Hoy están los periódicos llenos de noticias sobre los resultados de las elecciones de ayer en Hungría, un país del que se ha hablado mucho, y poco bueno, en los últimos años. Sobre todo se ha criticado a su líder desde hace 16 años, el histriónico Vktor Orbán, por su política de resistencia a Bruselas y su posición respecto a Ucrania y a su presidente Selensky. Yo me he interesado por este país especialmente desde hace más de un decenio, cuando, con ocasión de un par de proyectos Erasmus, tuve la ocasión de conversar con un ferviente seguidor de Orbán.
Fue un día lluvioso, durante un largo viaje en autobús. Yo iba sentado junto a un profesor de inglés húngaro y nuestra conversación, fluida y cordial, fue a parar bastante rápido hacia cuestiones políticas, especialmente a cuestiones de inmigración y extranjería. Durante la Crisis migratoria europea de 2015, Hungría adoptó una de las posiciones más restrictivas de la Unión Europea bajo el liderazgo del primer ministro Viktor Orbán. Su gobierno defendió que la llegada masiva de refugiados debía detenerse mediante el control estricto de las fronteras exteriores, y por ello Hungría levantó vallas en sus límites con Serbia y Croacia, con el argumento de que estaba protegiendo no solo su territorio, sino también el de toda la Unión Europea.
Orbán rechazó además el sistema de cuotas propuesto por Bruselas para repartir solicitantes de asilo entre los Estados miembros, alegando que la política migratoria debía seguir siendo competencia nacional y que imponer reubicaciones obligatorias vulneraba la soberanía del país. Al mismo tiempo, presentó la crisis migratoria como un desafío cultural y civilizatorio, señalando que la mayoría de los recién llegados procedían de contextos musulmanes y que una inmigración masiva podría alterar la identidad europea y la cohesión social. Esta posición provocó fuertes críticas desde otros gobiernos y desde instituciones europeas, que la consideraron poco solidaria, pero también encontró apoyo en varios países de Europa central, convirtiendo a Hungría en uno de los principales referentes de una política migratoria más restrictiva dentro de la Unión Europea.
Me sorprendió el apoyo sin dobleces que este profesor manifestaba, porque estoy acostumbrado a que mis interlocutores, cuando abordamos estos temas siendo yo el anfitrión, suelen por lo general coincidir con la postura sueca, por su humanidad y responsabilidad internacional. Pero este señor, al parecer fervoroso votante de Fidez, el partido de Orbán, defendía la posición de este, no sin al mismo tiempo, y de forma sarcástica, reírse abiertamente de la ingenuidad demostrada por nuestros políticos y por Angela Merkel, responsable según él, de todo el problema migratorio, al abrir las fronteras de Europa a la inmigración masiva de jóvenes afganos y sirios, que eran los principales grupos de inmigrantes que llegaban a Europa en ese momento.
Esta discusión, que fue pasando de vivaz a acalorada, no porque yo le llevase la contraria, sino porque mi compañero de asiento iba entrando en calor con sus propios argumentos y, a poco que yo hiciera alguna pregunta aclaratoria, iba subiendo el tono y mostraba en sus facciones y en los movimientos de manos que acompañaban sus palabras, que para él era una cuestión muy seria, esto de la inmigración y de la imagen de su país en el extranjero. Cambié en cuanto pude de conversación, adentrándome en el programa del día y las actividades que íbamos a realizar junto a los estudiantes que, ajenos a nuestra conversación, escuchaban música, cada uno la suya, claro está, en sus auriculares.
Esta conversación me animó a saber más sobre Hungría, máxime cuando pensaba devolverles la visita en meses próximos. Me puse a leer sobre Hungría y comprendí que había mucho que aprender para comprender su política.
Hungría es un país muy especial dentro de Europa, con una historia y una posición estratégica que lo hacen distinto de muchas maneras. Situado en el corazón del continente, ha sido durante siglos una zona de paso, de frontera y de contacto entre mundos diferentes: el germánico, el eslavo, el balcánico y el otomano. Esa condición ha marcado profundamente su identidad. Simplemente un hecho como el que miles de húngaros se llamen Attila es ya bastante interesante, porque el nombre Attila forma parte del mito histórico fundacional húngaro. Muchos húngaros se llaman así por la identificación simbólica con Atila, el célebre rey de los hunos del siglo V.
Durante siglos, la historiografía y la tradición húngara consideraron a los magiares, los antepasados de los húngaros, como descendientes o herederos de los hunos. Aunque históricamente esa relación es discutida, la asociación cultural se volvió muy fuerte, especialmente en el siglo XIX, cuando se construyeron las identidades nacionales europeas.
A diferencia de muchos países europeos, junto con Finlandia, Hungría no pertenece al grupo de lenguas indoeuropeas. El húngaro, de origen fino-úgrico, la separa culturalmente de sus vecinos y refuerza un sentimiento de singularidad nacional. A esto se añade una historia marcada por grandes pérdidas territoriales tras el Tratado de Trianon, que dejó importantes minorías húngaras fuera de sus fronteras y sigue influyendo en su política y en su percepción del entorno.
Su posición geográfica, en la llanura danubiana, también ha sido decisiva. Por su territorio han pasado imperios, ejércitos y rutas comerciales, desde el Imperio otomano hasta el Imperio austrohúngaro y, más tarde, la esfera soviética. Esta experiencia ha creado una sensibilidad política particular, a veces más cautelosa respecto a las alianzas y más preocupada por la soberanía nacional. Por todo ello, Hungría no solo es un país centroeuropeo más, sino una especie de puente histórico entre Oriente y Occidente, con una identidad propia que se ha formado precisamente en esa condición de frontera.
Y es que Hungría tiene un problema nacional, que tiene su origen en la ruptura territorial producida tras la Primera Guerra Mundial, especialmente con el Tratado de Trianon. Antes de 1918, Hungría formaba parte de un reino mucho más amplio dentro del Imperio austrohúngaro, con fronteras que incluían territorios donde vivían millones de magiares. Tras la guerra, ese territorio se redujo drásticamente y grandes comunidades húngaras quedaron fuera del nuevo Estado.
Hungría perdió alrededor de dos tercios de su territorio y millones de húngaros pasaron a vivir en países vecinos como Rumanía, Eslovaquia, Serbia y Ucrania. Esto creó la idea de una nación partida, es decir, un pueblo que no coincide con las fronteras del Estado. Desde entonces, la identidad nacional húngara ha estado marcada por esa pérdida territorial y por la presencia de minorías húngaras fuera del país.
Este recuerdo histórico sigue siendo muy influyente. Para muchos húngaros, la nación no se limita al Estado actual, sino que incluye a las comunidades húngaras del exterior. De ahí que la política húngara, especialmente bajo gobiernos nacionalistas, haya insistido en conceder ciudadanía a húngaros fuera del país y a proteger minorías magiares en estados vecinos. Por la misma razón se mantiene viva la memoria de Trianon, la gran derrota, y se refuerzan los símbolos de continuidad histórica.
Esto no implica necesariamente reivindicaciones territoriales abiertas, pero sí una identidad nacional marcada por la pérdida, por la conciencia de fragmentación y por la idea de pertenecer a una comunidad histórica más amplia que el Estado actual. El Estado húngaro les viene estrecho a los nacionalistas magyares.
Por eso la política húngara, incluso cambiando de gobierno, conservará un fuerte componente nacional. La cuestión es ideológica e histórica: la nación húngara se percibe a sí misma como una nación reducida, separada y dispersa, y esa memoria sigue influyendo en su vida política y cultural.
El que ha ganado las últimas elecciones en Hungría es Péter Magyar, líder del partido Tisza. Magyar fue durante años una figura cercana al entorno político del gobierno de Viktor Orbán y del partido gobernante Fidesz, e incluso estuvo vinculado institucionalmente al sistema. Sin embargo, en 2024 se convirtió en uno de sus críticos más visibles tras denunciar corrupción, abuso de poder y falta de transparencia dentro del propio sistema político húngaro.
La orientación política de Péter Magyar puede describirse como la de un conservador moderado situado en la centroderecha, con una posición claramente más proeuropea y al parecer menos nacionalista que la que ha representado durante años Viktor Orbán. Su discurso combina la defensa de valores tradicionales como la familia, la estabilidad social, la identidad nacional, y con una voluntad explícita de normalizar las relaciones de Hungría con la Unión Europea y de reconstruir las instituciones democráticas.
Una de sus ideas centrales ha sido la crítica al sistema político construido por el partido de Orbán, Fidesz, al que acusa de haber concentrado demasiado poder y de haber favorecido redes clientelares. Por eso ha insistido en la necesidad de reforzar la independencia judicial, una de las cosas que más se han criticado de Orbán, garantizar un mayor pluralismo mediático y devolver equilibrio entre los distintos poderes del Estado. Su énfasis está menos en la confrontación ideológica y más en la regeneración institucional.
En economía se sitúa dentro de una lógica de mercado, sin plantear cambios radicales, pero con mayor atención a la transparencia, a la competencia y al uso eficiente de los recursos públicos. No propone una política económica de izquierdas, aunque sí intenta distanciarse de los favoritismos políticos y del control estatal selectivo que se desarrolló en la etapa anterior.
En temas culturales y de inmigración mantiene una posición intermedia. No adopta el tono duro y identitario del nacionalismo de Orbán, pero tampoco defiende políticas abiertas sin restricciones. Su estilo es más pragmático y menos confrontativo, con un lenguaje más moderado en la esfera pública.
En conjunto, Magyar representa una derecha conservadora moderada, institucionalista y proeuropea, que mantiene referencias a la nación y a los valores tradicionales, pero intenta alejarse del nacionalismo combativo y de la polarización política que han marcado la política húngara durante los últimos años.
Ahora falta por ver como Magyar afronta el problema de Ucrania. En el caso de Hungría, la posición sobre Ucrania es uno de los puntos donde mejor se puede ver la tensión entre continuidad y cambio político. Por lo que se sabe hasta ahora, el partido Tisza y su líder Péter Magyar han intentado marcar una línea distinta a la del gobierno de Viktor Orbán, pero sin romper completamente con las cautelas húngaras tradicionales.
En general, Magyar se presenta como proeuropeo y favorable a recomponer relaciones con la Unión Europea, y esto debe incluir una actitud más cooperativa respecto a las políticas comunes. En ese sentido, se distanciaría del bloqueo constante de Orbán en cuestiones como la ayuda a Ucrania o la confrontación directa con Bruselas.
Sin embargo, su postura sobre Ucrania no es de apoyo incondicional. El discurso de Tisza combina varios elementos: por un lado, voluntad de normalizar relaciones con la UE y no aislar a Hungría dentro de Europa; por otro, una actitud prudente respecto a la guerra y a la ampliación rápida de la UE hacia Ucrania. Ha expresado reservas sobre una adhesión acelerada de Ucrania a la Unión Europea y mantiene un enfoque de “seguridad nacional primero”, compartido con amplios sectores de la opinión pública húngara.
En la práctica, esto significa que podría haber un cambio de tono más que un giro total: menos confrontación con los socios europeos, más disposición al consenso, pero manteniendo cautela sobre la guerra y sobre decisiones que Hungría percibe como de alto riesgo estratégico.
Después está la política nacional e identitaria y será interesante ver como Magyar sigue o cambia la política que el gobierno de Viktor Orbán ha impulsado desde hace años de fomento de la natalidad. Una política muy ambiciosa basada en ayudas económicas y ventajas fiscales para las familias húngaras, con el objetivo explícito de aumentar la población autóctona sin recurrir a la inmigración. Entre las medidas más conocidas está la exención de por vida del impuesto sobre la renta para las mujeres que tengan cuatro o más hijos, una medida simbólica y muy destacada dentro de su política familiar. También se han ofrecido préstamos muy favorables para parejas jóvenes, que pueden convertirse en subvenciones si tienen hijos, de manera que la deuda se reduce o desaparece progresivamente con cada nacimiento. A esto se suman ayudas directas a la compra de vivienda, como subsidios para la adquisición o ampliación de hogares familiares, con el fin de facilitar que los jóvenes formen familias en edades más tempranas.
Otra línea importante ha sido el aumento de los subsidios por maternidad y los permisos parentales prolongados, con una protección económica relativamente alta durante los primeros años de vida del niño, así como incentivos fiscales continuados para familias con varios hijos. También se han aplicado reducciones de impuestos para mujeres con dos o tres hijos y programas específicos de apoyo a familias numerosas, incluyendo ayudas para la compra de coches o gastos educativos. Todo este sistema está diseñado para hacer más atractiva económicamente la decisión de tener hijos dentro del país.
La lógica de fondo es claramente demográfica y cultural, pues trata de frenar el envejecimiento de la población húngara y evitar la dependencia de la inmigración, reforzando al mismo tiempo una idea de continuidad nacional. Sin embargo, los resultados han sido limitados, ya que, aunque en algunos periodos la tasa de natalidad ha mejorado ligeramente, no ha logrado revertir la tendencia general de descenso que afecta a gran parte de Europa.
Si comparamos con Suecia y España, comparten un rasgo común: están por debajo del nivel de reemplazo generacional, que se sitúa aproximadamente en 2,1 hijos por mujer. En el caso de Hungría, la tasa se sitúa en torno a 1,5–1,6 hijos por mujer, lo que refleja una situación intermedia dentro del contexto europeo. Es un país que ha intentado revertir la caída de la natalidad mediante políticas familiares muy activas, pero sin alcanzar todavía un nivel que garantice el reemplazo poblacional. Suecia, por su parte, presenta una tasa más baja, alrededor de 1,4 hijos por mujer, también insuficiente para asegurar estabilidad demográfica a largo plazo sin inmigración. España, se sitúa entre los niveles más bajos de Europa, con aproximadamente 1,1–1,2 hijos por mujer, una cifra que refleja una combinación de maternidad tardía, dificultades económicas para los jóvenes, cambios culturales profundos en la formación de familias y una estructura social en la que la maternidad se retrasa o se reduce de forma significativa. Sería interesante saber si una política como la de Hungría tendría efectos importantes en España.
Ahora nos toca esperar para saber que rumbo toma la política de Magyar en Hungría. Puedo imaginar sin esfuerzo que Selensky estará esperando un cambio en la política respecto a su país. Con tiempo lo sabremos y mientras tanto, yo desde aquí, pienso como se lo habrá tomado mi colega y compañero de viaje.
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