Hoy no he tenido que buscar mucho para encontrar algo que escribir. La noticia que leí en el periódico ayer y que la televisión consideró tan importante que llegó a hacer un reportaje, tenía que ser comentada. No es de extrañar que esta noticia tenga que ver con el fútbol, porque, estando en tiempos de los mundiales, esta metáfora de las guerras, domina los telediarios. Pero, la noticia tiene un fondo muy interesante. Os lo explicaré.
Primero algo de cifras, para que comprendáis la magnitud de la noticia. En Suecia tenemos unas 3320 iglesias consagradas, para cinco millones y medio de miembros bautizados, siendo como es la pertenencia voluntaria desde 1951 y habiendo dejado de ser la iglesia oficial, con la separación de la Iglesia y el Estado en el 2000. Para que os podáis hacer cuenta del estado actual de la Iglesia sueca, podemos usar las cifras de miembros de 2025, que nos muestran que, frente a 20121 bautizos, solicitaron la salida 43993 dejando la Iglesia. Se puede decir que 2025 fue un buen año, porque, lo normal desde el 2000 es que salgan cuatro veces más miembros que los que se bautizan.[1]
En España hay 22 922 iglesias, 87 catedrales y 632 santuarios, según los datos de la Conferencia Episcopal Española.[2] Con 146 370 bautizos, la Iglesia española está también a la baja, aunque 7.946.347 declaraciones marcaron la casilla de la Iglesia, lo que generó un total de 429,3 millones de euros, un 12 % más que en 2023. La Conferencia Episcopal precisó que este aumento en la recaudación se debe tanto al incremento del número de declaraciones a favor de la Iglesia como al mayor importe agregado. A partir de estas cifras, podemos decir prudentemente que la sociedad española aún no ha llegado al mismo grado de secularización que la sueca.
Dejando la comparación para otro día, vamos a comparar el propio concepto de iglesia, porque será necesario para comprender el significado de la noticia a la que me refiero, porque, las palabras, los conceptos, conservan siempre huellas de la historia que las vio nacer. Una simple diferencia lingüística nos permite comprender dos formas distintas de entender una misma institución. Es el caso de las palabras española “iglesia” y sueca “kyrka”, designan la misma realidad, pero proceden de raíces diferentes y reflejan matices culturales que merecen atención.
La palabra española iglesia tiene su origen en el griego “ekklesía”, que significaba asamblea o reunión de ciudadanos. Estaba formada por los términos “ek” (fuera de) y “kalein” (llamar), es decir, el lugar donde los llamados a reunirse se congregaban. Los primeros cristianos adoptaron esta palabra para designar a la comunidad de creyentes. La Iglesia era, ante todo, el conjunto de personas que compartían una misma fe, no un edificio. Durante los primeros siglos del cristianismo no existían grandes templos y los fieles se reunían en casas particulares, la Iglesia era la comunidad misma. La palabra pasó al latín como “ecclesia” y de allí evolucionó hasta convertirse en iglesia en castellano, església en catalán, église en francés o igreja en portugués. Todas estas formas conservan la idea original de la asamblea de creyentes.
En cambio, la palabra sueca “kyrka” tiene un origen distinto. Procede del griego “kyriakon”, que significa “la casa del Señor”. De esta misma raíz derivan el alemán “Kirche”, el inglés “church”, el escocés “Kirk” y las lenguas escandinavas “kyrka” y “kirke”. Aquí el énfasis ya no recae sobre la comunidad reunida, sino sobre el lugar donde se reúne. La diferencia resulta sugerente, ante la noticia a la que me refiero.
Mientras las lenguas romances ponen el acento en las personas, las lenguas germánicas lo ponen en el edificio. Unas recuerdan la asamblea, las otras, la casa. En ambos casos se trata de la misma institución, pero observada desde perspectivas distintas. Esta diferencia también me hace reflexionar sobre otras formas de organización social. Las asociaciones, los sindicatos, los ateneos, los coros o las cooperativas no son, en esencia, los locales donde celebran sus reuniones, sino las personas que los integran. Sin ciudadanos dispuestos a participar, debatir y asumir responsabilidades, los edificios permanecen vacíos. Del mismo modo que la Iglesia fue originalmente una comunidad antes que un templo, toda democracia viva depende menos de sus instituciones materiales que de la voluntad de quienes las sostienen. Las palabras, a veces, nos recuerdan verdades que habíamos olvidado. Pero, vayamos directo ya a la noticia: Una iglesia abre sus puertas para vivir la fiesta del Mundial.
Esta noticia es, a mi parecer, bastante interesante. Cuando la selección masculina de Suecia disputó su primer partido del Mundial, una iglesia en la pequeña localidad de Harplinge, en el sur de Suecia, decidió abrir sus puertas y transformar su espacio en un lugar de encuentro colectivo para seguir el encuentro en pantalla gigante.
Según pude leer en Dagens Nyheter[3], el interior del templo fue adaptado para la ocasión con la instalación de un televisor de gran formato en la nave principal. Los bancos, normalmente orientados al altar, se llenaron de vecinos que acudieron para ver el partido juntos.
El ambiente, inusual para un espacio religioso, se convirtió en una mezcla de celebración deportiva y convivencia comunitaria. Aplausos, comentarios y reacciones colectivas sustituyeron durante unas horas el silencio habitual del templo, que se convirtió en un punto de reunión abierto a toda la población. Esto último es muy interesante: abierto a toda la población, así como estaba pensado cuando se construyó el templo, la casa del Señor, donde se reúne la comunidad cristiana al completo, los vivos, los muertos y los que están por nacer.
Que una iglesia en Suecia abra sus puertas para seguir el partido de la selección nacional en un mundial, puede parecer una curiosidad contemporánea, pero en realidad se inscribe en una larga tradición histórica de celebración colectiva en espacios simbólicos. A lo largo de la historia europea, las iglesias han servido también como escenarios donde las comunidades han canalizado emociones compartidas en momentos decisivos. Durante siglos, por ejemplo, las victorias militares se celebraban en templos y catedrales mediante oficios de acción de gracias, como los Te Deum en España o las ceremonias en la Iglesia de Suecia, tras triunfos bélicos. En esos casos, el templo funcionaba como un espacio donde el acontecimiento político o militar se transformaba en un relato moral y colectivo.
En tiempos de guerra más recientes, cuando iglesias y parroquias sirvieron como centros de reunión para escuchar noticias del frente, compartir información y sostener emocionalmente a la población civil. En ese contexto, el espacio religioso actuaba como infraestructura de cohesión social en medio de la incertidumbre. Ahora, ese mismo patrón se reproduce en clave civil y deportiva, el partido de fútbol sustituye a la batalla, la selección nacional ocupa el lugar del ejército simbólico, y la victoria o la derrota se viven como experiencias compartidas de pertenencia. Así, la iglesia que retransmite un encuentro del Mundial no está haciendo algo radicalmente nuevo, sino reactivando una función antigua, la de reunir a una comunidad en torno a un acontecimiento significativo, convirtiendo un hecho externo en una experiencia colectiva de sentido.
El hecho de que todos acudieran vestidos con la camiseta de la selección refuerza aún más la dimensión ritual del acontecimiento, porque introduce un elemento de uniformidad simbólica que tiene muchos paralelismos históricos. En realidad, esa imagen de una comunidad reunida en un espacio común, identificada visualmente por un mismo símbolo, ha aparecido repetidamente en el pasado bajo formas distintas.
En las celebraciones religiosas tradicionales, por ejemplo, era habitual que las comunidades se reunieran en iglesias con signos visibles de pertenencia, ropas festivas, insignias locales o colores asociados a cofradías y gremios. En las procesiones medievales, cada grupo social tenía su identidad visual, y la participación colectiva se expresaba precisamente a través de esa representación pública de la pertenencia. Algo similar puede observarse en los contextos de guerra. Durante las grandes guerras europeas del siglo XIX y XX, las manifestaciones de apoyo a las tropas o las celebraciones de victorias solían incluir símbolos compartidos: banderas, uniformes civiles improvisados, cintas con los colores nacionales o insignias patrióticas. La uniformidad visual no era casual, sino una forma de transformar a individuos dispersos en un cuerpo colectivo reconocible, un “nosotros” momentáneo frente a un acontecimiento común. Y, la selección española, sin despegar.
[1] https://www.svenskakyrkan.se/statistik
[2]https://sotodelamarina.com/2025/12/Q1/20251212Memoria_Actividades_2024.htm#Sacramentos:%20descenso%20general%20con%20crecimiento%20en%20adultos
[3] https://www.dn.se/sport/ett-herrans-liv-nar-kyrkan-oppnade-for-vm-fest/
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