En mi tierna juventud, tuve un trabajo de esos que se nos ofrecían a los jóvenes en España en los 60 y 70. Algunos vendían enciclopedias, yo vendía seguros de capitalización. La idea era hacer a pie las zonas que nos fueran asignadas y, escalera arriba, escalera abajo, ir llamando a las puertas, que a veces se abrían y a veces no, y con una gran sonrisa en los labios, presentar nuestra oferta. En aquellos tiempos, la situación era bastante distinta a la que vivimos hoy. Aún existía el fenómeno del ama de casa, así que se podía llamar a la puerta casi a cualquier hora. Las zonas solían ser nuevas construcciones pensadas para familias jóvenes de poder adquisitivo medio. Casi siempre matrimonios jóvenes con o sin hijos, con un piso aún medio amueblado y una vida por delante.
Los que participábamos en esta actividad, habíamos accedido a ella por un pequeño anuncio en uno de los grandes periódicos de entonces, porque ese era nuestra oficina de empleo. Todos o casi todos éramos jóvenes estudiantes con ganas de ganarnos unas pesetas para nuestros gastos, para viajar, para comprar una moto o algo por el estilo. Por suerte, nuestro sustento no dependía de nuestros ingresos. En los anuncios se nos prometía un mundo mejor: “”Se buscan jóvenes con iniciativa”
Entidad financiera selecciona agentes para la promoción de planes de ahorro y capitalización. Altas comisiones, formación continua y posibilidades de establecerse profesionalmente en un sector en expansión.”
Las condiciones que se exigían para esos trabajos eran, vistas desde hoy, bastante modestas. Las empresas buscaban más determinadas cualidades personales que títulos académicos. En muchos anuncios de venta de enciclopedias, colecciones de libros, seguros o títulos de capitalización aparecían requisitos como los siguientes:
Buena presencia. Era probablemente la condición más repetida. Se esperaba que el vendedor vistiera correctamente y transmitiera confianza. Si eras chico, un traje medianamente nuevo, camisa, al poder ser blanca, y corbata. Siempre he sido un inútil haciendo el nudo, y tuve que emplearme a fondo para estar medianamente presentable con esas odiosas corbatas. Las chicas llevaban falda y chaqueta sastre, blusa y zapatos de tacón, que les debía molestar bastante, digo yo.
En los anuncios nos solicitaban que tuviésemos facilidad de palabra, algo muy necesario para el desempeño de nuestra función. Se suponía que tendríamos la capacidad de conversar con desconocidos y expresarnos con claridad. Ya seleccionados, nos daban un cursillo de unos horas, en el que jóvenes ya curtidos en el trabajo nos aleccionaban sobre que decir y que no, cómo comenzar nuestra visita, desde el saludo hasta el adiós.
Los anuncios insistían mucho en la ambición y las ganas de progresar. Edad joven, y muchas ofertas se dirigían a personas entre 18 y 30 años, aunque no siempre se especificaba. En la mayoría de los casos, bastaba con la enseñanza primaria o el bachillerato elemental. No se requería experiencia. De hecho, muchas empresas presumían de formar ellas mismas a los vendedores.
Si hubiera habido mas opciones de encontrar un trabajo de otro tipo, lo habríamos preferido, por lo menos yo, pero es que no había otra oportunidad de combinar estudios y trabajo, que no fuera esa. Bueno, yo también alternaba este trabajo con ayudar a un escritor que había perdido la vista a escribir sus manuscritos.
En los edificios que tenían portero o portera, le explicábamos nuestro asunto y, por lo general, nos dejaban pasar porque nuestra pinta, trajeados y bien peinados, nos daban una apariencia casi oficial. Íbamos siempre en parejas, yo iba con una chica muy simpática, un par de años mayor que yo y experta en el arte de llamar a las puertas. Vendíamos, o mejor dicho intermediábamos en la negociación de un seguro de capitalización que, con un mínimo ahorro durante un cierto periodo de tiempo, les daría un capital para invertir, por ejemplo, en la educación de los hijos o la compra de un automóvil, por poner unos ejemplos.
Los que conocen ese mundo, saben perfectamente que hay que llamar a muchas puertas para conseguir un contrato. Ahora no me acuerdo exactamente cuantas puertas, pero puedo decir cien, sin exagerar un ápice. Subíamos y bajábamos escaleras durante horas, con un bocata de lo que fuera, una caña de cerveza y un café como único combustible, y acabábamos exhaustos y sudorosos, contentos de haber vendido algo, si había suerte, o pensando que al día siguiente tendríamos más suerte.
Tómese todo este relato precedente como preámbulo de lo que, en verdad, es el motivo y la razón de esta entrada de hoy, llamar a una puerta para hablar de política. Quien no lo haya hecho quizá imagine una actividad rutinaria, casi mecánica. Nada más lejos de la realidad. Cada puerta es una incógnita. Uno avanza por la calle con sus folletos, sus ideas y sus argumentos, pero no sabe quién vive detrás de la siguiente entrada. Puede abrir una persona interesada en conversar, alguien que no tiene tiempo, un ciudadano enfadado o simplemente alguien que mira con sorpresa preguntándose quién es ese desconocido que interrumpe su tarde. Nosotros llamamos a las puertas por la tarde, cuando imaginamos que todos han regresado de sus actividades y, claro está, cuando nosotros, al menos los que todavía están en edad activa, podemos hacerlo.
Los segundos que transcurren entre pulsar el timbre y escuchar pasos al otro lado de la puerta tienen algo de examen. Yo suelo quedar un poco confuso tras pulsar el timbre, sin saber si se ha oído y sin atreverme a repetir. Yo siento una mezcla de curiosidad, expectación y un leve nerviosismo, incluso después de muchos años y con la experiencia que ya he explicado. Porque en realidad no se trata solo de hablar de política; se trata de acercarse a otro ser humano sin más protección que la palabra. A veces la conversación dura apenas medio minuto. Otras veces se prolonga sin encontrar el momento de acabarlas.
Hay quien quiere hablar de las escuelas, de los impuestos (los menos), de la seguridad o de los autobuses. Hay quien aprovecha para contar una preocupación personal, una experiencia con la administración o una decepción acumulada durante años. En esos momentos comprendo perfectamente que la política no es únicamente lo que se hace en el parlamento, los programas electorales o los debates televisados. La política también es escuchar. Lo más interesante es que rara vez se sabe de antemano quién va a enseñarle algo a quién. El político o militante llegamos pensando que vamos a explicar nuestras propuestas y, sin embargo, muchas veces somos nosotros los que regresamos a casa con nuevas preguntas y con una mejor comprensión de la realidad.
Por supuesto, también existen los portazos. Forman parte del juego democrático. Nadie está obligado a escuchar y nadie tiene por qué compartir nuestras ideas. Precisamente por eso tiene valor que alguien abra la puerta y dedique unos minutos a conversar. En una época en la que tantas opiniones se lanzan desde el anonimato de las redes sociales, encontrarse cara a cara conserva algo de auténtico. Por eso sigo apreciando esta experiencia, porque llamar a una puerta para hablar de política es una pequeña lección de humildad, que nos recuerda que detrás de cada voto hay una persona concreta, con sus preocupaciones, sus esperanzas y su propia manera de ver el mundo. Y también nos recuerda que la democracia es una conversación entre ciudadanos.

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