Quienes llevamos décadas viviendo en Escandinavia conservamos una memoria climática muy precisa. Sabemos cómo solía ser diciembre. Recordamos el frío, las heladas persistentes, a veces la nieve; temperaturas cercanas a cero o claramente por debajo. Eso en Lund, que nunca fue una ciudad de inviernos extremos, sino más bien de viento, lluvia y niebla. Pero nueve o diez grados en pleno diciembre, como está ocurriendo ahora, es algo profundamente anómalo.

Cuando el clima se aparta de manera tan clara de lo que ha sido la norma durante toda una vida, el cerebro lo interpreta como una señal de alarma. Las estadísticas lo confirman. Es cierto que hay fluctuaciones, pero no de esta magnitud ni con esta persistencia. La evidencia de que vivimos una crisis climática causada por el calentamiento global es abrumadora y proviene de múltiples mediciones independientes, coherentes entre sí. No depende de modelos teóricos discutibles: está inscrita en los datos físicos del planeta.

Desde finales del siglo XIX, la temperatura media global ha aumentado aproximadamente 1,2 °C. Pero lo decisivo no es solo la cifra, sino el ritmo. Los últimos nueve años han sido los más cálidos desde que existen registros instrumentales. Además, el calentamiento no es lineal: se acelera. Gracias a los satélites, hoy podemos medir con precisión la masa de hielo del planeta y observar cómo el Ártico pierde alrededor del 13 % de su hielo marino por década desde los años ochenta. Groenlandia está perdiendo hielo siete veces más rápido que en los años noventa. Los glaciares retroceden en todo el mundo, incluso en regiones tradicionalmente frías.

España no es una excepción. Los pocos glaciares que quedaban en los Pirineos están desapareciendo. El glaciar de Monte Perdido, en el Pirineo central (Huesca), uno de los más emblemáticos del país, ha sufrido pérdidas tan dramáticas de espesor y superficie que ha sido incluido en la Global Glacier Casualty List: está en proceso de desaparición irreversible si la tendencia actual continúa. El glaciar del Aneto, el mayor de España y de los Pirineos, ha perdido gran parte de su volumen en las últimas décadas.

En Suecia, la situación es igualmente alarmante. En 2024, ocho glaciares desaparecieron por completo, según análisis satelitales realizados por glaciólogos del Tarfala Research Station. Un estudio que compara datos entre 2017 y 2023 muestra que la superficie glaciar total del país se redujo de unos 237 km² a 210 km², una pérdida del 11 % en apenas seis años. El deshielo es demasiado rápido para explicarlo por variabilidad natural.

Camino por un Lund que parece primaveral en pleno día de Santa Lucía, el segundo peldaño simbólico hacia la Navidad tras el primer domingo de Adviento. Normalmente haría frío. Hoy estamos a 9 grados y llevamos así todo lo que va de diciembre. Y, aunque sabemos que existen fluctuaciones naturales, la inmensa mayoría de los expertos climáticos coincide en que nos dirigimos hacia una catástrofe de enormes proporciones, que aún podría mitigarse si existiera voluntad política y social suficiente.

Me pregunto entonces qué estamos haciendo realmente para evitar esa catástrofe. Miro a mi alrededor y todo parece continuar como siempre. Es más, el cambio climático ha pasado a ocupar un lugar secundario en la agenda pública, eclipsado por lo que se considera “urgente” o “actual”. ¿Qué se ha conseguido, en concreto, en la tan anunciada reunión de Belém? Pues, no mucho.

La COP30, celebrada en la Amazonía, símbolo planetario de la crisis climática, estaba llamada a ser una cumbre histórica. Sin embargo, las expectativas chocaron con barreras políticas, económicas y diplomáticas que redujeron sus resultados a formulaciones vagas. La Unión Europea, varios países latinoamericanos y los pequeños estados insulares exigían una eliminación progresiva explícita de los combustibles fósiles. Arabia Saudí, Rusia e incluso países emergentes como India presionaron para diluir ese compromiso. El resultado fue una redacción ambigua, sin fechas ni obligaciones concretas. El acuerdo histórico no llegó.

La posición de Noruega ayuda a entender el comportamiento general de muchos países desarrollados, especialmente aquellos con grandes reservas de petróleo y gas. Noruega disfruta de un altísimo nivel de vida gracias a los ingresos de los combustibles fósiles, y no es realista esperar que renuncie fácilmente a esa fuente de riqueza. En Belém se presentó como un actor climático moderado: comprometido con la financiación y las metas de reducción de emisiones, pero reacio a apoyar planes concretos para reducir la producción de petróleo y gas, uno de los puntos más controvertidos de la cumbre.

Pero, aunque los gobiernos y las grandes empresas cargasen con su parte, la responsabilidad moral individual no desaparece. No solo por el impacto directo de nuestras acciones, sino porque la suma de muchas vidas coherentes tendría la facultad de cambiar culturas, mercados y políticas. El cambio climático deja de ser una abstracción cuando, un 12 de diciembre en Lund, el termómetro marca nueve grados y sentimos, casi físicamente, que algo no encaja.

¿Y qué hacer entonces? No hay épica en esta tarea. Bastarían decisiones cotidianas, casi invisibles: calentar un poco menos la casa, caminar donde antes usábamos el coche, elegir el tren en lugar del avión. Comprar con más sensatez, reparar con más paciencia en lugar de tirar. Comer lo que crece en la proximidad y en su estación del año, como se hacía antes de que la abundancia lo confundiera todo.

No son gestos heroicos, pero sí civilizatorios. Revelan una forma de estar en el mundo que no se comporta como si el planeta fuera un sirviente. Su impacto material individual puede ser limitado, pero su impacto moral es grande: nos recuerdan que aún somos capaces de vivir en coherencia con lo que pensamos.

Vivimos en sociedades que han confundido libertad con consumo, progreso con velocidad y bienestar con exceso. Tal vez parte de nuestra responsabilidad, esa palabra que incomoda, consista en devolver a la libertad su dimensión ética: la libertad de elegir bien, incluso cuando elegir bien no es cómodo. No creo que nuestras acciones individuales vayan a detener por sí solas el calentamiento global. Pero sí pueden evitar que sigamos empujando el mundo hacia el precipicio mientras miramos hacia otro lado. A veces, vivir con la conciencia tranquila es un acto de resistencia.

Aquí entra en juego una cuestión que suele olvidarse: la dimensión religiosa. Durante siglos, las religiones han sido faros morales y comunitarios, aunque también han cargado con interpretaciones profundamente antropocéntricas. Sin embargo, una lectura más atenta de sus textos fundacionales ofrece otra imagen. En Génesis 1:26, la Vulgata utiliza el verbo praesit[1], que no autoriza la explotación, sino el gobierno responsable. Del mismo modo, el Corán (sura 2:30) habla del ser humano como khalifa, administrador de la creación. En el hinduismo, el dharma incluye la responsabilidad hacia la naturaleza, donde cada acción humana repercute en el equilibrio del cosmos. Paradójicamente, incluso en la India contemporánea, cuna de esa visión, el desarrollo económico inmediato suele imponerse a la acción climática. Lo material a corto plazo prevalece sobre la responsabilidad a largo plazo.

Las religiones, en general, se han mantenido al margen del ecologismo hasta fechas recientes. La encíclica Laudato Si’[2] (2015) del papa Francisco marcó un punto de inflexión al vincular pobreza, cambio climático y responsabilidad moral. Desde entonces, líderes islámicos hablan de eco-umma, y comunidades hindúes y budistas defienden ríos, bosques y animales como expresión de su tradición espiritual. No se trata de nostalgia ritual, sino de un diálogo entre ética, espiritualidad y ciencia.

El ecologismo moderno afirma que la Tierra tiene valor intrínseco, que existen límites y que la justicia social y ambiental son inseparables. En esto, la religión puede ser aliada, no obstáculo. Ciencia y espiritualidad convergen en una misma exigencia ética: no basta con saber; hay que actuar, y hacerlo con humildad y gratitud.

La responsabilidad última no reside solo en Belém ni en los tratados internacionales, sino en nuestras casas, en nuestros trayectos diarios, en nuestra manera de consumir y de habitar el mundo. La ética ecológica no es una moda: es una llamada moral profunda. Y mientras no aprendamos a escucharla, seguiremos tropezando con los límites de nuestra propia soberbia.

Para terminar, recomiendo la lectura de Una ética de la Tierra[3] (1949), de Aldo Leopold. En ella propone ampliar la ética tradicional —centrada solo en las relaciones humanas— para incluir suelos, aguas, plantas, animales y ecosistemas. El ser humano deja de ser el centro absoluto y pasa a ser miembro de una comunidad biótica. No dominación, sino armonía y límites. Leopold lo formuló desde una perspectiva secular y científica, pero en profunda sintonía con antiguas tradiciones religiosas. Hoy, frente al cambio climático y la crisis de biodiversidad, estas ideas no admiten demora. No se trata de salvar el mundo, sino de no traicionarlo. Y eso, en tiempos como estos, ya es bastante.


[1] Vulgata, en el Génesis 1:26: Et ait Deus: Faciamus hominem ad imaginem et similitudinem nostram: et praesit piscibus maris, et volatilibus caeli, et bestiis universae terrae, omnique reptili quod movetur in terra.

[2] https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

[3] https://dn790004.ca.archive.org/0/items/De_todo_un_poco/Una%20etica%20de%20la%20tierra%20-%20Aldo%20Leopold.pdf