No puedo dejar de pensar en la actual política. Todo es política. En mi última entrada toque el problema que las bandas criminales en Suecia y la política que el actual gobierno trata de seguir para erradicarlas. Sin duda, para poder diseñar una política efectiva contra esas bandas, no basta con implementar medidas legales represivas, ya sean bajar la edad de responsabilidad penal o subir las penas por delitos de violencia, especialmente los de violencia mortal. No hay evidencia científica de que este tipo de iniciativas haya resultado en un descenso de la delincuencia y tampoco de la violencia generalizada en un país. En realidad, no existen recetas fáciles que se puedan implementar de un día a otro. La solución, si es que la hay, está en un trabajo a largo plazo para contrarrestar las carencias que la sociedad lleva arrastrando desde hace muchas décadas.

Para empezar, me atrevo a resaltar algunos problemas que juntos y cada uno forman un terreno propicio a la delincuencia y al crecimiento de sociedades paralelas dentro de una democracia solida como la sueca. Trazado a grandes pinceladas, las causas de este estado de cosas, hay que buscarlas en, por este orden: la droga, la marginación social, la proliferación de armas de fuego, el desarraigo de algunos grupos sociales, el paro, y, sin duda alguna, la política o más bien, la no política de inmigración que se impuso en Suecia a partir del 1973.

Voy a tratar de explicar de que manera, cada uno de estos problemas influyen en la problemática que describía yo en mi anterior entrada, comenzando con la droga, a la que dedicaré esta entrada. La importancia de este factor hace que merezca un trato especial y una explicación un tanto larga. Para empezar, parece ser que nuestro sistema nervioso está diseñado para sentir, y no solo para sobrevivir. Tenemos circuitos para el placer, la curiosidad, el éxtasis, la expansión.

Desde muy temprano, los humanos descubrieron que ciertas plantas, hongos, jugos fermentados o resinas, alteraban la percepción, cambiaban el ritmo interior, desataban emociones, reducían el miedo o abrían la euforia. Por tanto, parece ser que no buscamos embriagarnos por debilidad, sino porque el cerebro humano es capaz de más estados de conciencia que los que la vida cotidiana le ofrece. Las primeras evidencias de alcohol datan según la ciencia de hace  aproximadamente 9 000 años, y parece que fue en China, donde las primeras civilizaciones fermentaban arroz, miel y fruta para crear un tipo primitivo de vino de arroz. Este hallazgo, encontrado en cerámica del poblado neolítico de Jiahu, nos muestra que la adición a las drogas está relacionada con la cultura. La primera evidencia de elaboración de vino de uva, algo más tardía, proviene de Georgia hace alrededor de 8 000 años, donde la fermentación de uvas se utilizaba para producir formas tempranas de vino tinto y blanco.  Vestigios de cerveza a partir de la cebada se han encontrado en Mesopotamia, con una antigüedad de 7 500 años. Los sumerios tenían hasta una diosa de la cerveza, Ninkasi, y se conserva una receta[1] para la fabricación de esta bebida en un himno dedicado a ella.  Bueno, en realidad, no se conoce ninguna cultura humana que carezca por completo de algún medio de alteración de la conciencia, ya sea alcohol, plantas, hongos, raíces fermentadas, inhalaciones, tabaco ritual etc.

Aquí en el norte, en Suecia concretamente, los vikingos bebían su hidromiel, una de las bebidas fermentadas más antiguas, elaborada a partir de miel, agua y levadura. El consumo no era cotidiano, se reservaba para ritos, juramentos, celebraciones y pactos. La embriaguez para los vikingos significaba comunidad y coraje. El invierno largo y la oscuridad prolongada han creado una cultura en la que las ocasiones para la sociabilidad son pocas. Cuando se bebe, se bebe para sentir, para romper el silencio, para celebrar algo que se hace excepcional. No es una cultura mediterránea de dos copitas con la comida, sino una cultura de acumulación y liberación. No se bebe todos los días, pero cuando se bebe, a menudo se bebe mucho. La biblia, sabemos, sanciona su uso, y condena al que ridiculiza al ebrio.[2]

Sacado de su contexto, con la modernidad, la urbanización, con la consabida perdida de control social, el desarraigo y la soledad, el alcohol se convirtió en una plaga social. En la Suecia del siglo XIX, la embriaguez no era un vicio accesorio, formaba parte del paisaje social. En las aldeas, entre la iglesia y el molino, en casi todos los hogares, el alambique doméstico producía “brännvin” (aguardiente), primero con cereales, más tarde con patata. No era un lujo ni un placer ocasional, era parte de la ración diaria, un líquido que calentaba el cuerpo en los inviernos interminables, que calmaba el hambre cuando el pan faltaba y que ofrecía un respiro allí donde la vida era trabajo duro, silencio y obediencia. Las familias lo destilaban en sus casas, los patronos lo ofrecían como pago parcial del jornal y, poco a poco, el alcohol dejó de ser un invitado en la mesa para convertirse en el amo de la vida cotidiana.

La embriaguez era consuelo y anestesia. Era la forma más eficaz de olvidar lo que no se podía cambiar: la pobreza persistente, la servidumbre moral, la ausencia de movilidad. En estas aldeas, donde el tiempo parecía inmóvil y el destino se heredaba, el aguardiente funcionaba como un pequeño escape del mundo, un pequeño instante donde la rigidez social se aflojaba. Pero cada escape dejaba marcas en forma de violencia doméstica y cuerpos destruidos en plena juventud. De ese caos llegó la reacción de la sociedad, porque, para que la sociedad pudiera dejar atrás la pobreza y el retraso de siglos, era necesario romper la servidumbre a la que estaban atadas las clases más débiles.

Mujeres, maestros, pastores y trabajadores, bajo influencias de movimientos nacidos en el extranjero, comenzaron a organizarse. Las primeras sociedades de templanza surgieron no como imposiciones moralistas, sino como llamadas desesperadas para salvar familias enteras. las esposas ocultaban las garrafas, en las iglesias se predicaba sobre el cuerpo como templo de Dios, campañas con folletos llenos de historias de campesinos que habían perdido la hacienda por la bebida. Eran campañas sociales, espirituales y políticas, que buscaban restituir el orden dentro del hogar y, con él, el orden en la comunidad. La Iglesia luterana, con su énfasis en la disciplina interior y la responsabilidad moral, se convirtió en una fuerza decisiva. No se trataba solo de prohibir, se trataba de reconstruir la dignidad. El mensaje era claro: la sobriedad no era una renuncia, sino un acto de afirmación personal y comunitaria.

A finales del siglo XIX, la lucha tomó forma política. Se introdujeron regulaciones sobre la producción casera de alcohol; se impusieron licencias para la venta; y, sobre todo, se instauró un sistema gradual para restringir el acceso, conocido más tarde como el sistema de racionamiento y control, precursor del actual Systembolaget[3]. Era una manera de afirmar que la sociedad tenía derecho a protegerse de sí misma.

La reacción contra la embriaguez en Suecia fue la defensa de la comunidad frente a una forma de disolución moral y material. No fue una cruzada contra el placer, sino un movimiento para rescatar la posibilidad de convivir, trabajar, amar y educar sin que la destrucción se sentara cada noche a la mesa. La sobriedad se convirtió en un símbolo de regeneración nacional. porque lo que estaba en juego no era el alcohol en sí, sino la capacidad de una sociedad para sostenerse a sí misma sin desmoronarse desde dentro.

El Estado, la Iglesia y los reformadores de conciencia observaron el daño que la ruptura del lazo comunitario ocasionaba en la sociedad. El alcohol aislaba, rompía redes, disolvía responsabilidades. La familia dejaba de ser refugio para convertirse en campo de batalla silencioso. La moral luterana —disciplinada, rigurosa y introspectiva, se vio amenazada por la dispersión y el abandono. La historia de la lucha contra la embriaguez en Suecia, en el siglo XIX es, por tanto, la historia de un país que se miró al espejo y descubrió que su destrucción venía de la cocina de cada casa. Un país que comprendió, lentamente, que la libertad individual puede destruirse a sí misma si no encuentra límites, y que la comunidad solo puede sostenerse si se protege de aquello que la descompone desde dentro.

Después vino un tiempo de templanza abanderado por los movimientos sociales, la socialdemocracia, los sindicatos, movimientos religiosos y laicos contra el uso del alcohol. No es que el problema de la embriaguez desapareciese del todo, pero se mantenía medianamente controlado. Y, de pronto, surgió otro problema: la droga. Se puede decir que comienza a ser un problema poco después de finalizar la segunda guerra mundial. A finales de los años 50 se registra en Estocolmo el primer grupo juvenil que experimenta con morfina y anfetaminas.

las anfetaminas fueron sintetizadas por primera vez en Alemania en 1887, pero su uso práctico no apareció hasta la década de 1920–1930. Inicialmente se conocían como estimulantes respiratorios y cardiovasculares, y se recetaban para tratar la narcolepsia y somnolencia extrema, como broncodilatador, y para combatir la fatiga crónica. Durante la Segunda Guerra Mundial, las anfetaminas se militarizaron, porque Alemania, Reino Unido, Japón y Estados Unidos las dieron a sus tropas para combatir el cansancio, mantener la atención en largas marchas o vuelos y mejorar el rendimiento físico y mental.

Después de la guerra, las anfetaminas comenzaron a venderse legalmente en farmacias bajo nombres comerciales como Benzedrina. En Suecia, como en otros países occidentales, los médicos las recetaban para bajar de peso, combatir depresión o fatiga crónica. Trabajadores y estudiantes las consumían para rendir más horas. Recuerdo como mis compañeros de pensión en Salamanca, estudiantes de medicina, tomaban anfetaminas para poder pasar noches enteras estudiando, ante los exámenes. La publicidad mostraba las anfetaminas como energía en pastillas, casi milagrosa. Su uso fue normalizado socialmente, al principio visto como un recurso médico, no como droga recreativa. Eran medicinas legales que algunos médicos recetaban con excesiva generosidad. En 1962–1964, Suecia detecta su primera ola de abuso de anfetaminas entre artistas, estudiantes y trabajadores en las grandes ciudades. Se hablaba incluso de “la intoxicación química moderna”.  A medida que se descubría que podían provocar euforia, concentración extrema y sensación de poder, algunas personas empezaron a usarlas fuera del ámbito médico. Jóvenes urbanos de los años 60 comenzaron a experimentar con anfetaminas traídas de farmacias o puertos y aparecieron primeros grupos de abuso en Estocolmo y Göteborg. Las anfetaminas se convirtieron en símbolo de modernidad, rebeldía y velocidad, muy diferente del alcohol rural.

Marihuana y hachís llegan más tarde, hacia 1965–1967, traídos por jóvenes suecos que regresaban de Londres, París e India, y por marineros que atracaban en Göteborg y Malmö. Aquí aparece el vínculo con el movimiento hippie y la contracultura. La música rock, el jazz experimental y los festivales de verano crearon espacios donde fumar hachís se asociaba con placer estético y libertad mental. El consumo se vinculó también a un mensaje político y cultural: cuestionar la autoridad, explorar la conciencia, buscar comunidad. La prensa sensacionalista y los primeros casos policiales lo convirtieron en símbolo del peligro juvenil, aunque su uso real seguía siendo minoritario. El hachís pasó de ser una curiosidad exótica a un elemento reconocible de la juventud urbana sueca, un símbolo de la contracultura, de experimentación y de desafío a la norma. Inicialmente no se consumía en exceso, el uso era ritual, social y estético. Se concebía como una puerta de escape, un símbolo de identidad juvenil y un acto de curiosidad cultural, en contraste con el alcohol, que había sido la droga “oficial” y socialmente aceptada o detestada por siglos.

La primera aparición documentada de la heroína en Suecia se produce en la década de 1960, casi al mismo tiempo que la marihuana y el hachís, pero inicialmente de manera marginal y ligada a la experimentación urbana y artística. Durante los años 70, con la llegada de los movimientos contraculturales y la mayor apertura a drogas importadas, la heroína comenzó a circular entre jóvenes de Estocolmo y Gotemburgo, sobre todo en círculos vinculados al ocio nocturno y a la música. Su consumo era muy selectivo porque era cara, difícil de conseguir y más peligrosa que la marihuana o las anfetaminas.

En la década de 1980, la heroína se popularizó entre ciertos sectores urbanos y empezó a vincularse con economías criminales emergentes, especialmente grupos que traficaban cocaína y otras drogas sintéticas. Este período marcó el inicio del problema de adicción severa y de la aparición de usuarios crónicos, con todas las consecuencias sociales y sanitarias que conocemos: drogadicción, criminalidad vinculada a la obtención de drogas, marginalidad y problemas de salud pública.

La heroína encontró su espacio en Suecia donde había jóvenes sin anclaje social, barrios marginales urbanos y cierta curiosidad por experimentar con sustancias más potentes. No fue un fenómeno masivo hasta los 80, y la sociedad sueca reaccionó con leyes más duras, programas de prevención y asistencia sanitaria.

La cocaína, usada ya en Suecia desde principios de siglo XX, aparece en clubes nocturnos, empresarios, la escena del ocio nocturno a principios de los 80. Con el tiempo la oferta creció, la pureza y el acceso aumentaron, y el precio cayó lo suficiente como para que la droga se difundiera por capas sociales más amplias. En Suecia, durante los 80 y 90, el consumo se fue extendiendo desde círculos cerrados hasta la juventud urbana. Su expansión coincidió con un contexto de libertad cultural creciente, donde los jóvenes querían probar algo que los adultos no aprobaban.

El primer gran marco legal sueco para prevenir el uso de las drogas, fue la Ley de Estupefacientes de 1968, que criminalizaba el uso, posesión, producción y tráfico de drogas como morfina, cocaína, heroína y anfetaminas, incluyendo hachís y marihuana. La ley combinaba prevención, control y sanción: se imponían penas de prisión a traficantes y, en casos graves, a usuarios, pero también se ofrecía tratamiento médico para adictos. Esta ley fue un cambio radical: por primera vez, el Estado sueco dejaba de considerar las drogas solo un problema médico o moral y las convertía en asunto de seguridad pública y criminalización.

Durante los años 70, Suecia consolidó un enfoque conocido internacionalmente como “nolltolerans” (tolerancia cero). La lógica era clara: cualquier consumo de drogas representaba un riesgo social, no solo individual, por tanto, las medidas incluían penas de prisión severas para tráfico y venta, incluso en pequeñas cantidades, y también programas educativos y de prevención en escuelas y barrios. Esta política se basaba en la idea central de que el estado tiene la obligación de proteger a la sociedad de los efectos destructivos de las drogas antes de que se arraiguen. No se trataba solo de

La reacción del estado sueco fue una estrategia consciente de control social, moldeada por siglos de lucha contra la embriaguez y la violencia asociada al alcohol. Las drogas llegaron como una nueva amenaza, pero el Estado aplicó la misma lógica histórica, control, educación, moral pública y sanción. Pero esta estrategia encuentra por el momento muchas críticas en buena parte de la sociedad. El punto central de la crítica es que la ley trata al consumidor como criminal, incluso en casos de pequeñas cantidades de drogas.

Esto puede estigmatizar al joven o adulto que experimenta por curiosidad o presión social, lo que   produce un efecto de exclusión social pues, el consumidor queda marcado legalmente, lo que dificulta su educación, empleo y reinserción.

A diferencia de países que priorizan la reducción de daños, en Suecia la prioridad es castigo y prevención, ya que los programas de tratamiento dependen de la confesión y el seguimiento policial, no del acompañamiento voluntario. Al prohibir de manera estricta toda posesión y consumo, Suecia no elimina la demanda, solo la lleva al mercado negro.

Las drogas siguen entrando por puertos, aeropuertos y redes internacionales y la prohibición crea redes criminales muy lucrativas, con violencia asociada, especialmente en ciudades donde las bandas controlan zonas marginales, como exponía yo en mi anterior entrada. La consecuencia es que la violencia aumenta, mientras la población en general siente que el problema “no desaparece” a pesar de las leyes estrictas.

Aunque la ley pretende prevenir, a veces llega demasiado tarde porque jóvenes en riesgo pueden experimentar y caer en redes criminales antes de ser detectados. Las sanciones no siempre van acompañadas de programas sociales de apoyo, mentoría o educación, lo que significa que el castigo puede llegar cuando el daño ya está hecho.

Países como Países Bajos, España, Portugal o Suiza han adoptado enfoques más flexibles y de reducción de daños, priorizando tratamiento y educación por encima de la cárcel. En comparación, Suecia tiene menos tolerancia a errores juveniles o experimentación, y esto genera críticas desde organizaciones de derechos humanos y expertos en salud pública: ¿se protege realmente a la sociedad, o solo se criminaliza la juventud?

La estrategia puede desincentivar la búsqueda de ayuda: quienes consumen drogas pueden evitar los servicios de salud por miedo a la persecución legal. Se refuerza así un modelo de vigilancia y represión que, si bien reduce el consumo visible, que no el consumo, no resuelve los problemas de fondo: desigualdad social, aburrimiento, falta de oportunidades o trauma familiar, que son factores que empujan al consumo de drogas.

Gracias a estudios hechos sobre las aguas residuales[4] se ha podido constatar que comparativamente, Suecia aparece como uno de los países europeos con mayores niveles de residuos de anfetaminas, aunque para otras drogas como la cocaína los niveles no sean tan elevados como en ciudades del sur de Europa. Esta técnica de análisis se considera una herramienta poderosa, objetiva y económica para estimar consumos poblacionales de drogas, complementando encuestas y datos policiales. Los estudios demuestran que en ciudades como Estocolmo, Uppsala o Gävle los niveles de residuos de drogas ilegales en el agua (anfetaminas, cocaína, metanfetamina) son relativamente altos, especialmente las anfetaminas, en comparación con muchas otras ciudades europeas.

Por ejemplo, en un estudio en Uppsala se estimó que en una semana se detectaron, por cada 1.000 personas, cargas de anfetamina de aproximadamente 110 mg/día. Otro estudio detectó cocaína, anfetamina y metanfetamina en las aguas residuales de 33 plantas de tratamiento en Suecia. Las sustancias típicamente recreativas como la cocaína y el MDMA muestran picos durante los fines de semana, lo que sugiere consumo vinculado a ocio. En cambio, otras como la anfetamina muestran una distribución más uniforme durante la semana, lo que puede indicar un uso más habitual o integrado en la vida cotidiana, no solo en momentos festivos.  Estos hallazgos revelan que el consumo de drogas no es solo un fenómeno marginal, sino que está presente en la sociedad urbana sueca de forma medible y creciente. Aquí hay que hacer una pequeña reflexión debida al tratamiento de enfermedades de los espectros autistas, que en buena parte se hacen con derivados de la anfetamina.

Los análisis de aguas residuales no mienten, pues muestran que el consumo de drogas no está confinado a los barrios marginales ni a los jóvenes en riesgo. En Estocolmo, Gotemburgo o Uppsala, las concentraciones de anfetaminas, cocaína y MDMA reflejan un consumo sostenido por sectores acomodados, por estudiantes universitarios, profesionales jóvenes y consumidores de ocio urbano. Esa demanda, a veces vista como “lúdica” o “controlada”, es la gasolina que alimenta a las bandas criminales. Cada dosis que se compra en un club nocturno, en un festival o en un apartamento de la ciudad genera ingresos que permiten a las redes expandirse, controlar territorios y reclutar a menores vulnerables. La paradoja es cruel: quienes creen que su consumo es privado e inofensivo sostienen con su placer los circuitos de violencia y explotación, y mientras las estadísticas oficiales se concentran en la criminalidad juvenil visible, son las clases medias las que, sin saberlo, permiten que la violencia crezca bajo sus pies. Y es que las drogas son un peligro para los que carecen de una red de apoyo familiar, sufre estrés crónico o vive en barrios donde la droga está normalizada. La adicción depende de un conjunto complejo de factores genéticos, sociales, psicológicos y de contexto. Por eso vemos que algunos consumen recreativamente durante años y otros, ante la misma sustancia, quedan atrapados desde la primera dosis.

La relación entre prohibición, mercado, violencia y dinero en el mundo de las drogas es fundamental para entender por qué ciertas sustancias generan criminalidad organizada. Cuando el estado prohíbe una sustancia, no elimina la demanda, sino que simplemente hace que el producto sea ilegal y escaso. Esta escasez aumenta su valor económico y la droga se vuelve más cara y más codiciada. Así nace un mercado negro extremadamente lucrativo, donde cada dosis, cada gramo, tiene un precio inflado por la ilegalidad. Las ganancias del mercado ilegal son altísimas y casi inmediatas, mucho más que en negocios legales para personas sin recursos. Esto atrae a bandas y organizaciones criminales, que ven en la droga un medio para acumular poder económico rápidamente. Cuanto mayor es la prohibición y la demanda, mayor es la ganancia potencial, lo que incentiva a estas organizaciones a expandirse a territorios donde el control del estado es débil.

En un mercado ilegal no existen contratos legales ni tribunales que resuelvan disputas y la violencia se convierte en la ley. Las bandas usan la violencia para controlar territorios y rutas de distribución, imponer jerarquías y disciplina dentro de sus organizaciones y protegerse de competidores y de intentos de intrusión. Cada conflicto, cada ajuste de cuentas, es un recordatorio brutal de que la ley de la calle reemplaza a la ley formal. Las bandas se arrogan un capital de violencia, con el cual se desenvuelven en sus negocios. La violencia aumenta la percepción de inseguridad, lo que a su vez justifica la prohibición y el control estatal, cerrando un ciclo que raramente se rompe sin intervención social integral. La violencia no es un accidente; es un instrumento lógico dentro del mercado prohibido y la prohibición, aunque bien intencionada, alimenta el engranaje que luego lamentamos como crisis urbana o criminalidad juvenil. Mientras tanto, los consumidores, mayormente de clases medias, financian este ciclo con su demanda recreativa, muchas veces sin darse cuenta del impacto social que genera su consumo. Continuará.


[1] https://loopulo.com/conocer/himno-ninkasi-receta-cerveza-antigua/#:~:text=Aunque%20en%20realidad%20es%20un%20rezo%2C%20en%20ella,del%20agua%20corriente%2C%20cuidada%20tiernamente%20por%20los%20Ninhursag.

[2] Genesis 9: 18-27: Embriaguez de Noé

18 Y los hijos de Noé que salieron del arca fueron Sem, Cam y Jafet; y Cam es el padre de Canaán. 19 Estos tres son los hijos de Noé, y de ellos fue llena toda la tierra. 20 Después comenzó Noé a labrar la tierra, y plantó una viña; 21 y bebió del vino, y se embriagó, y estaba descubierto en medio de su tienda. 22 Y Cam, padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. 23 Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. 24 Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo más joven, 25 y dijo:

Maldito sea Canaán;

Siervo de siervos será a sus hermanos.

26 Dijo más:

Bendito por Jehová mi Dios sea Sem,

Y sea Canaán su siervo.

27 Engrandezca Dios a Jafet,

Y habite en las tiendas de Sem,

Y sea Canaán su siervo.

[3] Tienda estatal de venta de alcohol, creada con el objetivo de controlar, regular y reducir el consumo de bebidas alcohólicas en la población. Solo el Systembolaget puede vender alcohol con más de 3,5% de volumen de alcohol. Bebidas más débiles, como cerveza ligera, pueden venderse en supermercados.

[4] https://www.euda.europa.eu/publications/html/pods/waste-water-analysis_en

Gráfico interactivo (metodología de las aguas residuales): https://youtu.be/SbdiuEL2r4k  

Preguntas frecuentes: https://www.emcdda.europa.eu/publications/topic-overviews/content/wastewater-faq_en  

Protocolo: https://www.emcdda.europa.eu/publications/html/manuals-and-guidelines/communicating-the-results-of wastewater-based-epidemiology  

Página web de temas: https://www.emcdda.europa.eu/topics/wastewater _en

(2) El grupo de análisis de aguas residuales CORe — Europa (SCORE) https://score-network.eu/