Llegando al fin de año, cuando va siendo hora de sumar nuestras vivencias y experiencias de los acontecimientos de este 2025 que se nos va, recurro a la lectura de una obra que parece ser una buena herramienta para explicar la turbulenta historia de estos últimos años. Me refiero a la obra “The Rise and Fall of the Great Powers”, [1]de Paul Kennedy, escrita en 1987, con, a mi entender, una actualidad y una frescura que la hacen lectura imprescindible para los que como yo queremos orientarnos en la historia.
Paul Kennedy concibe la historia, especialmente la historia moderna y contemporánea, como el resultado del equilibrio cambiante entre poder económico, recursos materiales y capacidad militar. Su visión no es moral ni teleológica, sino estructural: las grandes potencias ascienden y declinan no por virtud o maldad, sino porque sus ambiciones políticas y militares terminan desbordando su base económica.
Kennedy sostiene que el sistema internacional funciona como un campo de fuerzas en el que los Estados compiten por seguridad, influencia y prestigio. Para sostener esa competencia necesitan riqueza: producción, comercio, tecnología, finanzas. Mientras la economía crece y se diversifica, el poder militar puede mantenerse; cuando la carga militar se vuelve demasiado pesada, comienza el declive. A este fenómeno lo denomina Kennedy “imperial overstretch” (sobrecarga imperial).
La historia, para Kennedy, no avanza hacia un fin moral ni responde a una ley del progreso humano. Tampoco es puramente cíclica. Es comparativa y relacional: lo decisivo no es solo cómo evoluciona una potencia, sino cómo lo hace en relación con las demás. Un imperio puede fortalecerse internamente y, aun así, perder posición si otros avanzan más rápido. Por eso su historia es profundamente global, atenta a flujos de capital, innovación tecnológica, demografía y comercio internacional.
En este marco, los grandes conflictos, las guerras mundiales, por ejemplo, no son accidentes ni explosiones irracionales, sino momentos de ajuste violento entre estructuras económicas y aspiraciones estratégicas incompatibles. Alemania y Japón, en el siglo XX, crecieron rápidamente, pero carecían de los recursos necesarios para sostener guerras prolongadas contra potencias con bases económicas más amplias como Estados Unidos. El desenlace no se explica por ideologías, sino por capacidades materiales.
Kennedy concede un papel a las ideas y a la política, pero un papel claramente subordinado. Las decisiones cuentan, sí, pero dentro de límites estrictos impuestos por la economía y la tecnología. Los líderes pueden acelerar el declive o gestionarlo con prudencia, pero no abolir las leyes estructurales del sistema internacional. En este sentido, su visión es realista y desencantada: no promete redención histórica, solo adaptación inteligente. Esta lectura no ofrece nada al que piense que con otro presidente en los Estados Unidos, un Obama, por ejemplo, no estaríamos hoy donde estamos, en Ucrania, en Gaza etc.
Paul Kennedy concibe la historia como una dinámica de largo plazo, donde el poder se desplaza según la capacidad de los Estados para equilibrar riqueza, innovación y ambición. No hay progreso garantizado ni decadencia inevitable, pero sí una regularidad persistente. Cuando el poder político-militar se separa demasiado de su base económica, la historia acaba pasando factura.
Según mi forma personal de entender a Paul Kennedy, su teoría parece especialmente útil para comprender el presente porque no se centra en los discursos morales ni en las intenciones declaradas, sino en la relación entre poder económico, capacidad militar y ambición estratégica. Aplicada a Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea, permite ver el conflicto como un ajuste estructural en el sistema internacional, más que la obra de actores personalistas, cuyas decisiones son motivadas por rasgos psicológicos.
En el caso de Ucrania, Kennedy ayudaría a desplazar la mirada del país en sí mismo hacia su posición estructural. Ucrania es un espacio de fricción entre potencias con intereses desiguales. Es un territorio clave desde el punto de vista geoestratégico, energético y militar. Su guerra no se explica solo por la voluntad rusa o por el deseo ucraniano de soberanía, sino por el choque entre una potencia en declive relativo (Rusia) y un bloque occidental que intenta preservar un orden heredado. Para Kennedy, Ucrania es un escenario donde se manifiesta el problema clásico del desajuste entre ambiciones estratégicas y recursos disponibles.
Rusia, desde esta perspectiva, encarna con bastante claridad el riesgo del imperial overstretch. Su economía es relativamente limitada y poco diversificada, pero mantiene ambiciones de gran potencia heredadas de la URSS. La intervención en Ucrania puede leerse como un intento de frenar su pérdida de influencia estratégica antes de que su base económica y demográfica lo haga irreversible. Kennedy no lo interpretaría como irracionalidad, sino como una apuesta peligrosa de una potencia que percibe que el tiempo juega en su contra. Esto nos alejaría de la siempre recurrente tendencia a culpar personalmente a Putin de la guerra.
En cuanto a Estados Unidos, la teoría de Kennedy introduce, a mi parecer, una lectura bastante esclarecedora. EE. UU. sigue siendo la principal potencia económica y militar del mundo, pero sufre una creciente tensión entre su papel global y sus capacidades internas reales. El apoyo sostenido a Ucrania, junto con compromisos en Asia-Pacífico y Oriente Medio, puede interpretarse como un esfuerzo por mantener la arquitectura del poder surgida tras 1945. Desde Kennedy, la pregunta no es si EE. UU. tiene razón moral, sino si podrá sostener a largo plazo esa red de compromisos sin erosionar su cohesión social, su base industrial y su legitimidad interna. La historia muestra que incluso las grandes potencias fracasan cuando el esfuerzo externo supera la capacidad doméstica de sostenerlo. Visto de esta manera, Trump no aparece como un actor irracional.
La Unión Europea, por su parte, aparece como un actor particularmente interesante desde el punto de vista de Kennedy. Tiene una enorme potencia económica agregada, pero carece de una capacidad militar y estratégica proporcional. Durante décadas, esa asimetría fue compensada por la protección estadounidense y por un entorno internacional relativamente estable. La guerra en Ucrania rompe ese equilibrio. Para Kennedy, la UE enfrenta ahora un dilema estructural: o traduce su fuerza económica en capacidad estratégica real, o acepta una dependencia prolongada que limita su autonomía política. El problema europeo no es la falta de valores, sino la desconexión entre riqueza, poder y decisión. Aquí parece que la política de Sánchez va a la contra de los intereses reales de Europa a largo plazo, al menos en lo que se refiere al gasto en defensa.
En conjunto, la teoría de Paul Kennedy quiere mostrar que lo que ocurre hoy no es una lucha entre democracia y autoritarismo en abstracto, sino una reconfiguración del poder global. Las potencias actúan empujadas por límites materiales, no solo por ideas. Ucrania es el punto de fricción visible de un proceso más profundo: el ajuste entre un orden internacional heredado y unas correlaciones económicas y demográficas que ya no son las mismas.
También resulta interesante en estas fechas leer The Long Twentieth Century[2] de Giovanni Arrighi, escrita en 1994, porque es una obra de arqueología del poder capitalista y está bien combinarla con la de Kennedy para explicar lo que ocurre a nuestro alrededor. Su pregunta no es qué ocurrió en un momento dado, sino cómo se organiza, se desplaza y se agota la hegemonía en el sistema mundial. En ese sentido, su obra pertenece a la tradición de quienes creen que la historia tiene ritmos estructurales, más largos que las biografías, más obstinados que las ideologías, y menos maleables de lo que a los políticos les gusta admitir.
Arrighi quiere demostrar que el capitalismo avanza por grandes ciclos de acumulación, cada uno encabezado por una potencia hegemónica. Génova, Holanda, Gran Bretaña y, finalmente, Estados Unidos. No son Estados en abstracto, sino complejos político-financieros que logran, durante un tiempo, imponer reglas, monedas, rutas comerciales y una cierta idea de orden. Cada hegemonía nace de una expansión material de comercio, industria, control territorial, y culmina en una expansión financiera. Y ahí, precisamente ahí, comienza su decadencia.
Este es uno de los puntos más dignos de tener en cuenta del libro. Cuando el capital deja de encontrar oportunidades productivas y se refugia en la especulación, no está innovando: está defendiendo posiciones. Arrighi retoma aquí, sin ocultarlo, la intuición marxiana del Capital: el dinero que produce dinero sin pasar por la producción es síntoma de un sistema que ha llegado a sus límites históricos. El siglo XX estadounidense, según Arrighi, no comienza en 1900 ni termina en 2000. Comienza tras la crisis del orden británico y entra en su fase terminal cuando Wall Street sustituye definitivamente a Detroit.
Lo interesante es que Arrighi no moraliza. No habla de decadencia en términos éticos, sino estructurales. Estados Unidos no caerá porque traicione sus valores, sino porque repite un patrón histórico. La hegemonía británica también terminó cuando Londres se convirtió en el centro financiero del mundo y dejó de ser su taller. Y antes ocurrió lo mismo con Ámsterdam. La historia no castiga; simplemente continúa.
Aquí se separa tanto del optimismo ilustrado como del catastrofismo fácil. No hay progreso indefinido, pero tampoco colapso final. Hay desplazamientos del centro de gravedad, reconfiguraciones del poder, mutaciones institucionales. En esto, Arrighi piensa más como Polibio que como Condorcet. El sistema no camina hacia una meta moral; gira sobre sí mismo, pero no vuelve nunca al mismo punto. Es una espiral histórica, no un círculo cerrado.
La parte más incómoda del libro es, sin duda, la que mira hacia Asia. Arrighi sugiere, con cautela, pero con firmeza, que el futuro del sistema mundial no será una simple repetición occidental. China aparece no como copia del capitalismo liberal, sino como otra forma de articulación entre Estado, mercado y sociedad, más cercana a una tradición histórica larga que a una conversión reciente. No afirma que China vaya a ser la nueva hegemonía en el sentido clásico; insinúa algo más inquietante: que el modelo mismo de hegemonía podría estar cambiando.
Releído hoy, The Long Twentieth Century resulta casi profético, pero no porque Arrighi adivinara el futuro, sino porque supo leer el pasado. Su mayor mérito es haber mostrado que los grandes discursos, ya sean liberales, socialistas o nacionalistas, se mueven siempre dentro de estructuras que no controlan. La política decide mucho menos de lo que cree; la economía mucho menos de lo que promete; y la historia, ese mecanismo oculto y pertinaz, mucho más de lo que admitimos.
Arrighi no ofrece consuelo. Tampoco soluciones. Ofrece algo más incómodo: inteligibilidad. Nos obliga a aceptar que vivimos en una fase tardía de un ciclo largo, donde la acumulación financiera, la militarización y la inestabilidad no son anomalías, sino síntomas. Y al hacerlo, nos devuelve una pregunta que la modernidad había creído superada: no qué mundo queremos, sino qué mundo es históricamente posible. Quizá por eso su libro sigue incomodando. Porque no permite refugiarse ni en la esperanza automática del progreso ni en la nostalgia de un orden perdido. Nos sitúa, sin épica y sin consuelo, en el punto exacto donde la historia vuelve a girar.
Y, para terminar, ayer, limpiando un rincón de la casa que mi hijo reclama como lugar de estudio, tuve que vaciar una estantería y encontré una cantidad de libros tremenda, muchos de ellos leídos hace 50 años y, entre ellos, encontré uno que tuvo influencia tanto en Kennedy como en Arrighi y que, a mí personalmente, me sirvió para descubrir los mecanismos de la historia, junto con Pierre Vilar “La Catalogne dans l`Espagne moderne”, curiosamente en la misma estantería. Tengo en mi mano la obra de Fernand Braudel “Le Méditerranée et le Monde Méditerraéen à l ´Époque de Philippe II”[3], un libro escrito en 1949. Estoy seguro que Fernand Braudel no fue simplemente una influencia más, sino el gran marco intelectual dentro del cual tanto Giovanni Arrighi como Paul Kennedy pensaron la historia a gran escala. Ambos heredan de Braudel una misma rebelión contra la historia episódica, aunque la desarrollan en direcciones distintas.
Braudel enseñó algo decisivo: que la historia verdadera no ocurre al ritmo de los acontecimientos, sino en estratos temporales, en La longue durée, las estructuras económicas, geográficas y sociales, pesan más que las decisiones de los gobernantes o las batallas puntuales, por muy decisivas que parezcan. Este desplazamiento del foco, de lo político inmediato a lo estructural, es el punto de partida común de Arrighi y Kennedy.
En Arrighi la huella de Braudel es profunda y explícita. The Long Twentieth Century puede leerse como una aplicación dinámica del capitalismo histórico braudeliano. Arrighi toma de Braudel la idea de economía-mundo, la centralidad del capital financiero en las fases tardías y la noción de que el capitalismo no se identifica con el mercado libre, sino con redes de poder, monopolio y Estado. Pero Arrighi va más allá: donde Braudel describe, Arrighi periodiza y teoriza. Convierte la intuición braudeliana en una secuencia de ciclos hegemónicos. Podría decirse que Arrighi introduce el movimiento allí donde Braudel había privilegiado la estructura.
En Paul Kennedy, la influencia es más indirecta, pero no menos real. The Rise and Fall of the Great Powers comparte con Braudel la obsesión por las capacidades materiales de larga duración: demografía, recursos, producción, fiscalidad. Kennedy piensa en términos de siglos, no de legislaturas. Su famosa tesis del imperial overstretch es, en el fondo, una traducción anglosajona de la longue durée: los imperios no caen por errores puntuales, sino por desajustes estructurales persistentes entre recursos y compromisos. Sin embargo, Kennedy permanece más cercano a la historia política y estratégica; no rompe del todo con el relato del Estado-nación.
La diferencia clave está en el grado de radicalidad de cada autor, pero juntos forman una explicación a la espiral histórica desmontando teorías anteriores: Braudel desmonta la primacía del acontecimiento, Arrighi desmonta la ilusión de progreso del capitalismo y Kennedy desmonta la confianza en la omnipotencia imperial, y los tres comparten la percepción de que la historia se mueve por mecanismos objetivos. Ni la voluntad política, ni la ideología, ni la tecnología pueden abolirlos indefinidamente.
Así que sí: Braudel es el ancestro común. No el padre doctrinal, sino el gran geólogo de la historia moderna, el que enseñó a mirar los movimientos lentos bajo la superficie. Arrighi y Kennedy caminan sobre ese terreno ya excavado: uno para mostrar los ciclos del capital, el otro para medir el desgaste del poder.
Y quizá lo más braudeliano de ambos sea esto: que, al final, ni Arrighi ni Kennedy creen que el mundo pueda explicarse desde el presente. Hay que ensanchar el tiempo para que la historia empiece a hablar. Yo me voy a la cocina con el libro de Braudel en la mano, me siento ante el ordenador y me pongo a leer lo que dicen los periódicos y los medios del mundo sobre la actualidad. Con estas lecturas, las noticias no nos sorprenden, porque caminamos por senderos ya trazados. Historia magistra vitae.
[1] https://archive.org/details/risefallofgreatp0000kenn/page/n5/mode/2up
[2] https://archive.org/details/longtwentiethcen00arri/page/n5/mode/2up
[3] https://archive.org/details/mediterraneanmed0000brau_a5z8/page/n7/mode/2up
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