La televisión ya no es lo que era. En eso podemos estar todos de acuerdo. Aquel aparato que irrumpió en los hogares, transformándoles, como también lo hizo con la vida en común de las familias. Llegó de pronto y se hizo un lugar en el centro de la vida de todos, cambió la decoración de la sala de estar o del comedor, haciéndose amo y señor y atrayendo la atención de todos los habitantes de la casa, que se reunían en torno a la pantalla luminosa en los ratos de ocio. Se inventaron muebles y utensilios diseñados para disfrutar plenamente del aparato: lamparitas, sofás, mesitas para disfrutar de un refrigerio a la vez que, en silencio, o comentando lo que se veía, la familia adoraba su nuevo mueble/ventana, por el que penetraba el mundo, antes apenas fantaseado con la ayuda de la literatura.

Yo apenas tengo recuerdos de un tiempo anterior a la televisión. En mi casa entró en el 58. Pero recuerdo perfectamente como cambió todas nuestras relaciones. Yo tenía de niño una pequeña banqueta que me hizo un vecino carpintero y que yo llevaba conmigo por la casa, allí dónde pasaba algo, para estar presente y no perderme nada. Cuando venía mi padre del trabajo, caída la tarde, con su periódico en la mano, yo le acompañaba al comedor y me sentaba a su lado, con mi cajita de pequeños juguetes y jugaba y le miraba, mientras el leía su diario. No hablábamos mucho, hasta que se ponía la cena, pero entonces, mi madre mi padre y yo, repasábamos nuestras experiencias del día, comentábamos lo que nos había ocurrido, lo bueno y lo malo. Lo recuerdo muy bien, igual que recuerdo el dormirme en mi cama con el murmullo de la radio viniendo del salón.

Un día llegó al fin la televisión. Se notaba que era algo importante. Hombres con monos azules la pusieron en el salón y salieron inmediatamente a trepar por el tejado para instalar la antena. Al fin, en la pantalla surgieron figuras como en el cine; personas, caballos, mundos desconocidos, y nos quedamos clavados, mirando todo eso. Movimos todos los muebles hasta convertir el salón en una especie de cine improvisado, y desde entonces, las conversaciones en la cena, eran cortas y entrecortadas, acompasadas a la dramaturgia de la televisión. Por ella entraban temas, palabras y sucesos inesperados, que iban moldeando nuestra manera de pensar, aunque entonces no lo supiéramos.

Pero, al fin, a este aparato le surgió la competencia, como sabemos. Primero desde dentro, con canales alternativos, que ya empezaron a dividir la audiencia, aún en la misma familia, después con los satélites, que complicaban la escena. Ya no veíamos todos las mismas series, los mismos programas. Y, finalmente, los smartphones han hecho que ya cada uno vivíamos en nuestro mundo particular, presos de algoritmos individualizantes. Por tanto, la televisión ya no es lo que era, por mucho que se esfuercen en comprar los programas ideados casi todos en los Países Bajos, que ocupan un lugar especial en la industria televisiva mundial porque allí surgió, desde los años ochenta y noventa, un ecosistema muy innovador de productoras privadas. Empresas neerlandesas como Endemol Netherlands revolucionaron la televisión creando formatos que podían exportarse fácilmente a otros países. Uno de los ejemplos más famosos es Gran Hermano, estrenado en 1999, que se convirtió en un fenómeno global.

Pero, no quería yo hablar de eso, que también puede ser interesante, porque lo que quiero contar hoy es que he encontrado una serie que me tiene pegado a la butaca, como antiguamente. No es una serie americana ni británica, no es española tampoco, es alemana. Se llama Babylon Berlín y es francamente interesante. La serie está ambientada en la ciudad de Berlín entre 1929 y 1933, durante los últimos años de la República de Weimar, justo antes de la llegada al poder de Adolf Hitler. El protagonista es Gereon Rath, un inspector de policía procedente de Colonia que llega a Berlín para investigar una red de chantajes. Sin embargo, pronto se ve envuelto en una compleja trama donde se mezclan la corrupción policial, el crimen organizado, el extremismo político de derecha e izquierda, intrigas militares, espionaje y la crisis económica que siguió al crack bursátil de 1929. Como veréis, algo en que vale la pena invertir unas horas de vida.

La serie tiene connotaciones voluntarias o involuntarias con muchas obras literarias. Reconozco algunas y estoy seguro de que hay muchas más que ignoro, porque la serie, rezuma literatura de la buena. James Joice (Dublineses), John Dos Passos (Manhattan Transfer), Virginia Woolf (La señora Dalloway), Francis Sott Fitzgerald (El Gran Gatsby), Herman Hesse (El lobo estepario), André Breton (Nadja), William Faulkner (Santuario), Aldous Huxley (Un mundo feliz), Andre Malraus (La condición Humana), Henry Miller (Trópico de Cáncer), Isak Dinisen (Siete cuentos góticos), Elias Canetti (auto de fe). Estas son, con la excepción de Joyce, las obras escritas durante el decenio que va desde 1925 a 1936, que, aunque muy diferentes entre sí, tienen algo fundamental en común, pues pertenecen a la gran revolución literaria y espiritual de la primera mitad del siglo XX. Son escritores que, en sus obras, intentaron comprender un mundo que parecía haberse vuelto irreconocible tras la industrialización, la urbanización masiva, la crisis de las creencias tradicionales y, sobre todo, la experiencia traumática de la Primera Guerra Mundial. Si hubiera que resumirlos en una sola frase, podría decirse que todos ellos escribieron sobre el hombre moderno enfrentado a la pérdida de las certezas tradicionales y a la búsqueda de un nuevo sentido para la existencia.

Todo eso está presente en esta serie, que es preciso ver en versión original. Cada palabra tiene un valor esencial que se pierde en la traducción. Mientras contemplo la serie atentamente, me resulta difícil no pensar en la extraordinaria floración literaria que se produjo entre las dos guerras mundiales, porque la obra parece reunir en imágenes lo que numerosos escritores intentaron expresar mediante la palabra. No es únicamente una reconstrucción histórica de Berlín en los años finales de la República de Weimar. Es, sobre todo, una inmersión en el espíritu de una época que dio origen a algunas de las obras más importantes de la literatura contemporánea.

El Berlín de la serie posee algo del Dublín de James Joyce, porque ambas aparecen como organismos vivos que condicionan la existencia de quienes las habitan. Los personajes de Joyce están atrapados en una parálisis invisible, los de Babylon Berlin se encuentran inmersos en una agitación constante que, paradójicamente, los conduce a una impotencia semejante. Todos presienten que algo fundamental está cambiando, pero nadie parece capaz de comprender del todo la naturaleza de ese cambio. La ciudad también recuerda a la Nueva York de Manhattan Transfer. En ambas obras la multitud se convierte en protagonista. Los individuos aparecen y desaparecen como fragmentos de un inmenso mosaico urbano. como lector de Dos Passos y espectador de Babylon Berlin tengo la sensación de asistir a una sinfonía de voces, calles, anuncios luminosos, automóviles, oficinas, bares y periódicos. La modernidad avanza con una fuerza irresistible y arrastra consigo a quienes intentan resistirse.

Con La señora Dalloway, la serie comparte una característica menos visible pero igualmente importante, que es la coexistencia de la vida cotidiana y de las heridas invisibles de la guerra. Muchos personajes continúan caminando por las calles, trabajando y amando, pero llevan dentro cicatrices que nunca terminaron de cerrar. La Primera Guerra Mundial está presente, aunque rara vez ocupa el primer plano. Como en Virginia Woolf, el pasado irrumpe continuamente en el presente.

También encuentro ecos de El Gran Gatsby. Asistimos a una época de fiestas, música, lujo y aparente prosperidad. Sin embargo, bajo la superficie se esconde una profunda fragilidad. Los clubes nocturnos de Berlín, los cabarets y los salones frecuentados por las élites recuerdan las mansiones de Gatsby, escenarios brillantes construidos sobre cimientos inestables. La fiesta continúa mientras el edificio histórico comienza a resquebrajarse.

Quizá la conexión más evidente sea con El lobo estepario. Los personajes de Babylon Berlin viven divididos entre impulsos contradictorios. La razón lucha contra el deseo, la disciplina contra el caos, la esperanza contra el miedo. Berlín aparece como una ciudad en la que conviven simultáneamente todas las posibilidades humanas, la creación artística y la violencia política, la libertad y el autoritarismo, la solidaridad y el egoísmo. Hermann Hesse habría reconocido en aquella ciudad el mismo conflicto espiritual que habitaba en Harry Haller.

Por otra parte, la atmósfera nocturna y onírica de ciertos episodios evoca a Nadja, de André Breton. La frontera entre realidad y sueño parece diluirse. El surrealismo surge aquí como una forma de percibir una sociedad que se aproxima al abismo. Las calles iluminadas, los cabarets, las máscaras y los personajes extravagantes producen una sensación de extrañeza que recuerda a los paseos de Breton por París.

La violencia que recorre Santuario, de Faulkner, también está presente. No se trata únicamente de la violencia física. Es la sensación de que las estructuras morales que sostenían una sociedad están comenzando a desmoronarse. La ley sigue existiendo, los tribunales continúan funcionando y los gobiernos permanecen en sus despachos, pero algo esencial se ha roto. Los personajes viven en un mundo donde las normas han dejado de ser plenamente eficaces.

Cuando se piensa en Un mundo feliz suele recordarse una sociedad futura dominada por la tecnología. Sin embargo, Babylon Berlin permite observar el origen de algunas de las tendencias que Huxley llevaría hasta sus últimas consecuencias, la utilización del entretenimiento como evasión colectiva, la manipulación de las masas y la subordinación de la verdad a intereses políticos y económicos. Como también la relación con La condición humana, de Malraux, resulta especialmente profunda. Ambas obras muestran individuos que intentan actuar en medio de fuerzas históricas inmensamente superiores. Los personajes creen tomar decisiones libres, pero poco a poco descubren que forman parte de procesos colectivos que apenas comprenden. La historia aparece como una corriente poderosa que arrastra tanto a revolucionarios como a conservadores.

En ciertos momentos la serie parece anticipar incluso el universo de El cero y el infinito. Los mecanismos del fanatismo político, la subordinación del individuo a la ideología y la transformación de la verdad en instrumento de poder ya pueden observarse en estado embrionario. El espectador sabe lo que los personajes aún ignoran: que muchas de aquellas tensiones desembocarán en uno de los sistemas totalitarios más devastadores del siglo XX.

Lo más fascinante de Babylon Berlin es que no presenta la llegada del nazismo como una fatalidad inevitable. Al contrario. La serie muestra una sociedad extraordinariamente rica desde el punto de vista cultural. Es la Alemania de científicos, músicos, escritores, arquitectos y artistas. Es una sociedad moderna, cosmopolita y creativa. Precisamente por eso resulta tan inquietante. Nos obliga a comprender que ninguna civilización está inmunizada contra la barbarie. Al igual que las novelas de Joyce, Woolf, Dos Passos, Hesse, Faulkner, Malraux o Koestler, Babylon Berlin plantea una pregunta que sigue siendo actual: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la confianza en sí misma? La respuesta aparece en las vidas de hombres y mujeres corrientes que continúan trabajando, enamorándose, bailando y soñando mientras, poco a poco, el suelo comienza a abrirse bajo sus pies.

Por eso la serie puede contemplarse como una especie de novela total de la Europa de entreguerras. En ella confluyen la modernidad de Joyce, la sensibilidad de Woolf, la ciudad de Dos Passos, el desencanto de Fitzgerald, la búsqueda espiritual de Hesse, el surrealismo de Breton, la violencia de Faulkner, la advertencia de Huxley, la conciencia histórica de Malraux y la reflexión política de Koestler. No es únicamente una historia sobre Berlín. Es el retrato de una civilización que se encontraba en uno de esos momentos decisivos en los que todavía todo parecía posible y, precisamente por ello, el peligro resultaba invisible para la mayoría.

Diréis que estoy exagerando para lanzar “mi” serie como algo excepcional, pero es que tiene muchos fondos. Sobre todo, me parece encontrar mucha similitud con nuestro tiempo. Si se mira Babylon Berlín desde nuestra realidad actual, lo primero que se percibe es que funciona como una especie de laboratorio narrativo donde se pueden observar ciertas tensiones que, sin ser idénticas, resultan reconocibles. La serie no habla solo de la República de Weimar, sino de un tipo de modernidad que regresa una y otra vez en distintas formas históricas. Lo que aparece con más fuerza es la sensación de una sociedad que sigue siendo moderna, culta y técnicamente avanzada, pero donde el equilibrio interno comienza a volverse inestable. No se aprecia una caída repentina, tampoco hay una ruptura clara, sino un proceso gradual en el que las instituciones continúan funcionando mientras la confianza en ellas se erosiona lentamente. Ese desfase entre funcionamiento formal y legitimidad real resulta inquietante porque, como bien sabemos, no pertenece únicamente al pasado.

En ese contexto, la polarización política se presenta en la serie como una consecuencia casi natural de la pérdida de un suelo común. Los extremos no surgen de la nada, sino que ocupan espacios que el centro ha dejado de articular con claridad. Algo parecido puede reconocerse hoy en la dificultad creciente para compartir no solo opiniones, sino incluso criterios básicos sobre qué constituye un hecho o una interpretación razonable. La discusión pública deja de ser un espacio de mediación y se convierte en una suma de relatos paralelos.

También es significativo el papel de la economía como trasfondo emocional. En la serie, la crisis no es únicamente un dato estadístico, sino una forma de vida que se infiltra en las decisiones, en los miedos y en los resentimientos cotidianos. En el presente, aunque las condiciones materiales sean distintas, persiste una sensación difusa de inseguridad ligada al trabajo, la vivienda, la movilidad social o el futuro tecnológico. Se trata, hoy como entonces, de estados de ánimo colectivos que pueden ser políticamente decisivos.

Otro elemento que conecta la serie con nuestro tiempo es la coexistencia de una cultura muy sofisticada con una creciente fragilidad social. La Berlín de la serie es una ciudad intensamente creativa, llena de arte, ciencia, innovación y vida nocturna, y sin embargo esa vitalidad no impide el deterioro progresivo del tejido político. Algo de esa paradoja puede percibirse también hoy, sociedades altamente desarrolladas desde el punto de vista cultural y tecnológico, pero atravesadas por ansiedad, aceleración y formas nuevas de desconfianza.

A ello se añade la cuestión de la información. En la serie, los hechos circulan entre prensa, rumores, propaganda y redes de poder informales. Hoy el soporte tecnológico ha cambiado radicalmente, pero la cuestión de fondo permanece en la dificultad para construir una realidad compartida. Cuando la información deja de ser un terreno común y se fragmenta en múltiples canales cerrados, la política pierde una base estable sobre la que operar.

Quizá lo más importante, sin embargo, es la forma en que se combinan lentamente todos estos elementos. Babylon Berlin sugiere que las transformaciones históricas profundas suelen producirse por una acumulación de pequeñas erosiones que, vistas aisladamente, parecen reversibles. Solo con perspectiva se advierte que esas fisuras estaban conectadas.

Desde este punto de vista, la serie funciona como una reflexión sobre la fragilidad de los equilibrios sociales. La historia no se repite, pero ciertas tensiones reaparecen cuando coinciden factores como la polarización, la incertidumbre económica, la pérdida de confianza institucional y la fragmentación de la esfera pública. Mi interés por la serie reside en lo que nos permite ver como espectadores, esa zona intermedia en la que una sociedad todavía se percibe a sí misma como estable mientras, en silencio, comienzan a modificarse los mecanismos invisibles que la sostienen. Os recomiendo esta serie.

Babylon Berlin | SVT Play