¿Sabíais que el magnate de la tecnología digital Bill Gates, prometió en Madrid, ante la Real Academia de La Lengua, no morirse antes de acabar con el papel y por consiguiente, con los libros tradicionales? Lo hizo pensando en la ecología, dijo, pero muchos se quedaron boquiabiertos, incrédulos. Pero, ahí siguen, los libros, sin señas de desaparecer.
Algunos se empeñan en pensar que la literatura precisa de los libros de papel para su difusión. Yo no lo creo, aunque amo los libros, hasta el punto de no querer deshacerme de ninguno de los libros que tengo. Qué se lo digan a mi compañera, que, aunque también ama los libros, no comprende porque yo dejo que estos acoten nuestro espacio vital.
Bill Gates pensaba hace un cuarto de siglo que nos acostumbraremos a leer en nuestros ordenadores, y todos los demás aparatos que usamos para comunicarnos con el mundo. Pero, obstinadamente, los libros de papel siguen teniendo un lugar muy sólido en la literatura, la educación y la lectura profunda. Yo creo que es porque los libros de papel ofrecen una experiencia distinta, más continua y menos fragmentada, además de no depender de pantallas ni de tecnología. Al mismo tiempo, eso sí, el formato digital ha cambiado profundamente la manera de acceder a los textos, con una difusión mucho más amplia, inmediata y global del conocimiento, aunque a veces favorezca una lectura más dispersa.
En mi caso, el acceso inmediato a millones de textos, la capacidad de búsqueda, archivo y difusión global, hacen de la digitalización una alternativa de la lectura convencional. Lectura quizás fragmentada, pero también más asequible en términos de acceso. Yo me muevo por esa inagotable biblioteca universal con la misma confianza que lo hago por mis queridas bibliotecas de Lund, Barcelona o Madrid. Algo que ha cambiado, es el diálogo con el bibliotecario o la bibliotecaria de turno, lo echo a veces, pero no siempre, de menos, como también echo de menos las pausas en la cafetería y las conversaciones con otros lectores.
Ahora, las conversaciones las mantengo con mis lectores digitales. A veces me vienen reseñas y comentarios de China, Estados Unidos, Kazajstán, España o Suecia. Nuestras conversaciones son muy parecidas a aquellas que yo puedo entablar en La Biblioteca Nacional de Madrid o en la UB de Lund, solo que muchas veces con la ayuda de traducciones automáticas, pero, es igual, el sentido de las conversaciones no varía. Yo escribo en español, en el castellano que se habla en Tudela o en Madrid, la lengua con la que aprendí a pensar, a dar nombres propios a mi entorno, y con la que inventé o copié mis primeras palabras de amor. Escribo en castellano a estas alturas de mi vida, como un acto de pedir perdón a esa lengua que he tenido relegada a un segundo plano, queriendo practicar una inmersión lo más completa posible, en mi nuevo mundo escandinavo. Es más de medio siglo aferrado al sueco en lectura, escritura y en relaciones personales.
Soy un poco políglota, en el sentido de que hablo algunas lenguas y que, en unas pocas, he penetrado tanto en su entramado interior, que creo sentir las sensaciones que las palabras y sus entonaciones originan en el interlocutor. El políglota colecciona vidas. Sabe que cada lengua abre una ventana a una cultura, a una historia y a una sensibilidad diferentes. Hablar varias lenguas no consiste solo en disponer de más palabras, sino en aprender a mirar el mundo con ojos distintos. Me pasa aún con idiomas que solo “domino” de forma pasiva. Salgo a la calle en un país lejano, cuyo idioma conozco, y experimento una sensación parecida al que se echa al mar a nadar. Sé que avanzo en un elemento extraño, pero voy avanzando porque puedo “nadar” en esa trama de voces y de signos, del tejido de palabras que envuelve la ciudad.
Y si esa es mi relación con las lenguas “vivas” ¿Qué relación tengo yo con las lenguas muertas? Nunca he entendido por qué llamamos lenguas muertas al latín, al griego clásico o al sánscrito. Muertas están las lenguas que ya no tienen nada que decirnos. Estas, en cambio, siguen hablando todos los días a quien está dispuesto a escucharlas.
Mi relación con ellas nunca ha sido utilitaria. No las aprendí para pedir un café, comprar un billete de tren o preguntar una dirección. Las aprendí porque quería conversar con personas que ya no existen. Quería leer a sus autores sin intérpretes, escuchar su voz sin el filtro de la traducción, acercarme lo más posible a su forma de pensar. Confieso que estoy mintiendo. El latín me vino impuesto por el sistema escolar. Don Luis, mi primer profesor de latín era, lo que se puede decir un hueso, y un hueso duro de roer. ¡Pobre del que fallara en alguna declinación! Pero, de alguna manera, fui sacándole el gusto a los textos y también aprendí a nadar entre citas y cartas, por las calles de Roma.
Cada lengua abre una puerta a una manera distinta de comprender el mundo. Las lenguas vivas nos permiten viajar por el espacio actual o histórico; las lenguas muertas nos permiten viajar por el tiempo. Gracias a ellas he podido sentarme, simbólicamente, junto a un filósofo ateniense, un senador romano o un monje medieval. No han dejado de existir mientras alguien siga siendo capaz de leer las palabras que escribieron. Nunca he sentido que estudiaba un idioma muerto. Siempre he tenido la impresión de que estaba despertando voces dormidas desde hacía siglos.
Tuve hace mucho tiempo un alumno, Ola Wikander[1], que conversaba conmigo en latín. Ahora este joven es uno de los mayores expertos en lenguas antiguas y textos del Oriente Próximo. Wikander trabaja con el hebreo bíblico, el acadio y el ugarítico, lenguas que ya no se hablan en las calles, pero que siguen habitadas por voces antiguas que todavía pueden escucharse si uno sabe descifrarlas. En ese sentido, su labor sigue la idea de que una lengua es un espacio donde siguen viviendo pensamientos, miedos, plegarias y relatos de personas desaparecidas hace miles de años. Cuando salió de imprenta su primer libro de gran divulgación “En la compañía de lenguas muertas”, en 2006, le invité a mi instituto a que diese una charla dentro del ciclo de conferencias “LUX”, y resultó ser una gran revelación.
Y yo, ¿para qué escribo? Escribo para dar forma a lo que vivo y a lo que pienso, para que la experiencia no se disuelva en el ruido de lo inmediato. No escribo solo para contar lo que ocurre, sino para entender lo que significa. Escribo también para detenerme en lo que suele pasar desapercibido: el silencio, una palabra, una ciudad, una lectura, una memoria. Para descubrir que en esas cosas pequeñas se esconden preguntas más grandes sobre lo que somos.
Escribo seguramente y sin pensarlo para prolongar aquello que me importa. Los libros, las lenguas, la historia, las voces del pasado. Como si al escribir pudiera mantener una conversación con lo que no quiero que desaparezca. Y quizá escribo, sobre todo, para resistir la prisa y la superficialidad. Para no aceptar que todo se reduzca a lo inmediato y lo evidente. Escribo, en el fondo, para seguir pensando.
Se equivocó Bill Gates cuando anunció la inminente desaparición del libro de papel. El libro ha resistido, con una forma obstinada de permanencia que ninguna tecnología logra sustituir del todo. Pero, al mismo tiempo, la digitalización ha abierto algo que antes era impensable: un acceso casi infinito a bibliotecas de todo el mundo, que ahora nos esperan en silencio, disponibles desde cualquier lugar. No ha desaparecido el libro, al contrario, se ha multiplicado su acceso. Mientras el objeto físico conserva su peso, su olor y su lentitud, el mundo digital ha convertido la lectura en un territorio sin fronteras, donde todas las bibliotecas parecen estar a un solo clic de distancia.

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