Ha llegado el verano, no se puede negar, por que estamos en manos de la canícula, que esta vez parece como si quisiera abarcar toda Europa. En la canícula todo va más despacio. El calor impone su ley silenciosa y obliga a hombres, animales y plantas a economizar esfuerzos. Hasta el tiempo parece caminar con paso lento bajo el peso del verano. Me doy cuenta de que camino más lento, pero, también es cierto que mis pensamientos parecen como si fueran más profundos, o, al menos, eso es lo que me parece. La canícula no produce filósofos, pero quizá sí invite, desde hace milenios, a sentarse bajo una sombra y hacerse preguntas. Creo que hay que darle a Montesquieu algo de razón, ¿verdad?

Bueno, pues hoy voy pensando en Rufián y en Montero. A Irene Montero, la tiene como uno de sus referentes políticos mi hija menor y, aunque pertenecemos a generaciones distintas y no siempre vemos el mundo de la misma manera, puedo comprender algunas de las razones. Ve en Irene Montero a una mujer joven que se abrió camino en un espacio tradicionalmente dominado por hombres, que defendió sus ideas incluso en los momentos de mayor presión y que no renunció a sus convicciones cuando resultaba más cómodo hacerlo. Para una generación que ha crecido escuchando hablar de igualdad, de derechos y de participación política, esas cualidades poseen un evidente atractivo.

Los padres solemos descubrir con el tiempo que nuestros hijos no eligen necesariamente a sus referentes entre las mismas personas que admiramos nosotros. Cada generación busca sus propias voces y sus propios símbolos. Mi hija pertenece a un tiempo distinto al mío. Ha vivido experiencias diferentes, se enfrenta a desafíos distintos y mira la realidad desde otra perspectiva. Por eso no me sorprende que encuentre inspiración en una figura política que habla el lenguaje de su generación y aborda cuestiones que considera fundamentales para su futuro. Dicho eso, pienso rebatir algunas de sus ideas en la entrada de hoy, y lo hago a la vez que también rebato las ideas de otro joven político, Gabriel Rufián, ese joven político que rompe con muchos de los códigos habituales del parlamentarismo español, que habla de forma directa, interviene con rapidez, recurre a la ironía con frecuencia y ha hecho de las redes sociales una extensión natural de su actividad política.

La rápida ascensión de Rufián se debe al momento político en el que apareció: la crisis del sistema de partidos tradicional, la aparición de nuevas formaciones, el creciente auge del independentismo catalán y su búsqueda de nuevas voces capaces de traducir ese movimiento al lenguaje parlamentario español. Rufián no se ha limitado a ser un portavoz parlamentario de Esquerra, sino que en determinados momentos ha intentado proyectarse como una figura capaz de articular un espacio más amplio, el de la izquierda que queda a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español. Su planteamiento parte de un diagnóstico bastante claro: ese espacio está fragmentado entre distintas formaciones, sensibilidades y liderazgos, lo que reduce su capacidad de influencia política real. Eso se ve a simple vista, y es algo que la izquierda generalmente siempre a sufrido, antes incluso de que se hablase de una izquierda, pero también ocurre en la derecha.

En política comparada está ya muy demostrado que, los espacios más “extremos” o alejados del centro tienden a fragmentarse con mayor facilidad que los espacios moderados. Esto ocurre por varias razones estructurales. En primer lugar, porque en esos espacios hay a menudo una mayor intensidad ideológica. Cuando las convicciones son muy fuertes, también lo son las diferencias sobre estrategia, prioridades o pureza doctrinal. Dos actores pueden coincidir en el rechazo del sistema dominante, pero discrepar profundamente sobre cómo actuar frente a él. Esa diferencia, que en el centro puede ser secundaria, en los extremos se vuelve decisiva. En segundo lugar, porque suelen ser espacios con una fuerte presencia de liderazgos personales. Cuando no hay grandes estructuras históricas consolidadas o cuando estas están en reconstrucción, el liderazgo tiende a ser más carismático que institucional, y eso facilita escisiones, rivalidades y proyectos paralelos. En el caso español, de la izquierda a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español, esto se ha visto con claridad en la última década, con la aparición de nuevas formaciones, la evolución de Podemos, las tensiones territoriales y la coexistencia de distintos proyectos han generado un ecosistema político muy diverso y poco unificado.

Yo he dicho que en esta entrada voy a criticar el proyecto de la izquierda española, no la sueca ni la de otros países, solamente la española, porque me parece que ha olvidado algo muy concreto y necesario para poder llegar a realizar sus metas. Leyendo y releyendo sus escritos, creo poder constatar que esas metas son, en primer lugar, una reducción de la desigualdad económica, en segundo lugar, una ampliación notable de los derechos sociales, y en tercer lugar, la Igualdad de género como eje estructural de la política pública. Sumemos a ello una preocupación por el ecologismo y la transición energética, y una difícil plurinacionalidad o descentralización del estado.

Digamos que, en España, la cuestión de la plurinacionalidad y la descentralización del estado es algo que siempre ha pasado factura a cualquier proyecto de izquierda unificado. Y, aunque parezca rebuscado, encuentro en un panfleto que George Orwell escribió entre agosto y octubre de 1940, la explicación del fracaso de la izquierda española. En The Lion and the Unicorn. Socialism and the English Genius[1], Orwell critica a los que, como los intelectuales ingleses, en su caso, quieren explicarlo todo con las relaciones de producción y las contradicciones de clase, hoy también de género. Orwell critica a los ideólogos de la izquierda haberse apartado de la realidad social por empeñarse en encajar a ésta en el esquema de la lucha de clases y las contradicciones económicas entre los distintos sectores de la producción, desdeñando lo que él llamaba la “cultura común” de cada país, esa suma de valores, costumbres, creencias, ritos, prejuicios y aficiones que conforman el “carácter nacional”.

A casi un siglo de distancia, parece como si la crítica de Orwell a los intelectuales británicos de izquierda, pudiera extrapolarse a sus colegas españoles de hoy. La subestimación de factores culturales, regionales o nacionales hacen de cualquier proyecto de unificación de izquierda en España, una utopía inalcanzable. Cualquier intento de unificar a la izquierda en España para lograr sus metas naufraga en el mar de los nacionalismos. Por un lado, la izquierda española, como la británica en su día,  ha tendido a concebir la política desde categorías universalistas, como clase social, igualdad económica, derechos laborales, redistribución. Esa mirada aspira a trascender las fronteras culturales y territoriales, o al menos a relativizarlas. Pero en España esa lógica choca con una segunda fuerza persistente: los nacionalismos periféricos, por así llamarlos, que no se presentan solo como reivindicación cultural, sino también como proyectos políticos completos. Cataluña, el País Vasco o Galicia han articulado, como sabemos, tradiciones propias donde la identidad nacional compite con la identidad de clase como eje de movilización. Esto produce la fragmentación interna de la propia izquierda, que oscila entre dos impulsos difíciles de reconciliar. Uno es el centralismo igualitario (heredero de tradiciones socialistas clásicas). El otro es la alianza táctica con fuerzas nacionalistas para sumar mayorías parlamentarias, lo que introduce una dependencia estructural que condiciona cualquier proyecto común.

En ese punto, la izquierda se encuentra ante una tensión estructural. Si se mantiene fiel a su impulso centralizador e igualitario, entra en conflicto con fuerzas nacionalistas que, en muchos casos, no en todos, son también progresistas en lo social. Pero si busca alianzas con esos nacionalismos para alcanzar mayorías parlamentarias o influir en el gobierno del Estado, entonces introduce en su propio proyecto una lógica de fragmentación territorial que debilita la idea de una izquierda unificada a escala nacional.

La historia de la izquierda española está llena de intentos de síntesis: frentes, coaliciones, confluencias, plataformas. Algunas han tenido éxito electoral, otras han sido efímeras, pero casi todas han acabado tensionadas por la misma cuestión de fondo: hasta qué punto es posible articular un proyecto de transformación social común cuando las lealtades políticas fundamentales no son las mismas. En este sentido, el problema es de la propia arquitectura del Estado. España no es un espacio político homogéneo, y esa heterogeneidad no desaparece con discursos de unidad ni con programas compartidos. Tampoco se disuelve con facilidad en categorías puramente sociales. La identidad, el territorio y la memoria histórica actúan como fuerzas políticas autónomas.

Pero, si la izquierda fracasa en su intento de vertebrar un estado progresista, por olvidar la importancia de construir un imaginario simbólico compartido, cederán ese espacio a la derecha y muy especialmente a la ultra derecha. No entender la fuerza de estos vínculos, que existen en Inglaterra y Suecia, pese a las enormes disparidades de riqueza, poder y educación, es subestimar un factor que tiene consecuencias decisivas en la vida política y el funcionamiento social. Orwell reprochaba a la intelligentsia socialista avergonzarse de la cultura nacional y despreciarla o negarla en nombre de un internacionalismo que una gran parte de la sociedad no acepta.

Ahí están las batallas de la izquierda española que han nutrido de votos a la derecha. Cuestiones identitarias, toros, legislación de género etc. y, sobre todo, la política territorial. En la política territorial española hay una serie de episodios en los que las iniciativas o la gestión de gobiernos de izquierda, o de coaliciones en las que la izquierda ha tenido un papel central, han acabado teniendo un efecto político indirecto que ha fortalecido a la derecha. No porque el contenido inicial fuera necesariamente conservador o progresista en sí mismo, sino porque el conflicto territorial se ha convertido en un potente generador de identidad política y de movilización.

Uno de los casos más significativos es el del Estatut de Cataluña entre 2006 y 2010. Impulsado durante un gobierno socialista en el Estado y con fuerte apoyo del catalanismo de izquierdas en Cataluña, el nuevo estatuto pretendía ampliar y actualizar el autogobierno dentro del marco constitucional. Sin embargo, el proceso de negociación, su aprobación y, sobre todo, su posterior recorte por el Tribunal Constitucional en 2010, generaron una profunda sensación de frustración política en amplios sectores catalanes y, al mismo tiempo, una reacción de inquietud en el resto de España. En Cataluña, ese proceso alimentó el crecimiento del independentismo como fuerza política central; en el conjunto del Estado, reforzó la percepción de que el modelo autonómico había entrado en crisis. Esa doble dinámica acabó favoreciendo a las fuerzas que defendían posiciones más centralistas o de orden constitucional, especialmente en la derecha.

El segundo gran momento es el proceso independentista catalán que se intensifica a partir de 2012 y culmina en el referéndum de 2017. Aunque es un fenómeno complejo y multicausal, su gestión institucional, con gobiernos de distinto signo en Madrid, incluyendo ejecutivos socialistas en etapas clave, contribuyó a la escalada del conflicto. La secuencia de declaraciones soberanistas, la convocatoria del referéndum ilegal según el marco constitucional, y la respuesta del Estado en forma de aplicación del artículo 155 y actuaciones judiciales, produjeron una fuerte polarización territorial. Este tipo de crisis activa de forma muy eficaz el voto en torno a la unidad del Estado. En buena parte del territorio español, especialmente fuera de Cataluña, se reforzó un discurso de firmeza constitucional que benefició electoralmente a la derecha y, más recientemente, también a la derecha más dura.

Un elemento importante en estos procesos es su encuadre político. La izquierda suele abordar la cuestión territorial desde una lógica de diálogo, reconocimiento de la pluralidad y búsqueda de soluciones federales o pactadas. La derecha, en cambio, tiende a enmarcarla en términos de unidad nacional, legalidad y autoridad del Estado. En momentos de tensión, este segundo encuadre suele resultar más eficaz para movilizar emocionalmente al electorado en el conjunto de España, incluso más allá de los territorios directamente implicados.

Además, los conflictos territoriales tienen un efecto añadido, pues tienden a cohesionar emocionalmente el bloque conservador. Mientras la izquierda suele dividirse entre sensibilidades distintas, federalistas, autonomistas, centralistas, la derecha se agrupa con mayor facilidad en torno a la idea de unidad nacional. Esa asimetría refuerza su capacidad de reacción en contextos de crisis territorial.

En conjunto, la política territorial en España no solo redistribuye competencias o poder institucional, sino que actúa como un potente generador de identidad política. Y cuando esa identidad se polariza, los conflictos que pueden nacer de intenciones reformistas o de gestión institucional acaban produciendo, de manera indirecta, un reforzamiento electoral de las posiciones conservadoras.

Volviendo a Orwell, él escribe ese ensayo en plena guerra, con una idea central muy simple pero potente: si la izquierda británica quiere sobrevivir políticamente y transformar el país, no puede despreciar el patriotismo, es preciso que lo entienda y que se lo dispute a la derecha. Su tesis no es nacionalista en sentido clásico, sino estratégica y cultural, el patriotismo es una fuerza real, emocional, profundamente arraigada en la clase trabajadora inglesa, y abandonarlo es dejarlo en manos de la derecha.

En este tiempo de campeonato del mundo, se puede ver fácilmente como funciona esta fuerza unificadora. Pónganse señorías una camiseta de la selección y verán como ese acto supuestamente banal, es más unificador que el conjunto de declaraciones de todos los representantes de la izquierda, incluidos Rufián y Montero. Las camisetas amarillas de la selección sueca funcionan así, aunque más de la mitad de los jugadores de la selección provienen de otros países.

Ya sé que muchos pensaréis que he pasado demasiado tiempo al sol. Tenéis razón en que España y su composición nacional es “diferente” por emular aquella campaña promovida por el Ministerio de Información y Turismo en tiempos de Manuel Fraga. Eso no quita que la observación que hizo Orwell en su día, referente a la izquierda británica, no sea aplicable a la izquierda española contemporánea. Yo, simplemente, me permito recordárselo a Rufián y a Montero, con todo respeto por sus fines políticos. Porque, no se puede negar que todos los habitantes del territorio del estado español tienen una base muy amplia de elementos compartidos, como una historia política entrelazada desde la Edad Moderna, instituciones estatales comunes, la monarquía, la administración y el sistema educativo, un marco jurídico y constitucional compartido, una fuerte interpenetración económica y social entre territorios y, en gran medida, una cultura contemporánea común, con medios de comunicación compartidos, el castellano como lengua vehicular general y una elevada movilidad interna de la población. Continuará cuando pase el calor.


[1] https://www.george-orwell.org/The_Lion_and_the_Unicorn:_Socialism_And_The_English_Genius/0.html