Ayer fue un día esperanzador. Después de semanas de cielo opaco, la niebla decidió levantar el velo justo cuando emprendíamos camino hacia Malmö. Unos rayos de sol, tímidos, pero ciertos, atravesaron la cubierta gris e iluminaron la carretera. Ese detalle mínimo bastó para cambiar el ánimo, porque a veces la esperanza entra en escena como una grieta de luz.
Íbamos rumbo a un lugar cargado de historia: el castillo de Malmöhus. Fortaleza, palacio, presidio y museo; piedras que han conocido medio milenio de usos y reinterpretaciones. Durante el siglo XVI defendió la entrada marítima a Malmö, cuando el mar llegaba literalmente hasta sus murallas, antes de que la tierra ganada y la modernidad relegaran la costa unos cientos de metros al sur. Una ciudad puede leerse en sus desplazamientos, y este es uno de ellos.
Llegamos a las diez, con el propósito de visitarlo, pero el museo no abre hasta las once. La espera no fue pérdida sino regalo, porque decidimos dar un paseo por el parque que abraza el castillo, el Kungsparken, el Parque del Rey, el más antiguo de Malmö. Es notable pensar que hoy ese espacio de árboles y senderos fue antaño terreno militar, parte de las antiguas fortificaciones de Malmöhus. La ciudad se pacifica cuando sus bastiones se convierten en jardines.
Allí, entre el canal y las avenidas, caminamos por el jardín ecológico, abierto todo el año, dedicado a la cultivación de frutas, verduras, flores y hierbas mediante métodos orgánicos. Mis amigos catalanes comentaban con sorpresa la coexistencia de disciplinas en un mismo espacio: horticultura, pedagogía ambiental, historia militar y ocio urbano. Yo simplemente disfrutaba del placer de mostrar lo que para mí es cotidiano.
Alrededor del castillo se extiende un rosario de espacios verdes que la ciudad ha sabido conservar y entrelazar. Slottsparken, a veces percibido como una prolongación natural de Kungsparken y el Slottsträdgården, el Jardín del Castillo, completan el conjunto. Este último conserva todavía el carácter de jardín histórico, casi íntimo, donde los huertos ordenados conviven con las pérgolas y los arriates.
Los canales que fluyen por el parque están llenos de vida: ánades, grajos, urracas, cuervos, que mis amigos contemplaban admirados de su gran cantidad, y, a lo lejos, un grupo de carboranes extendiendo sus negras alas para secarlas al aire tras una zambullida en busca de peces. Estos últimos, los carboranes, les llamaron mucho la atención, porque no los habían visto con anterioridad, aquí en Suecia, son frecuentes en la costa.
Paseábamos, razonábamos, y mirábamos. El paisaje hacía su trabajo silencioso: enseñar. Yo añadía palabras para completar la escena, consciente de ese extraño privilegio que es explicar lo propio a quien lo ve por primera vez. Ver la ciudad a través de mis amigos era como verla a través de un prisma: lo que conocía se había vuelto súbitamente interesante. Las ciudades también necesitan forasteros para revelarse.
En Kungsparken en sí puedes pasear entre más de 130 especies de árboles y flora variada. Vicky, que es muy curiosa, quería saber que árboles pueblan el parque, y yo conteste como pude que había álamos y robles, pero me olvide las hayas, que son los más robustos junto con los castaños y los tilos, de cuyos nombres en español no me acordaba.
Cuando regresamos hacia el castillo, el sol seguía abriéndose paso entre las rendijas del cielo y hasta los colores del ladrillo parecían más intensos. Todavía quedaba casi una hora de mañana y ya teníamos la sensación de haber iniciado algo. Así empezó el día: esperanzador.
Al entrar en el castillo, lo primero que visitamos fue el acuario, un verdadero paraíso para todo aquel que ame los peces y los misterios del mar. Allí nos detuvimos a buscar ranas diminutas que se ocultaban entre el enramaje, casi invisibles a primera vista. También pudimos haber visto caballitos de mar flotando con una delicadeza casi irreal, pero no quisieron aparecer y en su lugar vimos unos graciosos gusanitos que, aparentemente anclados en la arena, hacían movimientos sinuosos. En el fondo de una inmensa pecera, descubrimos incluso tiburones perezosos que descansaban sin prisa, como si el tiempo no existiera bajo el agua.
Coincidimos en nuestra visita con un grupo de jóvenes discapacitados acompañados por sus monitores. Muchachos y muchachas muy simpáticos que se acercaron a nosotros y, para nuestra sorpresa, se dirigieron a nosotros en español. Podíamos ver que disfrutaban mucho en el acuario, y mis amigos catalanes, tanto Edu como Vicky, se alegraban de ver que estaban bien cuidados.
Después seguimos hacia la zona pedagógica, diseñada para explicar la naturaleza de manera cronológica y temática. Allí pudimos experimentar la fuerza de un terremoto y caminar entre dinosaurios que parecían cobrar vida a nuestro alrededor. Todo estaba presentado con un detalle pedagógico impresionante, combinado con una puesta en escena tan plástica y atractiva que hacía que aprender sobre la evolución y los fenómenos naturales fuera emocionante y divertido. Con la ayuda de la IA pudimos dar vida alguno de los animales disecados, algo que, por ser tan novedoso nos fascina a los tres.
Se hizo hora de comer y nos dirigimos al restaurante Vega, situado en el primer piso del castillo, donde se puede disfrutar de comida típicamente sueca. Vicky y yo pedimos una platija, un tipo de pez plano, similar al lenguado, con salsa tártara y patatas, mientras que Edu quiso probar las clásicas albóndigas suecas, servidas con salsa, patatas y arándanos Todo lo acompañamos con cerveza local, brindando por un recorrido lleno de sorpresas y maravillas.
Tras el almuerzo, seguimos nuestra ruta por el castillo y llegamos a las dependencias que habían servido como cárcel, porque el castillo de Malmöhus sirvió como tal desde el siglo XVII hasta principios del siglo XX. Tras dejar de ser una fortaleza defensiva activa, muchas de sus salas se reconvirtieron en prisiones para criminales, delincuentes comunes y, en algunos casos, prisioneros políticos. Su función como cárcel fue particularmente relevante durante los siglos XVIII y XIX, cuando la parte del castillo conocida como “la torre de la prisión” albergaba a los internos. Los registros muestran que las condiciones eran duras, como era habitual en las cárceles de la época: celdas pequeñas, ventilación limitada y vigilancia estricta.
En una de las salas se puede contemplar una colección de fotografías de los presos con una leyenda que explica la causa de su condena. Es una de las colecciones más interesantes del museo, y están tomadas al dejar la prisión, al salir libres. No eran simples retratos, porque tenían un propósito documental y administrativo, pero también un valor humano insospechado. Cada imagen formaba parte de un registro que mostraba al individuo tras cumplir su condena, reflejando cómo había cambiado física y, quizá, emocionalmente durante su tiempo en reclusión.
Este tipo de fotografías permitía a las autoridades controlar la reintegración y conservar un archivo actualizado de quienes habían pasado por Malmöhus. A la vez, hoy nos ofrecen una ventana al pasado: podemos ver las miradas, los gestos y la expresión de personas que habían atravesado años de encierro, y entender que detrás de cada expediente había un ser humano con una historia única. La colección convierte lo administrativo en testimonio visual, y nos recuerda que la cárcel, aunque fría y meticulosa, nunca puede borrar por completo la humanidad de quien la habita.
A uno de los reclusos en Malmöhus lo conocí yo en persona y hasta compartí una cena con el a principios de los 80. Se llamaba Anton Nilson, con una “S”, eso lo repetía el siempre, para que no quedase duda. Anton Nilson es un nombre que evoca tanto la radicalidad política como la complejidad moral de los tiempos en que vivió. Nacido en 1887 en Suecia, Nilson se involucró desde joven en los movimientos obreros y socialistas que buscaban transformar una sociedad marcada por la desigualdad, las duras condiciones laborales y la explotación industrial. Fue en este contexto que se produjo uno de los episodios más notorios de su vida, que fue el atentado al barco Amalthea que él realizó junto a dos amigos y compañeros de partido.
En 1908, durante una huelga de trabajadores portuarios en Malmö, el conflicto con los empresarios y la policía se intensificó. Nilson, junto con otros compañeros, decidió colocar una bomba en el Amalthea, un buque que transportaba esquiroles para romper la huelga. La explosión mató a un marinero y causó heridas graves a otros. Aunque Nilson siempre defendió que la intención no era asesinar, sino disuadir y amedrentar a los rompehuelgas, el resultado fue mortal, y esto tuvo consecuencias jurídicas muy serias: fue arrestado, juzgado y condenado a muerte. Sin embargo, la condena no se llegó a ejecutar. Tras un período de intenso debate público y político, y gracias en parte a la presión de movimientos obreros y socialistas que lo veían como un mártir de la causa laboral, su pena fue conmutada. Finalmente, Nilson cumplió varios años de trabajos forzados antes de ser liberado.
Tras cumplir su condena en Suecia por el atentado al Amalthea, Anton Nilson recibió apoyo económico de un simpatizante adinerado que creyó en su causa y en su reinserción. Con ese dinero pudo sacarse el certificado de vuelo en Ljungbyhed, la base aérea sueca donde se formaban los primeros pilotos militares del país. Este título le abrió nuevas oportunidades y le permitió trasladarse a Rusia, que en aquel momento estaba sumida en la Guerra Civil tras la Revolución de Octubre.
En Suecia continuó siendo una figura de interés histórico y político. Su vida encarna muchas de las tensiones de la primera mitad del siglo XX: la lucha obrera, el activismo radical, la guerra revolucionaria, el sueño de un mundo nuevo y la amarga desilusión frente a los regímenes autoritarios que surgieron en nombre de esos ideales. Conocí a Anton Nilson en sus últimos años, murió con 102 años en 1989, y hablar con él era entender a alguien que había atravesado fronteras físicas y morales, alguien que había vivido al límite entre la acción y la idea, entre la lealtad a un ideal y la necesidad de sobrevivir.
Su historia, desde el atentado al Amalthea hasta su exilio interno y su retorno a Suecia, ofrece una ventana única para comprender no sólo los movimientos obreros suecos y la revolución rusa, sino también la manera en que los individuos se enfrentan a la violencia, la justicia y la historia misma.
Ya, casi exhaustos, tras cuatro horas de caminata, llegamos a la parte histórica, a lo que fue el palacio, con las salas reservadas al rey o a las autoridades que se hospedaran en la fortaleza. Allí vimos armas de toda clase, desde puñales a cañones, pasando por mosquetes, pistolas, ballestas, armaduras. A mis amigos les extraño que hubiera armas de fuego tan antiguas como del siglo XIV y yo les explique que, la invención de la pólvora se originó en China alrededor del siglo IX, inicialmente para fines pacíficos y festivos, como fuegos artificiales y rituales. Con el tiempo, los chinos comenzaron a utilizar la pólvora en armas militares, como lanzallamas, bombas y cañones primitivos. Esta tecnología se difundió gradualmente hacia Oriente Medio y Europa a través de rutas comerciales y contactos militares, sobre todo durante el período de las Cruzadas y el intercambio con el mundo islámico.
En Europa, las primeras armas de fuego aparecen documentadas hacia mediados del siglo XIV, especialmente en el sur del continente. En Italia, en ciudades-estado como Venecia y Florencia, ya se registraban cañones primitivos y bombardas en los años 1330–1340, principalmente para asediar fortalezas y castillos. Al mismo tiempo, en Francia, durante la Guerra de los Cien Años, se utilizaron los primeros cañones en la década de 1340–1350 para atacar murallas, aunque todavía eran armas muy rudimentarias, pesadas y de recarga lenta.
Estas primeras armas europeas marcaron el inicio de una revolución militar, pues cambiaron la manera de construir fortalezas, organizar ejércitos y librar batallas, sentando las bases para el desarrollo posterior de artillería más avanzada en los siglos XV y XVI. Y claro, hablando con gente de la península de armas de fuego tempranas, saqué a relucir la conquista de Granada por los Reyes Católicos en 1492, entre otras cosas, porque utilicé esas cifras como código para cerrar la taquilla con nuestra ropa de abrigo y mochilas. Durante la última gran campaña de la Reconquista, la artillería de pólvora desempeñó un papel decisivo en la caída del Reino de Granada ante los Reyes Católicos, Isabel y Fernando. En el asedio de la Alhambra y de otras fortalezas estratégicas, los cañones y bombardas comenzaron a rugir por primera vez con fuerza decisiva en suelo español. Las murallas, que durante siglos habían resistido a catapultas, trabuquetes y flechas, cedieron ante los impactos de la artillería, mientras el estruendo de la pólvora y el humo de los disparos sembraban miedo y desconcierto entre los defensores musulmanes.
No se trataba solo de destruir piedra y ladrillo, ya que la nueva tecnología tenía un efecto psicológico que aceleraba las negociaciones y rendiciones. Los arcabuces y cañones, aunque todavía toscos y pesados, demostraron que la guerra había cambiado, inaugurando una era en la que el poder de fuego decidiría más que la fuerza de los hombres y las antiguas máquinas de asedio. Así, tras una década de campañas y asedios, Granada cayó en 1492, marcando el final de la Reconquista y la plena consolidación de la monarquía de los Reyes Católicos.
Lo último que llamó su atención en la zona del palacio, fue lo corta que parecía la cama expuesta, una cama cubierta con baldaquines que parecía por lo corta que era, pertenecer a un niño. Explique que en muchos casos se dormía en posiciones semiincorporadas o encogidas, porque no querían dormir con la cabeza baja y estirados como hacemos hoy y se prefería dormir ligeramente incorporado, con almohadas altas o cojines, lo que ayudaba, creían ellos a proteger la cabeza y la espalda, facilitaba la respiración y la digestión, y conservaba mejor el calor en climas fríos. Dormir totalmente plano se consideraba además incómodo o incluso poco saludable. Además, estas posturas y las almohadas altas tenían un significado cultural y social, ya que mostraban confort, prestigio y, en algunos casos, seguían rituales o hábitos estéticos de la época. Acabé mi perorata allí, que ya eran casi las cuatro de la tarde y mes estaba poniendo ronco de tanto hablar, y nos fuimos de Malmöhus contentos y felices. A mi me quedaba una reunión en Lund, con mis colegas políticos del consejo municipal, para discutir la cuestión de la seguridad en tiempos de crisis, pero eso ya es otra cuestión.
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