Ayer fue un día bastante normal de verano en Lund. Parece que la ola de calor nos ha abandonado, por ahora, y se aleja hacia el este, nos han contado. Pasé casi todo el día bregando en el jardín, cuidando mi rosal y cortando el césped. Todo eso lo hago con mucha tranquilidad y casi siempre termino antes de lo que creía. Como presidente de la junta de dirección de nuestra asociación de vecinos, había llamado a una reunión a un grupo de vecinos expertos, duchos o interesados en todo lo que se refiere al agua, ese elemento tan básico sin el cual no hay jardín que florezca ni vida posible, y que, últimamente nos está dando algún problema en nuestra querida ciudad jardín.

Como habréis visto en las fotos, en nuestro pequeño oasis todo está verde, bueno, estaba muy verde y ahora, tras la sequía, lo está un poco menos. No es que el Sahara se esté expandiendo hasta nuestras parcelas, pero llevamos muchos días sin lluvia y, visto desde una perspectiva anual, hemos tenido muy pocas precipitaciones, para estar donde estamos. La cosa se ha puesto tan fea, que el municipio ha decidido prohibir el regadío de todo lo que no sea comestibele, cosa que agradecen mis tomates y mis zanahorias, pero que detestan mis rosas y mis dalias y todas mis flores en general, claro está.

Como si no tuviéramos pocos problemas, ahora se han empezado a detectar fugas de agua en diferentes puntos, ya que las instalaciones tienen casi tantos años como yo, y las tuberías están en peor condición que las arterias de un servidor, con pocas posibilidades de mejorarlo sin soluciones invasivas. Llamé, por tanto, a un grupo de “doctores”, para que me ayudasen a hacer un buen diagnóstico de la situación, para encontrarnos en mi jardín a las seis de la tarde.

Vinieron dos, una joven ingeniera y un veterano, también ingeniero, oriundo de California, por lo que mantuvimos nuestra reunión en inglés. Revisamos la cuestión, repartimos las responsabilidades y los quehaceres entre nosotros, y decidimos emplearnos a fondo en la cuestión, averiguando todo lo referente a la instalación antigua y los derechos que tenemos frente al municipio, en cuanto a los gastos ocasionados por las obras.

Entre las cuatro de la tarde, hora en que yo deje las labores de jardinería, hasta las seis, me quedaba un buen rato libre. Como acostumbro, entré en la casita y me dirigí directamente a la pequeña biblioteca que he ido acomodando y que, según mi mala costumbre, crece y crece, a costa de cualquier intento de decoración que puedan intentar mi compañera o su madre. Casi sin mirar, saqué un libro, medio al azar, era El Tambor de Ojalata, de Günter Grass. Lo había leído en los 70 y releído el 99, cuando le dieron el premio Nobel, pero, abrir el libro y quedar prendado de cada renglón, fue todo uno.

Debe de ser, porque, recientemente he estado viendo la serie Babylon Berlín. La serie me ha devuelto los colores, los sonidos y la atmósfera de la Alemania de entreguerras, y Grass aporta ahora la profundidad literaria y moral de ese mismo mundo. Siempre se dice que los grandes libros soportan el paso del tiempo. Creo que la frase es cierta, aunque incompleta. Lo que realmente soportan es el paso de nuestra propia vida. Esperan pacientemente en una estantería hasta que, un día, los abrimos de nuevo. Entonces descubrimos lo que de verdad nos sorprende es nuestra propia transformación.

En mi juventud leía para conocer el mundo. Hoy leo para comprenderlo. Antes me interesaba sobre todo el argumento, pero ahora me detengo en los silencios, en las contradicciones, en aquello que el autor apenas insinúa. Es, creo yo, una cuestión de experiencia, para bien y para mal.

Mientras leo, pienso también en una conversación con mi amigo Xavier. Me decía: “Yo, lector, soy también el protagonista del texto”. Admito que la afirmación contiene una profunda verdad. El autor escribe el libro, pero el lector lo termina. Cada uno aporta su memoria, sus lecturas anteriores, sus alegrías y sus pérdidas. Dos personas no leen el mismo libro. Ni siquiera una misma persona lee dos veces el mismo libro. Entre una lectura y otra han pasado años, quizá décadas, y el verdadero cambio no está en las páginas, sino en quien las sostiene entre las manos. Como yo ahora, con este libro releído, que disfruto como si fuera la primera vez que lo leo.

Esta experiencia me refuerza en mi talante conservador. Esta es la razón por la que nunca deberíamos desprendernos de un buen libro. Hay libros que aún no hemos leído de verdad. Solo hemos esperado el momento en que la vida nos enseñe a comprenderlos. Este es el momento para releer a Grass.