Resulta paradójico que una profesión nacida para informar a la sociedad y ayudar a los ciudadanos a comprender el mundo sea hoy una de las instituciones que más desconfianza despierta. Basta una conversación entre amigos, una reunión familiar o una tertulia improvisada en cualquier café para escuchar la misma queja: los medios ocultan información, exageran los defectos de unos, silencian los errores de otros y responden más a intereses políticos o económicos que a la búsqueda de la verdad.
En el imaginario popular, alimentado durante décadas por películas y series de televisión, el periodista suele aparecer retratado de forma caricaturesca. Unas veces es el reportero intrépido que descubre conspiraciones, desafía a los poderosos y salva la democracia a golpe de exclusiva. Otras, es un personaje sin escrúpulos dispuesto a invadir la intimidad de cualquiera, manipular los hechos o fabricar escándalos con tal de conseguir audiencia. Entre ambos extremos, el héroe romántico y el oportunista cínico, rara vez aparece el periodista real, el profesional que pasa horas verificando datos, contrastando fuentes, asistiendo a ruedas de prensa aburridas o tratando de comprender asuntos complejos para explicarlos al público de forma inteligible.
Como ocurre con médicos, abogados o policías, la ficción necesita personajes reconocibles y situaciones dramáticas. Por eso exagera rasgos, simplifica conflictos y convierte excepciones en normas. El resultado es que muchas personas conocen más al periodista de Hollywood que al periodista de la redacción local, de la misma forma que muchos en Suecia y España conocen más los procedimientos de un juicio en Estados Unidos que en su propio país. Esa representación acaba influyendo en la percepción pública de la profesión y alimenta expectativas desmesuradas y sospechas injustificadas. El periodismo real suele ser mucho menos heroico, pero también mucho más necesario de lo que muestran las pantallas. Porque, lo que necesitamos en estos días es mucho periodismo y del bueno. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, nunca había sido tan difícil distinguir lo verdadero de lo falso, lo relevante de lo accesorio o el análisis de la propaganda.
Uno de los grandes problemas del periodismo es conseguir que alguien pague la búsqueda de la verdad. Desde sus orígenes, los periódicos han necesitado recursos para imprimir, distribuir información y mantener a quienes la producen, es un negocio como cualquier otro. Y quien financia un medio suele tener, de una forma u otra, capacidad para influir sobre él. En los siglos XVII y XVIII muchos periódicos dependían de la monarquía, de partidos políticos o de grupos comerciales. Más tarde, con la prensa de masas, la publicidad se convirtió en la principal fuente de ingresos. El lector compraba el periódico, pero eran los anunciantes quienes sostenían realmente el negocio.
Durante buena parte del siglo XX pareció haberse encontrado un equilibrio razonable. Los grandes diarios disponían de suficientes ingresos publicitarios para mantener redacciones amplias y cierta independencia profesional. La llegada de internet ha alterado ese modelo y la publicidad se ha visto obligada a migrar hacia las grandes plataformas tecnológicas, haciendo que los periódicos pierdan una parte sustancial de sus ingresos. Desde entonces, muchos medios viven en una situación de fragilidad económica permanente, que les induce a buscar por todos medios y a toda costa subir su audiencia.
Mientras escribo recuerdo mi pasado como director responsable del periódico del instituto, “Murveln” (El Reportero excavador). Era esta una función completamente voluntaria que yo me había tomado para tratar de promocionar la escritura en mis estudiantes. A los redactores nuevos, cada otoño, los llevaba a visitar el periódico Sydsvenska dagbladet, que es el más importante de nuestra región, y que tenía un programa de divulgación del periodismo, con el fin de asegurarse la continuidad de las vocaciones. Sé que, de aquellos estudiantes, un puñado se han dedicado al periodismo profesional.
Durante estas visitas, se les mostraba cómo el diario tomaba forma, desde el trabajo de los periodistas, escribiendo en sus máquinas, en un estruendo de tic tac, entre carreras y cafés humeantes, hasta el trabajo de los tipógrafos, linotipistas, maquetadores, correctores de pruebas, maquinistas impresores, etc. Todo un mundo que ahora ya ha desaparecido por completo, como lo ha hecho el propio edificio que, tras la digitalización, se les quedó grande. Al final, el redactor jefe, les solía dar una pequeña charla sobre lo que significaba ser periodista y la realidad de la profesión. Entraba siempre en la cuestión de la audiencia y solía decir que, si en los titulares se leía la palabra “sexo” o “muerte” se aumentaba la tirada con 50 000 ejemplares. Esto lo dice todo.
En la competencia por la audiencia, los periódicos a menudo se ven tentados a dejar en segundo plano las normas clásicas de la buena práctica periodística. Ya, diréis vosotros, eso ya lo sabíamos, pero nos queda “public service”, o ¿no? Bueno, ahí tenemos un problema. En realidad, los medios financiados o gestionados para el interés general, no principalmente comerciales, deberían garantizar una información fidedigna y neutral, pero…no. Vayamos a la historia: El primer gran modelo de lo que hoy entendemos como public service en los medios de comunicación suele situarse en la creación de la BBC en 1922 en el Reino Unido, que posteriormente se transformó en corporación pública en 1927. Este modelo surgió como respuesta a dos riesgos que ya se percibían con claridad en la prensa y la radiodifusión incipiente: por un lado, la creciente dependencia de la financiación comercial y la publicidad, que tendía a orientar los contenidos hacia la búsqueda de audiencia; y por otro, el peligro de la propaganda política directa o indirecta en manos de gobiernos o intereses privados.
La idea de servicio público pretendía situarse en un punto intermedio, o sea, garantizar información, educación y cultura para toda la población, pero bajo principios de independencia editorial y responsabilidad pública. En ese sentido, el public service broadcasting nace también anticipándose al uso político de los medios en los años posteriores, cuando se comprendió hasta qué punto la información podía convertirse en una herramienta de movilización de masas. A partir de ahí, otros países europeos, como Alemania o Suecia, desarrollaron sus propios sistemas de radiodifusión pública, consolidando un modelo que no dependía exclusivamente del mercado ni de los partidos, sino de una legitimidad institucional basada en el interés general. Sin embargo, desde su origen, este modelo ha vivido en una tensión constante entre la necesidad de independencia frente al poder político y la necesidad de financiación estable, lo que ha mantenido siempre abierta la pregunta de hasta qué punto un medio puede ser realmente neutral cuando depende de estructuras estatales o de decisiones políticas para su supervivencia.
En España, el concepto de public service en los medios de comunicación se materializa principalmente en la Corporación RTVE, que agrupa a la radio y la televisión públicas. Sus orígenes se remontan a la creación de Radio Nacional de España en 1937, en plena Guerra Civil, y más tarde a la puesta en marcha de Televisión Española en 1956, cuando el país contaba con un sistema de televisión única bajo control estatal. Con la transición democrática, el modelo fue reformulado para adaptarse a los principios de pluralismo e independencia propios de un sistema democrático, aunque siempre dentro de un marco de financiación pública y supervisión parlamentaria. Como ocurre en otros países europeos, este modelo vive en una tensión permanente entre su función de servicio público y su dependencia institucional del Estado, lo que ha generado muchos debates sobre su grado real de independencia editorial y su posible exposición a la influencia política.
La llegada de los medios digitales como TikTok, YouTube y el fenómeno de los influencers ha introducido una competencia completamente nueva para el periodismo tradicional y para los propios medios de servicio público. A diferencia de la prensa o la radiotelevisión clásica, estas plataformas no funcionan principalmente bajo criterios editoriales o de servicio público, sino a través de algoritmos diseñados para maximizar la atención y el tiempo de consumo. Esto ha cambiado profundamente la manera en que se produce y se distribuye la información, porque ahora cualquier individuo con un móvil y conexión a internet puede convertirse en emisor potencial de contenidos con gran alcance.
En este nuevo ecosistema, los influencers ocupan un espacio intermedio entre la comunicación personal y la información pública. Muchos de ellos no se presentan como periodistas, ni lo intenta, otros sí, pero todos influyen en la opinión de millones de personas, especialmente entre los jóvenes, desplazando en parte a los medios tradicionales como fuente principal de referencia. Esto genera una competencia desigual, porque, mientras los medios de servicio público están sujetos a normas de verificación, pluralismo y responsabilidad editorial, las plataformas digitales premian la rapidez, la emocionalidad y la viralidad.
El resultado es un entorno informativo fragmentado, donde conviven noticias contrastadas con opiniones personales, entretenimiento con información política y hechos con interpretaciones no siempre verificadas. Esto significa un desafío central para el periodismo contemporáneo cómo mantener su función de intermediación fiable en un espacio donde la autoridad ya no depende de la institución, sino de la visibilidad y el alcance. Al mismo tiempo, obliga a los medios públicos y tradicionales a replantear sus formas de comunicación para no quedar relegados en un ecosistema dominado por la inmediatez y la lógica de las redes sociales.
En este mundo de información tan fragmentada, echo de menos el sonido de mi buzón, que me despertaba a las seis de la mañana. El olor a tinta de imprenta y papel de pulpa de madera, que los de mi edad recordamos perfectamente, acompañaba el primer café. Leía yo el periódico minuciosamente, la portada, el editorial, las noticias nacionales e internacionales, las columnas de algunos articulistas conocidos (los antiguos influencers), los sucesos. Y aún quedaba que leer para el regreso.
En el instituto, dejaba yo que mis alumnos rellenasen un concurso de preguntas (frågesport) que realizaban simultáneamente cientos de institutos suecos, a modo de quiniela, que tiene como objetivo entrenar a los alumnos en conocimientos de ciencias sociales actuales mediante preguntas sobre noticias, política y cultura, y funciona como una herramienta pedagógica para conectar la enseñanza con la realidad en curso. La quiniela se hacía los lunes, al comenzar la clase de ciencias sociales. Eran otros tiempos pero, sería interesante hacer un estudio comparativo del nivel de conocimiento de cuestiones actuales de los estudiantes de los 70 del pasado siglo y los 20 de este.
Y para terminar, cito a Oscar Wilde, que, a propósito de la mala prensa del periodismo, escribió en 1891:
“En otros tiempos los hombres tenían la rueda de tormento. Ahora tienen la prensa. Sin duda es una mejora. Pero aun así es algo muy malo, injusto y corruptor. Alguien —¿fue Burke?— llamó al periodismo el cuarto estado. Eso era cierto en su momento, sin duda. Pero en la actualidad es el único estado. Ha devorado a los otros tres. Los lores temporales no dicen nada, los lores espirituales no tienen nada que decir, y la Cámara de los Comunes no tiene nada que decir, y lo dice. Estamos dominados por el periodismo.”[1]
[1] Oscar Wilde, 1891. “The Soul of Man under Socialism” 49: 292–319.
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