Es necesario recordar algo que, aunque evidente, parece que se olvida con demasiada facilidad: ni los españoles de hoy ni las veinte generaciones que nos separan de 1492 tenemos responsabilidad alguna en la conquista de América. Entre aquel mundo y el nuestro se alza un abismo histórico. Hemos cambiado de costumbres, de instituciones, de formas de entender la política, la moral y hasta la propia idea de humanidad. Pretender que un ciudadano español del siglo XXI debe cargar con actos de hace más de quinientos años es tan absurdo como pedir a un habitante actual de México o Perú que responda por decisiones de los tlaxcaltecas, los mexicas o los incas.
La historia no es un tribunal hereditario, ni los pueblos son linajes culpables. Los hechos del pasado pertenecen al pasado, a las sociedades que los protagonizaron, no a sus descendientes remotos. Pensar lo contrario es convertir la historia en un arma arrojadiza: un ariete identitario que unos y otros utilizan para justificar rencores presentes. Ese uso político del pasado empobrece el debate, crea fantasmas y, lo que es peor, pervierte el sentido mismo de la historia, que debería ayudarnos a comprender, no a odiar.
Que exista un relato crítico, riguroso y plural sobre lo ocurrido en América es no solo legítimo, sino imprescindible. Pero una cosa es estudiar y valorar, a la luz de pruebas, documentos y análisis serios, lo que hicieron algunos hombres del siglo XVI, y otra muy distinta es atribuir una culpa hereditaria a quienes no existían, ni podían influir, ni comparten ya la mentalidad de aquellos siglos.
Los españoles actuales somos responsables únicamente de nuestras propias acciones, de nuestro presente y de nuestro futuro. No tenemos deudas con Cortés ni con Pizarro, como tampoco los pueblos indígenas actuales las tienen con Moctezuma, Atahualpa o los jefes que participaron en alianzas y guerras de su tiempo. La historia es memoria, no condena. Y el pasado, aunque ilumine el presente, no debe hipotecarlo.
Escribo estas líneas a propósito del libro de Andrés Manuel López Obrador, que con el título “Grandeza”, que busca reivindicar las civilizaciones indígenas como fundamento del Méjico actual, con el principal objetivo de presentar una narrativa alternativa a la tradicional porque, según López Obrador, la historia oficial ha silenciado, minusvalorado o deformado el legado de las culturas prehispánicas. “Grandeza” busca recuperar ese legado, su conocimiento, valores, instituciones sociales, cosmovisión, arte, ciencia, en fin, todo lo que, en su opinión, fue borrado, desprestigiado o desacreditado por la Conquista y por los relatos coloniales. Ese proyecto no es solo historiográfico, sino político y cultural, porque pretende que los mexicanos reconozcan sus raíces indígenas, encuentren una identidad propia desde la herencia precolombina y dejen atrás la “colonización mental”, es decir, la mentalidad impuesta desde Europa, desde la conquista, desde los colonizadores.
El meollo de la cuestión es que López Obrador, en su “Grandeza”, propone que las narrativas históricas aceptadas, sobre la Conquista, sobre la civilización traída por Europa, sobre los pueblos originarios como salvajes o bárbaros, son en realidad mentiras, distorsiones o propaganda justificadora de la invasión, el saqueo y el dominio. Con ello, López Obrador dice querer invertir el sentido del relato dominante y que, en vez de ver la Conquista como una fundación civilizatoria, se vea como un crimen de destrucción cultural, genocidio, saqueo y trauma histórico.
Yo diría que López se equivoca, en muchas afirmaciones, según la historiografía seria. Para empezar, idealiza el mundo indígena prehispánico como armonioso, igualitario y justo, presentando a las civilizaciones mesoamericanas como sociedades casi idílicas, basadas en la justicia, la solidaridad y la ausencia de explotación. Desgraciadamente para él, la evidencia arqueológica e historiográfica nos muestra que eran sociedades jerárquicas, altamente estratificadas. El imperio mexica imponía tributos severos, trabajos forzosos y control militar sobre los pueblos sometidos y había desigualdad, guerras rituales y sistemas represivos, por otro lado, normales en cualquier Estado premoderno. La grandeza cultural de estas civilizaciones es innegable, pero la igualdad idealizada no existió. Es cierto que la Conquista fue violenta y que produjo devastación demográfica y cultural, pero, la catástrofe demográfica fue causada en 80–90% por enfermedades epidémicas, no por exterminio intencional.
España, la entidad territorial y dinástica que entonces se denominaba así, no actuó como un solo bloque genocida, porque hubo debates, leyes de protección (Leyes de Indias), frailes defensores de los indígenas, y tensiones internas. El relato moral absoluto, de López Obrador, borra esa complejidad histórica. La Conquista fue con toda seguridad terrible, como siempre han sido y serán todas las conquistas, pero no es razonable reducirla a un crimen uniforme y monolítico. No hay que ir muy lejos en el tiempo para ver como pueblos han sido conquistados con terribles consecuencias, sobre todo a corto plazo. Pongamos por ejemplo Alsacia y el Franco Condado, que fueron laboratorios de la conquista europea, con ciudades como Estrasburgo[1] Montbéliard se encuentraban en una franja histórica donde Europa ha medido sus fuerzas durante siglos. Estas ciudades han ido cambiando de manos tantas veces que sus habitantes han vivido dentro de una misma generación nuevas leyes, nuevas lenguas oficiales, nuevos ejércitos, nuevos impuestos, nuevas autoridades religiosas, nuevos himnos y banderas. Y, puestos a comparar: ¿por qué no mirar a lo que ocurrió durante, y después de la segunda guerra mundial en el este de Europa, o lo que hoy mismo, sucede ante nuestros ojos en Ucrania?
Puestos a echarle la culpa a alguien de la caída del imperio, hay que recordar que López Obrador ignora en su libro que la caída del imperio mexica fue posible por la rebelión indígena anti-mexica Este es uno de los errores más grandes del enfoque obradorista. La evidencia es muy sólida, porque Cortés llegó con unos aproximadamente 800 españoles, pero con más de 100.000 aliados indígenas pertenecientes a pueblos sometidos por los mexicas: tlaxcaltecas, huejotzincas, totonacos, texcocanos, que ayudaron a derrotar a los mexicas porque querían liberarse del dominio de Tenochtitlan. Sin esa alianza indígena masiva, Cortés no habría conquistado nada. Al no reconocerlo, López Obrador resignifica a los mexicas como representantes de Méjico, cuando en realidad eran un imperio que otros pueblos deseaban derribar.
Un debate serio sobre las conquistas en general tiene que llevarnos a admitir que todas las conquistas han sido traumatizantes para aquellos que las han vivido, tanto para los pueblos conquistados por los romanos, los árabes, todo el imperialismo y colonialismo hasta nuestros días. Las fronteras de los estados no se han trazado en consenso y armonía, sino con armas y sangre. Deberíamos haber llegado a un estado de desarrollo cultural que pusiera fin a estas prácticas, pero, desgraciadamente, como vemos en Ucrania, aun persisten. Sin olvidar que China, Estados Unidos y Rusia, amenazan con “conquistas” en pleno siglo XXI. Eso lo saben en Taiwán, Groenlandia y en el este de Europa.
López Obrador cae en la apología de un sistema que idealiza y la demonización de un pueblo que anacrónicamente, acusa de crímenes fuera de contexto histórico, tratando de construir una memoria moral más que una historia documentada. De esta manera, “Grandeza” funciona como alegato político y como relato nacionalista indigenista, una reivindicación moral y una reflexión identitaria que nada tiene que ver con la historia. No es por tanto, una obra historiográfica. Como todos los políticos que escriben historia, selecciona datos que sirven a su narrativa y omite sistemáticamente aquellos que podrían matizarla. Su método no es comparativo ni crítico, y no dialoga con la bibliografía especializada. Utiliza la historia para legitimar un proyecto político presente. Esto es comprensible, pero problemático, porque presenta el pasado indígena como el fundamento moral del proyecto político actual, la “Cuarta Transformación”, e interpreta la historia como lucha entre “pueblo bueno” y “élite corrupta”, incluso en el siglo XVI. Más o menos como Pablo Iglesias y su discurso sobre “la casta”, aunque López Obrador lo hace extensivo a todos los españoles.
Este libro tiene en sí una historia que hay que contar. No ha salido de la nada ni de la necesidad de cubrir el ocio del expresidente mejicano. El 25 de marzo de 2019, durante un acto en el estado mexicano de Tabasco, en las ruinas mayas de Comalcalco / Centla, López Obrador anunció que había enviado una carta al Rey de España y otra al Vaticano, al entonces Papa Francisco, para que pidieran perdón por los abusos perpetrados durante la conquista y la colonización.
En ese momento, argumentó que “la conquista se hizo con la espada y la cruz”, que hubo masacres, opresión, imposición cultural y destrucción de civilizaciones originarias, y que era necesario reconocer ese pasado antes de cualquier acto de reconciliación. En ese acto, López Obrador, enmarcaba la identidad mexicana como algo “traicionado” por Europa y “recuperable” mediante un proyecto político actual. En su carta y declaraciones, solicitaba un “relato de agravios” y una disculpa formal, para reconocer los “abusos” cometidos contra los pueblos originarios, lo que hoy se entiende como violaciones de derechos humanos, derechos no reconocidos, aunque discutidos en el siglo XVI. También pidió al Vaticano que participara en ese reconocimiento debido al papel de la Iglesia en la evangelización y la imposición cultural.
La solicitud generó una tensión diplomática entre México y España, y el gobierno español rechazó con toda firmeza la exigencia de disculpas, argumentando que no se puede juzgar con criterios modernos un hecho ocurrido hace 500 años. El resultado fue que se reavivó el debate público sobre la conquista, la memoria histórica, la responsabilidad moral frente al pasado y la situación de los pueblos indígenas en México.
La respuesta del gobierno de España fue que no se pueden juzgar los hechos del siglo XVI con los ojos del siglo XXI.[2] El gobierno argumentó que la llegada de españoles hace 500 años “no puede juzgarse con criterios contemporáneos”. En el Vaticano, el papa Francisco no contestó al discurso, pero ya en 2015, durante una visita a Bolivia, el Papa pidió perdón por crímenes cometidos “en nombre de Dios” contra pueblos originarios del continente.
Inexplicablemente, el gobierno español ha cambiado su actitud ante las demandas mejicanas de pedir perdón por la conquista. En octubre de 2025 el ministro de Asuntos Exteriores José Manuel Albares reconoció que en la historia compartida entre España y México “ha habido dolor e injusticia hacia los pueblos originarios”. Poco después, Ernest Urtasun, como ministro de Cultura, ha asumido públicamente el reconocimiento de esos abusos y ha usado la palabra “perdón” para referirse al pasado colonial. Urtasun lo hizo recientemente durante la ceremonia de inauguración en diciembre de este año de una exposición de arte indígena mexicano en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid con 435 piezas prehispánicas, y definió el proyecto como “más que una recopilación material, un acto de reconocimiento”. Fue además explícito en que, según él, no hay que tener “miedo” a palabras como “diálogo, perdón, encuentro, fraternidad”, intentando mostrar que reconocer los abusos del pasado y pedir perdón no significa autoodio, sino responsabilidad histórica responsable.
El gobierno de España pretende restaurar las relaciones diplomáticas y culturales con México, que estaban tensas desde las anteriores demandas de disculpas, aceptando que la historia compartida tiene “claro-oscuros”, lo que puede facilitar una narrativa más crítica, honesta y plural. Se quiere, de alguna manera, “modernizar” la identidad española reconociendo y problematizando su pasado colonial, dejando de verlo como glorioso, para aceptar su complejidad, con luces y sombras. La actual presidenta de Méjico, Claudia Sheinbaum, valoró como “muy importante” la declaración del ministro español, diciendo que: “Es muy importante, es el primer paso”.
Yo veo aquí un gran problema. No me incorporo inmediatamente a la línea de la Fundación FAES, acusando al gobierno de optar por una posición “genuflexa” ante las demandas de los mandatarios mejicanos, pero la situación es problemática y voy a explicar por qué. Para empezar, constatemos que la colonización española no fue “benigna”, sabemos que hubo expropiación de tierras, tributos forzosos, trabajo forzado, epidemias devastadoras y violencia armada, como documentan numerosas fuentes históricas. Todo, menos las epidemias, fuero causa de la intención de los conquistadores de “ganar gloria” y enriquecerse. Pero, como los españoles no fuimos los únicos que “conquistamos” América, hay que tener en cuenta que la colonización española fue “menos destructiva” que la inglesa o la holandesa, porque, la expansión inglesa en América del Norte y el Caribe tendió a desplazar y exterminar a las poblaciones indígenas de manera más directa, con guerras abiertas, expulsión de territorios y políticas de limpieza étnica. La violencia era intencionada para tomar tierras y recursos.
En cambio, la colonización española en México, Perú y otras regiones combinó la conquista militar con la administración colonial y evangelización. La destrucción fue brutal, sí, pero hubo mestizaje, integración de indígenas en la sociedad colonial y conservación parcial de lenguas, conocimientos y prácticas. El mestizaje y la incorporación de indígenas a la administración y la economía hicieron que se preservara parte de la población y la cultura local, algo que no ocurrió de manera semejante en colonias inglesas o holandesas. Aun así, hay que reconocer que hubo masacres, enfermedades, trabajos forzados, tributos y explotación, especialmente en las primeras décadas. El decir que la conquista española fue “menos mala” no significa naturalmente que fuera inocua, pero, la opresión, explotación y marginación de los pueblos indígenas posteriores a la independencia ya no fue obra de los españoles peninsulares, sino de las élites criollas locales que se hicieron con el poder.
Después de la emancipación, los criollos, descendientes de los colonizadores europeos nacidos en América, reprodujeron muchas estructuras de poder y desigualdad: apropiación de tierras, imposición de tributos, trabajo forzado, limitación de derechos civiles. Esto significa que los problemas que López Obrador denuncia, como la pobreza, la marginación y la desposesión, tienen raíces más recientes y locales, no directamente en la Conquista. En otras palabras: Obrador, y Sheinbaum y sus antepasados directos tienen mucha más relación con el ultraje a los indígenas que los actuales habitantes de la península. Como dice el refrán: “Quién tiene tejado de vidrio, no tire piedras al de su vecino”, que, aunque no estemos a un tiro de piedra, somos vecinos culturales, ya, hermanos diría ya, y compartimos un tesoro común: la Hispanidad. Un tesoro que debemos cuidar respetuosamente y trabajar juntos para construir un mundo mejor para las generaciones que vienen. La responsabilidad histórica no se hereda y la memoria crítica debe servir para comprender, no para confrontar identidades actuales.
Algunas de las muchas fuentes necesarias para el que quiera comprender la conquista española de Méjico y que están disponibles en Archive.
Cartas de relación, de Hernán Cortés:
https://archive.org/details/cortes-hernan.-cartas-de-relacion-epl-fs-2013
Historia verdadera de la conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo:
https://archive.org/details/A048263060
Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas:
https://archive.org/details/brevisima-relacion-de-la-destruccion-de-las-indias
Recopilación de las leyes de Indias:
https://archive.org/details/recopilaciondele03spai_1
Haring, C. H. “The Spanish Empire in America” (1947, reeditado)
https://archive.org/details/haring-c.-h.-the-spanish-empire-in-america-ocr-1947-1963
Gibson, Charles, The Aztecs under Spanish Rule (1964)
https://archive.org/details/aztecsunderspani00gibs
Kicza, John E. – Indians and Spaniards in Early Colonial Mexico (1982)
https://archive.org/details/indianinlatiname0000unse
Restall, Matthew – Seven Myths of the Spanish Conquest (2003)
https://archive.org/details/sevenmythsofspan0000rest
Seed, Patricia – American Pentimento: The Invention of Indians and the Pursuit of Riches (1995)
https://www.jstor.org/stable/10.5749/j.cttttdwx
Elliott, J.H. Imperios europeos y América: Una comparación de la colonización española y británica. Editorial Crítica, 1997
[1] 1648: Tras la Guerra de los Treinta Años, pasa de ser una ciudad libre del Sacro Imperio a la órbita francesa en 1681, cuando Luis XIV la anexa definitivamente por la fuerza. En 1871, después de la derrota francesa en la Guerra Franco-Prusiana, pasa al recién creado Imperio alemán y en 1918, tras la Primera Guerra Mundial, vuelve a Francia, para con la anexión nazi 1940 sufrir una germanización forzada, y de nuevo, regresar a Francia en 1945.
[2]https://english.elpais.com/elpais/2019/03/26/inenglish/1553587549_240799.html?utm_source=chatgpt.com
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