Hoy voy a hablar de política, aunque en realidad no tengo muchas ganas, pero es que hay mucho que decir y discutir. Por suerte, mantengo algún diálogo con mis lectores, que es lo que da sentido a este blog, pero yo me relaciono también con personas en la vida “análoga” o real, vamos, a pie de caña de cerveza o taza de café. Ayer fue un día de esos, en que tuve media docena de conversaciones con gente de diferentes edades y muy diversas posiciones políticas.

Estábamos de campaña en una de las plazas mas concurridas de Lund, Clemenstorget, que es una plaza construida sobre un antiguo mercado de reses y caballos, que queda justo enfrente de la estación de ferrocarriles. A las cuatro de la tarde está llena de gente, que corre desde el tranvía a la estación, jubilados que pasean y algunos que ya han terminado la jornada laboral y se disponen a hacer la compra o van camino de recoger niños. Muchos jóvenes van en grupos, acompañándose desde los liceos de la ciudad hasta sus barrios o pueblos de la periferia. Si el sol brilla, como lo hacía ayer, la escena tiene más vida.

Cuando llegamos a la plaza con nuestra bicicleta de transporte, pintada en los colores de nuestro partido, con nuestros chalecos y nuestras octavillas a repartir, ya había otro grupo en la plaza. Un grupo que, con la ayuda de un micrófono y un potente amplificador, trataba de hacerse escuchar por los transeúntes, al parecer, con poca suerte, pues la gente pasaba sin enterarse, como si la voz que sonaba por los altavoces y los carteles que llevaban fuera parte del mobiliario de la plaza.

Al fijarme, escuchar y leer el cartel que una mujer que aparentaba tener mi edad llevaba, supe que se trataba de una organización que yo, en este mismo blog, he echado de menos durante todo este tiempo, ya más de cuatro años, en el que el mundo ha estado pendiente de guerras, incomprensiblemente largas, terriblemente devastadoras y peligrosamente amenazantes en sentido global. Esa organización es Svenska Freds (Organización Sueca para la Paz). No solamente esa mujer que llevaba el cartel era de edad avanzada, así lo eran todos, quizás una media de 75 u 80 años.

Svenska Freds- och Skiljedomsföreningen, conocida normalmente como Svenska Freds, es la organización pacifista más antigua de Suecia y una de las más antiguas del mundo. Fue fundada en 1883 con el objetivo de promover la paz, el desarme y la resolución no violenta de conflictos. Su idea central es que la seguridad no se logra con más armas, sino con diplomacia, cooperación internacional, derechos humanos, prevención de conflictos y reducción del comercio de armas

Svenska Freds crítica al comercio de armas sueco, ya que Suecia es un importante exportador militar, y la organización pide restricciones más estrictas. También pide educación para la paz, programas en escuelas sobre resolución de conflictos sin violencia, desarme, campañas contra armas nucleares y contra el aumento del gasto militar. Svenska Freds exige que la política exterior esté presidida por la defensa de soluciones diplomáticas a los conflictos internacionales.

Históricamente, Svenska Freds ha representado una tradición muy fuerte en Suecia, la idea de que un país pequeño puede contribuir más al mundo mediando y construyendo paz que armándose. La organización ha estado vinculada a movimientos sociales, intelectuales y activistas. Por ejemplo, la escritora Selma Lagerlöf fue una de sus miembros destacadas y defendió públicamente la causa pacifista.

Y, mientras miraba el cartel que la mujer llevaba; un cartel amarillo tan grande como ella con el símbolo más famoso contra la bomba atómica, el llamado símbolo de la paz, que fue diseñado en 1958 por Gerald Holtom para la Campaign for Nuclear Disarmament (CND), que es una combinación de las letras N y D (de Nuclear Disarmament) del alfabeto semáforo: N: brazos hacia abajo en ángulo, D: un brazo arriba y otro abajo que, al superponerlas dentro de un círculo creó el símbolo que luego se volvió universal como signo de paz, la  consigna “Make love, not war” (en francés: Faites l’amour, pas la guerre) surgió como lema del movimiento pacifista y contracultural de los años 60, especialmente durante las protestas contra la guerra de Vietnam, y fue popularizada por activistas y estudiantes del entorno del Mayo del 68. Yo la llevaba en París en la chaqueta verde que era mi uniforme durante esos días y todavía tengo dos o tres en diferentes formatos.

La mujer se me acercó, mientras yo la miraba. Yo llevaba mis octavillas en la mano. Me espetó: “Tú que eres liberal; ¿qué piensas tú sobre la posibilidad de que los Estados Unidos traigan bombas atómicas a las bases que les hemos consentido en territorio sueco?” Así, a bocajarro, me quedé un poco “mudo” y pensativo. Yo quería decirle que yo, en realidad, era por lo menos, tan pacifista como ella. Pero, claro, ¿cómo hacerlo desde mi posición como político de un partido que siempre ha sido partidario de la adhesión de Suecia a la OTAN?

Para no liarme, respondí: “Qué yo sepa, – dije- el tratado escrito con la OTAN no permite transitar el territorio sueco ni aun menos establecer armas nucleares en las bases cedidas a la OTAN.” A esto me contesto la señora sin parpadear que: “No lo permite ni lo prohíbe” – “El tratado no dice nada sobre eso”. Busqué en mi memoria todo lo que yo sabía del tratado y me di cuenta de que ella tenía razón. Desarmado respondí: “Tienes razón, pero el gobierno siempre ha dicho que se opone al almacenamiento de armas nucleares en territorio sueco. Ese ha sido siempre lo que ha comunicado abiertamente.”* Yo me oía a mi mismo como si fuera otra persona la que hablaba. Me sentía como un charlatán, me pesaban mis propias palabras, así que me destapé. Le dije que yo, personalmente, era tan pacifista como ella y tan en contra de todo lo que tuviese que ver con las armas, nucleares o no, que apoyaba su acción al cien por cien.

¿Se puede ser liberal y pacifista? ¡Pues claro que se puede! De hecho, históricamente muchas corrientes del liberalismo han defendido precisamente la paz como consecuencia lógica de la libertad individual, el comercio y el derecho internacional. El liberalismo clásico parte de la idea de que el individuo tiene derechos que el Estado debe proteger, no sacrificar. Desde esa perspectiva, la guerra aparece como el mayor fracaso político: destruye vidas, limita libertades, aumenta el poder del Estado y reduce el espacio de la sociedad civil. Por eso muchos liberales han sido también pacifistas o, al menos, profundamente antimilitaristas.

Pero, desgraciadamente, hay otra tradición liberal distinta, que ahora parece que impera, al menos en nuestro partido: el liberalismo intervencionista, que acepta el uso de la fuerza para defender democracias, derechos humanos o alianzas. Aquí surge la tensión porque, por el momento, muchos liberales creen que la paz se protege con disuasión militar, mientras otros, como yo mismo, creemos que eso aumenta el riesgo de guerra.

Puestos a dialogar, le pregunté: – “¿y, vosotros, ¿dónde habéis estado todo este tiempo? Porque, no os hemos visto ni oído desde hace años”- Ella me respondió que hoy Svenska Freds sigue activa, organizando campañas, publicando informes y participando en el debate público sobre guerras, OTAN, gasto militar y exportación de armas. Pero tuvo que admitir que no habían logrado hacerse oír y que la juventud parecía haberlos dejado de lado. La última guerra, esa que el Señor de los Truenos que habita en la Casa Blanca con apoyo de Israel y contra la opinión de sus socios de la OTAN, había desatado contra la república teocrática de Irán, les despertó de su letargo y les sacó a las calles. Nos cambiamos octavillas. Yo le dije que yo era un político local, que trabajaba desde el liberalismo para asegurarme que la ciudad de Lund seguiría siendo tan abierta, tranquila y cultivada, como hasta ahora, donde la libertad se respire sin estridencias. Nos abrazamos y ella siguió repartiendo sus octavillas y yo las mías.

Junto a mí, mi compañera de partido, secretaria política de nuestro principal representante y edil en nuestra ciudad, con un puñado de octavillas en la mano, parecía sufrir. Yo sabía perfectamente por qué sufría. La decisión comunicada por nuestra líder el 13 de marzo de abandonar la línea roja contra el partido ultranacionalista y crítico contra la inmigración Sverigedemokraterna (SD) les había sentado como un tiro a la sección estudiantil del partido, que mi joven colega preside, y a las juventudes del partido. Las dos secciones, junto a la sección femenina, se declararon contrarias a esa decisión y declararon que no participarían en ninguna campaña a nivel nacional para apoyar al partido ante las próximas elecciones.

Ahora está ella aquí, junto a mí, con sus octavillas en la mano, y de vez en cuando escuchando comentarios y alusiones bastante agresivos, que nos acusan de apoyar a nazis. Yo trato de animarla diciendo que un liberal puede defender la idea de que incluir a los Sverigedemokraterna en un gobierno puede ser una decisión razonable, no porque se esté de acuerdo con todo su programa, sino por razones institucionales y democráticas. Si un partido obtiene un apoyo electoral significativo, excluirlo de forma permanente se percibe con razón como una forma de “democracia incompleta”. Desde una visión liberal clásica, el parlamento debe reflejar la voluntad de los votantes, incluso cuando resulta incómoda. Estamos hablando -decía yo – de más de 20% de los votantes.

Un argumento que también hay que tener en cuenta  es que es mejor “traer dentro” a los partidos controvertidos que dejarlos fuera. La experiencia política sugiere que la participación en el gobierno puede moderar posiciones, obligar a compromisos y reducir la retórica más extrema. Mira el resto de países nórdicos – dije yo – Cuando un partido pasa de oposición a gobierno, se ve obligado a asumir consecuencias reales: presupuestos, leyes aplicadas, gestión administrativa. Esto puede transformar un discurso abstracto en políticas concretas y más medibles, lo que permite a los votantes evaluarlo con mayor precisión. Puede que salgan perdiendo al conseguir carteras, ya verás – decía yo, para animarla.

También hay que tener en cuenta – seguía yo – que ciertos partidos emergen porque representan preocupaciones reales de sectores de la población. Incluirlos en el gobierno puede ser una forma de canalizar ese descontento hacia la política institucional en lugar de hacia la polarización externa. Pero, claro, tenemos la historia reciente de ese partido y sus vínculos hace unas décadas con agrupaciones racistas y nazis.

Me di cuenta de que los que más se paraban a hablar conmigo eran jóvenes. Se interesaban por nuestra política de una manera que no lo hacían los últimos años. Algo ha pasado. Puede ser que ahora tengamos nuevos seguidores a la vez que hemos perdido alguno de los que tradicionalmente nos votaban. A juzgar por la edad de los que se acercaban, tenemos una nueva base de apoyo en los jóvenes de 18 a 35 años y otra posiblemente aun mayor, entre aquellos mayores de 65. Los que nos han dejado están entre los 36 y los 65, si se me permite hacer una apreciación de buen cubero.

De ahí nos fuimos todos los que habíamos participado en nuestra campaña, a tomar una caña a un bar próximo, y, de camino pasó un hombre gritándonos que éramos una pandilla de nazis, por haber anunciado que, en caso de que nuestra alianza de derechas (desgraciadamente lo es) ganase en las próximas elecciones, dejaríamos que los SD retuviesen algunas carteras ministeriales. Este hombre, de unos cuarenta y tantos o cincuenta años, gritaba que él era israelí, y yo pensaba si estaría bien de su juicio, gritándonos, a la vez que su gobierno aplastaba a inocentes en el Líbano. Pero, en fin, defendemos la libre opinión.

Ya sentados tranquilamente en el bar, seguimos hablando de política. A todos nos había hecho mella la campaña de los pacifistas y, a la luz de los acontecimientos en Irán, teníamos mucho que comentar. La actitud del presidente de los Estados Unidos, tan negativa contra los aliados de la OTAN, por, según su opinión, dejar de lado a su principal socio en esta guerra, nos hacía perder algo de fe en la propia alianza. Yo defiendo siempre la neutralidad a ultranza y suelo poner a Suiza como ejemplo. Alguno de mis compañeros me contradice, poniendo la orografía del país alpino como explicación de su neutralidad siempre respetada, y yo les contesto que, en las guerras moderna, las montañas no son ya un obstáculo para las guerras. Se destruyen ciudades, infraestructura, se mata desde el aire con la ayuda de satélites, con drones, misiles.

Nuestra discusión revela lo que, en el fondo, es una de las tensiones clásicas del liberalismo político cuando abandona el terreno de las ideas puras y entra en la geopolítica real: la dificultad de conciliar valores como paz, cooperación internacional, comercio abierto, derechos, con la necesidad de poder de disuasión, con armamento y alianzas militares. En el caso actual, con figuras como Donald Trump influyendo en la política occidental y con la Rusia de Vladimir Putin como factor de presión militar en Europa, muchos liberales nos encontramos en una especie de terreno intermedio muy incómodo.

Por un lado, la lógica del rearme europeo se presenta como una conclusión casi inevitable, diga Sánchez lo que diga, porque, si el orden internacional se basa en reglas, pero existe un actor dispuesto a violarlas por la fuerza, entonces la disuasión vuelve a ser necesaria. Desde esta perspectiva, invertir en defensa no es una traición al ideal liberal, sino una condición para que ese ideal pueda sobrevivir. Sin capacidad de defensa, la libertad se vuelve retórica.

Pero por otro lado aparece la inquietud profunda de que la historia europea nos enseña que las dinámicas de rearme pueden adquirir vida propia. Lo que empieza como defensa puede convertirse en carrera armamentística, escalada de desconfianza y, en el peor de los casos, en una lógica de confrontación donde nadie controla ya el resultado. Ahí es donde el liberal siente que puede estar “apostando al caballo equivocado”, no solo por razones morales, sino también estratégicas.

El dilema se vuelve más agudo porque el mundo ya no es bipolar ni estable. Las alianzas son más fluidas, Estados Unidos puede oscilar en su compromiso con Europa, y figuras como Trump introducen incertidumbre sobre la continuidad del paraguas de seguridad occidental. Eso obliga a Europa a preguntarse si debe emanciparse estratégicamente o seguir dependiendo de un socio imprevisible. En ese contexto, el liberalismo se ve dividido entre dos impulsos: uno, racional y casi hobbesiano: sin poder no hay libertad, y sin disuasión no hay paz, y otro, kantiano: la seguridad real solo se puede construir reduciendo la lógica militar y reforzando instituciones, derecho internacional y cooperación.

La sensación de “no saber si se ha apostado al caballo ganador” es, en realidad, la expresión moderna de una vieja incertidumbre liberal: el temor a que, en el intento de evitar una guerra, se acabe contribuyendo a su posibilidad; o que, en el intento de garantizar la paz mediante fuerza, se erosione precisamente el orden que se quería proteger. Quizá la clave no esté en elegir uno de los extremos, sino en asumir que el liberalismo en tiempos de tensión internacional siempre ha sido una política del equilibrio inestable: suficiente fuerza para disuadir, suficiente prudencia para no convertir la disuasión en destino. Vaciados los vasos, nos vamos cada uno a su casa a pensar en todo esto hasta la próxima campaña que será yo mañana.

*En ese momento me vino a la cabeza una duda: el propio marco de la OTAN no contiene una prohibición explícita sobre el despliegue de armas nucleares en territorio de los Estados miembros. El Tratado del Atlántico Norte, al que Suecia se ha adherido recientemente, no regula de forma detallada esta cuestión, sino que deja la política nuclear en manos de los países que la integran y, sobre todo, de la lógica de la disuasión estratégica. En la práctica, ningún despliegue de este tipo se realiza sin el consentimiento del Estado anfitrión, lo que convierte el asunto más en una decisión política que en una obligación jurídica. Y, sin embargo, el propio gobierno sueco ha sido claro al afirmar que no desea armas nucleares en su territorio en tiempos de paz, siguiendo así la tradición de otros países nórdicos. Pero esa claridad política convive con una ambigüedad estructural: el tratado no lo prohíbe, pero tampoco lo garantiza ni lo descarta de forma absoluta. Y es precisamente en esa zona gris donde, a veces, se sitúan las grandes tensiones de la seguridad europea.

Relations with Sweden | NATO Topic