Numerosos estudios en psicología social, sociología y ciencias políticas han documentado que una fracción de la juventud europea y mundial adopta actitudes xenófobas, misóginas o negacionistas, y que en algunos casos estas actitudes pueden evolucionar hacia formas de radicalización ideológica o política. Lo estamos viendo a diario. No es una mayoría, pero, según mis propias observaciones, hechas a partir de encuestas sobre intención de voto, en España y Suecia, por poner dos ejemplos que tengo cerca y que he estudiado, entre una quinta parte y una cuarta parte de los jóvenes de edades comprendidas entre los 18 y los 29 años[1], votarían a partidos de ultraderecha, Vox[2] en España y Sverigedemokraterna[3] en Suecia.La pregunta es: ¿Cómo podríamos revertir este proceso?

Yo me apresuro a contestar que, si hay alguna solución, esa solución estaría en una mejor educación y en el fomento de las relaciones interculturales, intergeneracionales e interacción intercultural de clase y en la educación artística y estética. Los maestros y educadores hemos intuido desde la antigüedad que las artes y la literatura funcionan para cultivar la humanidad en los alumnos. Es algo bien demostrado que los niños que llegan a la escuela con la experiencia de padres que les han leído cuentos en voz alta desde la cuna. La lectura en voz alta en la infancia crea bases neuropsicológicas para la empatía. La evidencia es clara: niños que escuchan historias desde pequeños presentan mejor vocabulario emocional, mayor capacidad para identificar emociones en otros y más tendencia a la cooperación.

La música y las artes colaborativas fortalecen la empatía social, y la cohesión entre individuos. Ayer mismo, mi hijo mayor tocaba la guitarra a media tarde, mientras yo preparaba la cena y, corrí a su cuarto, cogí el bajo y me puse a acompañar. Yo creo que, en ese momento, estábamos tan compenetrados como se puede estar, tanto, que casi se me queman las hamburguesas. Hacer música, cantar canciones, bailar, es algo que incrementa comportamientos prosociales y la capacidad de sincronizarse emocionalmente con otros. Cuando leo sobre niños y jóvenes solitarios, que pasan horas y horas ante sus ordenadores, teléfonos y IPad, me pregunto, por qué nadie a fomentado en ellos la costumbre y el deseo de participar en actividades artísticas.

Los recientes estudios de Tania Singer[4] y el Max Planck Institute muestran que participar en actividades artísticas colaborativas incrementa la capacidad de interacción y empatía y compasión. Este último concepto, la compasión, es muy importante y debemos tener en cuenta que no hay empatía sin compasión. Nos decía el Dalai Lama, en su última visita a Lund, a la que llevé a todos mis estudiantes, que el fundamento de una vida plena era la compasión. “Compasion” – nos decía – “don´t forget, compasión”. Empatía significa sentir con el otro y resonar emocionalmente con su estado: si el otro sufre, yo siento una versión atenuada de su sufrimiento. La compasión va más allá, pues no es solo sentir lo que siente el otro, sino también desear aliviar su sufrimiento desde una posición estable, cáli da y equilibrada. Compasión es una respuesta emocional y motivacional que implica percibir que el otro sufre y sentir benevolencia, calidez y preocupación por esa persona, deseando que ese sufrimiento disminuya o se alivie. La compasión no es lástima, porque la lástima es condescendiente, no es tampoco pena, porque la pena es pasiva y a veces paraliza, no es sufrir con el otro, porque eso es empatía y puede quemarnos sin aliviar el sufrimiento del otro, y no es de ninguna manera el sacrificarse sin límites, porque eso significa altruismo extremo o autonegación.

¡Cuanto sufrimiento innecesario, cuanta poca compasión! Jóvenes que sufren porque hay guerras, por el cambio climático, por la crispación política, por la falta de oportunidades, por la pobreza etc. No vale con sentir empatía, hay que actuar, hay que contribuir a que todas esas lacras o “cocos” disminuyan o desaparezcan, eso sería verdadera compasión. No basta con cerrar los ojos, fumarse un porro y encender el ordenador.

Por eso, es importante que, desde la tierna infancia, todos los implicados en la educación de los niños y jóvenes, tengan en cuenta que es preciso contribuir al desarrollo emocional, no solo al académico y práctico. Leer, fomentar el interés por la producción plástica, por la música, cantar, jugar en grupo, en fin, utilizar todos los sentidos, lo que decía ya Rousseau, porque creía que la experiencia sensorial es la base misma del conocimiento humano, porque, “Todo lo que entra en el entendimiento humano ha pasado antes por los sentidos.”[5] Para Rousseau, la educación sensorial era la única forma de formar seres humanos libres, fuertes, honestos y en contacto real con el mundo. Me parece que, en la escuela de hoy estamos descuidando este aspecto y se está desmontando la educación sensorial, la estética, la música, con la falsa creencia que la educación virtual solucionará todo, lo que es completamente falso.

Volviendo a Singer, en un reciente artículo, “A neuroscience perspective on the plasticity of the social and relational brain”[6] (2025), revisa décadas de hallazgos que muestran que las redes neuronales vinculadas a la empatía, la compasión y la cognición social pueden cambiar con el entrenamiento mental, la meditación, los ejercicios contemplativos y las prácticas de compasión.

Es importante crear en los jóvenes el hábito de leer, porque, la lectura de ficción, como la música, el teatro, el cine o las artes visuales les permiten entrar en mundos que no son los suyos y entrenar la capacidad de interpretar símbolos, narraciones y metáforas. Sin este tipo de estímulos no se fortalece la imaginación, el pensamiento abstracto, la capacidad de anticipar consecuencias, y la comprensión de realidades complejas, todo esto absolutamente necesario para crecer en empatía y compasión. Muchos relatos literarios y obras de arte presentan dilemas morales. La discusión de estos dilemas es un ejercicio fundamental para la construcción del juicio moral, la responsabilidad y el sentido de justicia. Las obras artísticas ponen a los jóvenes frente a emociones intensas como el miedo, el deseo, la vergüenza, la esperanza etc. en un entorno seguro, lo que sin duda favorece el reconocimiento emocional, la regulación afectiva, y la educación sentimental. ¡Cuántas discusiones habré entablado con mis estudiantes contemplando El naufragio de Medusa de Théodore Géricault!

La ficción literaria aumenta la “teoría de la mente”, como estudios de Keith Oatley, Raymond Mar y David Kidd[7] (2013) muestran que leer ficción literaria (no solo bestsellers de trama rápida, sino literatura de personajes complejos) mejora la teoría de la mente, es decir, la capacidad de entender los estados mentales de otros. En un experimento famoso, quienes leyeron a Anton Chéjov, Alice Munro o Don DeLillo puntuaron significativamente más alto en pruebas de reconocimiento emocional y comprensión de intenciones que quienes leyeron textos informativos o géneros populares.

La prevención de la xenofobia, la misoginia y las actitudes antidemocráticas no se construye con sermones ni con asignaturas añadidas a última hora, sino con una cultura educativa completa, coherente, cotidiana, que forme tres dimensiones del ser humano: la sensibilidad, el pensamiento crítico y la experiencia democrática real. Una educación idónea debería entrenar la empatía y la compasión, no como emociones vagas, sino como habilidades. Las habilidades están siendo menospreciadas pretendiendo de un tecnicismo agobiante. Habilidades como la de escuchar, imaginar la perspectiva del otro, identificar emociones propias y ajenas son imprescindibles, si queremos revertir la ola antidemocrática que nos amenaza.

Es preciso trabajar con literatura, arte, teatro, música, narrativas que permitan conocer y hasta habitar vidas distintas a la propia. Tenemos que promocionar experiencias de convivencia real con personas diversas edades, culturas, capacidades. Por eso me he volcado en promover proyectos Erasmus para todos mis estudiantes. Una de las teorías más sólidas en psicología social es la hipótesis del contacto[8] que afirma que la interacción positiva entre personas de distintos grupos reduce prejuicios si existe igualdad de estatus, cooperación, objetivos comunes y apoyo institucional. Los intercambios Erasmus cumplen estos cuatro criterios casi de forma ideal porque los jóvenes viven, estudian y resuelven problemas juntos en una situación de igualdad. Es preciso fomentar proyectos cooperativos donde el éxito dependa de la contribución conjunta, no de la competición. Podría dar muchos ejemplos, pero baste con decir que esta página web donde publico mi blog, nació de un proyecto Erasmus “Learning Global” que contenía todos estos elementos y que construyó puentes de entendimiento y colaboración entre sus participantes, tanto profesores como estudiantes, de Suecia, Turquía, Polonia, Alemania e Italia.

La xenofobia y la misoginia nacen del miedo. Miedo a perder estatus, identidad, control, visibilidad. Contra eso es necesario enseñar que la identidad es múltiple, evolutiva, compleja y nunca una sola bandera. Hay que saber fomentar el orgullo sin superioridad, la pertenencia sin exclusión.  La educación no debe fabricar soldados de una identidad, sino personas capaces de dialogar entre sus muchas identidades.

Muchos jóvenes se inclinan hacia discursos violentos o supremacistas porque sienten atracción por lo simple, lo que consideran fuerte, lo contundente. La educación democrática debe mostrar que la dignidad humana es inviolable y que la fuerza sin justicia es brutalidad y profundizar que la justicia sin sensibilidad es crueldad. Muchos jóvenes de derechas radicalizados apelan a la libertad, pero hay que enseñarles que la libertad sin responsabilidad es vacío y caos; que la propia libertad termina donde comienza la del otro. Formar criterio moral significa entrenar la capacidad de ver al otro como sujeto y no como amenaza.

Pero no podemos quedarnos cruzados de brazos y simplemente hablar de “igualdad”, “diversidad” o “respeto” en abstracto, porque eso tiene muy poca eficacia. Lo que puede cambiar a los jóvenes, mejorando su capacidad de empatía y compasión, son experiencias como aprender un deporte mixto donde la cooperación importa más que el género o compartir proyectos con migrantes o refugiados reales, no imaginarios. Nos puede valer promover el cuidado de plantas, animales, espacios comunes, porque la ética del cuidado se aprende ejerciéndola. Es bueno trabajar con personas mayores, enfermas o vulnerables, porque la fragilidad humana une más que cualquier lección.

Aquí en Lund tenemos una granja/escuela llamada 4H gården (granja 4H) que es una plataforma donde los niños y jóvenes crecen construyendo su propio tiempo libre. La 4 “H” se refieren a Cabeza, Corazón, Mano y Salud (en sueco Huvud, Hjärta, Hand och Hälsa). 4H está presente en un centenar de lugares en Suecia y reúne a más de 10 000 miembros activos, además de la actividad abierta que recibe 2,5 millones de visitas cada año. 4H es una organización internacional para niños y jóvenes presente en más de 70 países, independientes de partidos políticos y religiones, con más de siete millones de miembros en todo el mundo. A través del lema de 4H, “Aprender haciendo”, los jóvenes pueden construir sus propias actividades de ocio de una manera lúdica y formativa. Desgraciadamente, nuestro 4H está amenazado de muerte, por no tener financiación de la administración, algo que mi partido, Liberalerna, esta luchando en contra, porque comprendemos la importancia de esta actividad. No se puede estar lamentando que la juventud está mostrando tendencias misóginas, xenófobas y negacionistas, y ala vez acabar con algo que puede contribuir a contrarrestar estas tendencias.

Es importante construir puentes entre las generaciones. Yo tengo la experiencia de uno de nuestros proyectos internacionales que llevaba el nombre de “I Teach You and You Teach Me” que ponía en contacto a jóvenes con personas de la tercera edad para transmitir conocimientos, habilidades y experiencias entre generaciones. Los ancianos les enseñaban a los jóvenes habilidades y conocimientos en cocina, jardinería, agricultura etc. Y los jóvenes enseñaban a los mayores sus conocimientos digitales, para empoderar a los ancianos y darles autonomía. Ese trabajo se realizó en el marco de un proyecto europeo en el que participan varios países. Además de Suecia, estaban Italia, España, Polonia, Lituania, Turquía, Hungría y Rumanía y la parte sueca estaba financiada por el Consejo de Universidades y Escuelas Superiores.[9]

Contra el aislamiento está el contacto. Poner a los jóvenes en contacto con “el otro”, el anciano, el diferente, es algo que ayuda a eliminar fronteras. En los proyectos Erasmus los jóvenes aprenden que la convivencia plural es posible y que las instituciones democráticas facilitan la libertad y la cooperación. Es verdaderamente reconfortante ver como los jóvenes aprenden que la diversidad cultural es una riqueza, no una amenaza ay que esa “identidad ampliada” reduce la probabilidad de adoptar ideologías extremistas. Yo desearía que un día no muy lejano, Rusia y los países del Magreb, se incorporaran al Erasmus y sus jóvenes participaran en los intercambios. Estoy seguro que sería positivo para el resto de Europa, porque los proyectos Erasmus combaten la xenofobia, la misoginia y el autoritarismo, ya que transforman la percepción del otro, fortalecen la empatía, generan confianza y amplían la identidad. Son, en la práctica, una de las herramientas educativas más sólidas que Europa ha desarrollado para formar ciudadanos abiertos, críticos y democráticos.

Los que no estén de acuerdo conmigo afirmarán que, la radicalización ultraderechista de una buena parte de la juventud ha ocurrido mientras se desarrollaba el Erasmus. Eso es cierto, si bien, el Erasmus solo ha llegado a una pequeña parte de la población joven europea. En el período 2014‒2023, unos 8,5 millones de personas (más de 15 millones contando desde 1987, con Comenius, Leonardo etc.), jóvenes y menos jóvenes, se han beneficiado del programa Erasmus, lo que no deja de ser una pequeña parte de todos los jóvenes europeos. Si yo pudiera, construiría un “Erasmus” español, para los jóvenes de las regiones españolas. Creo que hay mucho que hacer en cuanto al conocimiento interregional en la piel de toro.

Bueno, pues a ver si voy sumando mis ideas para tratar de dar alguna respuesta a la pregunta inicial: ¿Qué podemos hacer para revertir el proceso de radicalización de extrema derecha en una proporción significativa de los jóvenes? Yo respondería, como ya indiqué al principio, de que se trata de exponer a los niños y los jóvenes a las relaciones, al arte al cultivo de la mente y del cuerpo en relación con otros miembros de la sociedad, de forma análoga y no digital, no porque sea peligroso en sí, relacionarse de forma digital con los amigos o conocidos, sino porque no debe de ser la única manera de relacionarse. Además, sin una educación ética y critica, no se pueden formar ciudadanos libres. Sin sensibilidad educada, no hay ciudadanía democrática posible.


[1] Las cifras que he encontrado son un poco dispares, pero en principio abalan mi afirmación.

[2] https://elpais.com/espana/2025-09-14/quienes-son-los-nuevos-votantes-de-vox-datos-por-edad-sexo-y-clase-social.html da la cifra de 30% de menores de 35 años

[3] https://tobiashubinette.wordpress.com/2024/10/23/runt-45-av-de-unga-vuxna-majoritetssvenska-mannen-skulle-rosta-pa-sd-om-det-hade-varit-val-idag/ Estas cifras son de 2024

[4] https://www.social.mpg.de/2766/en?utm_source=chatgpt.com

[5] https://archive.org/details/r1762mileoude02rous/page/n5/mode/2up

[6] https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC12096818/?utm_source=chatgpt.com

[7]https://web.archive.org/web/20170808163727/http://www.yorku.ca/mar/oatley%20&%20mar%202005_evolutionary%20pre-adaptation%20and%20character%20in%20fiction.pdf

[8]https://www.researchgate.net/publication/229661937_Allport%27s_Intergroup_Contact_Hypothesis_Its_History_and_Influence

[9] https://www.skd.se/2014-08-18/elever-hjalper-aldre-i-europeiskt-projekt/