Escribía yo ayer sobre la verdad, en un intento de intentar aproximarme a la propia esencia del concepto. La pregunta: ¿Qué es la verdad? – ha acompañado a la filosofía desde sus orígenes y no tiene una única respuesta. Quizás no habría siquiera que hacer esa pregunta o no esperar la respuesta, como parece que Poncio Pilatos hizo cuando, según el evangelio de Juan, le hizo esta pregunta a Jesus.[1] En su sentido más básico, la verdad es la concordancia entre lo que se dice, se piensa o se cree y la realidad. Parece fácil, pero no lo es, creedme. Cuando decimos esto, en cuanto intentamos precisar qué es esa concordancia y qué entendemos por realidad, la cuestión se vuelve extraordinariamente compleja, porque, la realidad existe independientemente de nosotros. Las montañas estaban allí antes de que hubiera seres humanos para nombrarlas. Las estrellas brillaban antes de que alguien levantara los ojos hacia el cielo. Pero el acceso humano a esa realidad nunca es directo. No vivimos dentro de la realidad misma, sino dentro de representaciones de la realidad construidas por nuestros sentidos, nuestro lenguaje, nuestra memoria y nuestra cultura. Entre el mundo y nuestra conciencia siempre hay una mediación.

Los filósofos discuten aún si podemos conocer la verdad absoluta o únicamente aproximaciones. Algunos sostienen que la verdad existe como algo objetivo y que nuestro conocimiento progresa gradualmente hacia ella. Otros, entre los que yo humildemente me encuentro, afirmamos, que todo conocimiento está condicionado por la época, la cultura y el punto de vista del observador. Partiendo de ahí, podemos seguir profundizando sobre el uso de la verdad y la mentira en los medios de comunicación, y la influencia que estos ejercen sobre nuestro conocimiento del mundo y nuestras posiciones personales en política e incluso en cuestiones científicas. Esto es algo que resulta obvio cuando se discuten cuestiones actuales con un grupo de estudiantes.

Nunca antes en la historia una generación había tenido acceso inmediato a la cantidad de información que está a su mano en la actualidad. Un joven con un teléfono móvil puede consultar bibliotecas enteras, periódicos de todo el mundo, cursos universitarios, documentos históricos, mapas, estadísticas y vídeos educativos en cuestión de segundos. Lo que hace apenas cincuenta años nos exigía horas, días y semanas en una biblioteca, hoy puede encontrarse en minutos. Sin embargo, estar informado no es necesariamente lo mismo que estar formado. La abundancia de información no garantiza la comprensión. De hecho, puede producir el efecto contrario: una sobrecarga de datos que dificulte distinguir lo importante de lo accesorio, lo verdadero de lo falso, lo profundo de lo superficial.

Por tanto, creo que es más exacto decir que nunca ha habido una juventud con tanto acceso a la información como la actual. La cuestión abierta es si ese acceso se traduce siempre en mayor conocimiento, mayor capacidad crítica o mayor sabiduría, porque, la sabiduría, después de todo, no depende únicamente de la cantidad de datos almacenados en la memoria. Depende de la capacidad para relacionarlos, interpretarlos y darles sentido. Los jóvenes saben hoy mucho más sobre el mundo que un joven de mi época, me atrevo a decir, y, al mismo tiempo, se siente más desorientado respecto a cómo vivir en él, o como juzgar lo que ocurre a su alrededor.

Esto se ve con especial claridad en una conversación sobre Israel–Palestina porque es uno de los temas donde la diferencia entre tener información y entender una realidad compleja se hace más evidente. Tomo este conflicto como referencia, porque es de lo que estuvimos hablando anoche, cuando ya la mayoría de los invitados a la fiesta de final de bachillerato de mi hijo se habían despedido y solo quedábamos mi compañera y yo, nuestros hijos y un par de sus amigos, ya entrada la madrugada. Hablando sobre cosas referentes a la paz y a la guerra, tema actual, porque a los jóvenes suecos les toca a su edad ser seleccionados o no para el servicio militar, llegamos a la cuestión del conflicto entre Israel y Palestina o, mejor dicho, el Estado de Israel y los palestinos.

Hoy casi cualquier persona puede acceder en segundos a mapas, cifras de víctimas, resoluciones de la ONU, vídeos de Gaza o de Jerusalén, análisis históricos y declaraciones políticas de todos los bandos. Eso crea la sensación de que “estamos informados”. Pero esa información, por sí sola, no produce necesariamente comprensión. Es algo que salta a la vista durante la conversación. Me doy cuenta, porque parece valorarse la cantidad de información como una cualidad en sí.

El problema, que los jóvenes parecen no comprender del todo es que, cada fragmento de información está inserto en un marco interpretativo. Un mismo hecho, por ejemplo, un ataque militar o una protesta, puede ser presentado como defensa legítima, agresión, resistencia o terrorismo según la fuente. Así, la discusión no gira solo en torno a los hechos, sino en torno a qué hechos se consideran relevantes, cómo se contextualizan y qué historia se cuenta.

En este tipo de conflicto, además, la información suele llegar filtrada por identidades previas. Muchos jóvenes no empiezan preguntándose “¿qué ocurrió?”, sino “¿qué bando siento más cercano?”. Y una vez fijada esa posición, la información tiende a seleccionarse de forma inconsciente, se leen más las fuentes que confirman la propia visión y se descartan las que la incomodan, el siempre actual sesgo de confirmación.

En conflictos como este, la información no es neutra porque está cargada de dolor histórico, memoria colectiva y legitimidad moral. Hablar de cifras o eventos es de manera implícita posicionarse éticamente. Esto hace que la conversación se vuelva especialmente sensible a la emoción, la identidad y la lealtad, no solo al análisis racional. Nosotros, los adultos, nos limitamos a escuchar para aprender, mientras los jóvenes explicaban sus razones. Quedó bastante claro que Israel ha perdido el relato.

En este conflicto, que indiscutiblemente comenzó en su última versión por culpa de un incalificable ataque indiscriminado por parte de Hamas el 13 de octubre del 2023, la influencia de los medios, formales e informales, ha evolucionado de manera que ahora, entre muchos jóvenes europeos, especialmente en Europa occidental, es frecuente encontrar la percepción de que la respuesta militar de Israel en Gaza ha sido desproporcionada, con un impacto excesivo sobre la población civil y asociada a una grave crisis humanitaria. Esto no implica necesariamente una posición política única, constatamos durante la conversación, pero sí refleja una sensibilidad marcada hacia las víctimas civiles palestinas.

En ese contexto, la abundancia de información ha aumentado la polarización. Cuanto más material hay disponible, más fácil es construir una narrativa completa que respalde una posición y refute la contraria. No falta información, sobra, y se ordena de formas incompatibles. Todos sacan de sus móviles “pruebas” de la perfidia israelí, victimas inocentes, maldad gratuita. Nos vamos dando cuenta de que no es cuestión de antisemitismo, las criticas no van contra la religión ni contra el pueblo judío, van contra el Estado de Israel y sus líderes. Comprendemos que la indignación de los jóvenes es auténtica y seria.

Yo callo y escucho. Presto mucha atención a las razones que los jóvenes exponen y pienso en las posiciones que han tomado los partidos políticos, aquí en Suecia y en España. Empezando por mi propio partido. Al menos, mis hijos saben que mi partido defiende como eje central una solución de dos Estados, con un Israel seguro y reconocido y un Estado palestino independiente y democrático fruto de una negociación entre las partes. Subrayamos con especial fuerza el derecho de Israel a defenderse y condenamos los ataques contra civiles y el terrorismo, al mismo tiempo que criticamos la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania por considerarlos un obstáculo para la paz y por ser contrarios al derecho internacional. También apoyamos la ayuda humanitaria y la protección de la población civil palestina, especialmente en Gaza, aunque hemos mantenido tradicionalmente una postura prudente respecto al reconocimiento de Palestina, al considerar que debe formar parte de un acuerdo de paz negociado más que de decisiones unilaterales.

Me estoy saliendo del razonamiento con el que comencé la entrada, pero es casi imposible no tocar el conflicto Israel-Palestina, refiriéndome a la verdad en los medios. Quizá el problema de nuestro tiempo no sea la imposibilidad de alcanzar la verdad, sino la confusión entre verdad y neutralidad. Un periodista puede no ser neutral y, sin embargo, ser veraz. Del mismo modo, un medio puede proclamar su imparcialidad y aun así distorsionar los hechos. Lo decisivo es la fidelidad a la evidencia, que significa que el periodista debe mantener su lealtad principal hacia los hechos comprobables y no hacia sus preferencias personales, sus simpatías políticas, los intereses de su empresa o las expectativas de su público.

Ser fiel a la evidencia implica que, cuando los datos contradicen nuestras creencias, son las creencias las que deben revisarse y no los datos los que deben ocultarse o deformarse. Es una actitud intelectual y moral, dejar que la realidad tenga la última palabra. Todo esto es fácil decirlo, pero muy difícil de ponerlo en práctica, porque implica superar nuestras creencias. Siempre tendemos a acusar de parcialidad a las fuentes que muestran un sesgo contrario al nuestro, mientras consideramos objetivas o equilibradas aquellas que confirman nuestras propias convicciones.

La objetividad absoluta es seguramente inalcanzable, pero la honestidad intelectual exige al menos intentar algo parecido a esta regla y examinar con el mismo rigor las informaciones que confirman nuestras creencias y las que las desafían. Cuando una persona solo encuentra sesgo en el campo contrario y nunca en el propio, es probable que no esté viendo la realidad completa. Por eso una conversación sobre Israel–Palestina muestra muy bien la diferencia entre estar informado y comprender, porque la comprensión no depende solo de acumular datos, sino de poder situarlos en un marco más amplio, reconocer la complejidad del conflicto, admitir la parcialidad de las propias fuentes y aceptar que en algunos casos no hay relatos simples que muestren la realidad.

Los bulos han existido siempre. No han nacido con internet. Lo nuevo, creo yo, es la fuerza de la imagen y como decidimos creer lo que estamos viendo en nuestros móviles. Un problema grave, considero yo, que es el que los medios tradicionales se alimentan en gran parte, o mejor dicho, se retroalimentan de los medios informales como TikTok, Instagram, YouTube etc. Y, además, en los últimos tiempos, tenemos el problema de la IA, que es algo fantástico pero que ofrece mil maneras de engañar al que fía gran parte de su información en los medios.

Ahí tenemos mucha faena los docentes. Nunca los jóvenes habían tenido acceso a tanta información ni a herramientas tan poderosas como internet y la inteligencia artificial. Sin embargo, disponer de más información no significa comprender mejor la realidad. Nuestra responsabilidad consiste en enseñar a discernir, contrastar fuentes, identificar sesgos, distinguir los hechos de las opiniones y comprender cómo se construyen los relatos sobre el mundo.

Los nuevos medios y la IA ofrecen posibilidades extraordinarias para acercarse al conocimiento, pero también pueden amplificar errores, prejuicios y desinformación. Por ello, la educación del siglo XXI debe centrarse cada vez más en formar ciudadanos capaces de pensar críticamente y de utilizar estas herramientas con criterio. Parece que estos jóvenes con los que estoy conversando, lo han comprendido bien, aunque a veces les es difícil el no aceptar “pruebas” que “demuestren” los puntos de vista que se hicieron ya a priori.

La verdad, les digo, no suele encontrarse en una única fuente. Surge de la comparación, del análisis, de la duda razonable y del diálogo con perspectivas diferentes. Enseñar a los jóvenes a moverse en ese universo de información es, probablemente, una de las misiones más importantes de la escuela actual. No para entregarles la verdad ya hecha, de eso se encargarán ellos mismos, sino para proporcionarles los instrumentos que les permitan buscarla con rigor, autonomía y honestidad intelectual. Yo soy optimista y, la capacidad que me están demostrando con su conversación, me da motivos para ello.


[1] 37 Pilato entonces le dijo: ¿Así que tú eres rey? Jesús respondió: Tú dices que soy rey. Para esto yo he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz. 38 Pilato le preguntó*: ¿Qué es la verdad?

Y habiendo dicho esto, salió otra vez a donde estaban los judíos y les dijo*: Yo no encuentro ningún delito en Él.