Ayer, mientras caminaba con unos amigos catalanes por el bosque, volví a pensar en un viejo problema moral que la modernidad no ha logrado resolver: el de la caza. Era un día de nieve reciente, de esos en que el paisaje se vuelve monocromo y el silencio adquiere dimensiones casi litúrgicas. Les había advertido de que quizá veríamos algún ciervo o gamo —una promesa incierta, como suelen serlo todas las que tienen que ver con animales libres. Íbamos avanzando entre árboles centenarios y el único ruido era el crujir de la nieve bajo nuestras botas. El frío nos mordía las mejillas y obligaba a hablar poco, a conservar el aliento y a mirar más.
En uno de los senderos apareció un pequeño cartel que advertía que entrábamos en una zona de caza. Lo paradójico del caso es que el bosque está integrado en una zona nacional protegida. Un santuario natural en teoría, pero con espacios donde se permite abatir gamo y jabalí durante una temporada limitada. Durante esos días, el bosque deja de ser un escenario neutro y se convierte en un teatro trágico: unos caminan, otros acechan y algunos corren por su vida o la pierden.
Mis amigos catalanes, sorprendidos, comenzaron a preguntarse para qué sirve la caza en un mundo moderno, si aún tiene sentido, si puede justificarse. Ellos comemen carne sin mayor reflexión, pero la idea de empuñar un rifle, apuntar a un ser vivo y quitarle la vida nos resultaba a todos inconcebible. La conversación derivó hacia los pueblos que han vivido históricamente de la caza, como los sami o lapones del norte, cuyas condiciones ambientales no permiten siempre una relación idílica con la naturaleza. Allí cazar no es deporte ni placer, sino pura supervivencia, continuidad cultural, alimento y abrigo. ¿Quién puede juzgar eso desde la comodidad del supermercado?
Seguimos caminando cuando ocurrió lo que solo sucede cuando se camina despacio y en silencio. Entre los árboles aparecieron cuatro gamos: una hembra adulta y tres crías. La madre se detuvo, altiva, casi blanca, con esa belleza impasible que tienen los animales que viven fuera de nuestra escala moral. Nosotros nos detuvimos también. Durante unos segundos nos miramos mutuamente. No sé qué pensarían ellos, pero nosotros pensamos mucho y muy rápido: la fragilidad, la gracia, la elegancia, la inocencia, la muerte, la violencia, la belleza. Todo eso cabe en un segundo cuando un animal salvaje te mira a los ojos. Luego reanudaron su marcha ligera, con ese trote silencioso que no parece tocar el suelo, y desaparecieron entre las ramas. El bosque volvió a ser bosque, y nosotros seguimos nuestro camino. No oímos ningún disparo durante la caminata, lo que nos reconfortó de una manera difícil de explicar; quizás porque, sin decirlo, todos habíamos tomado partido durante aquel encuentro mudo. Pero, ya casi al final de nuestro paseo, Vicky, que es una mujer que todo lo contempla y analiza, encontró una huella reciente sangrienta y nos miramos los tres en silencio, y así seguimos caminando hasta el final del sendero.
Nuestra discusión quedó inconclusa, como quedan todas las discusiones verdaderamente complejas. La caza es una actividad humana llena de paradojas, situada justo en el punto donde chocan la ética, la historia, la biología y la economía. Es fácil condenarla en abstracto y difícil entenderla en concreto. Es un tema que incomoda porque obliga a pensar en la muerte, en la comida, en la violencia, en los derechos de los animales, en la soberbia humana y en las consecuencias de haber urbanizado nuestra existencia hasta el extremo de olvidar el origen de todo alimento. Quizá por eso nuestra conversación quedó suspendida en el aire, sin vencedores ni conclusiones.
La caza es, en efecto, algo muy serio. Y tal vez lo más serio de todo sea que, aun en un mundo tecnológico y globalizado, seguimos sin saber muy bien qué lugar queremos que ocupe. Al llegar a casa, cociné unas lentejas con chorizo, que regamos con vino. No volvimos a hablar de caza, al menos, durante esa velada. Mañana, dios dirá.
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