Una de las buenas cosas que tiene el haber vivido una larga vida, es que, mirando atrás, se pueden reconocer las tendencias, que cuando se vivía dentro de ellas parecían movimientos lineales, que iban transformando el mundo hacia la perfección. Lo que en su momento se experimentaba como avance continuo, casi inevitable, se revela después como algo más complejo, más irregular, incluso más ilusorio.

Cuando uno está dentro de una época, tiende a creer en la linealidad del progreso. Cada innovación, cada cambio social, cada conquista política parece un paso más hacia una forma superior de organización humana. Se habla, explícita o implícitamente, de perfeccionamiento. Hay una confianza, a veces ingenua, en que el movimiento de la historia tiene dirección y sentido.

Pero al mirar atrás, con décadas a la espalda, ese relato se resquebraja. Las líneas rectas se convierten en curvas, en zigzags, en idas y venidas. Lo que parecía sólido se muestra frágil; lo que se celebraba como definitivo resulta provisional. Algunas conquistas se consolidan, es cierto, pero otras se erosionan, se transforman o incluso desaparecen.

Más aún: se empieza a reconocer que cada avance llevaba en sí mismo una ambigüedad. Aquello que mejoraba ciertos aspectos de la vida introducía, al mismo tiempo, nuevas formas de problema. La técnica resolvía necesidades, pero creaba dependencias; la libertad ampliada generaba también incertidumbre; la abundancia material no eliminaba el vacío existencial.

Esa mirada retrospectiva no debe conducir necesariamente al pesimismo, pero sí a una forma de escepticismo sereno. Ya no se cree tan fácilmente en las promesas de perfección. Se comprende que la historia no es un camino recto hacia un ideal, sino un proceso más cercano a la experiencia humana misma: contradictorio, incompleto, siempre abierto.

Y, sin embargo, hay algo valioso en haber vivido dentro de esas corrientes que parecían lineales. Porque solo quien ha creído en ellas, aunque sea parcialmente, puede después reconocer sus límites. Ahí reside una forma de sabiduría, que es el aceptar que las tendencias que atraviesan una época no son promesas de perfección, sino intentos, a veces torpes, a veces brillantes, de responder a los problemas del momento. Y que, vistas desde lejos, forman un paisaje complejo, donde se mezclan avances, pérdidas y transformaciones difíciles de juzgar con una sola medida.

Estamos en tiempos de Semana Santa. Mi amigo Víctor Bermúdez escribió ayer un fantástico artículo en El Periódico de Extremadura[1] en el que analiza de forma certera, la esencia popular de la Semana Santa en España. En Suecia, como en buena parte del mundo occidental, la Semana Santa sigue existiendo en el calendario, en el lenguaje y en ciertas prácticas, pero ha perdido en gran medida su contenido original. Es como si las palabras hubiesen sobrevivido a las ideas que las hicieron nacer. Se habla todavía de Viernes Santo, de Pascua, de Resurrección, pero para una gran parte de la población esos términos ya no remiten a una historia concreta ni a una experiencia espiritual reconocible.

Se trata de un lento proceso de desplazamiento. Durante siglos, la Semana Santa fue el núcleo simbólico del año cristiano: el relato de la Pasión, la muerte y la resurrección de Cristo estructuraba el tiempo, daba sentido al sufrimiento humano y ofrecía una promesa de redención. Incluso quienes no eran particularmente devotos conocían la secuencia de los acontecimientos, los personajes, el drama. Era un lenguaje común, una gramática compartida. Como Víctor Bermúdez bien explica, la tradición de la muerte y la resurrección está presente en todas las culturas conocidas, por tanto, también en la nórdica.

La relación entre el mito de la Semana Santa y la mitología nórdica es profundamente sugerente si se observa desde una perspectiva simbólica y comparada. Ambos sistemas de relatos tratan, en el fondo, de responder a las mismas preguntas esenciales: el sufrimiento, la muerte, la destrucción y la posibilidad, o imposibilidad, de renovación.

En la Semana Santa, el núcleo es la muerte y resurrección de Jesucristo. Se trata de un drama que culmina en la victoria sobre la muerte, en una promesa de redención universal. El sufrimiento tiene sentido porque conduce a una transformación definitiva, donde la vida vence al final.

En la mitología nórdica, en cambio, encontramos una visión más trágica. Si pensamos en Odín, que también se sacrifica, colgado del árbol del mundo, herido por su propia lanza en busca de conocimiento. O en Balder, el dios luminoso cuya muerte anuncia el comienzo del fin. Aquí también hay sacrificio y pérdida, pero sin la misma garantía de redención.

El punto de encuentro más claro es quizá el tema del dios que muere. Tanto Cristo como Balder representan figuras luminosas cuya desaparición tiene consecuencias cósmicas. Sin embargo, mientras que en el cristianismo la muerte es superada, en el mundo nórdico conduce al Ragnarök, una destrucción inevitable del orden del mundo.

Y, sin embargo, incluso en esa visión sombría hay un eco de renovación, porque tras el Ragnarök, un nuevo mundo emerge, algunos dioses regresan, la vida continúa. No es una resurrección individual como en el cristianismo, sino un renacimiento cíclico, casi natural. Podría decirse que ambas tradiciones expresan dos formas de enfrentarse al mismo misterio, donde la tradición cristiana afirma un sentido último, una salvación mientras la tradición nórdica acepta la tragedia, pero insinúa una continuidad.

Desde un punto de vista cultural, cuando el cristianismo llegó a las tierras nórdicas, no lo hizo sobre un vacío. Es posible que ciertos motivos, el sacrificio, la muerte del dios, la renovación, encontraran resonancias en las creencias existentes, facilitando su comprensión y, en parte, su aceptación.

Lo más interesante, a mi modo de ver, es la afinidad simbólica. Ambas narraciones, tan distintas en su tono, nos hablan de lo mismo, de la necesidad humana de dar forma al sufrimiento y de imaginar que la muerte no es la última palabra, aunque cada cultura responda de manera diferente.

En ese cruce, casi invisible, entre la esperanza cristiana y la lucidez trágica nórdica, se abre un espacio de reflexión muy fértil de dos maneras de mirar el mundo, una orientada hacia la redención, la otra hacia la aceptación del destino, y ambas, en el fondo, profundamente humanas.

Hoy, en cambio, ese conocimiento se ha debilitado hasta casi desaparecer. La secularización no ha eliminado las festividades, pero las ha vaciado. La Semana Santa se ha convertido, para muchos, en una pausa en la rutina laboral, en unos días de descanso, en la antesala de la primavera. Los niños se disfrazan, las familias se reúnen, se intercambian dulces y huevos decorados. Todo ello conforma una celebración viva, pero desconectada de su origen.

Ni que decir tiene, que el que venga a visitarnos a Suecia en Semana Santa, se dará cuenta que aquí se conservan algunas tradiciones populares. En las calles, los arboles se engalanan con plumas o adornos de colores, morados, rosas, rojos, amarillos y últimamente, también verdes y azules, aunque el morado y el amarillo predominan. En todas las tiendas se pueden ver huevos de todos los tamaños: de mazapán, de chocolate, de cartón, para llenarles de caramelos, y todo esto de muchos colores.

La primavera, tan importante donde esta significa el final del transito por el oscuro invierno nórdico, se muestra con la flor más típica, el narciso amarillo. Se llaman en sueco påskliljor (literalmente “lirios de Pascua”) y su color amarillo intenso simboliza la luz y el regreso del sol. Se colocan en jarrones, macetas y también en exteriores. En mi jardín ya están presentes. Son, por así decirlo, la imagen misma de la Pascua sueca.

Uno de los rasgos más llamativos son las påskkärringar, literalmente “brujas de Pascua”. En los días previos, especialmente el Jueves Santo, los niños, sobre todo las niñas, se disfrazan con pañuelos en la cabeza, mejillas pintadas con colorete y faldas largas. Van de casa en casa, como en una especie de Halloween nórdico, entregando dibujos y recibiendo dulces a cambio. Yo tengo siempre preparado ese día un buen cuenco lleno de chuches para repartir, aunque, desgraciadamente, ya no hay tantos niños por aquí, porque mi barrio va cambiando de carácter, según van pasando los años.

Y para mí, la Pascua en Lund es música, un puente entre lo histórico, lo espiritual y lo estético que transforma los días de Semana Santa en una experiencia única. Es la vibración profunda del Stabat Mater de Antonio Vivaldi, donde cada nota parece palpitar con el dolor de María junto a la cruz de Jesús. Y luego está La Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach, una obra que lleva aún más lejos la fusión entre drama y música. Para mí, asistir a estas interpretaciones en Pascua es entrar en un diálogo con la historia, con la fe y con la emoción humana en su expresión más intensa. La Pascua sueca, que puede ser percibida por muchos como secular o decorativa, encuentra en estas obras, aun no siendo suecas, su sentido más profundo. La música se convierte en vehículo de contemplación, de recuerdo y, al mismo tiempo, de celebración. En Lund, en estos días, la Pascua se vive, se escucha, se siente, y cada acorde parece recordarnos que la historia y la emoción pueden encontrarse en armonía perfecta.

La Semana Santa en Suecia se puede ver también como una reconfiguración del tiempo festivo en clave cultural, familiar y estacional. El problema, o el desafío, es que, al perderse el relato, se pierde también una dimensión de profundidad. La fiesta queda en la superficie, privada de la tensión dramática que la originó.

La necesidad de fiestas y festividades responde a algo profundo en la condición humana. Allí donde ha habido sociedades, desde las más antiguas hasta las más modernas, han existido momentos señalados, interrupciones del tiempo ordinario, días distintos. No es casualidad.

En primer lugar, porque las fiestas estructuran el tiempo. El ser humano no vive bien en una continuidad indiferenciada. Necesita ritmos, pausas, umbrales. Las festividades marcan el paso del año, separan lo cotidiano de lo excepcional, introducen una especie de respiración colectiva. Sin ellas, el tiempo se vuelve plano, homogéneo, difícil de habitar.

En segundo lugar, porque crean comunidad. Una fiesta no es solo un acontecimiento individual, sino compartido. Reunirse en torno a una comida, a un rito o a una celebración refuerza los vínculos sociales. Incluso en sociedades muy individualizadas, como Suecia, persiste esa necesidad de encontrarse en determinados momentos del año. La fiesta dice, de alguna manera: “no estás solo, perteneces a algo”.

Pero hay una dimensión aún más profunda: las fiestas dan sentido. Tradicionalmente, las grandes festividades estaban ligadas a relatos, religiosos, históricos, míticos, que explicaban quiénes somos y de dónde venimos. La Semana Santa, por ejemplo, no era solo un descanso, sino la representación de un drama fundamental sobre el sufrimiento, la muerte y la esperanza. Al celebrarla, las personas se situaban dentro de ese relato.

Y ahora, regreso a eso de la percepción de tendencias que regresan. Y es que, aunque parezca que nuestra sociedad esta muy secularizada, últimamente se vislumbran tendencias que muestran una mayor espiritualidad en los jóvenes[2], perfectamente apreciables en diferentes estudios.[3] Por tanto, aunque parezca que la secularización de nuestras sociedades haya relegado las fiestas religiosas al terreno lúdico, la espiritualidad gana terreno.


[1] https://www.elperiodicoextremadura.com/opinion/2017/04/12/fiesta-pueblo-44304531.html

[2] https://www.theguardian.com/world/2025/apr/26/a-revival-is-happening-church-hails-resurgence-among-young-in-uk?utm_source=chatgpt.com

[3] https://iglesiaehistoria.com/assets/11-sabermas-gl—encuesta-analiza-la-fe-en-los-jovenes-en-ocho-paises.pdf?utm_source=chatgpt.com

https://es-us.noticias.yahoo.com/verdad-despertando-religi%C3%B3n-j%C3%B3venes-estudio-174848528.html?utm_source=chatgpt.com&guccounter=1&guce_referrer=aHR0cHM6Ly9jaGF0Z3B0LmNvbS8&guce_referrer_sig=AQAAACQIjyBWvH4hjOET-07r4jr-1hXRTQ8y9RGlSwUxfUA7_LfBMaXgQ5mnxe6jNlraCnBK4eNq_ecm4k_w7PWpdvFcaeNAl4qb8UVjYttZqyyr-qJrDaJtK1qVGXiq2XZMB60bcXzAwcKqKoWyP5viGUoMi2rAN_9eQ3TKnmVHfKLi