Como no podía ser de otra manera, la mandataria mejicana Claudia Sheinbaun, aprovecho la ceremonia del sorteo de Mundial de futbol 2026 donde, dicho sea de paso, se condecoró al presidente estadounidense Trump con una medalla de oro “al mérito por la paz, para “recordar” que, cuando los españoles llegaron a América, los mejicanos llevaban siglos jugando a la pelota. Se refería la presidenta a las relaciones que el monje de la orden de predicadores Diego Durán[1] dio en su tiempo. El clérigo describía con todo tipo de alabanzas la destreza que los nativos de esas tierras mostraban al jugar con una pelota de caucho.

Lo que Durán, tan exaltadamente describía era el juego de ullamaliztli, que es un nombre compuesto de dos palabras en náhuatl: “ōlli”, que significa “hule” o “goma”, en referencia a la pelota de caucho macizo, y “maliztli”, que significa “juego”. Los españoles llamaron a este juego “tlachtli”, por llamarse así el recinto donde se jugaba. Era este un juego ritual cargado de significado religioso, simbólico y político, y uno de los más antiguos del continente americano.

La cancha o tlachtli, tenía forma de doble T o de L alargada. Los muros laterales eran inclinados y, en tiempos mexicas, a veces llevaban anillos de piedra colocados en alto. La pelota con que se jugaba era de hule macizo y muy pesada, entre 3 y 4 kg, y muy elástica. El objetivo del juego era mantener la pelota en movimiento, evitando que tocara el suelo, y hacer que pasara por el campo del contrario. En algunas variantes, el objetivo supremo era hacer pasar la pelota por el anillo de piedra, lo cual era muy difícil y prácticamente equivalía a ganar de inmediato. Se jugaba con caderas, muslos y a veces antebrazos y no podían usarse ni manos ni pies. Los equipos solían tener entre 2 y 7 jugadores, aunque en ocasiones se jugaba uno contra uno. Ganaba quien lograba anotar puntos haciendo que la pelota tocara ciertas zonas del campo enemigo, o bien quien conseguía hacer pasar la pelota por el anillo.

Para los aztecas, el juego simbolizaba la lucha entre la luz y la oscuridad, o entre el sol y las fuerzas del inframundo. En algunos rituales importantes, el juego podía relacionarse con sacrificios humanos, pero no en todos los partidos. Los sacrificados podían ser prisioneros de guerra, y rara vez, aunque ocurría, jugadores. Aún hoy pasa a veces, que jugadores del futbol moderno, sucumben a la ira de los hinchas defraudados. Los cronistas españoles, como el padre Durán, describieron los partidos que, según ellos, combinaban velocidad, violencia y técnica, y que atraían a multitudes.

Las descripciones de un partido de ullamaliztli, según las fuentes, eran más o menos así: el partido comenzaba con un saque desde el centro y los jugadores iban avanzando girando el cuerpo y golpeando la pelota con la cadera, lanzándola hacia el otro extremo. El rebote en muros y taludes formaba parte del juego, y, cuando el balón caía al suelo, salía del campo o entraba en zonas prohibidas, se anotaba un punto el rival. La intensidad era muy alta y los jugadores llevaban cinturones acolchados, protectores de cadera y rodillera, porque el impacto podía ser brutal.

Las pelotas de hule más antiguas vinculadas al juego de pelota se han encontrado principalmente en la región olmeca, en la costa del Golfo de México, en El Manatí, en el estado de Veracruz. En ese manantial sagrado se descubrieron más de una docena de pelotas de hule, algunas en perfecto estado de conservación y de una antigüedad entre 3 700 y 3 600 años. Estos hallazgos se asocian a ofrendas rituales depositadas en un ambiente pantanoso que permitió su preservación. En San Lorenzo Tenochtitlán (Veracruz), que era la capital temprana de la cultura olmeca se encontraron sobre todo marcadores de juego y esculturas, también se hallaron restos de objetos de hule que se interpretan como parte de implementos relacionados con la práctica del juego.

Así que, Claudia Sheinbaun podía decir con razón que el juego de pelota era algo muy antiguo entre los indígenas de su país, con seguridad, el más antiguo que se conoce. También podrían haber hablado otros presentes, representantes de otros países, para explicar su relación con ese juego tan difundido en el mundo y tan importante, que hace que, durante el Mundial, se pare casi toda la actividad cotidiana para ver una Final. Y es que parece que eso de jugar con una pelota es algo verdaderamente generalizado. Los humanos hemos sentido una fascinación por el esférico y por inventar juegos de habilidad y dominio del mismo. Así que, este tipo de juego lo encontramos por todo el mundo y en todas las épocas.

En el antiguo Egipto se jugaba también a la pelota, aunque no sabemos cómo ni para qué. La mayoría de las escenas conservadas proceden de tumbas del Imperio Nuevo, aproximadamente de 1550–1070 a. C. En esas escenas se ven mujeres jugando entre sí, a menudo en parejas o grupos pequeños. Parece que se lanzaban la pelota unas a otras, a veces con las manos, otras veces aparece un gesto parecido al bateo con palos curvos, similar a un juego de hockey primitivo. Lo que sí recuerda al actual juego del futbol es que las pelotas podían ser de cuero cosido, relleno de fibra vegetal. Otras pelotas se hacían de trapos o fibras compactadas o trenzados para pelotas más grandes o más ligeras. En Deir el-Medina (Luxor) que es uno de los lugares más ricos en objetos cotidianos se han hallado pelotas de cuero cosido, algunas rellenas de juncos o fibra vegetal. En The British Museum he podido ver pelotas de cuero cosido y cuerda compacta encontradas por por Petrie, uno de los más famosos arqueólogos de su tiempo, en Kahun, El-Lahun y Deir el-Medina.

En el mundo clásico, en Grecia y Roma, también se jugaba a la pelota. En la antigua Grecia, ya mucho más próximo a nuestro tiempo, se jugaba al episkyros, quizá el juego más famoso, precursor lejano de juegos de equipo modernos. Participaban dos equipos, probablemente con el mismo número de jugadores y había una línea central y dos líneas de fondo. Se jugaba con una pelota ligera y el objetivo parece haber sido hacer retroceder al equipo contrario empujándolo más allá de su línea mediante pases y movimiento de la pelota. Era un juego duro en el que se permitía el contacto físico. Las pelotas eran de trozos de cuero cosidos, rellenos de plumas, lana comprimida o cabellos y, en ocasiones, cuerdas tensadas en su interior. Estos juegos están descritos por el escritor griego Julio Pólux, contemporáneo con Marcos Aurelio, en su Onomasticon[2]. Los romanos jugaban al Harpastum, un juego muy físico, parecido al rugby, con pelotas de cuero y se jugaba con las manos. El juego ha sido descrito en tiempos de Adriano por Aulio Gelio en sus Noches Áticas[3].

Ya, metidos en tiempos más cercanos, en la edad media, y concretamente el 13 de abril de 1314, encontramos en Inglaterra un documento que se refiere al footbal. Es una prohibición emitida como proclamación por parte del entonces alcalde de Londres, Nicholas de Farndone, “en nombre del Rey”. El texto traducido, de lo que hoy se conserva, dice aproximadamente:

“Por cuanto hay gran ruido en la ciudad causado por los empujones sobre grandes pelotas de fútbol en los terrenos públicos, de los cuales podrían surgir muchos males, que Dios lo impida, ordenamos y prohibimos, en nombre del Rey, bajo pena de prisión, que tal juego sea usado en la ciudad en adelante.”

Se refiere a lo que se llamaba folk football, mob football o Shrovetide football y la orden figura registrada en los archivos municipales de la ciudad de Londres, en un documento conocido como Liber Memorandorum. El idioma original de la proclamación es la forma de francés normando utilizada por las clases altas inglesas de entonces. Este tipo de juego de pelota fue la forma primitiva de fútbol que se practicaba en Inglaterra durante la Edad Media y hasta el siglo XIX. Era un fenómeno social más que un deporte reglamentado, con reglas muy flexibles y gran participación comunitaria. En muchas aldeas, se jugaba en días festivos, especialmente en Navidad, Pascua o festividades locales. En el folk football participaban no solo unos pocos jugadores, sino docenas e incluso cientos de personas, con individuos de todas las edades y de ambos sexos, aunque los protagonistas solían ser hombres jóvenes. El objetivo era sencillo pero exigente, llevar la pelota de cuero rellena de crines hasta un punto concreto, que podía ser la entrada del pueblo vecino, la iglesia, un árbol señalado o cualquier otra cosa, y esa meta podía estar a varios kilómetros de distancia.

El juego permitía empujones, golpes, agarrones y cualquier recurso físico que ayudara a avanzar, la fuerza y la resistencia valían más que la habilidad o la estrategia. Tampoco había un tiempo establecido, el partido podía durar lo que hiciera falta, hasta que la pelota llegara al lugar fijado o hasta que los jugadores, exhaustos, se rendían.

En Italia existía un juego muy parecido, y en algunos aspectos más organizado, llamado calcio storico o calcio fiorentino, especialmente popular en Florencia desde finales de la Edad Media y el Renacimiento. Aunque es más tardío que muchas formas de folk football británico, comparte con ellas la mezcla de fuerza, caos y festividad comunitaria. También hubo juegos populares de pelota en otras regiones italianas. El escenario era la Piazza Santa Croce, convertida en un terreno de arena donde cuatro grandes barrios medían fuerzas como si la ciudad entera estuviera en juego. Allí, dos equipos de veintisiete hombres cada uno, vestidos con los colores vivos de sus quartieri: Santa Croce, Santo Spirito, Santa Maria Novella y San Giovanni, se lanzaban a un combate deportivo que mezclaba fútbol, lucha libre y algo de guerra ritual, una coreografía brusca y vibrante donde la fuerza y el honor valían más que cualquier regla escrita. Era un deporte de contacto total, de empujones y placajes, de estrategias improvisadas y golpes secos, que convertía la plaza en un teatro de rivalidades antiguas y celebraciones colectivas. No es de extrañar que sea en Italia y en Gran Bretaña donde el fútbol moderno se vive con más intensidad.

Pero, como todos sabemos, y los ingleses nos lo recuerdan casi a diario, fue en colegios ingleses como Eton, Harrow, Westminster, Charterhouse y Rugby, donde se empezó a domesticar el viejo juego campesino del Folk Football. Cada escuela creó su propio reglamento, intentando controlar la violencia desmedida y la anarquía táctica. En algunos centros se permitió llevar la pelota con la mano, lo que sería el futuro rugby; mientras que en otros se prohibió tajantemente y se fomentó el pase con el pie. Un momento crucial parece que fue en 1848, en Cambridge, donde estudiantes procedentes de varias escuelas redactaron el llamado Cambridge Rules. Estas reglas intentaban unificar criterios, como la prohibición de agarrar y placar al contrario, el énfasis en el juego con el pie, la definición del fuera de juego y la necesidad de un árbitro imparcial.

26 de octubre de 1863, en la Freemasons’ Tavern de Londres, representantes de doce clubes se reunieron para crear The Football Association, la FA, y a sus seguidores se les llamó soccers. Los clubes que querían seguir jugando con las manos se escindieron en 1871 y fundaron la Rugby Football Union. En estados unidos se jugó el primer partido de lo que algunos llaman “fútbol americano”, en 1869, entre Rutgers y Princeton. Era muy parecido al soccer, con pocas reglas y mucho contacto físico. En la década de 1880, Walter Camp, jugador y entrenador de Yale, empezó a unificar reglas con una línea de scrimmage, sistema de downs y reducción de jugadores de 15 a 11 jugadores por equipo. A finales del siglo XIX y principios del XX, el deporte se popularizó en universidades y se crearon las primeras ligas profesionales, y en 1920 se fundó la NFL (National Football League).  En esto que llega García Lorca a Estados Unidos, en 1929, para dar conferencias y estudiar en la Universidad de Columbia, en Nueva York. y se encuentra con este nuevo espectáculo que le fascina, y que incorpora, en la figura de un personaje vestido de jugador, con su uniforme y su casco protector, en la obra “Así que pasen cinco años”, que casualmente, yo ayudé a traducir al sueco a Ulf Grahn, en los años 80.

Es curioso que García Lorca quedó prendado de la magia del fútbol americano, casi de la misma manera que Hemingway lo hizo de los toros. Los dos escritores eligieron, el uno un jugador, el otro un torero. Figura simbólica de modernidad y fuerza: El jugador representa la energía, lo físico, lo extraño, incluso lo violento, en contraste con la sensibilidad poética de otros personajes de Lorca.En Así que pasen cinco años, el jugador es una presencia que rompe con la lógica cotidiana y genera tensión y extrañeza, un símbolo condensado de la experiencia en Estados Unidos, su fuerza y su “extrañeza” cultural. En la obra de Hemingway, especialmente en The Sun Also Rises (Fiesta), el torero, Pedro Romero, encarna valentía, destreza y fuerza física, elegancia y riesgo controlado. El torero se convierte en ideal de masculinidad y heroísmo, casi ritualizado, ligado a la tradición española del toreo.

Los juegos de pelota y sobre todo el fútbol han favorecido el sentido de pertenencia a un grupo, por equipos, hinchadas, comunidades locales o nacionales. Se da el dato curioso de que, por ser los británicos los primeros en asociarse, no había con quien competir en el terreno internacional y, por lo tanto, cada una de las entidades constituyentes del Reino Unido pudo competir por separado, porque eran los únicos equipos disponibles para partidos internacionales. Esto se consolidó en la práctica con los partidos entre Inglaterra y Escocia, que, se jugaron desde 1872, en lo que se considera el primer partido internacional de fútbol. Yo creo que sería posible que selecciones catalanas, vascas, gallegas, castellanas y andaluzas pudieran representar a sus nacionalidades en el Mundial, el problema sería entonces que, no habría lugar para una selección española, y no sé si los extremeños, asturianos, cántabros o valencianos encontrarían una selección con la que alinearse de forma natural.

El fútbol funciona como “pegamento social”, creando rituales colectivos, cantos, celebraciones en lugares emblemáticos etc. Los equipos se convierten en símbolos de identidad regional, nacional o local y los aficionados se sienten orgullosos de su ciudad o país a través del desempeño del equipo. Es un juego que tiene el poder de desarrollar mitos y narrativas colectivas, héroes deportivos y leyendas que refuerzan la memoria cultural. La otra cara de la moneda es que promueve rivalidades: entre hinchadas, regiones o países. Los españoles conocemos de sobra la rivalidad entre el Madrid y el FC Barcelona. Este último, ha sido capaz de integrar a gran parte de la inmigración de otras regiones. Mucho más incluso que la lengua, una insignia del club azulgrana funcionaba como una llave de acceso a la convivencia en Cataluña en los años 60, como escribió Francesc Candel en Els altres catalans, a mediados de los 60, y creo que aún funciona de la misma manera.

El fútbol une y desune y es tan poderoso, que puede parar una guerra o iniciarla. Hay un caso muy conocido en que, en la navidad de 1914, el primer año de la primera guerra mundial, los soldados británicos y alemanes que estaban en trincheras enfrentadas, en condiciones durísimas de frío, barro, hambre y muerte constante, de pronto, comenzaron a cantar villancicos y a saludarse a través de las trincheras y se intercambiaron pequeños regalos en forma de cigarrillos y alimentos.  Finalmente, algunos soldados decidieron salir de las trincheras y reunirse en tierra de nadie de manera espontánea y organizaron partidos improvisados de fútbol. No es que significase el fin de la guerra, que continuó cuatro años más y costó millones de vidas humanas, pero es un ejemplo de como el fútbol puede unir traspasando fronteras.

Por el contrario, hay una guerra que hasta lleva el nombre de “Guerra del fútbol” y que tuvo lugar en 1969, comenzando a partir de un partido de fútbol entre Honduras y el Salvador. Ocurrió durante un partido de clasificación para el Mundial de 1970 entre las selecciones de Honduras y El Salvador en junio de 1969. Durante los partidos de ida y vuelta, ocurrieron violentos enfrentamientos entre hinchadas. Los medios de comunicación aumentaron la hostilidad que llegó a la clase política. Naturalmente, como siempre ocurre en estas ocasiones, había un fondo histórico y económico de confrontaciones por diferentes causas. Sobre todo por la alta presión demográfica en El Salvador, que hacía que muchos salvadoreños emigraran a Honduras, lo que ocasionaba tensiones por la competencia sobre las tierras agrícolas, ya que los inmigrantes salvadoreños ocupaban tierras en Honduras, y el gobierno hondureño buscaba reformar la propiedad para favorecer a campesinos locales.

El caso es que, entre el 14–18 de julio de 1969, aproximadamente durante 100 horas, se desarrolló un conflicto breve pero intenso, con ataques aéreos y combates fronterizos en el que participaron principalmente fuerzas regulares de ambos países. Las consecuencias de esta miniguerra fueron miles de personas desplazadas y aproximadamente entre 2 000 y 3 000 muertos. No se puede echar la culpa al fútbol, pero los caóticos partidos de clasificación y el seguimiento amarillista de los medios, fueron sin lugar a dudas un detonante.

Mientras escribo, me llegan a la memoria imágenes de la catástrofe de Heysel Stadium. La tragedia tuvo lugar el 29 de mayo de 1985, antes del partido final de la entonces Copa de Europa, hoy Liga de Campeones, entre Liverpool FC y Juventus F.C., en el estadio Heysel, en Bruselas. Lo recuerdo perfectamente, porque lo vi por televisión. Debido a fallos de seguridad, mala organización, hooliganismo y mala distribución de las hinchadas y también mala suerte, un grupo de seguidores del Liverpool consiguió romper una valla que separaba los fans ingleses de los italianos, lo que hizo que cundiese el pánico y la multitud trató de huir, quedando muchos fans atrapados contra un muro, que se derrumbó. El resultado: 39 personas murieron, la mayoría italianos fans de la Juventus y más de 600 resultaron heridas. Como consecuencia directa, los clubes ingleses fueron prohibidos durante varios años de participar en competiciones europeas.

Mi experiencia futbolística

Yo, que siempre estaba muy atento en las clases de historia, escuché aterrado la explicación de mi profesor, don Agapito, sobre la muerte de Felipe el Hermoso. Decía don Agapito que, el hijo del emperador alemán, Felipe el Hermoso, rey propietario de Castilla, murió el 25 de septiembre de 1506, en Burgos, con apenas 28 años. Y nos contaba el bueno de mí profesor, con tanto detalle como si él mismo lo hubiera presenciado que fue: “tras jugar a la pelota, con ímpetu juvenil, bebió agua fría y fue súbitamente atacado por una enfermedad, por la cual en pocas horas murió.” Nosotros, los niños que en el recreo habíamos jugado a la pelota y que habíamos bebido agua fría de la fuente, nos mirábamos unos a otros, pensando quién sería el primero en morir. Muchos años más tarde, busqué la fuente y la encontré en el Epistolario, libro XXVIII, carta del 24 de octubre de 1506, del diplomático Pedro Mártir de Anglería[4], fuente cercana pero que no dice nada sobre la pelota, pero sí sobre ejercicio brusco. Lo de la pelota, parece que ha surgido de fuentes muy posteriores. No sé si mi poca aptitud a jugar al fútbol se debe a la clase de historia de don Agapito, pero, lo de tener cuidado con el agua fría, me quedó por muchos años, como una amenaza de muerte.

Al llegar a Suecia, en Helsingborg la ciudad en la que me afinque nada más llegar, había una gran afición al fútbol y un vecino, curiosamente un italiano, se empeño en llevarme a presenciar un partido que el equipo local jugaba con el equipo inglés Queens Park Rangers. El estadio estaba completamente abarrotado de hombres, no vi ni siquiera una sola mujer. Todos gritaban como locos. Mi vecino italiano, un hombre muy tranquilo, que nunca levantaba la voz, gritaba desgañitándose, las venas del cuello como sogas. Yo le miraba a él y pensaba que le iba a dar algo. Terminó el partido, que no recuerdo como quedó, y me prometí no volver nunca más a un lugar así.

Años más tarde, como ya he explicado en otra entrada, el fútbol me vino a llamar, como entrenador de física y presencié algún que otro partido de quinta regional. En ciertas ocasiones, los pocos asistentes, hacían lo posible por emular los hooligans de las grandes competiciones y chillaban como si en el partido les fuese la vida. Aún ya más adelante, cuando mis hijos jugaban al fútbol en equipos infantiles y juveniles, he podido constatar que el público, que en su totalidad está formado por padres y parientes, puede ser igual o más violento que el de los grandes partidos. Será la emoción, la capacidad de este juego de levantar las pasiones sin filtro, lo que me desagrada. No sé, también juega el saberme tan inútil en un campo de fútbol, que más parece que tuviera yo dos pies derechos. Yo digo del fútbol como el zorro de Esopo decía de las uvas: “están verdes”.


[1] https://archive.org/details/historiadelasind02dur/page/n3/mode/2up

[2] https://archive.org/details/onomasticon01polluoft/page/n3/mode/2up

[3] https://archive.org/details/gelio-aulo-noctes-atticae-libri-i-iv-o-noches-aticas

[4] https://uvadoc.uva.es/handle/10324/25261

Opus epistolarum : Anghiera, Pietro Martire d’, 1457-1526 : Free Download, Borrow, and Streaming : Internet Archive