La realidad de los acontecimientos que a diario nos muestran la cara más amarga de nuestra actualidad, me obliga a reflexionar en profundidad, para no caer la indignación moral y la desconfianza generalizada. Las muertes de Renee Nicole Good y Alex Jeffrey Pretti abatidos por agentes federales significan una ruptura del pacto implícito entre el ciudadano y el Estado, porque quien debía proteger aparece como agente de la muerte. Eso activa en mí un sentimiento de injusticia, rabia contenida e impotencia, pero también una inquietud más profunda de que el poder puede volverse opaco, impune y deshumanizado. Al mismo tiempo, estos hechos fuerzan a tomar posición, aunque sea interiormente, sobre la violencia legítima, el racismo estructural, el abuso de autoridad o la fragilidad de los derechos, y por eso dejan un poso duradero, una mezcla de duelo y alerta moral. Duelen, interpelan, erosionan la confianza y obligan a mirar la realidad política y social con menos ingenuidad.

Considero que dejarme llevar por la indignación no me lleva a ninguna parte. Necesito tratar de analizar y comprender, no porque yo crea que podré cambiar algo, sino porque yo, personalmente, necesito comprender lo que ocurre. Quiero pensar que todavía hay cierta racionalidad en la escena mundial. En medio de mis pensamientos, llega a mi un artículo de Víctor Bermúdez Torres en el que critica de manera irónica y mordaz a Donald Trump y a la ultraderecha europea, mostrando cómo su estrategia errática y su retórica incendiaria ponen en evidencia la incoherencia y el servilismo de partidos como Vox. Lo leí ayer, pero lo he tenido que releer hoy tras mi paseo cotidiano, más largo de lo habitual, para intentar responder de alguna manera en forma de diálogo.

Ya en casa, me decido por exponer mi respuesta a Víctor, dentro de un texto en el que trato de integrar mis reacciones a los recientes acontecimientos en los Estados Unidos, con una tentativa de ensayo sobre el fascismo, siguiendo en el estado de ánimo que siempre me deja el 27 de enero. Aquí está mi respuesta:

Leo tu texto[1], Víctor, y parece que te tengo delante y que estamos dialogando en un café o en una charla de la SCM. Lo que a ti te preocupa, me está quitando el sueño, esas imágenes que nos desasosiegan están en cualquier medio en tiempo real. Yo te diría, si de verdad mantuviésemos un dialogo presencial, que el problema es que nuestra crítica oscila constantemente entre dos interpretaciones incompatibles de Trump sin que nos decidamos por ninguna ni expliquemos cómo podrían coexistir. Por un lado, tendemos a presentarlo como alguien mentalmente desquiciado, incapaz de coherencia, cuyas decisiones son erráticas, impulsivas y contraproducentes; por otro, le atribuimos una estrategia política reconocible y bastante clásica, orientada a debilitar a la Unión Europea, subordinar a Europa a los intereses estadounidenses y articular alianzas con determinadas élites ideológicas. Tú, en este texto pareces inclinarte emocionalmente por la primera explicación, la de la locura real, pero sigues utilizando la segunda cuando necesitas dar sentido político a sus actos. Yo percibo aquí una grieta lógica, aunque en parte comparto tus ideas: o bien Trump actúa de manera caótica y no responde a una racionalidad política estable, o bien funciona como pieza, consciente o no, de una lógica de poder estructural que va más allá de su psicología. Ambas cosas pueden ser defendibles, pero necesitaríamos un marco teórico que explique cómo un comportamiento aparentemente irracional puede producir efectos estratégicos coherentes. Al no ofrecer ese marco, por ejemplo, una teoría del populismo como performance, del decisionismo autoritario o de la política entendida como espectáculo, quedamos suspendidos en una ambigüedad. Yo dejaría de preocuparme por la salud mental del señor de Washington y miraría algunos datos duros, por ejemplo, el estado en que se encuentra su patrimonio y el de sus más fieles y conocidos colaboradores o excolaboradores. Buscando por la red, encuentro en Forbes[2] que la fortuna de Trump ha aumentado en un 87% de 3,9 a 7,3 mil millones de dólares en el último año, mientras la fortuna de Ellon Musk (increíble fortuna) ha aumentado en el mismo tiempo en un 89% de 342 000 a los escalofriantes 648 000 millones de dólares, que es más de lo que 80 % de los países del mundo tienen en PIB.

El problema del neofascismo no nos lo han traído de fuera, lo hemos fabricado nosotros y, lo que vemos ahora en España, Francia, Italia, Hungría, Suecia etc. está directamente relacionado con la Nouvelle Droite francesa del 68 y movimientos similares, apoyados siempre, acordémonos, por los Estados Unidos, como contrapeso a las izquierdas. Además, Víctor, la dicotomía recurrente de las derechas y las izquierdas no nos funciona ya, ni en España ni en el resto del mundo. Contemplando España, vemos que el gobierno actual no refleja un respaldo mayoritario de la izquierda clásica en el electorado español, sino un equilibrio parlamentario fragmentado que obliga a pactos con fuerzas de distinta orientación ideológica, aún abiertamente de derechas, para garantizar la gobernabilidad.

Por otra parte, creo que acusar a los votantes de la extrema derecha de irreflexivos es contraproducente porque tiende a reforzar su identidad y radicalización, y porque simplifica un fenómeno complejo que depende de crisis económicas, inseguridad social y desconfianza política, polariza el debate y dificulta alianzas, no cambia su comportamiento electoral y perpetúa la percepción de que la élite política los desprecia, mientras que abordar sus preocupaciones concretas y ofrecer alternativas atractivas resultaría, creo yo, más efectivo para reducir la influencia de la ultraderecha.

Llevo unos meses estudiando a Sílvia Orriols, líder de Aliança Catalana, que articula un discurso que mezcla independentismo visceral con ideas propias de la ultraderecha identitaria, centrado en la defensa de una Cataluña “pura” frente a amenazas internas y externas, y que rechaza las formas tradicionales de política autonómica. Ella sostiene que Castilla, léase el Estado español, ha “colonizado” Cataluña y que la región necesita restituir su propia soberanía sin concesiones, criticando a partidos independentistas como ERC y Junts por lo que considera moderación o traición a la causa. Paralelamente, su discurso se caracteriza por una retórica fuertemente anti-inmigración e islamófoba, presentando la inmigración, especialmente la musulmana, como una amenaza a los valores occidentales y a la identidad catalana, proponiendo medidas restrictivas contra la inmigración y criticando símbolos como el velo islámico. Esta combinación de ultranacionalismo catalán con posiciones xenófobas y de derecha dura ha atraído la atención y la polémica tanto dentro como fuera de Cataluña, situándola como una figura que rompe con los esquemas políticos convencionales y que intenta “combatir la cultura del subsidio” y la inmigración percibida como descontrolada. Dentro de una sociedad catalana un poco desorientada políticamente, Orriols provoca también rechazo por su tono confrontacional y veladamente racista.

A parte de eso, en España existen expresiones de autoritarismo, identitarismo excluyente y desprecio por el pluralismo dentro de ciertos movimientos que se reclaman de izquierdas, como por ejemplo Bildu. Pienso que para ayudar a deducir lo que tenemos encima, sería importante analizar el fenómeno que conocemos como fascismo.

¿Qué es el fascismo? Roger Griffin en su “The Nature of Fascism”[3] 1991, define el fascismo como un movimiento revolucionario de masas de extrema derecha cuyo núcleo ideológico es el mito del renacimiento nacional, la idea de que la comunidad política se encuentra en decadencia o crisis y necesita una revolución palingenésica para restaurar su grandeza; este impulso palingenésico se combina con un autoritarismo radical, el culto al líder carismático y el rechazo tanto del liberalismo como del socialismo, y se expresa a través de la violencia política, la movilización de masas y la construcción de un enemigo interno o externo que encarne la corrupción y la decadencia, haciendo del fascismo una ideología definida menos por su programa económico que por su visión mítica y emocional de la regeneración nacional. Yo difiero en parte de esa definición, porque no veo que el fascismo sea algo exclusivo de la extrema derecha. Para explicar mi punto de vista, me remitiré a alguien que, como yo, vino a Suecia con una carga intelectual que, influenciada por el clima académico imperante, produjo una síntesis altamente fructífera.

A finales de los años 80, las humanidades vivieron un gran cambio conocido como el “giro lingüístico” o “paradigma discursivo”, a menudo asociado al postmodernismo. En el centro de este cambio estuvo el filósofo francés Michel Foucault, nacido en Poitiers en 1926, cuya influencia no disminuyó tras su muerte en 1984. Lo curioso es que Foucault se vino a Uppsala a presentar su tesis “Histoire de la folie à l´áge classique” en 1958, pero no se presentó aquí porque no se consideró que reunía las condiciones formales necesarias para ser aprobada.

La estancia de Michel Foucault en Uppsala, entre 1955 y 1958, suele aparecer como una nota marginal en las biografías, pero en realidad fue un período silencioso y decisivo. Llegó a Suecia como director de la Maison de France y profesor de lengua y cultura francesas, todavía lejos de la figura pública en que se convertiría pocos años después. Uppsala no era París, sino una pequeña ciudad universitaria ordenada, luterana, fría, con una tradición académica sólida pero poco dada a la efervescencia filosófica. Ese desplazamiento geográfico e intelectual produjo en Foucault una sensación intensa de aislamiento, acentuada por episodios de depresión y por la experiencia de una extranjería casi absoluta.

Sin embargo, fue precisamente en ese contexto donde se produjo uno de los giros más importantes de su pensamiento. En la biblioteca Carolina Rediviva, Foucault se sumergió durante meses en archivos médicos y psiquiátricos antiguos, tratados, informes y documentos administrativos relacionados con la locura, el internamiento y la gestión institucional de la desviación. Allí aprendió a leer los textos no como expresiones de una verdad progresiva, sino como huellas de prácticas históricas concretas, ligadas a formas de poder, a dispositivos de exclusión y a modos de clasificación del sujeto. El archivo dejó de ser una fuente secundaria y pasó a convertirse en el verdadero objeto de análisis.

Esa experiencia marcó la gestación de Historia de la locura, pero también el abandono definitivo de la fenomenología y del existencialismo que dominaban la escena francesa de posguerra. El clima intelectual sueco, más empírico y menos metafísico, reforzó en Foucault la idea de que la filosofía debía desplazarse hacia el análisis histórico de los saberes, de las instituciones y de los discursos técnicos. En Uppsala se fue formando, casi a contracorriente, el método que él más tarde llamaría “arqueológico”: una manera de pensar que renuncia a los orígenes, desconfía de la continuidad y examina las condiciones de posibilidad de lo que, en cada época, puede ser dicho y pensado.

En la soledad vivida en esos años, Foucault empezó a pensar desde el margen, desde la figura del excluido, del internado, del anormal producido por el saber médico y jurídico. Esa sensibilidad atraviesa toda su obra posterior. Uppsala fue, así, un laboratorio discreto y decisivo: un lugar de retiro forzado donde se enfrió el pathos filosófico francés y se templó una mirada nueva sobre la relación entre saber, poder y sujeto. Sin esa experiencia sueca, cuesta imaginar al Foucault que, pocos años después, transformaría radicalmente la historia de las ideas.

Foucault desarrolló en Uppsala un pensamiento crítico que no se sometía a las normas académicas tradicionales. Su obra influyó especialmente en la historia, la sociología y la historia de las ideas. Su concepto clave, el discurso, entendido como el marco social y comunicativo que da forma a cómo interpretamos el mundo. Según Foucault, los discursos determinan qué se puede decir, pensar y considerar posible en una sociedad. Las cosas existen materialmente, pero solo adquieren significado cuando son interpretadas dentro de un discurso. En un plano inferior; por ejemplo, el fascismo posee un discurso tanto general como regional, según los países donde ha existido. Foucault no identifica el fascismo únicamente con la derecha autoritaria. En el famoso prefacio[4] a El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari[5] habla del “fascismo que llevamos dentro”, ese deseo de orden, de jerarquía, de identidad cerrada, de obediencia. El fascismo no se impone solo por la fuerza: se desea, se interioriza, se reproduce en las microprácticas de la vida social. Ahí su análisis resulta incómodo, porque desplaza la culpa del “mal absoluto” hacia formas ordinarias de comportamiento.

Por eso Foucault se muestra escéptico ante el antifascismo puramente moral. Denunciar al fascismo como monstruo externo no basta si no se analizan las condiciones que lo hacen funcional: la obsesión por la normalidad, la patologización de la diferencia, el culto a la seguridad, la medicalización del conflicto social. El fascismo, en su lectura, es una hipertrofia del poder normalizador.

En conjunto, el análisis foucaultiano del fascismo no ofrece consuelo. No promete que basten instituciones democráticas o buenas intenciones. Advierte, más bien, que el fascismo puede reaparecer allí donde el saber se convierte en instrumento de clasificación total, donde la vida se gestiona como material biopolítico y donde los sujetos aprenden a gobernarse a sí mismos según normas impuestas. Esa es su vigencia inquietante y el problema es que nosotros, en 2026, en todo el ámbito occidental, estamos justo ahí.


[1] https://www.elperiodicoextremadura.com/opinion/2026/01/28/vox-amo-126154107.html

[2] https://forbes.es/listas/794478/la-presidencia-aumenta-el-patrimonio-neto-de-trump-en-3-000-millones-de-dolares-en-un-ano/?utm_source=chatgpt.com

[3] https://dn720004.ca.archive.org/0/items/mann_michael_-_fascists_-_2004_202111/Fascism/The%20Nature%20of%20Fascism%20-%20Roger%20Griffin.pdf

[4] https://elporteno.cl/michel-foucault-el-anti-edipo-una-introduccion-a-la-vida-no-fascista/

[5] https://archive.org/details/el-anti-edipo-gilles-deleuze/page/2/mode/2up