Anoche soñé que caminaba por un sendero desconocido para mí. Comenzaba en mi colonia, entre los manzanos y los groselleros, pero poco a poco se transformaba en un camino antiguo, tan antiguo que parecía haber sido trazado por generaciones de caminantes antes de que existieran los automóviles y las carreteras asfaltadas. Era de noche, una noche clara. No había oscuridad completa, como ocurre en los veranos escandinavos. Sobre el horizonte quedaba una franja de luz que se resistía a desaparecer.

A medida que avanzaba encontraba bancos de madera colocados a intervalos regulares. En cada banco había una persona leyendo. Me acerqué al primero y reconocí a Miguel de Cervantes. Levantó la vista de su libro, me saludó con una inclinación de cabeza y siguió leyendo. Más adelante estaba August Strindberg, que discutía con un jardinero sobre la mejor manera de podar un manzano. Ninguno parecía tener prisa. Ellos no me vieron, aunque pasé muy cerca de ellos, tan cerca que percibí el perfume de la loción que usaba Strindberg.

Con paso firme, y porte atlético, Mario Vargas Llosa iba caminando por el mismo camino, apenas dos pasos delante de mí. Me acerqué y le dije que, leyendo La ciudad y los perros, aprendí a amar la literatura contemporánea. Él no me miró siquiera, ni pareció escucharme. Yo no insistí, seguí caminando. Se nos cruzó Gabriel García Marquez, que llevaba una niña de la mano. Se miraron los dos escritores sin saludarse y se quedaron parados, como si hubiesen olvidado lo que querían decir, la niña se soltó de la mano de García Marquez y fue a coger unas flores en la cuneta. Yo apreté el paso al ver la estación de ferrocarriles al final del camino. Llegué a tiempo de subirme a un vagón de tercera, cuando la máquina de vapor ya rodaba, silbando su angustiosa llamada.

El vagón estaba ocupado por viajeros corrientes: campesinos, pequeños comerciantes con su mercancía a cuestas, dispuesta en hatillos, mujeres con cestas, personas que llevaban consigo sus preocupaciones y sus historias. Algunos hablaban, otros miraban el paisaje que se veía al otro lado de la ventanilla, que aún era una maraña de vías, donde otros trenes desamparados parecían esperar su turno. La luz era más opaca. Creí reconocer en el banco de enfrente un hombre joven que, como yo, observa su entorno. Debía ser Camilo José Cela, pensaba yo, aunque su fisionomía iba cambiando. No me atreví a hablarle, pero le observé y vi como iba desapareciendo. Yo seguí mi viaje hasta que el tren se paró y me baje en un lugar perdido, sin estación, sin gente.

Seguí caminando por un nuevo sendero; quería llegar a alguna parte, pero no sabía adónde. El sendero me condujo a un bosque oscuro inmenso, que parecía no tener fin. Ya no sabía bien si iba siguiendo el camino, iba caminando casi a ciegas, cuando el sendero desembocó en algo que yo no reconocía pero que resultó ser una biblioteca inmensa, que no tenía paredes; sus estanterías crecían entre los árboles. Los libros no estaban ordenados por autores ni por materias, sino por recuerdos. Había una sección dedicada a las cosas que la humanidad había aprendido y otra mucho más grande dedicada a las cosas que había olvidado.

Me senté en una silla junto a mucha gente. Enfrente, un hombre cabizbajo murmuraba unas palabras que el viento dispersaba antes de llegar a mis oídos. No pude entender lo que decía, pero reconocí de inmediato al autor de Levi’s resa y Livläkarens återkomst. Se levantó y comenzó a caminar. Caminaba despacio, como si transportara sobre los hombros el peso de muchas vidas y muchas historias. Era Per Olof Enquist. Yo le seguí para hacerle aquella pregunta que ya había olvidado, pero se fue difuminando hasta desaparecer por completo y yo, desconcertado, me puse a examinar las estanterías.

Tomé un volumen al azar. Al abrirlo descubrí que no contenía palabras sino voces. Escuché a marineros, campesinos, maestras de escuela, obreros de fábricas desaparecidas y niños que todavía no habían nacido. Entonces apareció una joven bibliotecaria, que me dijo:

—Aquí se conservan todas las historias que nadie quiso tirar.

La frase me produjo una gran alegría porque comprendí que en aquel lugar regía una norma sencilla: ningún libro era inútil y ningún recuerdo estaba completamente perdido. Me pregunté si aquella joven conocía mi “manía”, según mi compañera, de no tirar nunca un libro, por antiguo o gastado que esté, porque sé, que contienen sueños, esfuerzos y promesas. Busqué mis libros, por si estaban allí. Quise saber que podían contar, que yo no supiese. Que secretos guardaban, que escondían. Allí me podría haber quedado, buscando, buscando, leyendo, escuchando, pero seguí mi camino, guiado por un impulso que no podía controlar.

Andando, andando, iba yo siguiendo a una mujer desconocida, que iba murmurando cosas que yo no podía entender, pero que comprendía perfectamente. Llegamos a una plaza que parecía desierta. Las plazas desiertas poseen una forma extraña de llenarse. Primero desaparecen las personas y luego aparecen sus ausencias. Los bancos estaban ocupados por sombras que no proyectaba ningún cuerpo. Las ventanas observaban con ojos apagados. En el centro, donde debería haber habido una fuente, encontré en su lugar un reloj inmóvil.

Sentí entonces una emoción que no se parecía a la tristeza ni a la alegría. Era como si alguien hubiese abierto una puerta secreta dentro de mi pecho y por ella comenzaran a entrar siglos enteros.

—¿Y ahora qué? —preguntó alguien, quizás una de las sombras.

Nadie respondió.

Entonces, las hojas de los árboles comenzaron a temblar, como lo hacen cuando va a llover, y el viento pareció pronunciar una frase:

—Ahora os toca decidirlo a vosotros.

En ese momento desperté.

La luz de la mañana entraba por la ventana. Durante unos segundos no estuve seguro de haber abandonado completamente el sueño, anhelaba seguir soñando. Me ocurre casi siempre, que me quedo a medias al despertar y quiero seguir soñando. Miré los libros de mi habitación y pensé que quizá los sueños son eso: bibliotecas nocturnas donde el pasado y el futuro se encuentran para conversar mientras nosotros escuchamos. Tomé en mis manos el libro que estoy leyendo, releyendo, mejor dicho; es La verdad de la mentira, de Vargas Llosa. Todo tiene explicación.