Andar por los caminos cubiertos de escarcha, con viento en contra y temperaturas bajo cero, es una pequeña aventura. Eso del viento en contra es importante, porque todo cambia, según sople el viento. Ayer, el viento tomaba la calle y barría las aceras, pelándolas de el polvillo de nieve que aún quedaba de la última nevada. Ayer el viento tensaba las banderas, que bateaban arremolinadas en la plaza Clemenstorget, frente a la estación de ferrocarril de Lund, la zona más transitada a las 3 de la tarde de un viernes.
Allí nos habíamos juntados representantes de todos los partidos que tienen presencia en la cámara municipal de nuestra ciudad. Bueno, todos no, porque el partido de la izquierda, los antiguos comunistas, prefirieron no acudir. A nuestro alrededor se reunieron cientos de exiliados iraníes, jóvenes y menos jóvenes, mujeres y hombres, que llevaban en sus manos banderas iranies con el león de los Pahlavi en el centro en sustitución del símbolo de la república islámica “Allah” en árabe.
Muchos llevaban retratos del hijo mayor del último Shah de Irán, Mohammad Reza Pahlavi, Reza Pahlavi, de nombre y apariencia idéntico a su padre. Entre los presentes llevaban todos su retrato, lo que no quiere decir que la oposición a los ayatolas se concentre en la rama monárquica, ya que se sabe que la izquierda, representada por Partido Comunista de Irán (Tudeh), histórico partido comunista iraní con raíces anteriores a la revolución de 1979, perseguido y debilitado bajo la República Islámica, o Fadaian, un partido de izquierda fundado tras la revolución que ahora promueve un enfoque socialdemócrata y secular, o el mismo partido de los trabajadores, Hekmatist que es un partido comunista que aboga por una revolución socialista y una organización de partido de tipo marxista. Quizás por esa razón, de que esos partidos no estaban representados, los comunistas suecos decidieron no participar, quién sabe.
Reunidos allí, desafiando el viento del norte, apiñados alrededor de los altavoces para tratar de oír los cortos discursos, reconocía yo a algunos de mis amigos iraníes. Uno de ellos, que también pronunció un discurso cargado de emoción, ha sido mi colega durante años. Llevo en la mano una bandera sueca que mantengo en alto, sujetándola con todas mis fuerzas para que no se la lleve el aire. Miro a mi alrededor, a las caras y las ropas de los que me rodean y me doy cuenta de que casi todos van elegantemente vestidos. La sociedad iraní ha sido históricamente muy consciente de las diferencias de clase. La Revolución islámica alteró parcialmente la composición de las élites y puso a los altos clérigos chiíes en un estatus privilegiado, mientras que buena parte del antiguo estrato dirigente, junto con sectores de la clase media educada, se vio obligada a abandonar el país o fue ejecutada.
Yo estoy aquí para manifestar mi repulsa contra las atrocidades que este régimen teocrático comete a diario. Lo peor es que ya no tenemos información fidedigna porque el gobierno iraní a cortado internet. El gobierno iraní ha podido bloquear internet porque durante años ha construido una infraestructura deliberadamente diseñada para permitir el control del flujo digital. El país depende de una red fuertemente centralizada, donde la mayor parte del tráfico pasa por pocos puntos de salida controlados directa o indirectamente por el Estado. Esta arquitectura permite que, con relativamente pocas órdenes administrativas, se reduzcan velocidades, se bloqueen plataformas específicas o, llegado el caso, se corte casi por completo la comunicación con el exterior. A diferencia de las redes descentralizadas europeas o estadounidenses, el cuello de botella en Irán es técnico y político al mismo tiempo.
A esta centralización se añade la existencia de un Internet paralelo, que funciona internamente, aunque el país quede desconectado del mundo. Gracias a este sistema, los servicios bancarios, las plataformas estatales, aplicaciones de mensajería nacionales y comunicaciones de gobierno pueden seguir funcionando mientras se interrumpe el acceso global. Desde el punto de vista del poder, esto es decisivo: las protestas pierden capacidad de difusión internacional, pero la economía doméstica no colapsa y la administración continúa operativa.
Además, la colaboración de las empresas de telecomunicaciones es obligatoria. No existe el principio de neutralidad de la red ni garantías legales que permitan negarse a ejecutar una orden del Consejo Supremo del Ciberespacio. Las compañías están obligadas a instalar equipos de inspección, filtrar contenidos y entregar datos cuando se les requiere. Esto se complementa con tecnologías de inspección profunda de paquetes, similares a las usadas en China, que permiten bloquear protocolos, detectar y neutralizar VPNs y filtrar contenidos en función de palabras clave o plataformas específicas. El resultado no es un apagón indiscriminado, sino una desconexión quirúrgica hacia el exterior: Irán no apaga exactamente internet, sino el mundo exterior.
MTN Group de Sudáfrica tiene una participación significativa en MTN Irancell, uno de los principales operadores móviles de Irán. MTN posee aproximadamente el 49 % de MTN Irancell, mientras que la mayor parte restante está en manos iraníes. Esta empresa ha sido objeto de campañas de grupos de derechos humanos por su papel en la infraestructura de comunicaciones.
Vodafone del Reino Unido ha firmado acuerdos de cooperación con un operador iraní (HiWeb) para modernizar infraestructuras y servicios, aunque no tiene participación accionaria directa en redes móviles, y la francesa Orange, a través de filiales y empresas vinculadas, ha prestado, al menos en el pasado, servicios de consultoría y asistencia técnica a operadores iraníes, aunque no opera directamente redes de clientes y varios contratos fueron cerrados tras sanciones internacionales.
El régimen aprendió esta técnica tras sucesivas oleadas de protestas en 2009, 2017, 2019, 2022 y 2025, en las que el tiempo informativo se volvió un factor central del tiempo político. La lógica estratégica es que quien controla la información controla el ritmo del conflicto. Para los gobiernos autoritarios, esta capacidad es comparable a la del ejército o la policía, porque interrumpe la coordinación, dificulta el testimonio, impide la viralización y aumenta el coste de la oposición activa.
Un bloqueo de este tipo sería extremadamente difícil en Europa, donde la infraestructura es dispersa, las compañías no dependen por lo general del Estado para mantener sus licencias, existe legislación de neutralidad de red y no hay un Internet nacional alternativo capaz de sustituir el acceso global. Sin embargo, China, Rusia e India están avanzando en direcciones parecidas. En ese sentido, la batalla contemporánea es informacional y la soberanía del siglo XXI se define cada vez más por la capacidad de un Estado de decidir qué entra y qué sale de su propio espacio digital.
Al no filtrarse información veraz de los acontecimientos, se barján cifras muy dispares de muertos y heridos por la represión policial. Aquí hablaban de 12 000 muertos, y las autoridades iraníes admiten que, hasta ahora, 3 117 personas han muerto durante las protestas y la represión estatal. Es difícil saber la verdad, pero, una sola victima es ya demasiado.
El detonante de las manifestaciones que estallaron en Irán a finales de diciembre de 2025 fue la grave crisis económica, pero rápidamente se transformaron en un movimiento más amplio contra el régimen. El disparador fue la abrupta caída del rial, que alcanzó niveles históricamente bajos frente al dólar, junto con una inflación descontrolada que elevó los precios de alimentos, combustible y bienes básicos, erosionando de manera drástica el poder adquisitivo de la población. A esto se sumó la introducción de un nuevo sistema de precios para la gasolina subvencionada, que encareció aún más el combustible y agravó la situación de trabajadores y comerciantes. Las primeras protestas surgieron en el Gran Bazar de Teherán, precisamente allí donde empezaron en 1978 para derribar al sha, con mercaderes y propietarios de tiendas que expresaban su frustración por la crisis económica. Sin embargo, en cuestión de días, las manifestaciones fueron incorporando consignas políticas más amplias, críticas al Gobierno y al sistema de la República Islámica, y demandas de reformas profundas o incluso de un cambio de régimen.
Una de las mujeres, que fueron muchas, que hablaron durante la manifestación de Lund, llevaba al cuello el símbolo del zoroastrismo, el Faravahar o Fravashi, un emblema que representa el espíritu humano y los principios de esa religión. Se trata de una figura alada, generalmente con un hombre joven en el centro, con las alas extendidas horizontalmente y tres filas de plumas que simbolizan los buenos pensamientos, las buenas palabras y las buenas acciones, los principios fundamentales del zoroastrismo. La figura suele apuntar hacia adelante, indicando progreso y avance moral, y en la parte inferior a veces aparece un anillo que representa la eternidad o el ciclo de la vida.
El Faravahar es a la vez religioso y cultural, y aparece en templos, monumentos históricos persas y en la iconografía relacionada con la identidad iraní preislámica y hoy se usa más como símbolo cultural. Me pareció interesante y coincide con mi percepción de esta manifestación, como tradicionalista y conservadora. Tras casi dos horas en la plaza, acompañé su marcha por las calles de la ciudad hasta llegar a la sede de nuestro partido con una vaga sensación de encontrarme en la periferia de un momento histórico.
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