Sabemos que ya nuestros antepasados, hace miles de años, estaban muy interesados en saber que es lo que iba a ocurrir en el futuro. La futurología, entendida en sentido amplio como el intento de imaginar, prever o influir en lo que todavía no ha sucedido, es probablemente tan antigua como la propia humanidad. De hecho, podría decirse que la capacidad de pensar en el futuro fue una de las grandes ventajas evolutivas de nuestros antepasados. La futurología es, por tanto, algo a lo que todos nos dedicamos, aunque no lo admitamos directamente.

Yo no soy una excepción, en ese sentido. Confieso que me preocupa el futuro por muchas razones. Como soy un hombre medianamente moderno, no me dedico a estudiar los astros en busca de signos, ni tampoco las entrañas de animales sacrificados ni esas cosas que se hacían en tiempos remotos. Yo observo a mi manera las tendencias actuales para deducir que futuros podrían derivarse de ellas. Como no tengo otra cosa que hacer esta mañana, mientras espero la hora de ir a escuchar buena música en un concierto, os voy a contar lo que pienso sobre el futuro en general y el de la política en especial.

Yo veo el momento actual como una época de transición profunda, quizá comparable, por sus consecuencias, a la industrialización. Y sospecho que la política del futuro tendrá que responder a cambios que los partidos actuales todavía no saben manejar bien.

La primera gran transformación será la tecnológica. La inteligencia artificial va a cambiar el trabajo, la educación, la administración y probablemente buena parte de la economía. No creo que desaparezca todo el trabajo, es obvio, pero sí que muchas tareas que hoy justifican empleos enteros podrán realizarse con mucha menos intervención humana. La gran pregunta política será entonces: ¿cómo se financia una sociedad en la que la producción puede aumentar mientras disminuye la necesidad de trabajo humano?

Ahí creo que tendremos que revisar algunas ideas fiscales, como repasé el otro día. Si el trabajo pierde peso en la creación de riqueza, quizá no tenga mucho sentido que el Estado siga financiándose principalmente mediante impuestos sobre el trabajo. Habrá que gravar más la producción, el capital, los beneficios extraordinarios o el uso de determinados recursos, porque la estructura económica habrá cambiado. Es una discusión que recuerda, en cierto modo, a lo que ocurrió durante la industrialización: las viejas formas de organización social dejaron de servir y hubo que inventar otras.

También creo que la política tendrá que abandonar, al menos parcialmente, la lógica de la guerra cultural permanente. Hoy muchos partidos prosperan presentando cada asunto como una batalla existencial: inmigración contra multiculturalismo, campo contra ecologismo, ciudad contra periferia, tradición contra modernidad, nación contra globalización. Es una política muy eficaz para movilizar emociones, pero bastante mala para resolver problemas.

El gran desafío será recuperar una política capaz de decir: “esto es complicado”. La vivienda es complicada. La inmigración es complicada. La transición energética es complicada. La inteligencia artificial es complicada. El envejecimiento de la población es complicado. La política actual, sin embargo, premia a quien ofrece respuestas simples y enemigos fáciles de identificar. Es la gran paradoja: cuanto más compleja se vuelve la sociedad, más simple se vuelve a menudo el discurso político.

También veo una transformación en la relación entre ciudadanos y partidos. Las grandes organizaciones políticas del siglo XX, socialdemócratas, conservadoras, liberales, democristianas, se construyeron alrededor de clases sociales, religiones, sindicatos y comunidades bastante estables. Todo eso se ha debilitado. El votante actual cambia más fácilmente de partido y se identifica menos con una ideología completa. Puede ser liberal en economía, ecologista en cuestiones ambientales, conservador en algunos aspectos culturales y progresista en otros.

Eso debería favorecer una política más flexible y menos dogmática. Pero, de momento, ha producido muchas veces lo contrario, o sea, partidos que intentan ofrecer una identidad emocional completa y votantes que se sienten obligados a aceptar el paquete entero.

Por eso creo que en el futuro tendrán más importancia los partidos capaces de construir nuevas síntesis. No volver simplemente al liberalismo clásico, al socialismo clásico o al conservadurismo clásico, sino combinar libertad individual, economía de mercado, protección social, responsabilidad ambiental y una cierta confianza en las instituciones.

También creo que la cuestión ecológica va a transformar profundamente la política. No porque todos vayamos a convertirnos en ecologistas militantes, sino porque el clima, la energía, el agua, la biodiversidad y los recursos naturales van a afectar directamente a la economía y a la vida cotidiana. La política ambiental dejará de ser un asunto de una parte del espectro político. La pregunta será quién es capaz de realizar la transición sin destruir la prosperidad ni provocar una reacción social contra ella.

Y finalmente está la cuestión de la democracia. La inteligencia artificial, las redes sociales y la manipulación de la información pueden hacer más difícil distinguir entre realidad, propaganda y ficción. Pero no creo que la solución sea simplemente regular cada vez más la palabra. La respuesta tendrá que ser una combinación de instituciones sólidas, educación, medios de comunicación profesionales y ciudadanos capaces de soportar la incertidumbre sin dejarse arrastrar por cada indignación.

Si tuviera que resumir mi visión visionaria, válgame la redundancia, diría esto: La política del futuro tendrá que ocuparse menos de administrar el presente y más de preparar a la sociedad para un mundo que todavía no existe. Y ahí veo una oportunidad para una política liberal en el mejor sentido de la palabra, una política que no tenga miedo al cambio, que confíe en la iniciativa individual y en el mercado, pero que tampoco sea ciega ante sus consecuencias. Una política que defienda la libertad, pero entienda que la libertad necesita instituciones; y que acepte que el Estado no puede resolverlo todo, aunque también reconozca que hay problemas que el mercado, por sí solo, no puede resolver. Quizá el gran combate político del futuro surgirá entre quienes comprenden que el mundo está cambiando y quieren prepararse para ello, y quienes prefieren prometer que, de algún modo, podemos volver a un pasado que nunca volverá. Olvidemos de una vez la vieja dicotomía de las derechas y las izquierdas, que ya va siendo hora.