Dejo a Polibio que me guíe esta esplendida mañana invernal, y juntos llegamos a las raíces de la monarquía. Es como volver a mis clases de historia en el San Isidro, resuenan ecos conocidos, otros menos, pero la sensación que tengo es de que estoy husmeando en la trastienda de un relato que conozco de sobra:

“El año en que Arato el Joven ejerció el generalato se cumplió alrededor de la subida de las Pléyades, pues entonces el pueblo aqueo efectuaba así el cómputo del tiempo. Por esto, Arato resignó el mando y Epérato le relevó en la capitanía de los aqueos; Dorímaco seguía siendo el general de los etolios. Entonces mismo, o sea a principios del verano, Aníbal, que hacía ya abiertamente la guerra a los romanos, tras partir de Cartagena y cruzar el río Ebro, iniciaba sus operaciones y su marcha hacia Italia. Los romanos enviaron a Tiberio Sempronio Longo al África, al frente de un ejército, y a Publio Cornelio Escipión le mandaron a España. Antíoco Ill y Ptolomeo IV, que tenían diferencias acerca de Celesiria mediante legados rehusando componer sus y negociaciones, se declararon mutuamente la guerra.”

El orto de las Pléyades, es decir, su primera aparición por el horizonte Este después de su período de invisibilidad, se da el 22 de mayo. La indicación de Polibio es sólo aproximada, pero indica una época propicia al comienzo de las guerras en la antigüedad. Durante gran parte de la antigüedad no existían ejércitos profesionales estables. Los soldados eran campesinos, pastores o ciudadanos armados que, durante la mayor parte del año, debían atender a sus propios medios de subsistencia. Esto imponía un límite muy concreto, por que no se podía guerrear durante la siembra ni durante la cosecha sin poner en peligro la supervivencia de la comunidad. Tras el orto de las Pléyades, la siembra había concluido y la cosecha aún no había comenzado. Se abría así una ventana temporal relativamente corta en la que era posible movilizar hombres sin provocar hambre.

A esta lógica económica se añadía una lógica logística. El inicio del verano ofrecía condiciones óptimas para el movimiento de tropas: caminos secos, ríos más bajos y vadeables, menor riesgo de tormentas y mejores condiciones para los animales de carga. Antes, el barro y las lluvias hacían impracticables las campañas; después, el calor extremo y las enfermedades aumentaban el desgaste y la mortalidad. La guerra antigua no se planificaba en abstracto, sino que se insertaba en un marco físico muy preciso. El calendario natural era tan determinante como la voluntad política.

Pero reducir este fenómeno a una mera cuestión de pragmatismo sería insuficiente. El orto de las Pléyades tenía también un profundo significado simbólico y religioso. No era solo una señal astronómica, sino un momento cargado de sentido. En muchas culturas, iniciar una campaña militar fuera del tiempo adecuado se interpretaba como una transgresión de los límites impuestos por el orden cósmico. Las guerras se comenzaban tras consultar augurios, signos celestes y rituales que legitimaban la violencia. Guerra y cosmos estaban sincronizados. La guerra, como la siembra o la navegación, debía hacerse en su tiempo.

Hay, además, un factor material que conviene no olvidar. Tras el orto de las Pléyades, las reservas del año anterior aún existían y la nueva cosecha se aproximaba. Atacar en ese momento permitía sostener a los ejércitos y, al mismo tiempo, aumentar las posibilidades de capturar grano, ganado o tierras fértiles del enemigo. La guerra no era solo destrucción; era también una forma de redistribución violenta de recursos. Golpear antes de la cosecha enemiga podía inclinar decisivamente el resultado del conflicto.

Todo esto nos recuerda hasta qué punto la política antigua estaba subordinada a la naturaleza. El tiempo histórico no se concebía como una línea continua y abstracta, sino como un ritmo, marcado por ciclos astrales, agrícolas y biológicos. Hoy tendemos a pensar que decidimos cuándo y cómo guerrear desde despachos climatizados, pero durante milenios la humanidad no combatió cuando quiso, sino cuando el cielo, la tierra y el granero lo permitían. Quizá haya aquí una lección incómoda que aprender, cuando la guerra se emancipa de los límites naturales y se convierte en una actividad permanente, entra en una fase mucho más peligrosa, en la que ya no obedece a los ritmos de la vida, sino a una lógica propia, desligada de cualquier freno.

Volvamos al relato. Arato el Joven es, en realidad, Arato de Sición ca. 271–213 a. C.), una de las figuras políticas más importantes del mundo griego helenístico. El apelativo “el Joven” se utiliza ocasionalmente para distinguirlo de otros Aratos célebres, en particular de Arato de Solos, el poeta astrónomo del siglo III a. C., autor de los Fenómenos. Liberó su ciudad del régimen tiránico en el año 251 a.C. a la edad de 20 años, de ahí viene el apodo. La acción fue un golpe nocturno, cuidadosamente preparado, mediante el cual Arato y un pequeño grupo de partidarios escalaron las murallas, sorprendieron a los mercenarios del tirano Nicocles y lograron restaurar un régimen cívico en la ciudad. El acontecimiento está bien atestiguado en las fuentes antiguas, sobre todo en Plutarco, Vida de Arato, que presenta la liberación de Sición como el acto fundacional tanto de la carrera política de Arato como de su papel posterior en la Liga Aquea.

Los hechos que Polibio relata al principio de su Historia ocurren en el año 219 a.C. cuando Arato tenía 52 años y acababa de dejar el mando en manos de Epérato, elegido estratega de la Liga Aquea en el año 219 a. C., en plena Guerra Social 220–217 a. C., un momento especialmente delicado para la confederación. La situación fue tan evidente que, al año siguiente, la Liga volvió a confiar el mando a Arato de Sición, lo que dice mucho tanto del fracaso de Éperato como del peso político que Arato seguía teniendo, incluso después de décadas en la vida pública. El relato nos lleva a una guerra social, guerra civil, si se quiere, guerra entre helenos.

La Guerra Social de 220–217 a. C. fue sin duda un conflicto altamente complejo dentro del mundo helenístico que enfrentó a la Liga Aquea, aliada con Macedonia, contra una coalición formada por la Liga Etolia, Esparta y Élide. No fue una guerra social en el sentido moderno del término, sino una guerra entre ligas y Estados griegos por la hegemonía en Grecia, en un contexto de agotamiento político, rivalidades internas y oportunismo permanente. El conflicto estalló en 220 a. C. a partir de una cadena de provocaciones y ataques etolios contra ciudades aliadas de la Liga Aquea, especialmente en el Peloponeso. Los etolios practicaban incursiones rápidas, pillajes y ataques a santuarios, una forma de guerra que Polibio describe con abierto desprecio.

A finales de la década de 220 a.C., el mundo mediterráneo se encontraba convulso. En Grecia, Arato el Joven ejercía el generalato aqueo siguiendo el cómputo tradicional basado en la subida de las Pléyades; poco después, resignó el mando, siendo reemplazado por Epérato, mientras Dorímaco continuaba como general de los etolios. Era un verano de decisiones estratégicas, pero también de presagios, porque al mismo tiempo, en la península ibérica y más allá, la guerra ya se había declarado de forma abierta.

Aníbal, que desde Cartagena comenzaba a enfrentarse a Roma, cruzó el río Ebro, iniciando su marcha hacia Italia, consciente de que la historia no perdona la indecisión. Roma reaccionó enviando a Tiberio Sempronio Longo al África con un ejército, y a Publio Cornelio Escipión a España, intentando contener la expansión cartaginesa.

Mientras tanto, en Oriente, se intensificaba otro conflicto, paralelo y a la vez independiente: la pugna entre Antíoco III, rey seléucida, y Ptolomeo IV, rey ptolemaico, herederos ambos de Alejandro Magno, por la región estratégica de Celesiria. Esta región, situada entre Siria interior y las tierras cercanas al Éufrates, era clave por sus rutas comerciales y por su valor militar como amortiguador de posibles invasiones. Los intentos de negociar mediante legados habían fracasado, la desconfianza era mutua, y ningún reino estaba dispuesto a ceder su influencia. Finalmente, los seléucidas y los ptolemaicos se declararon la guerra, iniciando lo que sería la Cuarta Guerra Siria.

El trasfondo de este enfrentamiento es profundamente revelador. La guerra no era solo por territorio, era un conflicto de prestigio y legitimidad. Antíoco y Ptolomeo necesitaban demostrar fuerza ante aliados y rivales, y el control de Celesiria se convirtió en un símbolo de poder. La diplomacia había fallado, la prudencia había sido insuficiente, y la historia volvía a desplegar su ciclo inexorable, la ambición y la desconfianza conducían al choque abierto.

En este escenario, Grecia, Roma, Cartago y los reinos helenísticos parecen formar parte de un mismo tapiz, donde la historia se mueve a veces en línea recta, siguiendo objetivos estratégicos, y otras en círculos, repitiendo errores y patrones de comportamiento. Arato, Epérato, Aníbal, Sempronio, Escipión, Antíoco y Ptolomeo no actuaban en aislamiento; sus decisiones estaban condicionadas por estructuras políticas, limitaciones logísticas, rivalidades antiguas y, por supuesto, por la naturaleza humana, que Tucídides ya había señalado como constante: mientras no cambie, los acontecimientos tienden a repetirse.

Así, el verano de 219 a.C. se presenta como un punto de convergencia con guerras que comienzan, líderes que cambian, negociaciones que fracasan, movimientos estratégicos que marcan destinos. Todo ello nos recuerda que la historia es un tejido complejo, donde el tiempo lineal y la historia circular se entrelazan, y donde comprender el pasado es la única manera de no navegar a ciegas en nuestro presente. Nuria me propone una nueva forma de ver la historia, la hélice. Un eterno retorno, pero nunca al mismo punto. Es una reflexión inteligente y yo, en mi respuesta, admito esa posibilidad, porque una espiral puede ilustrar una historia que transcurre de forma linear y ascendente, girando sobre su eje y volviendo a estados anteriores, pero algo más elevados.