Encuentro en el Periódico de Cataluña una noticia que me da qué pensar. Es una noticia así como de pasada. En un parque de L´Hospitalet, para más gracia denominado “el Parque de los pajaritos”, El cuerpo de Agentes Rurales i la Guardia Urbana de L´Hospitalet de Llobregat han realizado un operativo conjunto y, como dice la noticia: “han intervenido 263 pájaros de especies protegidas y exóticas”. A consecuencia de esa acción se ha detenido a 13 personas por venta y exhibición de especies salvajes autóctonas. En la operación, se han decomisado 46 jilgueros, 13 pardillos, cuatro verdecillos, tres verdumbres, un pinzón y dos perdices que se han trasladado al Centro de Recuperación de Fauna de Torreferrussa, más 194 pájaros de especies exóticas e invasoras, canarios, loros, cotorras y agapornis, que se han llevado a las instalaciones de una entidad protectora.
Hasta aquí una noticia más sobre actuaciones policiacas en L´Hospitalet. Pero, a mi me hace pensar en por qué nos empeñamos en proteger algunos animales, mientras a otros los mantenemos en el más estricto cautiverio. Será por una cuestión de utilidad, digo yo. Porque desde hace miles de años hemos domesticado especies como vacas, ovejas, gallinas, perros y caballos que nos proporcionaban alimento, trabajo o compañía.
Muchas especies, parece que algunos zoólogos están de acuerdo en constatar, no pueden adaptarse a la vida en cautividad sin sufrir gravemente. Un lobo, un elefante o una orca conservan comportamientos y necesidades que requieren enormes territorios o complejas relaciones sociales. Por ello, hoy existe una creciente convicción de que deben vivir libres siempre que sea posible.
Luego está, digo yo, nuestra percepción emocional. No solemos sentir lo mismo por un perro que por un cerdo, aunque ambos sean inteligentes. Tampoco por un águila que por una gallina. Estas diferencias responden más a la cultura y a la educación que a criterios científicos. Yo he tenido una gallina “de compañía” a la que le di el nombre de Rubi, por su plumaje marrón amarillento, diría yo ámbar. Y ella me conocía, y venía corriendo hacia mí, cuando yo me acercaba al gallinero. También tuve un jilguero (o muchos) que al parecer vivió muchos años, aunque posiblemente fue remplazado por otros iguales, para que yo no tuviese pena por su muerte. Mi madre era así.
Pero, parece ser que, en las últimas décadas la ciencia ha descubierto que muchos animales poseen capacidades cognitivas y emocionales mucho más complejas de lo que se creía. Esto ha impulsado leyes que reconocen un mayor nivel de protección para ciertas especies, especialmente los grandes simios, los cetáceos y los elefantes, y los jilgueros.
Desde un punto de vista filosófico, la cuestión es, si cabe, aún más profunda. ¿Qué significa ser libre para un animal? Un gorrión necesita volar; un salmón necesita remontar los ríos; un lobo necesita recorrer decenas de kilómetros con su manada. La libertad no es una abstracción, sino la posibilidad de desarrollar los comportamientos propios de su especie. Pero, entonces olvidamos que la naturaleza tampoco es un reino de libertad absoluta. Todos los animales viven condicionados por la búsqueda de alimento, los depredadores, las enfermedades y el clima. Cuando hablamos de “derecho a la libertad”, nos referimos a que los seres humanos no deberíamos privarlos innecesariamente de la posibilidad de vivir conforme a su naturaleza. Pero, la pregunta que me hice ante la noticia, dice en el fondo más sobre nosotros que sobre los animales. Nos obliga a preguntarnos con qué criterio decidimos que un canario pertenece a una jaula, un caballo a un establo, una vaca a un prado cercado y un águila al cielo. Esas decisiones no las dicta la biología por sí sola; son el resultado de nuestra historia, nuestras necesidades económicas, nuestras tradiciones y nuestra evolución moral. Quizá la tendencia de nuestro tiempo sea avanzar hacia un principio más general, que implica que, cuanto mayor es la capacidad de un animal para sentir, sufrir y desarrollar una vida propia, mayor es nuestra responsabilidad de respetar su libertad o, cuando no sea posible, de limitarla solo por razones verdaderamente justificadas.
Yo quiero pensar que “mi” Chispi y “mi” Rubi eran felices conmigo. También mi caballo Canelo, que me enseño a ver la naturaleza con otros ojos, que me enseño respeto e instinto de cooperación, entre el humano y la bestia. A los cerditos no les tomaba cariño, porque sabía cual era su fin. Los conejos y las liebres disfrutaban su libertad pero, a veces, los traía mi tío, ya muertos, y yo me escondía para no ver como se les despellejaba en la cocina.
Aunque soy vegetariano, todavía me avergüenzo ante la mirada de una vaca. No porque crea que la vaca me juzga, sino porque soy yo quien se siente juzgado por su propia conciencia. Elegí ser vegetariano para disminuir una contradicción que llevaba dentro. No es que yo pretendiera alcanzar la pureza moral, porque esa probablemente no existe, pero quería vivir con una incoherencia menos. Sin embargo, la mirada de un animal sacrificable sigue recordándome que, mi relación con el resto de los seres vivos no deja de ser una cuestión abierta.
Muchos escritores y filósofos han descrito algo parecido, el momento en que la mirada de un animal deja de ser la de un objeto y se convierte en la de un individuo. Leo Tolstoy relacionó el vegetarianismo con una aspiración a reducir el daño causado a otros seres. Albert Schweitzer desarrolló la idea de la “reverencia por la vida”, según la cual toda vida merece consideración. Y Jacques Derrida escribió páginas muy conocidas sobre la experiencia de sentirse observado por un animal y cómo esa mirada cuestiona la supuesta superioridad humana. Es la ambigüedad que es parte de la condición humana. Vivimos gracias a otros seres vivos, sean animales o plantas, y ninguna elección nos sitúa completamente fuera de esa realidad. Ser vegetariano es una forma de reducir el sufrimiento que considero evitable, pero no elimina todas las preguntas éticas. Más bien, las hace más visibles.
No me hago ilusiones. Sé que la vida se alimenta de la vida. Ningún ser vivo permanece completamente al margen de esa ley. Incluso los que hemos renunciado a comer carne dependemos de organismos vivos para subsistir. La naturaleza no conoce la inocencia absoluta. Sin embargo, entre aceptar esa realidad y aumentar innecesariamente el sufrimiento existe un espacio donde la conciencia puede actuar, porque, la ética no consista en eliminar todas nuestras contradicciones, sino en no dejar de interrogarlas. Me inquietan más quienes nunca dudan que quienes viven acompañados por sus preguntas. La duda es una forma de respeto, la indiferencia, en cambio, suele ser el primer paso hacia la justificación de cualquier conducta.
No espero que todos compartan mi decisión de ser vegetariano. Tampoco creo que esa elección convierta a nadie en mejor persona. Cada cual convive con sus propias convicciones y con sus propios límites. Lo único que desearía es que, antes de decidir sobre la vida de otros seres, fuéramos capaces de mirarlos durante un instante, sin prejuicios, y sin prisa, porque, tal vez entonces comprenderíamos que la grandeza del ser humano no reside en el poder que tiene sobre los demás seres vivos, sino en la capacidad de preguntarse qué uso hace de ese poder. Y quizá descubriríamos que la verdadera superioridad consiste en ejercer la compasión cuando podríamos elegir la indiferencia.
Busco en la Biblia, y aquí aparecen dos ideas que conviven y, en ocasiones, parecen estar en tensión. La primera es el dominio. En el Libro del Génesis se dice:
“Fructificad y multiplicaos… y dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todo ser viviente.”
Durante siglos este pasaje se interpretó como una autorización para que el ser humano utilizara la naturaleza y los animales. Pero hay otra lectura, igualmente bíblica, que habla de custodia. Poco después, el mismo Génesis afirma que Dios puso al ser humano en el jardín “para cultivarlo y guardarlo”. El verbo “guardar” sugiere proteger y cuidar, no explotar sin límites.
También el Corán comparte la idea de que Dios creó los animales para beneficio del ser humano, pero insiste también en que pertenecen a Dios y poseen un valor propio. Hay un versículo especialmente llamativo:
“No hay criatura que camine sobre la tierra ni ave que vuele con sus alas que no formen comunidades como vosotros.”
Esta idea reconoce que los animales constituyen sociedades con una existencia propia. En los dichos atribuidos a Mahoma (los hadices) van aún más lejos. En ellos se cuenta que una mujer fue condenada por dejar morir de hambre a un gato encerrado, mientras que un hombre recibió el perdón de Dios por dar agua a un perro sediento.
La noticia de L’Hospitalet me hizo pensar que la libertad de un ave encerrada en una jaula nos conmueve porque la prisión resulta visible. La jaula es un símbolo poderoso. Parece tan lógico, que no se comprende cómo ha podido estar permitido mantener a un pájaro en jaula. Pienso de pronto en la costumbre que existe en Tailandia de cazar pajarillos y meterlos en jaulas, para luego venderlos a los que quieren mejorar su karma haciendo una buena obra, dejándolos escapar. Pero, no estoy escribiendo estas líneas para condenar a nadie, ni ridiculizar costumbres. Tampoco para presentar mi elección como un ejemplo. Sé que la vida se alimenta de la vida y que ningún ser humano puede vivir sin dejar una huella sobre otros seres vivos. La cuestión no es alcanzar una imposible inocencia, sino preguntarnos si somos capaces de reducir el sufrimiento que depende de nuestras decisiones.
A lo mejor es que, la conciencia no es otra cosa que esa capacidad de dejarse interpelar por aquello que hasta ayer parecía normal. Hoy ha sido la noticia sobre unas aves salvajes. Ayer fue la mirada tranquila de una vaca. Mañana será cualquier otra circunstancia que vuelva a recordarme que la superioridad del ser humano no debería medirse por el poder que ejerce sobre los demás seres vivos, sino por la responsabilidad con la que decide utilizarlo.
Tal vez yo no consiga jamás resolver del todo esa contradicción. Pero tampoco deseo dejar de sentirla. Hay preguntas que no las hago para encontrar una respuesta definitiva, sino para impedir que mi conciencia se adormezca. Mientras una simple noticia o la mirada silenciosa de un animal sigan siendo capaces de inquietarme, pensaré que todavía conservo la capacidad de preguntarme qué significa, realmente, ser humano.

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