Frío por fuera y frío por dentro. No dejo de pensar en lo que nos viene si todo sigue como hasta ahora. Ayer escribía yo sobre el fascismo y me refería a hechos históricos y conductas actuales, pues se está viendo a nuestro alrededor, que esa democracia que considerábamos tan segura, tan eterna, se está desquebrajando, por debajo, por las raíces. La democracia se desvanece desde el propio demos. Como lo único que tengo es tiempo, me dedico a buscar en la literatura, en esos libros que leí una vez y ahora solo salen de la estantería para quitarles el polvo. Saqué ayer a Foucault y hoy saco a Umberto Eco. Tengo en la mano ese pequeño escrito que considero fundamental para comprender lo que ocurre, al menos, una parte de ello: el efecto del fascismo en el individuo de a pie.
Umberto Eco escribió Ur-Fascismo en 1995[1] como una reflexión sobre las características profundas del fascismo como una constelación de rasgos que pueden reaparecer en distintas formas y épocas. Eco sostiene que el fascismo no tiene una sola esencia, ni una ideología monolítica y sistemática, sino que es un fenómeno difuso y contradictorio que puede emerger bajo diferentes apariencias y coyunturas.
La palabra Ur- viene del alemán y significa “original” o “primario”. Eco usa este prefijo para hablar de un fascismo arquetípico o “eterno”: una serie de rasgos recurrentes que pueden convertirse en fascismo si se agrupan o coagulan. Eco advierte que no se necesitan todos los rasgos para que surja algo fascista, basta con que uno o varios estén presentes para que se forme lo que él denomina una “nebulosa fascista”.
Umberto Eco propuso el concepto de Ur‑fascismo como una herramienta intelectual para leer el presente. No pensaba en un régimen histórico concreto ni en una doctrina cerrada, sino en una constelación de actitudes, reflejos culturales y hábitos mentales que pueden reaparecer bajo formas distintas. El fascismo, en esta acepción, sobrevive como posibilidad latente en sociedades democráticas cuando ciertas condiciones se dan por sentadas.
Eco enumeró una serie de rasgos que no actúan necesariamente de forma simultánea. Basta con que algunos de ellos se activen para que el clima político y cultural se degrade. El Ur‑fascismo no promete un futuro distinto, sino una restauración imaginaria. No abre horizontes; los clausura. Su fuerza no reside en la coherencia ideológica, sino en su capacidad para ofrecer certezas simples en contextos complejos.
Uno de sus primeros síntomas es la sacralización de la tradición. El pasado deja de ser un campo de estudio para convertirse en una autoridad incuestionable. La historia se invoca. El canon se transforma en dogma y cualquier revisión se percibe como amenaza. Este gesto implica una selección interesada de fragmentos útiles del pasado para legitimar el presente.
En Estados Unidos, esta lógica adopta la forma de una nostalgia imprecisa. Se apela a una grandeza anterior sin precisar cuándo existió ni para quién. En España, la tradición se vincula a una esencia nacional presentada como permanente, impermeable al conflicto y al cambio. En Suecia, la apelación al pasado se expresa como normalidad, como sentido común administrativo, como continuidad sin fisuras. En los tres casos, la tradición funciona como cierre.
A esta sacralización del pasado se suma la desconfianza hacia la razón crítica. El pensamiento ilustrado aparece asociado al elitismo, a la distancia, a la pérdida de autenticidad. Pensar demasiado se convierte en un defecto. La reflexión se interpreta como debilidad. La acción inmediata adquiere un valor moral propio, independientemente de sus consecuencias.
La política empieza entonces a organizarse en torno al gesto, prescindiendo del argumento. Actuar importa más que comprender. La duda se lee como vacilación y el desacuerdo como deslealtad. El espacio público se empobrece porque el matiz se vuelve sospechoso. Allí donde el pensamiento requiere tiempo, la impaciencia gana prestigio.
Este clima facilita la construcción del enemigo. El malestar social, real y a menudo legítimo, se explica mediante figuras externas o internas convertidas en causa única. La frustración económica o cultural no se analiza en términos estructurales; sino que se personaliza. El otro sirve como explicación total.
La xenofobia, en este contexto, adopta un tono razonable. Se presenta como precaución. El miedo se racionaliza y se vuelve aceptable. Al mismo tiempo, la identidad se refuerza mediante la exclusión. El resentimiento deja de ser una emoción privada y se transforma en vínculo colectivo.
El Ur‑fascismo necesita además un estado de alerta permanente. La política se concibe como una forma de guerra continua. El enemigo es descrito de manera contradictoria: poderoso y decadente, omnipresente pero a punto de colapsar. Esta ambivalencia permite justificar tanto el miedo como la agresión.
El pacifismo, en este marco, se interpreta como ingenuidad o complicidad. La moderación se equipara a rendición. Incluso sociedades con una larga tradición de neutralidad, como la sueca, pueden verse arrastradas a este lenguaje de urgencia moral, donde la fuerza se presenta como responsabilidad histórica.
A medida que este clima se consolida, reaparece una visión jerárquica del mundo. La desigualdad se naturaliza. El desprecio por los débiles se disfraza de realismo. La figura del héroe gana centralidad: alguien que actúa sin dudar, que encarna la voluntad colectiva y que desprecia las mediaciones institucionales.
El machismo y la hostilidad hacia lo no normativo no constituyen elementos accesorios, sino que forman parte de una concepción del orden basada en roles fijos y en una idea rígida de la fuerza. La diferencia se tolera solo mientras no cuestione la jerarquía.
El crecimiento de los movimientos fascistas puede rastrearse con especial nitidez en las transformaciones del lenguaje. Antes de que se modifiquen las leyes o se alteren las instituciones, cambia la manera de nombrar el mundo. El vocabulario político se empobrece, pierde matices y se orienta hacia un reducido conjunto de palabras cargadas de valor moral. Términos como orden, disciplina o deber sustituyen a otros que exigen precisión conceptual, como libertad, justicia o responsabilidad. No se trata de un simple cambio estilístico, sino de una reducción deliberada del campo de lo pensable.
En la Alemania del Tercer Reich, observó Victor Klemperer, la verdad dejó de ser algo que se demostraba para convertirse en algo que se sentía. La apelación al sentimiento del pueblo desplazó a los criterios racionales y jurídicos. De modo paralelo, conceptos abstractos fueron recubiertos de adjetivos identitarios que los vaciaban de universalidad. La justicia dejó de ser un principio general para convertirse en justicia del pueblo; la ley se subordinó a la pertenencia. El lenguaje dejó de describir hechos y pasó a producir adhesión.
En la España franquista, palabras como España, unidad o destino adquirieron una densidad moral que las sustrajo al debate. España dejó de designar una realidad histórica plural para convertirse en una entidad casi metafísica. A su sombra apareció un vocabulario de exclusión que no necesitaba argumentar: anti-España, desafecto, enemigo interior. El lenguaje funcionaba como frontera. “Dentro del orden”; “Con arreglo a los principios del Movimiento”; “Por el bien común”; “La unidad de destino en lo universal”.
Un rasgo común a estos procesos es la desaparición del matiz. El pensamiento gradual, las reservas y las formulaciones provisionales se vuelven sospechosas. El mundo se divide en pares opuestos: lealtad o traición, fuerza o debilidad, normalidad o desviación. La sintaxis acompaña este movimiento. Las frases se acortan, las subordinadas desaparecen, los imperativos sustituyen a las preguntas. El lenguaje se vuelve apto para la consigna y hostil a la deliberación.
Otro desplazamiento decisivo es la adopción de un lenguaje técnico para nombrar la violencia. En la Alemania nazi, el exterminio se ocultó tras términos administrativos como reasentamiento o tratamiento especial. La brutalidad se gestionaba. Este tipo de lenguaje no busca convencer, sino anestesiar. Cuando la violencia se formula como procedimiento, la responsabilidad moral se diluye. Aunque nadie podría decir que la intención de Hitler hacia los judíos era desconocida. A mí personalmente me basta con leer Der Angriff del 5 de diciembre de 1930 donde, según el periódico, Hitler dijo en uno de sus mítines, en esa ocasión ante estudiantes y académicos, que la primera guerra mundial había…
“…eliminado (ausmerzen) a los mejores y salvado a los Minderwertigen (los indignos). La guerra y sus consecuencias hicieron que hubiera un excedente de estos indignos en Alemania. Durante los últimos doce años, la política del país —la política del egoísmo sin disimulo— ha sido determinada por estas mentes indignas.
Cuando las naciones abandonan las viejas y tradicionales ideas de honor y heroísmo y cometen el error de creer que son anticuadas y pasadas de moda, el resultado es que la fibra moral del pueblo se va debilitando… Las ideas heroicas atraen elementos heroicos. Los cobardes se agrupan alrededor de ideas tímidas… Examinen nuestro tiempo, considérenlo como lo que ustedes creen que da vida y fuerza a nuestra época. Luego decidan y hagan su elección. Deben encontrar un camino que les permita participar —ser parte de— la vida y el futuro de la nación.”
El concepto de pueblo también sufre una transformación profunda. Deja de ser una realidad plural y conflictiva para presentarse como una voz única. Surgen expresiones como el verdadero pueblo o la gente de bien, fórmulas que no describen una mayoría, sino que delimitan una pertenencia. Quien queda fuera de ese marco pierde también su lugar en el lenguaje. Albert Speer, que como ministro de armamento y producción bélica, el 19 de marzo de 1945, curiosamente en el día de su cuadragésimo aniversario, entregó el último de varios memorandos que había escrito para explicarle a Hitler que la guerra estaba perdida y que lo único importante que quedaba por hacer era salvar la infraestructura de Alemania por el bien del pueblo, recibió esta fría respuesta , que el mismo Speer citó:
“Si la guerra se pierde, el pueblo también se ha perdido. No es necesario tener en cuenta lo que el pueblo alemán necesita para sobrevivir de la manera más primitiva. Por el contrario, es mejor destruir también esas cosas. El pueblo ha demostrado ser débil, y el futuro pertenece exclusivamente al más fuerte pueblo del Este. Lo que quede después de esta lucha son, además, solo los inferiores, ya que los capaces han caído.”
En fases más recientes, el proceso se manifiesta en la inversión del valor de ciertas palabras. Prudencia pasa a significar cobardía, neutralidad se asocia a complicidad, duda se equipara a deslealtad. No es necesario prohibir el pensamiento crítico: basta con desacreditar el vocabulario que lo hace posible. El lenguaje que explica se presenta como lenguaje que engaña.
Cuando estas transformaciones se consolidan, el empobrecimiento lingüístico precede al empobrecimiento político. El fascismo no comienza silenciando voces, sino haciendo que algunas palabras dejen de servir. Allí donde el lenguaje pierde precisión, el pensamiento pierde espacio. Y cuando el pensamiento se estrecha, la obediencia encuentra el terreno preparado.
El cierre del círculo se produce en el terreno del lenguaje. El pueblo se define como una entidad homogénea, privada de contradicciones internas. El líder se presenta como su intérprete exclusivo. El vocabulario se empobrece, se repite, se vuelve previsible. Pensar fuera de ese marco se vuelve inmensamente difícil.
Cuando el lenguaje se estrecha, también lo hace la imaginación política. La obediencia se facilita porque las alternativas dejan de formularse. El Ur‑fascismo no necesita censura explícita, le basta simplemente con reducir el campo de lo decible.
Nada de esto implica que el desenlace sea inevitable. El valor del concepto propuesto por Eco reside precisamente en su carácter preventivo. Reconocer estos rasgos no equivale a declarar una catástrofe, sino a identificar un desgaste. Las democracias rara vez colapsan de manera abrupta. Se erosionan. Pierden densidad cultural, complejidad moral y capacidad de autocrítica. El fascismo eterno se instala cuando dejamos de pensar que podría hacerlo. Da que pensar.
[1] https://archive.org/details/ur-fascismo-Il-fascismo-eterno/Ur%20fascismo%20Lettura/page/n11/mode/2up
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