfecto para meditar y encontrar salidas a situaciones complicadas. El automóvil era como un caparazón bajo el cual yo iba procesando las ideas poco a poco, y al llegar al lugar de destino, estaban ya listas para ejecutar.
Me gusta caminar, como sabéis, y por eso admiro a los que se hacen “El Camino” a la antigua usanza. Yo no lo he hecho todavía, he caminado mucho, más de 7000 kilómetros al año, pero nunca en forma de peregrinación a un lugar concreto, aunque me gustaría hacerlo, al menos una vez en la vida. El Camino de Santiago es una ruta geográfica y un itinerario histórico. Pero, sobre todo, es una travesía simbólica, una práctica espiritual y un viaje interior que transforma a quien lo recorre. Peregrinos de todo tipo han caminado hacia Compostela para venerar los restos del apóstol Santiago, y para encontrarse consigo mismos en la soledad del sendero, en la repetición del paso, en la contemplación del paisaje y en el roce humano con el otro viajero. Y es que, parece que el Camino internamente opera como una purificación progresiva. El andar constante vacía de urgencias cotidianas y abre espacio a una escucha más profunda del cuerpo y del espíritu. El peso de la mochila, me han contado los que lo han hecho, se convierte en metáfora de las cargas personales que uno lleva, y con cada etapa se despoja algo, una preocupación, un miedo, un prejuicio, un recuerdo. En ese tiempo suspendido, el peregrino se abre a la posibilidad de repensar su vida, sus decisiones, sus afectos, sus duelos y sus esperanzas.
El Camino invita al silencio, que no es mutismo, sino espacio para la interioridad. Sobre eso, tengo yo bastante experiencia. Mis amigos me han contado al regresar de Santiago que lo han vivido como una forma de volver a casa, no al hogar físico, sino a ese lugar interno donde uno se reconoce con sinceridad y se reconcilia consigo mismo. ¡Tengo que hacer ese camino!
En esta época que nos ha tocado vivir, marcada por el turismo de masas y los vuelos low cost, quizá hemos perdido algo de esa profundidad del viaje antiguo. Yo, en esta mañana de agosto, con las maletas aun esperándome en el pasillo, quiero hacer de oráculo y predecir como serán los viajes del futuro. Permitidme esta pequeña pedantería.
Los viajes del futuro estarán marcados por una combinación de tecnología, sostenibilidad y búsqueda de experiencias interiores. El viajero del mañana ya no se moverá solo por deseo de ver paisajes o monumentos, sino por un impulso más profundo, el de transformarse. Ahí entrarán, creo yo las peregrinaciones.
La tecnología hará posible desplazamientos más rápidos, seguros y personalizados. Vehículos autónomos, trenes hipersónicos, hoteles inteligentes y pasaportes biométricos permitirán que los aspectos logísticos del viaje desaparezcan en segundo plano. Pero justamente por eso, cuando la travesía sea fácil, el viajero buscará lo difícil, el encuentro consigo mismo. El turista será sustituido por el caminante, el nómada digital por el aprendiz espiritual. Se valorizarán los destinos silenciosos, las culturas resistentes al ruido global, los lugares donde todavía hay misterios. El lujo del futuro será la autenticidad, la desconexión, el asombro.
Así como el Camino de Santiago fue y es una ruta de peregrinación física y espiritual, muchos viajes del futuro seguirán esa lógica, rutas que enseñan, que despiertan. El viajero no querrá solo “estar” en un sitio, sino comprender qué parte de sí mismo ha sido llamada por ese paisaje. Viajará menos quien pueda permitirse viajar más despacio. La sostenibilidad obligará a elegir mejor, a quedarse más tiempo, a dejar menos huella. Y el verdadero viaje volverá a ser lo que fue en sus orígenes, un rito de paso. Y yo me voy ahora a caminar, que ha salido el sol.
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