En una de mis anteriores entradas, hace ya bastante tiempo, explicaba yo como mi falta de cualidades atléticas me había llevado, paradójicamente, hasta el atletismo. La razón de regresar al tema es que, rebuscando en mi pequeña biblioteca, encontré un viejo libro que me trajo muchos recuerdos. Era un libro que lleva el título de “Löpning – träning och teknik” (“Correr – entrenamiento y técnica”), publicado en Suecia en 1952. El libro tenía como autor a Gösta “Gösse” Holmér. El libro me lo dio una profesora de educación física del instituto en que los dos trabajábamos los dos en la ciudad de Eslöv, a propósito de que yo había empezado a correr, retado por los estudiantes. Fue en 1979, de eso me acuerdo porque fue el año en que me calcé las zapatillas de correr, tras más de una década de vida sedentaria. El autor estaba aún vivo y lúcido, murió en 1983, sin saber que su nombre volvería a circular en los medios de comunicación suecos y extranjeros, por algo que ocurriría tres años más tarde. De eso hablaré al final de esta entrada. Este libro con pastas desgastadas y páginas amarillentas, ilustrado con fotografías en blanco y negro, acaparó mi atención durante semanas, tanto así, que me aprendí de memoria casi todo el libro.
Tras dejar atrás su carrera activa, Holmér se convirtió en entrenador y comenzó a reflexionar sobre la mejor manera de preparar a los corredores de fondo. Su mayor innovación fue el fartlek, un método que combinaba segmentos de carrera rápida y lenta de forma intuitiva, en contacto directo con el terreno, el entorno natural y las sensaciones del corredor. En lugar de seguir un plan estrictamente cronometrado, los atletas alternaban ritmos según la topografía y el estado físico del momento.
Holmér desarrolló esta metodología en los años 30 en respuesta al dominio de los fondistas finlandeses, buscando una forma de recuperar la competitividad del atletismo sueco. El fartlek permitía trabajar simultáneamente la resistencia aeróbica, la capacidad anaeróbica y la percepción corporal. Su aplicación fue clave en la formación de los corredores suecos durante las décadas de 1930 y 1940.
Uno de sus adeptos, el famoso Gunder Hägg, que reinó en la media distancia en los años 40, batió quince récords mundiales individuales en atletismo, y en 1946 poseía los récords del mundo en todas las distancias de medio fondo. Tras la guerra, Gunder Hägg fue acusado y declarado culpable por la Federación Sueca de Atletismo de haber competido a cambio de dinero, lo cual en aquel tiempo contravenía las normas del organismo. Fue suspendido de por vida, pero eso ya es otra historia.
La influencia del entrenador Gösse Holmér fue duradera: el fartlek se difundió por todo el mundo y es hoy un pilar esencial en el entrenamiento de fondo y medio fondo. Su visión integradora del cuerpo, el ritmo y el entorno inspiró a generaciones de entrenadores a considerar el atletismo como un arte tanto como una ciencia.
Y ahí quiero llegar yo, porque de eso quiero hablar, del entrenamiento como arte y filosofía, porque yo he sido atleta y entrenador y, por tanto, conozco a fondo este mundo del esfuerzo y el sudor, sus recompensas y sus miserias. Voy a comenzar en la antigüedad, porque todo tiene una historia. Desde los juegos olímpicos de la antigua Grecia hasta los laboratorios de biomecánica del siglo XXI, la historia del entrenamiento de los atletas de atletismo es una fascinante travesía de descubrimientos, errores, observación del cuerpo humano y, sobre todo, disciplina transmitida entre generaciones.
El atletismo, en tanto disciplina física basada en la carrera, el salto y el lanzamiento, tiene raíces tan antiguas como la propia historia escrita. En los Juegos Olímpicos del 776 a.C., el evento principal era el stadion, una carrera de unos 192 metros. Los atletas entrenaban en gimnasios al aire libre, donde la formación incluía correr desnudos, técnicas de respiración, ejercicios de fuerza con sacos de arena o piedras, y una dieta rigurosa basada en pan, aceitunas y vino. El entrenamiento era supervisado por pedagogos y entrenadores especializados, llamados paidotribai.
La palabra “gimnasio” proviene del griego antiguo “gymnasion”, que a su vez deriva de “gymnos”, que significa “desnudo”. El gimnasio era un lugar donde los hombres jóvenes, en la antigua Grecia se ejercitaban desnudos como parte de su educación física, moral y filosófica. Allí se entrenaba el cuerpo, pero también el espíritu, ya que muchos gimnasios estaban asociados a escuelas de pensamiento y contaban con salas para la discusión y la instrucción intelectual.
Este concepto de la educación integral del ser humano, cuerpo y mente, fue heredado parcialmente por algunos países europeos. En contextos modernos, aunque evidentemente ya no se practica el ejercicio desnudo, se conserva la idea del gimnasio como espacio educativo. En países como Suecia y Alemania, los “gymnasium” son tipos de escuelas secundarias de alto nivel académico que preparan a los alumnos para el ingreso a la universidad. La palabra, por tanto, ha mantenido un vínculo con su origen como institución formativa, aunque ha evolucionado desde el enfoque físico hacia el intelectual. La relación entre el cuerpo y la mente sigue presente en la pedagogía nórdica y germánica. La educación física y el contacto con la naturaleza forman parte de una formación integral. Así, el concepto de gimnasio, aunque transformado, sigue siendo un reflejo de aquella antigua aspiración griega de cultivar simultáneamente la musculatura y el pensamiento.
Los romanos, menos interesados en la competencia atlética pura y más centrados en el espectáculo, no desarrollaron el atletismo como una disciplina competitiva, aunque sí conservaron prácticas físicas en los campamentos militares.
Con la caída del Imperio Romano, las actividades atléticas organizadas desaparecieron prácticamente en Europa. El entrenamiento físico quedó relegado al ámbito militar o monástico. Sin embargo, algunas competencias populares, como las carreras rurales o saltos improvisados, sobrevivieron en las ferias y festividades locales. No es hasta el Renacimiento que resurgen los tratados sobre el cuerpo humano y la importancia del ejercicio físico.
Uno de los tratados más destacados del Renacimiento que realza el ejercicio físico es “Il Cortegiano”[1] (El cortesano), escrito por Baldassare Castiglione y publicado en 1528. Aunque no es un manual exclusivo sobre actividad física, en esta obra se expresa claramente la importancia del cultivo del cuerpo junto al del espíritu como parte de la formación del hombre ideal del Renacimiento.
Castiglione describe al cortesano perfecto como un hombre armonioso, equilibrado, instruido en las artes, la música, la oratoria y también en las actividades físicas como la equitación, el manejo de las armas, la danza y los deportes. El ejercicio corporal no es visto como una simple ocupación vulgar, sino como una expresión de nobleza, medida y disciplina. En el pensamiento renacentista, heredero de la antigüedad clásica, el cuerpo era un instrumento que debía ser modelado con la misma dedicación que el alma, siguiendo el ideal griego del “kalokagathía” (belleza y bondad).
Otra obra fundamental es “De Arte Gymnastica”[2] (1569), escrita por Hieronymus Mercurialis, un médico italiano que es considerado el padre de la medicina del deporte. Este tratado es probablemente el primer intento sistemático en la Europa moderna de estudiar el ejercicio físico desde una perspectiva científica e histórica. Mercurialis retomó las prácticas griegas y romanas y las adaptó a su tiempo, subrayando los beneficios del ejercicio moderado para la salud, tanto física como mental.
Estas obras reflejan el renacimiento del ideal clásico de la educación integral, una síntesis de fuerza, belleza, sabiduría y virtud. Lejos de despreciar el cuerpo, el Renacimiento lo colocó de nuevo en el centro de una visión humanista de la formación individual. Mens sana in corpore sano, como diría Juvenal.
Con el auge del humanismo, el deporte reaparece en la educación de las élites europeas. En Inglaterra, las “public schools” introducen carreras a pie como parte del currículo. La fundación del Amateur Athletic Club en 1866 y la organización de las primeras competiciones estructuradas dieron origen al atletismo moderno. Se empiezan a estudiar las técnicas de carrera, aunque el entrenamiento era rudimentario y se basaba en la repetición: más metros, más vueltas, más cansancio. No existían aún principios científicos. Aunque, la gimnasia en sí, ya se había codificado, primero con el Turn alemán y luego con la llamada gimnasia sueca con Pehr Henrik Ling, que en 1813 fundó el Real Instituto Central de Gimnasia en Estocolmo (Gymnastiska Centralinstitutet), que se convirtió en un centro internacional de formación. Allí se enseñaba una gimnasia basada en principios anatómicos y fisiológicos, en oposición al sistema alemán de Jahn, que favorecía ejercicios más vigorosos y patrióticos.
En las décadas de 1920-1940: El entrenador Lauri Pihkala introduce métodos sistemáticos, que llevan a su adepto Paavo Nurmi al trono mundial de la media y larga distancia. Nurmi entrena con cronómetro en mano y desarrolla el ritmo de carrera, popularizando el entrenamiento fraccionado, lo que hoy llamamos intervalos. Es un entrenamiento muy duro, sobre todo pensando en el material que se usaba entonces, las zapatillas de cuero claveteadas y las pistas de tierra o ceniza. Lo sé por propia experiencia, que yo también he corrido por esas pistas con zapatillas no muy diferentes a las que usaba Nurmi. Llegábamos a la meta con la espalda negra de ceniza, de la que levantábamos al correr por entre los hoyos y los charcos. ¡Qué gran diferencia con el tartán moderno!
Entre 1950 y 1970 es el método del checo Emil Zátopek el que revoluciona el entrenamiento con su famoso método de “series brutales”, corriendo por ejemplo 20x400m a alta intensidad. Es un método que solo una reducida élite puede seguir y aguantar. No es ya solo el sufrimiento, identificable en el rostro de Zátopek, sino el constante riesgo de lastimarse el que frena la afición al atletismo. No es hasta que el neozelandés Arthur Lydiard introduce el entrenamiento por fases: base aeróbica, fuerza, velocidad, afinamiento, en periodos, el nuevo concepto de periodización, que el atletismo se hace popular también entre las masas. Aquí me gustaría añadir que esta pequeña revolución de Lydiard solo fue posible por la irrupción de la alta tecnología en la fabricación de zapatillas y más tarde de superficies rápidas en las pistas de atletismo.
Lo de las zapatillas es tan importante que merece ser explicado. Las modernas zapatillas para correr, tal como las conocemos hoy, comenzaron a desarrollarse en los años 60 del pasado siglo, en un contexto de creciente interés por el ejercicio físico y la salud pública, especialmente en los Estados Unidos. Sin embargo, sus raíces se remontan más atrás, a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando aparecieron los primeros zapatos deportivos con suelas de goma y parte superior de lona, creados para deportes como el tenis o el atletismo. Todos recordamos seguramente las zapatillas del ganador del maratón de los juegos olímpicos de Berlín en 1936, Kitei Son (Sohn Kee Chung), koreano compitiendo por Japón, zapatillas especiales divididas en la puntera de manera que el dedo pulgar del pie quedaba separado del resto.
Una figura clave en esta evolución fue Bill Bowerman, entrenador de atletismo en la Universidad de Oregón y cofundador de Nike. En la década de 1960, Bowerman comenzó a experimentar con la fabricación de zapatillas más ligeras y adaptadas a la biomecánica del corredor. En 1972, Nike lanzó las primeras zapatillas con suela “Waffle”, inspirada por una waflera doméstica, una suela de goma con patrones cuadrados que ofrecía mejor tracción y amortiguación en superficies duras.
Este avance coincidió con el auge del movimiento del jogging en los años 70, especialmente en los Estados Unidos. Sobre todo, tras la victoria de un norteamericano nacido en Múnich en el maratón, celebrado en esta ciudad y el libro de Erich Segal convertido en exitosa película, Love Story. ¡Qué coincidencia que Segal fuera además el profesor de Shorter en la universidad de Yale! Autores como el entrenador neozelandés Arthur Lydiard (naturalmente tengo su libro) y el propio Bowerman popularizaron el jogging como una actividad accesible para la población general, no solo para atletas de élite. Las nuevas zapatillas hicieron que correr largas distancias fuera más cómodo, seguro y atractivo para millones de personas y así nos fuimos los boomers a la calle a correr, bueno, a mí me llevaron mis estudiantes.
Con el tiempo, marcas como Nike, Adidas, Asics, New Balance y otras comenzaron a competir en innovación, introduciendo tecnologías como cámaras de aire, geles amortiguadores, materiales más transpirables, plantillas ergonómicas y diseños específicos para distintos tipos de pisada. Recuerdo las primeras Nike air que me puse ¡Qué diferencia con mis antiguas zapatillas! De esta manera, las zapatillas de correr modernas no solo acompañaron, sino que facilitaron la expansión global del running como práctica popular, recreativa y terapéutica. De hecho, su desarrollo técnico ha sido paralelo a la transformación del acto de correr, de necesidad o disciplina atlética, a experiencia personal, saludable y muchas veces espiritual.
Y, como estábamos en la guerra fría, el atletismo se convirtió en asunto de Estado. Se crearon institutos de deporte, se estudió la biomecánica, se comenzaron a filmar los entrenamientos, con las pequeñas cámaras de video, se empezó a registrar los niveles de ácido láctico con el OBLA, etc. Así comenzó a desarrollarse el modelo de planificación a largo plazo, el trabajo con cargas y descansos, el entrenamiento mental.
La preparación de un atleta ya no era sólo física. Aparecieron los entrenadores personales, psicólogos deportivos, nutricionistas, biomecánicos. Se usan GPS, cámaras de alta velocidad, sensores, big data. El entrenamiento se individualiza. Cada atleta sigue un plan basado en su fisiología, genética, entorno y objetivos. El “coaching” se convierte en un arte de precisión. Ahí entro yo, que en los primeros meses de 1980 empiezo a entrenar, primero a jóvenes promesas y más tarde a atletas ya hechos. Llevo conmigo la experiencia de todas mis lecturas y la práctica que he probado en mi propia carne, corriendo maratones. La federación sueca me envía a cursos y en 1983 estoy ya hecho un entrenador de medio y largo fondo.
Se integran disciplinas como el yoga, el pilates, la meditación. Los entrenamientos de altitud, el entrenamiento en hipoxia simulada, las cámaras de recuperación con frío o presión, todo es parte del nuevo ecosistema del alto rendimiento. Algunas de estas cosas están fuera de mi alcance, pero consigo enviar a uno de mis pupilos, Rodrigo Camacho, a la olimpiada de los Ángeles, representando a Bolivia, en gran parte, con una combinación de los conocimientos de Holmér y Lydiard y mis apuntes del curso de biomecánica.
Yo seguí entrenando a un grupo ecléctico de estudiantes, músicos, bomberos y médicos y conseguimos victorias en carreras universitarias, yo, por ejemplo, gané los 10 000 en 1982, en campeonatos regionales, en controles nacionales, en carreras populares y en maratones. El más perseverante de mis adeptos, fue sin duda Eduardo Muñoz. Un joven español, hoy ya jubilado, afincado en Suecia durante algunos años en los 80, un héroe del entrenamiento y un buen amigo, que logró bajar hasta las 2 horas 18 minutos en el maratón y a 1 hora y 3 minutos en la media. Eduardo siguió mi entrenamiento y se lo llevó de vuelta a España, perfeccionándolo, hasta hacerlo un modo de vida. Él sigue corriendo y conserva un cuerpo ágil y fuerte.
Volviendo a la actualidad, el cuerpo humano hoy es analizado en tiempo real por dispositivos portables. Pero sigue siendo el mismo cuerpo que corrió en el estadio de Olimpia. Con los mismos músculos, con el mismo corazón. Lo que ha cambiado es la manera de escucharlo, entenderlo, respetarlo y, a veces, desafiarlo. El entrenamiento atlético, en su historia, no es solo la evolución de métodos. Es la historia de cómo los seres humanos han buscado constantemente superarse a sí mismos.
Para poner un ejemplo de los métodos actuales de entrenamiento, podemos mirar como entrenan los Ingebrigtsen. El método de entrenamiento de la familia Ingebrigtsen, desarrollado principalmente por el padre Gjert Ingebrigtsen, ha revolucionado la preparación para pruebas de media y larga distancia. Este sistema, basado en un enfoque científico y metódico, combina alta intensidad con precisión en la carga de entrenamiento, y lo ha aplicado con éxito en sus tres hijos: Henrik, Filip y Jakob Ingebrigtsen. Los hermanos Ingebrigtsen comenzaron a entrenar desde la adolescencia con volumen y disciplina casi profesionales. Gjert creó una rutina estricta desde muy temprano, que combinaba estudios, descanso y sesiones estructuradas.
El entrenamiento de los Ingebrigtsen se basa en la teoría del “entrenamiento polarizado”. Aproximadamente el 80% del volumen semanal se realiza a baja intensidad (zonas aeróbicas), aquí hay mucho Lydiard, y el 20% restante en alta intensidad, especialmente intervalos en umbral de lactato, como Zátopek. Esto permite mejorar la eficiencia aeróbica sin sobrecargar el sistema nervioso central.
Uno de los aspectos más distintivos es la realización de dos sesiones de umbral al día, normalmente en la mañana y la tarde. Estos entrenamientos consisten en bloques de repeticiones con pausas breves, a ritmo controlado, no máximo, justo por debajo del umbral de lactato, medido con sensores en sangre durante el entrenamiento. Ejemplo: 5×6 minutos o 10×1000 m a ritmo constante.
Utilizan lactómetros para asegurarse de que el esfuerzo se mantiene justo por debajo del umbral, alrededor de 2 mmol/l, permitiendo alta frecuencia de entrenamiento sin acumulación excesiva de fatiga. También controlan la frecuencia cardíaca y la variabilidad de la misma para ajustar cargas. Evitan carreras menores o de entrenamiento que puedan interrumpir los ciclos de carga. Prefieren preparar bien las competencias clave y no correr por correr.
El método también pone énfasis en la mentalidad, la disciplina y el compromiso a largo plazo. Aunque Gjert ha sido una figura controvertida, se ha enfrentado a una acusación de abusos por parte de sus hijos, su rol como entrenador-familiar creó un entorno de alta exigencia y rendimiento. Jakob Ingebrigtsen, el más joven, es el máximo exponente del sistema. Campeón olímpico y mundial en 1500 y 5000 m, es conocido por su capacidad de correr varias carreras en pocos días sin perder eficiencia, lo que valida la solidez del sistema.
Este enfoque ha influido a entrenadores de todo el mundo, y representa una combinación de ciencia aplicada, consistencia y cultura del esfuerzo, con una clara inspiración en la profesionalización del entrenamiento desde la juventud. Esto es más difícil de lo que uno puede pensar, porque, la disciplina necesaria, va muchas veces en contra de la voluntad de los hijos y la motivación para correr, ha de venir de dentro del individuo. El entrenamiento es algo tan duro, que solo puede ser efectivo si se hace movido por la propia voluntad. Esa voluntad puede resultar de la motivación interior, pero también de la exterior. Por ejemplo, el gran corredor sueco Gunder Hägg, corría por mejorar su vida, por dejar el campo y porque quería acceder a una plaza de bombero y sabía que le sería más facel conseguirla si conseguía buenos resultados deportivos. Según él cuenta en sus memorias, odiaba correr.
En la Unión Soviética y en los países del este, incluyendo también a Cuba, la selección se hacía desde muy jóvenes. Ya a los cinco o seis años se podía sacar a un gimnasta, atleta, nadador o cualquier otro deporte y, desde el principio, se trabajaba duro en alcanzar una progresión adecuada, con o sin la aceptación del individuo, que, al mismo tiempo, veía que si progresaba, podía conseguir cosas materiales que estaban muy por encima de lo que otros chicos y chicas de su edad podían esperar. Tenemos en Suecia el caso de Ludmila Engquist, nacida Leonova, rusa nacida en 1964 que fue seleccionada primero como gimnasta, pero pasó a los 100 metros vallas, donde consiguió despuntar. Se casó con su entrenador Nikolaj Narozjilenko en 1982 y dominó gran parte de los 80 y comienzos de los 90 los 100m/v. En 1991 gano el campeonato del mundo como Ludmila Narozjilenko, también consiguió el récord del mundo en 60 m/v. En los países del este, y en muchos otros, hay que decir, no se consideraban suficientes los buenos programas de entrenamiento, y se experimentaba bastante con substancias químicas y otros métodos, para maximizar los efectos del entreno. En 1993 se la condenó a cuatro años de suspensión por dopaje, pero se constató que el dopaje había sido involuntario porque su marido y entrenador la había dopado a sabiendas, como venganza porque ella se quería venir a Suecia con el que después fue su marido, manager y entrenador, Johan Engquist, que ella conoció en el mundo del atletismo. Ya como sueca ganó el oro en las olimpiadas de Atlanta 1996 y los campeonatos del mundo de Atenas en 1997, y un bronce en Sevilla en 1999. Yo la pongo como ejemplo, porque recientemente han salido sus memorias y porque desde 2001 ha vivido en Alicante, bueno, no solo por eso, sino porque me parece que encarna la imagen de los atletas del otro lado del telón de acero.[3]
Regreso ahora a lo de las zapatillas, porque es algo que es muy importante tener en cuenta, cuando hablamos de entrenar y correr. En las dos primeras décadas de este siglo, las zapatillas de correr han vivido una revolución que ha cambiado el panorama del atletismo de fondo y ha contribuido de manera significativa a la caída de numerosos récords mundiales. El detonante fue el lanzamiento, por parte de Nike en 2017, del modelo Vaporfly 4%, que prometía una mejora del rendimiento gracias a su diseño avanzado, incluyendo una placa de carbono integrada en la entresuela y una espuma ultraligera y reactiva llamada ZoomX.
Esta combinación ofrece una propulsión sin precedentes, reduciendo la fatiga muscular y mejorando la economía de carrera. El impacto fue inmediato y en 2018 y 2019, la mayoría de los ganadores de grandes maratones y los corredores que batían récords utilizaban este tipo de calzado. El punto culminante fue la proeza de Eliud Kipchoge en octubre de 2019, al correr una maratón en menos de dos horas (1:59:40) en un evento no oficial en Viena, utilizando un prototipo evolucionado de estas zapatillas.
A partir de ahí, otras marcas como Adidas, Asics, Saucony y Hoka desarrollaron sus propios modelos con placas de carbono, lo que desató una nueva era en el diseño de calzado de competición. Las federaciones deportivas comenzaron a discutir si estas ventajas constituían una forma de dopaje tecnológico, y se establecieron ciertas regulaciones sobre la altura de la suela y el número de placas permitidas.
Los beneficios biomecánicos de estas zapatillas, sumados a entrenamientos más inteligentes y nutrición optimizada, han permitido que los límites humanos en las carreras de fondo se desplacen de forma rápida. Récords históricos como el de los 10.000 y 5.000 metros se han batido entre 2020 y 2023 tanto en categoría masculina como femenina, siempre con zapatillas de nueva generación en los pies de los atletas. Así, el desarrollo tecnológico en el calzado no solo ha revolucionado la experiencia de correr para aficionados, sino que ha transformado la élite del atletismo mundial, generando un intenso debate sobre los límites entre innovación legítima y ventaja injusta.
Yo corrí la media maratón del puente el 15 de junio de este año con unas New Balalance Fuell Cell Super Comp que me permitieron completar la distancia con decoro. La verdad es que eso de las zapatillas es sobre todo algo que permite a mucha gente participar en carreras y entrenar, aunque no se tengan las facultades excepcionales de Abebe Bikila, que pudo ganar el maratón olímpico de Roma, descalzo, sobre el cruel empedrado de las calles.
Prometí al comienzo de esta entrada, contar la historia que une a Gösse Holmér con un acontecimiento importante de 1986. Pues, bien, uno de sus hijos, Hans Holmér, (1930-2001) fue jefe de la policía de seguridad sueca entre 1970 y 1976, y comisario jefe de la policía en Estocolmo entre 1976 y 1987. En el momento del asesinato de Olof Palme, 1986, era el jefe de policía de la región de Estocolmo y se designó a sí mismo como jefe de la investigación del asesinato y embrolló tanto todo lo referente a las pesquisas e indicios, que al final le tuvieron que alejar del puesto y se dedicó a escribir novelas policiacas. Me voy a airear mis zapatillas, que todavía me hacen buen servicio y mañana seguiré contando cosas.
[1] https://it.wikisource.org/wiki/Il_libro_del_Cortegiano
[2] https://archive.org/details/ARes20309/page/n9/mode/2up
[3] En 2001, tras de intentar volver a la actualidad mediática, después de superar un cáncer y dejar el atletismo, intentó hacer una carrera dentro del deporte de la nieve, bobsleigh, y le salió mal, porque dio positivo en un control antidoping por anabolizantes esteroides y quedó suspendida de por vida.
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