Gumalla vivió bajo dominio islámico aproximadamente desde el año 713, tras la conquista musulmana de la península ibérica, hasta su incorporación a la Corona de Castilla en 1241. Esto supone cerca de 528 años de influencia y administración islámica en la región. Hoy, rebautizada como Jumilla, figura en la prensa por una noticia que quiero comentar.

El diario El País publica hoy que el consistorio de Jumilla ha generado controversia al limitar la celebración pública de determinadas festividades religiosas musulmanas. Esta medida, según el diario, se justifica por cuestiones de orden público y logística municipal, pero ha sido criticada por asociaciones civiles y religiosas que denuncian un posible trato discriminatorio.

En concreto, se hace referencia a restricciones impuestas a la celebración del Eid al-Adha (Fiesta del Sacrificio) y del Eid al-Fitr (Fin del Ramadán), que hasta ahora se venían organizando en espacios públicos habilitados. Las autoridades locales han indicado que no se trata de una prohibición de la festividad en sí, sino de una reubicación de los actos para evitar “problemas de seguridad y saturación de infraestructuras”.

Diversos sectores han respondido solicitando transparencia en los criterios empleados y un marco de diálogo que permita compatibilizar la libertad religiosa con la gestión del espacio público. Mientras tanto, la decisión ha abierto un debate sobre la inclusión y la pluralidad cultural en municipios con creciente diversidad demográfica.

Conozco Jumilla. He mantenido contactos y entablado programas de cooperación dentro de, primero Comenius y más tarde Erasmus, con el IES Infanta Elena desde hace más de 30 años. Conozco bien Jumilla. He vagado por sus campos de viñedos y he visto las ovejas regresar de los pastos al atardecer, he disfrutado de su cocina, sus vinos, su hospitalidad. Me extraña esa noticia. Me gustaría saber cómo la ha recibido mi amigo Fulgencio, jovial profesor de matemáticas e impulsor de las relaciones internacionales en su instituto.

Los espacios públicos, son de todos, se pagan con el dinero de todos. Si se abren para alguna celebración, deben de estar abiertos para todas las celebraciones, siempre que se mantenga un orden y se avengan a las reglas para su uso, y, claro está, que no sean actos ilícitos o que promuevan delitos.

Regresaron los musulmanes a Jumilla, tras cientos de años de ausencia. Yo no creo en eso de las “raíces”, creo que es cosa de árboles y plantas, que los humanos tenemos pies y que nos vamos rápidamente de allí donde no encontramos sustento o peligra nuestra integridad. Los arboles y las plantas, al no tener pies, están sujetos a la tierra por sus raíces y se secan y mueren si carecen de nutrición o si se declara un incendio. Tampoco necesitamos los humanos un tipo de tierra especifica. Nos basta un espacio, cualquiera, para levantar nuestro hogar. No hay fronteras que nos detengan, no hay mares ni desiertos que impidan nuestro camino.

Regresaron los musulmanes a Jumilla, los vecinos del Magreb, a unos cientos de kilómetros no más, para ayudar a los que querían rentabilizar sus tierras, producir vinos y cosas de comer, que faltaban manos. No vinieron a conquistar, sino a trabajar y dejar ganancias en la ciudad y en la región y, por extensión, en toda España. Aguantaron condiciones de trabajo que los jóvenes del lugar no querían soportar. Vinieron pobres y vivieron pobres, para mandar las ganancias a sus casas, al otro lado del mar, en Marruecos o al otro lado del desierto, en esa inmensa África subsahariana. Algunos los miraron mal, por su apariencia y por su pobreza. Y entre ellos, también había gente indeseable, ni más ni menos que la que hay en todas las comunidades; alguna manzana podrida. Y, cada vez que algún magrebí cometía una infracción de cualquier tipo, se generalizaba como obra de los magrebíes, de los musulmanes, de los otros.

Se calcula que entre el 5 y el 10 % de los habitantes de Jumilla pueden tener ascendencia musulmana, ya sea por herencia histórica del periodo andalusí, en los siglos VIII al XIII, como por migraciones más recientes desde países de mayoría musulmana. Sin embargo, hay políticos en Jumilla que prefieren cerrar los ojos ante la realidad y creen que, prohibiendo fiestas, poniendo pegas y tratando a esta minoría malamente, van a conseguir que desaparezca de su ciudad.

Me viene a la memoria la imagen de las palomas y las cotorras argentinas en el jardín de Barcelona, picoteando juntas los restos de unas migas de pan, que alguien había dejado caer. En mi paseo por Lund, veo aun más cantidad de especies conviviendo en el mismo espacio: palomas, siempre palomas, gorriones, mirlos, cornejas negras, urracas, estorninos, carboneros y, dos visitantes más raras, dos gaviotas reidoras. Y, no es extraño que piense que, si estas aves conviven en el mismo hábitat, ¿por qué no podemos convivir los humanos, que nos parecemos todavía más?

Volviendo a eso de que los humanos no tenemos raíces, creo que es peligroso hablar en esos términos. Suena muy bien: raíces, arrels, sustraiak, racines, roots etc. parece fácil imaginar como esas raíces se afianzan a la tierra, profundizando en sus entrañas, pero es mentira, es un mito. Lo peor es que ese mito lo utilizan los que quieren demostrar que ellos tienen derechos sobre un territorio, mientras que otros, no lo tienen, por haber nacido fuera de él. Muchos de los problemas de convivencia actuales vienen de esa desgraciada metáfora, las raíces humanas. Cuando lleguemos a comprender que esas raíces son solo imaginaciones, seremos más felices.

Lo dejo ya hoy diciendo que el 6 de julio de este año se celebro en Malmö, por todo lo alto, la Achoura, un día festivo para los musulmanes que se celebra el décimo día del inicio del año islámico, el mes muharram. Es la fiesta de los niños. Aquí en Lund, celebramos una fiesta intercultural el 22 de julio, también con los niños como protagonistas, porque son ellos, los niños, los hombres y mujeres de mañana, los que pueden hacer que convirtamos nuestros puntos comunes en lugares de paz y harmonía en todo el mundo. ¡Amén, Inshalla!