Llegando a los tres cuartos de siglo, el cuerpo se hace sentir a su manera. Rodillas, caderas, espalda, huesos y músculos que avisan de que no están ya para esfuerzos exagerados. Yo hago como si no les diera importancia. Para mis adentros, pienso que son solo agujetas, lo natural cuando se corre una carrera. Sí, porque ayer tuve la osadía de meterme en una carrera de cinco kilómetros, ya ves, algo cortito, y hoy estoy un poco dolorido, aunque feliz y contento de haber podido aguantar la distancia sin pararme y a una velocidad que puede aceptarse como buena para un viejales.
Es que eso de la decrepitud, llega lentamente, pero, tarde o temprano, se nos echa encima. Estuve almorzando con unas colegas mías a las que he conocido más de cuarenta años y que ahora rondan o han pasado los ochenta. Mientras hablábamos, yo las miraba y reconocía en ellas su antiguo esplendor, curiosidad y ganas de seguir experimentando sensaciones. Todas tienen proyectos a medio y largo plazo; sitios que visitar, libros que leer, cosas que hacer. Nos fuimos contando, eso sí, ocasiones en que alguno de nosotros ha sido salvado por la ciencia. Todos tenemos nuestros relatos de ambulancias y quirófanos, de cuidados que nos han salvado la vida.
Pensaba, mientras escuchaba sus relatos qué seguimos aferrándonos a la vida con tanta intensidad, porque en el ser humano habita una resistencia íntima a aceptar que todo aquello que ama, recuerda y sueña pueda simplemente apagarse como una lámpara. Quizá por eso las religiones han acompañado siempre a la humanidad. No es por miedo, como suele decirse, que hacemos como si no supiéramos que nos vamos acercando a un seguro final, sino, creo yo, más bien por esa intuición profunda de que la conciencia humana no encaja fácilmente en la idea de la nada absoluta. El campesino medieval, el monje budista, el filósofo griego, el físico contemporáneo o la anciana que prepara su ropa de entrenar, para bailar zumba al día siguiente, parecen compartir, de una forma u otra, la sospecha de que la existencia posee una profundidad que todavía no comprendemos.
A cierta edad, además, la muerte empieza a tener nombres concretos. Amigos que ya no llaman, sillas vacías en las reuniones familiares, asistencias a sepelios y entierros, reencuentros en el velatorio. Aunque resulte paradójico todo esto contribuye a darnos una cierta serenidad. La proximidad del final parece hacer menos importante la apariencia y más importante el vínculo invisible que nos une a los demás.
Pienso a veces que la ciencia moderna, sin proponérselo, ha devuelto cierto espacio al asombro. Cuanto más profundizamos en el universo, menos sólido parece todo. La materia resulta ser casi vacío; el tiempo depende del observador; las partículas existen como probabilidades antes de manifestarse. Y entonces surge inevitablemente la pregunta: ¿es posible que la conciencia también pertenezca a una realidad más profunda que todavía apenas intuimos?
No lo sé. Nadie lo sabe realmente. Pero me impresiona observar cómo incluso personas muy racionales, científicos acostumbrados al laboratorio y a las fórmulas, empiezan a hablar con prudencia de dimensiones de la realidad que no encajan del todo en la visión materialista clásica. No hablan del cielo de los catecismos, sino de algo más difícil de expresar: la posibilidad de que la conciencia no sea un accidente aislado, sino una manifestación temporal de algo más amplio.
He leído con mucho interés un artículo de Maria Strømme[1], profesora de nanotecnología en la Universidad de Uppsala, que me ha hecho reflexionar sobre algo que acompaña al ser humano desde siempre: la esperanza de que la muerte no sea simplemente una desaparición absoluta.
La autora parte de una idea ampliamente aceptada por la física moderna: que el tiempo, el espacio y la materia surgieron con el Big Bang hace unos 14.000 millones de años. Antes de eso no habría existido siquiera un “antes”, porque el tiempo todavía no existía. Pero inmediatamente plantea la gran pregunta: ¿qué podía existir entonces?
Según explica, muchos físicos ya no hablan de una “nada” absoluta, sino de una especie de realidad potencial. La teoría cuántica de campos describe el vacío cuántico no como un vacío “vacío”, sino como una estructura fundamental que contiene la posibilidad de que surjan partículas, energía y espacio-tiempo. En algunas teorías, ese estado sería atemporal: no algo anterior al tiempo, sino una realidad donde el tiempo carece de significado.
El artículo enlaza esta idea con el concepto filosófico de potencia, aquello que puede existir, aunque todavía no se haya manifestado. Werner Heisenberg sostenía que, en el nivel más profundo, la realidad no está formada por objetos sólidos, sino por posibilidades que se actualizan cuando interactúan con el entorno.
A partir de ahí, Maria Strømme se adentra en un terreno que toca inevitablemente cuestiones existenciales. Sugiere que el universo entero pudo haber existido inicialmente como pura posibilidad y que quizá exista todavía un campo subyacente, una estructura fundamental no ligada al espacio ni al tiempo, de la cual emergerían tanto la materia como la conciencia.
Y aquí aparece la reflexión más sugerente del artículo: si la conciencia estuviera vinculada a ese campo profundo, la muerte podría entenderse no como un final absoluto, sino como una transición hacia una realidad fuera del tiempo. No necesariamente como una supervivencia individual en el sentido tradicional, sino como un retorno a algo más amplio y unificado.
La autora reconoce que estas ideas recuerdan intuiciones presentes desde hace milenios en muchas religiones. Pero lo interesante es que no llega a ellas desde la fe, sino desde la reflexión sobre la física contemporánea y la naturaleza de la realidad. Mientras leía el artículo pensé en algo muy humano: incluso cuando envejecemos y el cuerpo comienza lentamente a deteriorarse, seguimos haciendo planes, soñando viajes, comprando libros y deseando vivir experiencias nuevas. Tal vez porque, como sugiere Maria Strømme, hay algo en nosotros que nunca termina de aceptar del todo la idea de la desaparición definitiva. Hoy también saldré a caminar.
[1] https://www.unt.se/kronika/artikel/hall-i-er-jag-tror-jag-vet-vad-som-hander-efter-doden-/lqmvoder
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