Suelo pasear por los cementerios. A esta altura de mi vida, es un poco como salir a visitar a mis amigos, ya que tengo más conocidos allí que los que aún andan por este mundo. Es ley de vida. En estos días de verano, los arboles frondosos del cementerio ofrecen sombra y frescor, y las flores y plantas en las tumbas le asemejan a un jardín botánico. Llevo unos crisantemos a la tumba de mi suegro y los planto a los pies de su lápida. Luego, durante mi paseo por este jardín, necrópolis urbana, voy parándome un poco ante las tumbas de profesores, conocidos, íntimos amigos y algún alumno, que ya encontraron el reposo eterno.

En uno de los bancos veo a una vendedora de la revista Faktum, una revista social y de reportajes que se vende en la calle por personas en situación de vulnerabilidad social, personas sin hogar, los pobres de toda la vida, que aquí sigue habiéndolos. Imagino que habrá pasado toda la mañana tratando de vender esa revista en cualquier lugar donde haya trajín de personas, la estación, alguna tienda grande de ultramarinos, alguna plaza céntrica o alguna tienda del monopolio de licores. Allí habrá ofrecido la revista, seguramente con timidez y desgana, o quizás con algo de brío e intensidad, a los que entran y salen de los comercios o simplemente pasean, como hago yo. Casi nadie les mira a los ojos, ni responde a su saludo, aún menos le compran la revista, un periódico de calle que representa una mezcla entre tres dimensiones del periodismo: informar, intervenir y transformar la realidad social.

En el modelo clásico, el periodismo se basa en observar la realidad, describirla con cierta distancia e intentar mantener la neutralidad, de modo que el periodista actúa como testigo. En Faktum ocurre algo distinto, porque el medio no solo informa sobre la pobreza, sino que crea un sistema económico que intenta paliarla parcialmente, ya que el vendedor de la calle no es únicamente objeto de reportaje, sino parte del propio modelo. En ese sentido, el periodista deja de ser solo un observador y pasa a ser también, en cierta medida, un actor social.

Además, vendiendo la revista, se evita la limosna como relación social y se propone el trabajo como alternativa dignificadora, que convierte al medio en una iniciativa con una función ética reconocida. Pero la realidad está allí, ante mí. Alguien trata de sobrevivir vendiendo una revista, que casi nadie compra. Pocos saben algo sobre la vida de estas personas, aparte de esa función de vendedores ambulantes. A pocos les importa si pasan hambre, si tienen un lugar donde dormir, si sufren, si están solos.

Pienso que se les trata un poco como a los muertos, en el sentido de que normalmente, no pensamos en ellos. Pasamos por su lado sin mirar o simulando que no vemos. ¿Será quizás por miedo? A los muertos les hemos confinado a un lugar apartado, aunque ahora esté dentro de la ciudad, que ha crecido a su alrededor. A los pobres, les hemos convertido en algo invisible, porque no queremos pensar en nuestra propia vulnerabilidad.

El miedo a la muerte es probablemente el más profundo y universal. Es un miedo al final biológico y a la desaparición del yo, la pérdida de continuidad de la conciencia. A partir de ese miedo primario se han construido muchas respuestas culturales, rituales funerarios, ideas de trascendencia o memoria, religiones.  El modo en que una sociedad trata la muerte es una forma de domesticar ese miedo, la tanatofobia, el miedo intenso a la propia muerte o al proceso de morir. A ese miedo se une la necrofobia, el miedo a los cadáveres, a los cementerios o a los objetos asociados con la muerte que, en sentido amplio también incluye la angustia ante la desaparición de los seres queridos, la incertidumbre sobre lo que ocurre después de la muerte o la conciencia de la finitud humana, la angustia existencial.

Lo mismo ocurre, creo yo, con la pobreza y la reacción que nos provoca, la aporofobia[1], Si la muerte nos recuerda nuestra finitud y los muertos rompen la continuidad de la vida, la pobreza extrema rompe la ilusión de normalidad social y de estabilidad material. Aporofobia como término, explica muy bien ese miedo (phobos) a la pobreza y al pobre en concreto, el que no tiene recursos (aporos) y no puede ofrecer nada a cambio en las relaciones sociales habituales.

El miedo lleva al desprecio y el desprecio lleva a legitimar el rechazo. Esta relación de asimetría radical entre los que nos consideramos como parte de un “nosotros” y “ellos”, los otros, nos permite suponernos superiores. El miedo es la base de toda fobia, sea homofobia, islamofobia o, en este caso, aporofobia, o cualquier otra fobia social.

Nuestra supuesta superioridad descansa en un principio de desigualdad. Esta desigualdad se sostiene en el odio hacia todo un colectivo, justificándose en discursos de odio que a veces hasta se llegan a materializar en delitos e incidentes. Miro a la mujer al pasar por su lado. Ella está ajena a todo lo que no sea su bocadillo, la mirada perdida en algún punto, pensando quizás en sus experiencias, en el futuro, en sus seres queridos. Me pregunto, como ha podido llegar a esta situación.

Nosotros, aquí en Suecia, nos habíamos quedado sin pobres. Se habían extinguido gracias a las políticas sociales que garantizaban una vida digna a todos los habitantes de un país, donde el Estado Providencia reinaba. Bueno, quedaban algunos que caían entre los pequeños orificios de la red de protección, alcohólicos pertinaces, enfermos mentales que quedaban entre medias de las medidas de seguridad social y la libertad individual. Eran muy pocos y se les veía siempre en lugares específicos. Aquí en Lund, se reunían en un banco de madera a la puerta de la galería de arte de la ciudad, cerca de la tienda del monopolio del alcohol. Ellos, casi todos hombres, pasaban allí sus días y se les dejaba estar. Solo se atrevían a preguntar por un cigarro o una corona, al transeúnte que pasaba cerca.

Pero de pronto, a partir, sobre todo, del 2007, las calles de Lund, al igual que otras muchas ciudades europeas, se vieron “invadidas” por cientos de mendigos “tradicionales”. Me refiero a que pedían limosna directamente, con la mano extendida o un vasito de plástico. Esto no se veía desde épocas muy antiguas, no porque no hubiese habido pobres, sino que las leyes prohibían la mendicidad hasta 1965, fecha en que la ley (lösdriveri lagen) contra vagos y maleantes, fue abolida.

La llegada de mendigos procedentes principalmente de Rumanía y Bulgaria a partir de los años 2000 y sobre todo a partir del 2007, fecha en que los países del este entraron en la UE, hizo que el problema de la mendicidad se hiciese visible. Las estaciones de tren, las entradas de los bancos y de los comercios de toda clase, en todo el centro de las principales ciudades, tenían siempre un mendigo vestido en harapos y pidiendo limosna, con o sin cartel explicativo, saludando a los viandantes con un “hej”. Aquí, esto nos conmocionó a los ciudadanos, acostumbrados como estábamos a contribuir con algunas monedas a las huchas del Ejercito de Salvación, como intermediario, entre la población y los desamparados que situábamos en algún confín de África.

 Se abrió un debate sobre si dar o no dar limosna al que la solicita directamente. Al principio, mucha gente bien pensante y generosa, que solía contribuir a organizaciones de auxilio y amparo, casi siempre internacionales, comenzó a echar algunas monedas en los vasitos, mientras otras las recriminaban por estar sosteniendo un sistema denigrante para la sociedad. Esto llevó a algunos municipios a intentar restringir la mendicidad en determinadas zonas. Un hito fue una sentencia del Högsta förvaltningsdomstolen (Tribunal supremo administrativo) en 2018, que confirmó que los municipios podían exigir permisos para mendigar en ciertas áreas concretas si existían razones de orden público. Ya, se ven muy pocos mendigos pidiendo limosna, y han empezado a vender la revista que mencionaba arriba.  

Cuando estuve en Bruselas, en el parlamento europeo, para acreditarme como embajador de Erasmus en el 2014, tuve la oportunidad de preguntar a parlamentarios de diferentes países sobre el problema de la mendicidad, que yo sabía que estaba extendido por toda Europa. Me decían casi todos que era un problema relacionado con la situación del colectivo romaní, muy numeroso en Romanía y Bulgaria, pero ninguno hablaba de soluciones y me parecía apreciar que se sentían molestos ante mis preguntas sobre la mendicidad.

Veamos pues algunas cifras. Según estimaciones del Consejo de Europa, en Romania viven aproximadamente 1,85 millones de romaníes, mientras que en Bulgaria residen unos 750.000. En conjunto, alrededor de 2,6 millones de personas[2]. El número de personas de etnia gitana que han emigrado a Europa occidental es, según estudios sobre migración romaní, decenas de miles, no de cientos de miles ni de millones, como algunos quieren hacer ver.  Además, la mayoría de los romaníes de Rumanía y Bulgaria nunca han mendigado ni han emigrado para hacerlo[3].

Un parlamentario sueco me dijo claramente que desde la UE se habían hecho esfuerzos para dotar a Rumanía y Bulgaria de medios dirigidos a mejorar la situación del colectivo romaní, pero que estos países no estaban interesados y devolvían los medios puestos a su disposición, según él, porque eran difíciles de hacer desaparecer en bolsillos corruptos de sus administraciones.

Cuando he intentado verificar estas informaciones, no lo he conseguido. Lo que sí he podido costatar es que, aunque los fondos existen, la evaluación de resultados es ambivalente, ya que parte del dinero ha sido efectivamente invertido en proyectos locales, pero la Comisión Europea y distintas ONG han señalado problemas graves de implementación, como burocracia, corrupción local en algunos casos, proyectos fragmentados, falta de continuidad y segregación persistente en educación y vivienda. En informes de la propia UE[4] se reconoce que los avances han sido desiguales y más lentos de lo esperado, especialmente en zonas rurales y en asentamientos segregados.

Y es que el problema no es solo de dinero, ni se resuelve únicamente mediante transferencias económicas o programas bienintencionados, porque se trata de problemas  de naturaleza estructural. En el caso de la población romaní en países como Romania o Bulgaria, lo que aparece una y otra vez en los diagnósticos de la European Commission y de la European Union Agency for Fundamental Rights es una combinación de factores que se refuerzan mutuamente y que no desaparecen con una intervención puntual.

Por un lado, existe una pobreza heredada, situaciones que no son coyunturales sino acumulativas, transmitidas de generación en generación, donde la falta de recursos no es un episodio casual, sino un estado prolongado de vida social. A ello se añade una segregación histórica, que ha situado a estas comunidades durante siglos en márgenes físicos y sociales de la sociedad, ya sea en barrios aislados, asentamientos periféricos o espacios de baja integración institucional. Esa segregación es también educativa, sanitaria y simbólica.

Todo ello se traduce en una baja movilidad social, es decir, en la dificultad real de romper el ciclo de origen y destino social. Esto lo vemos también en España y Francia, donde las oportunidades existen en teoría, pero en la práctica están condicionadas por el punto de partida. A esto se suma la discriminación en los mercados laborales y de vivienda, que actúa como un filtro constante, aunque hay acceso formal a derechos, pero siguen persistiendo barreras informales, prejuicios y mecanismos de exclusión que limitan la integración efectiva. Y, claro está, en algunos casos aparece también la falta de capacidad administrativa local, es decir, la dificultad de ciertos municipios o estructuras estatales para diseñar, gestionar o sostener políticas públicas eficaces de inclusión, por desidia o por corrupción, lo que hace que incluso los fondos europeos disponibles no siempre se traduzcan en transformaciones duraderas sobre el terreno.

Sabiendo todo eso, queda la realidad de esa mujer con sus revistas y su soledad. Me preocupa saber que la UE, que en textos y declaraciones promulga los derechos de sus ciudadanos, no consigue acabar con la discriminación de los romaníes. El texto más explícito y simbólico es la Carta de los Derechos Fundamentales, proclamada en el año 2000 y con valor jurídico vinculante desde el Tratado de Lisboa en 2009. En ella se recogen derechos civiles, políticos, sociales y económicos agrupados en grandes capítulos: dignidad, libertades, igualdad, solidaridad, ciudadanía y justicia.[5]

En estos documentos se afirma, por ejemplo, el derecho a la dignidad humana, la prohibición de la discriminación por origen étnico o social, el derecho a la libertad de circulación dentro de la Unión, el acceso a la justicia y, en determinados ámbitos, derechos sociales vinculados al trabajo, la educación y la protección social. Es decir, no se trata solo de derechos formales, sino de un intento de establecer un marco mínimo común de protección. Pero, los mendigos, o mendigos solapados, sigue ahí.

Volviendo al miedo, si el miedo a la muerte es existencial, también el miedo a la pobreza lo es, porque la pobreza es una muerte social. Por un momento, veo en la imagen de la vendedora de revistas, una encarnación de estos dos miedos, mientras sigo mi camino, pensando en estas cosas, intentando idear alguna iniciativa política, y me veo tan pequeño, tan impotente, porque sé muy bien que estas cuestiones no parecen preocupar mucho, si no se viven de manera directa. A mi entender, la solución de estos problemas, debería ser una prioridad política. Me refiero, claro está, al problema de la pobreza, el de la muerte es más difícil de resolver, aunque estamos en ello.


[1] La aporofobia es un concepto acuñado por la filósofa española Adela Cortina en los años 90 y desarrollado especialmente a partir de su obra Aporofobia, el rechazo al pobre (2017) Adela Cortina Orts, Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia,

Barcelona, Paidós, 2017, 200 pp.

[2] https://commission.europa.eu/strategy-and-policy/policies/justice-and-fundamental-rights/combatting-discrimination/roma-eu/roma-equality-inclusion-and-participation-eu-country/romania_en?utm_source=chatgpt.com

[3] https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC12174381/?utm_source=chatgpt.com

[4] https://era-europa.eu/five-years-after-the-eu-roma-framework-promises-without-progress/#:~:text=In%202020%2C%20the%20European%20Union%20adopted%20the%20EU,improving%20the%20living%20conditions%20of%20Roma%20across%20Europe.

[5] https://fra.europa.eu/es/eu-charter