Ya era yo padre de dos hijos, cuando mi madre, un día de lluvia, que estábamos todos en casa esperando a que escampase, sacó una caja de cartón de alguno de sus baúles o armarios y la puso sobre la mesa, diciendo: “A ver si te acuerdas”. Nos quedamos todos mirando la caja extrañados y mis pequeños me miraban, esperando a que yo me decidiese a abrirla. Al fin, abrí la caja con la ceremonia que intuí se precisaba y me dio un vuelco el corazón cuando descubrí su contenido: ¡eran mis antiguos juguetes!

Era poca cosa: una amazona sujetando un fusil sobre su cabeza, como andando entre yerba y juncos, un diminuto conejito humanizado, vestido con un pantalón rojo y una camisa azul, dos caballos, el uno blanco y el otro negro, con monturas los dos y dos soldados americanos, seguramente de la séptima de caballería preparados para montar, dos coches de metal, una peonza, unas cuantas chapas preparadas con jabón, con el rostro de algún futbolista conocido, sacado de los cromos. Estos futbolistas se convertían en ciclistas, según fuese el juego. No faltaba la bolsa de canicas, aunque quedaban pocas, comparado con sus mejores tiempos, en los que estaba llena a rebosar.

Poca cosa, pero en mis recuerdos, la amazona podía pasar, en cuestión de minutos, de perseguir bandidos a cruzar una selva infestada de fieras. Los dos soldados, seguramente oficiales yankis a juzgar por sus uniformes, montaban indistintamente el caballo blanco o el negro, defendían un fuerte imaginario o exploraban territorios desconocidos. El pequeño conejo dejaba de ser un conejo para convertirse en un compañero de aventuras, en un viajero o en un personaje de cualquier historia que se me ocurriera. Este conejo me acompañaba siempre en el bolsillo y, saberlo allí o tocarle con mis deditos, me daba confianza ante cualquier contratiempo.

Los coches de metal recorrían carreteras dibujadas en la tierra con un palo. Las piedras eran montañas; un charco se transformaba en un lago; una tabla apoyada sobre un ladrillo hacía las veces de puente. No necesitábamos mucho más. Con las chapas organizábamos vueltas ciclistas sobre un circuito trazado en el suelo, las empujábamos con un dedo intentando tomar las curvas sin salirnos del recorrido. Cada chapa representaba a un corredor famoso, y cada carrera tenía su propio vencedor.

La peonza era un desafío de habilidad. Había que enrollar bien la cuerda, lanzarla con decisión y conseguir que bailara el mayor tiempo posible. Quien dominaba la peonza despertaba la admiración de los demás. Los dados servían para inventar juegos cuyas reglas cambiaban según el día y según los jugadores. Y la pelota de frontón era, probablemente, el juguete más versátil de todos. Servía para jugar contra una pared, para improvisar un partido en la calle o para cualquier juego que exigiera una pelota.

No recuerdo haber sentido que me faltaran juguetes. Lo que nunca nos faltó fue imaginación. Cada objeto tenía muchas vidas posibles y ningún adulto necesitaba explicarnos cómo jugar con él. Éramos nosotros quienes inventábamos las reglas, construíamos los escenarios y convertíamos un puñado de juguetes modestos en un universo sin límites. Con dos pinzas de la ropa de madera, combinándolas de manera que el mecanismo de cierre de una de ellas funcionase como gatillo, hacíamos pistolas, que igual servían como cañones, según fuese el juego. Barquitos de papel y aviones construíamos con cualquier periódico o revista que nos viniese a mano. Mis hijos me miraban en silencio, con rostros un poco decepcionados, como pensando, qué pocos juguetes tenía su padre. Pero yo estaba ensimismado en mis recuerdos, ¡tantos recuerdos con esos juguetes!

Hoy los juguetes son mucho más sofisticados. Nosotros, en cambio, teníamos que fabricar con la imaginación todo aquello que el juguete no traía incorporado. Por eso, cuando recuerdo mi infancia, no pienso tanto en los juguetes que tuve como en los mundos que fui capaz de crear con ellos. Como niño que creció solo, tuve que inventarme un mundo propio, con mis reglas y mis secretos. Claro que, como juguetes no cuento los juegos de mesa: el ajedrez, el parchís, las cartas o el dominó, ni aquellos fantásticos Juegos Reunidos de Geyper, que eran mi gran tesoro, sobre todo en las tardes frías y lluviosas de invierno.

Mi madre guardó aquellos diminutos juguetes que ella sabía eran importantes para mí. Se veía que disfrutaba viendo como yo recordaba mi niñez al abrir la cajita. Fue un momento para el recuerdo, que solo yo podía disfrutar plenamente. Los demás esperaban solamente que escampara para salir a disfrutar del resto de la tarde. El conejito me acompaño en el bolsillo esa tarde, la amazona, los jinetes y los demás juguetes se quedaron para siempre en la cajita.