A lo peor os aburro con mis lucubraciones sobre la política. Tengo que confesar, que forma gran parte de mi vida. Como sabéis, soy político local, político de a pie, que participa en consejos y asambleas y que pongo muchas horas de mi vida en la tarea de administrar escuelas e institutos, amén de participar en muchas campañas de mi partido. Bueno, eso ya lo sabéis, pero quizás no sepáis algunas cosas sobre el funcionamiento de la democracia en Suecia, y en concreto, sobre lo que está ocurriendo esta misma semana.
Aquí en Suecia tenemos la tradición de dedicar una semana al año, concretamente, esta misma semana, al cultivo de la democracia. Se puede decir que es un festival político, donde todos los partidos se exponen a la manera de los festivales de rock veraniegos. Los principales políticos “actúan” en la gran escena, ante un gran público que ha viajado a la isla de Gotland para pasar unos días de vacaciones y de agitación política. Es la semana de Almedalen, que se celebra en la ciudad medieval de Visby, y reúne a partidos políticos, sindicatos, empresas, universidades, organizaciones sociales, periodistas y ciudadanos para debatir los grandes temas del país.
La tradición comenzó en 1968, cuando el futuro primer ministro sueco Olof Palme pronunció un discurso improvisado desde la plataforma de un camión junto al parque de Almedalen, en Visby. Durante años fue una actividad ligada al Partido Socialdemócrata, pero gradualmente se ha ido transformando en un foro abierto para todos los partidos parlamentarios y para la sociedad civil. La edición de 2026 se está celebrando en estos momentos, del 22 al 26 de junio. Participan los ocho partidos con representación parlamentaria, junto con miles de organizaciones y entidades, en un programa que incluye cerca de 3 000 actividades, lo que la convierte en uno de los mayores encuentros democráticos de Europa. Yo, este año, lo sigo desde Lund, pero, gracias a los nuevos medios, puedo sentirme partícipe de todo, como si estuviera allí mismo. Para un observador de la política sueca, Almedalen es un escaparate anual donde Suecia debate públicamente sobre sí misma, sus problemas presentes y sus proyectos de futuro.
Os cuento todo esto, porque estoy pensando en la democracia y lo que representa para mi y para la sociedad. Se dice constantemente que la democracia está en peligro. Al parecer, según muchas voces preocupadas, los sistemas democráticos van retrocediendo y van siendo sustituidos por autocracias y dictaduras de diferente carácter. Para poder discutir sobre la democracia considero que debemos estar de acuerdo en lo que esta representa. Comenzaré diciendo lo que representa para mí. La democracia es, según yo la entiendo, el derecho y el deber de participar en los asuntos comunes mediante el diálogo, el conocimiento y el respeto mutuo. Es la convicción de que ninguna persona posee toda la verdad y de que las mejores soluciones nacen de la libre discusión entre ciudadanos iguales.
Para muchas personas, la mayoría quizás, la característica más importante de una democracia es la posibilidad de elegir y reemplazar a los gobernantes mediante elecciones libres y periódicas. Encuestas muestran que los ciudadanos asocian la democracia con la existencia y protección de libertades fundamentales, como la libertad de expresión, la libertad de prensa, la libertad de asociación y la libertad religiosa. Para una gran parte de la población, una sociedad no puede considerarse verdaderamente democrática si estas libertades no están garantizadas, aunque se celebren elecciones periódicas. Las encuestas internacionales muestran unánimemente que los ciudadanos suelen otorgar a estas libertades una importancia comparable a la de las propias elecciones, considerándolas elementos esenciales para que las personas puedan participar libremente en la vida pública, expresar sus opiniones y organizarse para defender sus intereses. Esta percepción aparece reflejada en los estudios del World Values Survey[1], uno de los proyectos de investigación comparativa más amplios sobre valores y actitudes políticas en el mundo.
Una democracia auténtica requiere varios elementos fundamentales, como la participación efectiva de los ciudadanos, la igualdad del voto, el acceso a una información amplia y diversa, la posibilidad de influir en la agenda política y la inclusión de todos los adultos en la vida pública. Desde otra perspectiva, la democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta en una urna, sino también en la capacidad de la sociedad para debatir públicamente sus problemas, intercambiar argumentos y construir colectivamente sus decisiones. Hay un peligro inminente de que los sistemas democráticos se devalúen, si los ciudadanos no participan activamente, al menos, con su voto.
Un aspecto interesante que muestran las investigaciones sobre valores políticos es que, cuando se pregunta a las personas si apoyan la democracia, la respuesta suele ser mayoritariamente positiva en casi todas las regiones del mundo. Sin embargo, cuando se pregunta qué significa exactamente la democracia, las respuestas son mucho más variadas. Para algunos ciudadanos la democracia representa principalmente la libertad, para otros, la igualdad social, para otros, el bienestar económico y la protección de los servicios públicos, y para otros, la posibilidad de participar directamente en las decisiones que afectan a la comunidad. La democracia no es, por tanto, y quizás tampoco deba ser, una idea única y cerrada, sino un conjunto de valores y prácticas que cada sociedad interpreta según su historia, sus necesidades y sus experiencias colectivas.
En los medios de comunicación oímos constantemente, refiriéndose a veces a estudios académicos, que la democracia atraviesa hoy una etapa de dificultades y retrocesos en diversas partes del mundo. Algunos de sus pilares, como las libertades civiles, la confianza institucional, el pluralismo, la independencia judicial, la prensa libre y el respeto a los resultados electorales, están sometidos a una presión creciente. Esto lo vemos constantemente, por no ir más lejos, en España.
Los estudios internacionales suelen señalar varias amenazas principales, como que gobiernos elegidos democráticamente han utilizado su mayoría para reducir los controles sobre el poder, limitar la independencia de los tribunales, presionar a los medios de comunicación o modificar las reglas electorales en su beneficio. Esto de las reglas es algo que también se debate en Suecia, donde, algunos partidos proponen cambios sustanciales en la constitución, para dificultar que un partido en el poder, pueda suprimir libertades legalmente.
También se señala que, la división política intensa puede convertirse en una amenaza cuando los adversarios dejan de ser vistos como rivales legítimos y pasan a ser considerados enemigos. En esas condiciones, el diálogo democrático se sustituye por la desconfianza, la desinformación y la búsqueda de la victoria a cualquier precio. Este es el caso, a mi parecer, de la política española, tan agitada, tan bronca, que imposibilita el diálogo, sin el cual es imposible un entendimiento real, para el bien de la sociedad.
El problema de la información es importante. Internet ha ampliado enormemente la participación ciudadana, pero también ha facilitado la difusión de noticias falsas, teorías conspirativas y campañas de manipulación. El problema es la dificultad creciente para compartir una base común de hechos. Y este problema, lleva a los ciudadanos en muchas democracias, a la sensación de que los gobiernos no responden suficientemente a problemas como la desigualdad, la vivienda, la inmigración, el cambio climático o la inseguridad. De resultas de esa frustración, nacen movimientos populistas que prometen soluciones rápidas y cuestionan los mecanismos tradicionales.
Pero, a mí me parece también que una democracia necesita ciudadanos con un cierto grado de seguridad económica y social. No estoy hablando de un estado providencia caricaturado, sino de un estado que se esfuerce porque todos los habitantes, y no digo ciudadanos intencionadamente, puedan vivir con dignidad. Cuando amplios sectores sienten que el sistema solo beneficia a unos pocos, aumenta la tentación de buscar soluciones autoritarias.
Dicho todo esto, es justo reconocer que hay razones para no caer en una visión demasiado pesimista. La democracia sigue siendo el sistema político preferido por una gran mayoría de ciudadanos en muchos países, y existen numerosos ejemplos de sociedades donde las instituciones democráticas han demostrado capacidad de resistencia y renovación. El problema que yo veo, es que muchos jóvenes en los países desarrollados, jóvenes que deberían estar bien informados, han dejado de creer en la democracia. Esto lo confirman diversos estudios internacionales que muestran que la relación de los jóvenes con la democracia es compleja y, en muchos casos, ambivalente. Existe, sin duda, una creciente insatisfacción con la manera en que funcionan las instituciones democráticas actuales.
El antes citado World Values Survey ha mostrado que en numerosas regiones los jóvenes expresan una menor confianza en instituciones tradicionales como los parlamentos, los partidos políticos y los gobiernos que generaciones anteriores. Al mismo tiempo, algunos sectores juveniles muestran una mayor apertura hacia sistemas políticos alternativos cuando sienten que la democracia no es capaz de responder a sus problemas cotidianos. No se trata necesariamente de un rechazo de la democracia, sino de una crítica a su funcionamiento y a su capacidad para ofrecer soluciones. Aquí en Suecia los partidos políticos tienen serias dificultades para encontrar adeptos jóvenes, me imagino que también será el caso en España, aunque no he encontrado estudios fidedignos sobre ello.
Esta sensación de desafección de los jóvenes hacia la democracia aparece también en los estudios del Bennett Institute for Public Policy de la Universidad de Cambridge[2], que señalan que muchos jóvenes de las democracias occidentales viven una situación de frustración democrática. Las grandes preocupaciones de esta generación como el cambio climático, la desigualdad, el elevado precio de la vivienda, la precariedad laboral o la dificultad para imaginar un futuro estable, generan la impresión de que los sistemas políticos no escuchan suficientemente sus demandas.
Las encuestas del Pew Research Center[3] confirman una tendencia similar. En muchos países, jóvenes y adultos siguen considerando que la democracia es preferible a otros sistemas políticos, pero al mismo tiempo muestran una profunda insatisfacción con su funcionamiento. En algunos países, como Suecia y España, existe incluso una minoría significativa que considera aceptable la idea de un líder fuerte que pueda tomar decisiones sin depender demasiado de parlamentos, elecciones o controles institucionales. Este dato resulta preocupante porque muestra que, cuando la democracia no ofrece respuestas visibles, algunos ciudadanos pueden sentirse atraídos por soluciones más autoritarias.
El informe de International IDEA[4] sobre el estado global de la democracia ha documentado en los últimos años un retroceso democrático en distintas partes del mundo, acompañado por una disminución de la confianza ciudadana en las instituciones. Los jóvenes son un grupo especialmente crítico porque han crecido en un período marcado por grandes transformaciones, con crisis económicas, pandemia, emergencia climática, revolución digital y cambios profundos en el mercado laboral. Su experiencia vital es diferente a la de generaciones anteriores y sus expectativas respecto al futuro también.
En Europa, los estudios del European Social Survey[5] muestran que los jóvenes europeos continúan apoyando valores democráticos como los derechos humanos, la igualdad y la libertad, pero tienen menos confianza en los partidos políticos y en los gobiernos tradicionales. La conclusión que se desprende de estos estudios es que no parece que los jóvenes rechacen la democracia, pero muchos rechazan una forma concreta de democracia que consideran lenta, alejada de sus problemas y dominada por unas élites políticas incapaces de responder a los grandes desafíos del presente.
Lo que muestran estos estudios puede ser una amenaza si la frustración democrática conduce al rechazo de las instituciones, al apoyo a líderes autoritarios o a la búsqueda de soluciones simples para problemas complejos. Pero también puede ser una oportunidad de renovación, porque muchas transformaciones democráticas de la historia han surgido precisamente de generaciones jóvenes que exigían más participación, más igualdad y más justicia. Y, la gran pregunta es: ¿Cómo se podría reformar el sistema democrático para que satisfaga las necesidades de las nuevas generaciones?
Ya me gustaría a mí tener la solución de este problema, que considero crucial. Pensemos que, somos solo tres o cuatro generaciones a lo más que podemos decir que hemos vivido en una auténtica democracia, no es algo que esté dado de antemano, es algo por lo que hay que luchar cada día. Pero, volviendo a la pregunta: no existe una única manera de reformar el sistema democrático para adaptarlo a las necesidades de las nuevas generaciones, lo que hay es un conjunto de líneas de transformación que aparecen de forma recurrente en los debates actuales y en los estudios de ciencia política.
La idea central es que la democracia no puede reducirse únicamente al acto de votar cada cierto número de años, sino que debe abrirse a formas más continuas de participación, deliberación y control ciudadano. En ese sentido se proponen mecanismos como asambleas ciudadanas por sorteo, presupuestos participativos o consultas más frecuentes en cuestiones relevantes, con el objetivo de acercar la toma de decisiones a la vida cotidiana y no limitarla a las élites políticas. Aquí, nosotros hemos intentado acercarnos a esta línea introduciendo en Lund el presupuesto participativo, un proceso en el que los habitantes pueden presentar propuestas para mejorar los espacios exteriores y realizar actividades que hagan la ciudad más segura y agradable. Durante 2026 se ejecutarán 17 proyectos dentro del presupuesto participativo, con propuestas presentadas por personas individuales, asociaciones y grupos, sin límite de edad para participar. El consejo municipal ha decidido que el proyecto se convierta en permanente y que en el futuro se elabore una estadística de edad más detallada. Estos proyectos se votan online, y lo pongo como ejemplo de lo que se puede hacer para interesar a los jóvenes.
Al mismo tiempo, se plantea la necesidad de renovar los sistemas de representación, haciendo los partidos más abiertos, transparentes y permeables a la sociedad, reduciendo la percepción de estructuras cerradas y poco renovadas, e introduciendo medidas como listas más abiertas, mayor control de la financiación política o incentivos a la renovación generacional. Otro eje importante es la reducción de la desigualdad política, ya que diversos estudios señalan que las desigualdades económicas tienden a traducirse en desigualdades de influencia, lo que debilita el principio básico de igualdad democrática, y por ello se propone regular mejor la influencia de grandes intereses, mejorar el acceso equitativo a la información y garantizar condiciones más justas de participación.
A todo ello se añade el problema de la comunicación pública en la era digital, donde la desinformación y la lógica de las redes sociales pueden distorsionar el debate democrático, lo que lleva a proponer medidas de educación mediática, que a mi entender debería iniciarse cuanto antes posible en la educación infantil, mayor transparencia de los algoritmos y refuerzo del periodismo independiente sin limitar la libertad de expresión. También se insiste en la necesidad de incluir mejor a los jóvenes no solo como votantes futuros, sino como actores presentes, mediante consejos juveniles con influencia real o políticas centradas en sus principales preocupaciones como la vivienda, el empleo o el cambio climático. Junto a estas reformas institucionales aparece la idea de mejorar la eficacia del sistema, haciéndolo más capaz de responder a problemas complejos sin perder sus mecanismos de control y deliberación, lo que implica un difícil equilibrio entre rapidez y reflexión. Finalmente, ninguna reforma será suficiente sin una base cultural sólida, es decir, sin una educación cívica que fomente el pensamiento crítico, el respeto al adversario y la capacidad de debatir públicamente. Esto es lo que se esta haciendo ahora mismo en Almedalen, el próximo año, si tengo salud, me pasaré por allí.
[1] https://www.worldvaluessurvey.org/?utm_source=chatgpt.com
[2] https://www.bennettschool.cam.ac.uk/?utm_source=chatgpt.com
[3] https://www.pewresearch.org/?utm_source=chatgpt.com
[4] https://www.idea.int/?utm_source=chatgpt.com
[5] https://www.europeansocialsurvey.org/?utm_source=chatgpt.com

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