He leído el artículo de María Ramírez en The Guardian sobre el ascenso de Vox entre los jóvenes españoles. Es un texto bien documentado, lúcido en sus datos, pero a mi entender, insuficiente en su profundidad. Ramírez describe un panorama inquietante, porque el 40% de los hombres y el 20% de las mujeres menores de 35 años dicen inclinarse hacia un partido que niega los derechos que hicieron de España una democracia moderna. Sin embargo, la explicación que propone, el hartazgo ante los partidos tradicionales, la frustración económica, el espectáculo permanente de la política, solo roza, en mi opinión, la superficie del problema.

El desencanto juvenil no se explica únicamente por el precio de la vivienda o por la corrupción, aunque ambos sean síntomas de una enfermedad más profunda: la pérdida del sentido histórico de la política. Las generaciones jóvenes han heredado un mundo sin promesas. Crecieron en democracias consolidadas, donde la libertad ya no era una conquista sino una condición natural. No conocieron la censura, ni la represión, ni la guerra. Y sin embargo, sienten que viven peor que sus padres.

Sus abuelos creyeron en la utopía, la del 68, la del cambio, la de la revolución de las costumbres, y sus padres en la estabilidad democrática y el consumo. Los nietos, en cambio, solo conocen la precariedad que dan los contratos temporales, los alquileres imposibles y un futuro incierto. La política no les ofrece esperanza, sino trámite. Las palabras “izquierda” y “derecha” se han convertido en etiquetas sin contenido, intercambiables en el ruido mediático. En este vacío simbólico, las emociones sustituyen a las ideas, y el resentimiento sustituye a la esperanza.

Ahí es donde la extrema derecha ha sabido moverse con habilidad. Vox ofrece una identidad simple frente a la complejidad del mundo global, basada en la patria, la autoridad y el orden. En una época de incertidumbre, esas palabras suenan reconfortantes. Los jóvenes no se sienten atraídos por el franquismo, que desconocen, ni por el catolicismo militante, sino por una promesa de sentido, por la ilusión de pertenecer a algo más grande que ellos mismos. Lo que los partidos progresistas no comprenden es que el discurso racional, datos, políticas, reformas, ya no basta cuando la emoción es la única moneda política que circula.

Tampoco ayuda la cultura digital, que ha fragmentado la conversación pública. Las redes sociales han reemplazado el debate por la consigna, la reflexión por el eslogan. En TikTok y en Instagram, Vox ha aprendido a hablar el lenguaje visual de una generación que desconfía de los discursos largos y de las instituciones. Frente a eso, la izquierda se muestra envejecida, moralista y autorreferencial. Se dirige a los jóvenes con tono de profesor cansado que duda de lo que enseña, mientras la ultraderecha lo hace como un amigo provocador.

El problema no es solo político, sino civilizatorio. La modernidad prometió progreso, pero en su versión neoliberal lo redujo a consumo. Hoy, cuando el progreso se mide en pantallas y algoritmos, la juventud percibe que todo avanza menos la vida humana. Que hay más tecnología, pero menos comunidad; más derechos, pero menos sentido. En ese vacío, el resentimiento se convierte en la forma moderna de la desesperación.

Por eso el diagnóstico de Ramírez, aunque certero en los síntomas, omite la raíz: el fracaso de las utopías de los abuelos. La política se ha quedado sin lenguaje moral, sin relato capaz de entusiasmar. Los jóvenes que votan a Vox no buscan destruir la democracia, porque tampoco saben lo que es, sino reencontrar una épica perdida.

Entre las sombras del desencanto político se mueve además un fenómeno más profundo que el voto. Ese fenómeno es la orfandad simbólica de una generación de varones jóvenes que no encuentran su lugar en la sociedad actual. Recordemos que es el doble de chicos los que tienen simpatías por Vox. Si el siglo XX enseñó a los hombres a ser fuertes, proveedores y dominadores, el siglo XXI les exige ser sensibles, cuidadosos y empáticos. Pero entre ambos modelos no se ha tendido un puente, y muchos de ellos han quedado suspendidos en el vacío.

El discurso de la ultraderecha ha sabido explotar precisamente ese vacío. No ofrece justicia, ni libertad, ni futuro, sino algo más elemental, una identidad clara en un tiempo de desdibujamientos. Al joven que no encuentra trabajo, que vive con sus padres, que no puede pagar un alquiler y que percibe el mundo como un laberinto de normas, le promete sencillez y pertenencia. Le dice: “no es tu culpa; el enemigo está fuera”. Y así transforma su desorientación en causa, su fragilidad en orgullo.

No es nuevo. Cada crisis de modernidad ha traído su nostalgia de la fuerza. Pero lo singular de nuestro tiempo es que el resentimiento se disfraza de rebeldía. En los años sesenta, los jóvenes se alzaban contra el poder; hoy algunos lo hacen en nombre del poder perdido. Han invertido el signo de la revuelta y ya no buscan emanciparse, sino restaurar.

En muchos países, incluida España, el discurso progresista ha tomado un tono moral, que a menudo los jóvenes perciben como acusatorio. Se les dice qué deben pensar, cómo deben hablar, qué palabras son aceptables, cómo deben revisar sus “micro-machismos”. Una parte de los jóvenes hombres no rechaza la igualdad, sino el sentimiento de culpa que se les impone. No quieren ser “los malos del relato”. Vox y otros movimientos similares captan ese malestar y lo invierten: “no te dejes culpar por lo que no hiciste; sé libre”. Es un mensaje emocionalmente liberador, aunque intelectualmente vacío.

Las chicas, por el contrario, han encontrado en el feminismo un relato colectivo que da sentido a su experiencia. Ellas comparten códigos, valores, horizontes. Ellos, en cambio, no tienen un lenguaje propio para su desconcierto. Allí donde la izquierda habla de derechos y diversidad, ellos oyen reproches; donde la sociedad reclama empatía, ellos sienten acusación. Por eso los atraen los discursos que los absuelven y los devuelven a una épica simple: la patria, la bandera, la “identidad nacional” que los acoge como un sustituto del reconocimiento perdido.

No es la ideología lo que explica su deriva. La ultraderecha es, para muchos de estos jóvenes, una forma de consuelo. No los moviliza el odio, sino la sensación de haber sido expulsados del relato del progreso. Nadie les explicó que la igualdad no resta valor a quien la comparte. Nadie les enseñó que la masculinidad también puede reinventarse sin necesidad de enemigos.

Mientras tanto, el progresismo institucional, tan pendiente de sus propias divisiones, parece incapaz de ofrecerles una alternativa vital, un lugar desde el que imaginar su papel en el futuro. Si la izquierda no encuentra un lenguaje emocional para hablar a estos hombres, otros seguirán haciéndolo en su nombre, envolviendo su soledad con los colores de una bandera que no cura, pero da calor.

No se los ganará ni a ellos ni a ellas con sermones ni con nostalgia, sino devolviendo a la política su poder imaginativo. Hay que volver a hablar de justicia, de comunidad, de belleza incluso. Hay que ofrecer futuro, no solo gestión. Si los partidos tradicionales no logran hacerlo, la juventud seguirá refugiándose en los extremos, porque al menos allí se habla con pasión. No, el problema no son los jóvenes. El problema es un país que ha dejado de creer que el futuro puede ser mejor que el presente.

In Spain, what once seemed impossible is now widespread: the young are turning to the far right | María Ramírez | The Guardian