¿Quién puede permanecer ajeno al campeonato del mundo de fútbol? Está en todas partes, los periódicos lo siguen y lo priorizan ante cualquier noticia, la publicidad nos lo recuerda en calles y plazas. Se ve gente vestida con las camisetas de la selección u otras parecidas y más baratas, todo según el bolsillo y la afición de cada uno. Se siguen los encuentros en la televisión, en los periódicos, en los medios digitalizados. Alguno que conozco yo, se ha ido de viaje hasta Estados Unidos para verlo in situ, gastándose lo que vale un buen coche eléctrico.
Yo no soy muy futbolero, lo reconozco. Quizás porque he sido muy mal jugador, o porque allí donde yo crecí, estaba mal visto jugar a la pelota. Además, carteles proclamaban la prohibición y los guardias de la porra, se encargaban de que se obedeciera. En el patio de mi colegio, en el recreo, no había sitio para jugar, y tampoco nos hubieran dejado, por el peligro de romper los cristales de las muchas ventanas que rodeaban nuestro pequeño patio, y por donde docenas de ojos vigilaban nuestros juegos.
Pelotas si que he tenido, además, en una de las primeras fotos que me tomaron de pequeño, poso con una pelota en la mano. Hay que reconocer que ese juguete esférico siempre llama la atención de los niños y los perros. Un invento genial, la verdad, casi a la altura de la rueda. Desde hace miles de años los seres humanos sentimos el impulso de lanzar, golpear, perseguir y atrapar un objeto redondo. Porque, antes de que existieran los estadios, los árbitros, los fueras de juego, el VAR o las camisetas con publicidad, ya existía el balón. O, mejor dicho, la pelota.
El hecho de que algo ruede, atrae la atención. No hay mas que ver a mi gato, como persigue todo lo que ruede, ya sea una nuez, una manzana o una de sus pelotitas rellenas de nepeta cataria. Así que, no es extraño que a alguien en la antigüedad le surgiera la idea de inventar una pelota. Parece que, hace unos 4.500 años, en el antiguo Egipto, ya existían pelotas de cuero rellenas de juncos, paja o fibras vegetales. Algunas se han conservado en tumbas. Y, hace unos 3.500 años, los pueblos de Mesoamérica, como los olmecas, mayas o aztecas, fabricaban pelotas de caucho natural para el famoso juego de pelota. Las primeras pelotas de goma conocidas.
Los griegos en la Grecia clásica también jugaban con pelotas de cuero rellenas de lana, pelo o plumas y los romanos, que también eran aficionados a la esfera, utilizaban distintos tipos de pelotas para juegos como el harpastum o la pila, el nombre de la pelota. Conocemos el juego gracias a Julio Polux, que describe juegos de pelota griegos relacionados con el harpaston, Galeno, que menciona ejercicios con pelota y destaca sus beneficios físicos[1] y Sidonio Apolinar, que habla de la práctica del juego en la sociedad romana tardía.
Por cierto, este Julio Polux era muy consciente de que a la gente no le gusta pagar impuestos, porque, en su única obra conservada, el Onomástico[2], escrito en torno al año 170, lista hasta treinta y tres improperios que se pueden dirigir a un recaudador de impuestos. Y, el antes citado Sidonio Apolinar, un gran aficionado, nos da una idea de como podía ser el juego en una de sus cartas:
“La conversación fue dulce, juguetona y llena de bromas; y, lo más afortunado de todo, no hubo ninguna mención a hombres poderosos ni a impuestos, ni una sola palabra que pudiera comprometer a alguien, ni ninguna persona que pudiera actuar como delator. Cualquiera habría podido contar una historia digna de ser contada, acompañada de opiniones dignas, y todos escuchaban con el mayor interés. El relato no perdía nada de su buena construcción por estar mezclado con risas.
Después de haber estado agradablemente ociosos durante algún tiempo, pareció oportuno hacer algo más activo. Pronto, con los grupos divididos por edades entre gritos de entusiasmo, aparecieron una pelota para unos y un tablero de juego para otros. Yo fui el primer abanderado del bando de la pelota, pues esta, como sabes, no es para mí una compañera menos fiel que un libro. En el otro lado, mi hermano Domnicio —un hombre de extraordinaria elegancia y encanto— había tomado los dados y los agitaba como si estuviera tocando una trompeta para convocar a los jugadores al combate en su fortaleza. Nosotros, los del bando de los estudiosos, jugábamos con tanta energía que nuestros miembros, entumecidos por permanecer quietos, quedaron completamente liberados gracias a aquella saludable carrera.
En ese momento, el distinguido Filimatio, tomando prestadas las palabras del poeta de Mantua: “también él se atrevió a probar suerte en el combate de los jóvenes”, se lanzó audazmente entre los jugadores de pelota. En otro tiempo lo había hecho magníficamente, cuando era más joven.
Pero ahora, derribado con frecuencia de su posición por el empuje del corredor que ocupaba el centro, incapaz tanto de interceptar como de esquivar una pelota que pasaba volando junto a él o por encima de su cabeza, y cayendo a menudo hacia delante en los giros acrobáticos hasta el punto de que apenas podía levantarse después de estar a punto de caer, fue el primero en abandonar el juego, jadeante, con las entrañas ardiendo”.[3]
Me siento identificado con este Filmatio, la verdad sea dicha. Es una exposición muy reconocible de la intensidad del juego y de lo fastidioso que es envejecer y de lo reconocible y cotidiano de las actividades en la antigüedad. Yo creo que me habría sentido como en casa, si de pronto me encontrase viviendo entre los amigos de Sidonio Apolinar.
Y la tradición siguió su camino durante la edad media. Recuerdo perfectamente como mi profesor de historia, don Agapito, nos contaba que Felipe el Hermoso, padre de Carlos V, murió de un sofocón, después de participar en un juego de pelota. Esa historia no se la inventó el bueno de don Agapito, sino que procede de cronistas de comienzos del siglo XVI, aunque el relato se fue adornando con el tiempo. El testimonio más citado es el del cronista Pietro Martire d’Anghiera. En sus Epistolae[4], escritas desde la corte castellana, relata la enfermedad repentina y muerte de Felipe en Burgos en septiembre de 1506. Cuenta que, tras jugar a la pelota en un lugar frío, el rey bebió agua muy fría estando acalorado y después cayó enfermo. También aparece en otros relatos cronísticos posteriores, como los de Lorenzo Galíndez de Carvajal y otros autores que recogieron las noticias de la muerte del monarca. Lo curioso del caso es que eso del agua fría, se le incrustó en la mente a mi madre, que seguramente tuvo un profesor que le contó la misma historia, que me prohibía beber agua o cualquier líquido frío, aunque estuviéramos en pleno agosto.
Bueno, pues, siguieron jugando a la pelota de diferentes formas y tamaños durante la edad media. Nació el fútbol o su abuelo inglés, el mob football, disputado entre pueblos o barrios, donde podían participar decenas o incluso cientos de personas, con reglas mínimas, mucho contacto físico y violencia. Se trataba de llevar la pelota hasta un punto determinado del pueblo rival a cualquier precio. Me imagino las escenas. Una variedad, el Shrovetide football, todavía conserva tradiciones medievales en algunas localidades inglesas.
En Francia existían juegos como la soule, muy parecido al juego inglés, que se jugaba en Normandía, Bretaña, Picardía y otras regiones del norte y oeste de Francia. En Italia el calcio storico de Florencia, una mezcla de fútbol, lucha y rugby, se sigue practicando como tradición histórica.
El fútbol actual es una versión estilizada de aquellos antiguos juegos. Conserva mucho de su virilidad, aunque las reglas estrictas que le rodean, han convertido el juego en un apasionante espectáculo. Todo empezó el 26 de octubre de 1863, cuando representantes de varios clubes y colegios ingleses se reunieron en la Freemasons’ Tavern de Londres y fundaron The Football Association. Allí se aprobaron las primeras reglas del association football que significaron la prohibición de correr con el balón en las manos o golpear a los rivales. Además, se definió el fuera de juego, lo que supuso la necesidad de moverse continuamente por el campo, haciendo el juego mucho más rápido. En 1871 nació la FA Cup, la primera gran competición organizada del mundo del fútbol y, el juego se fue expandiendo el juego por todo el imperio británico, por puertos, fábricas, escuelas y colonias.
Los marineros británicos jugaron en Europa y América, trabajadores ingleses fundaron clubes, escuelas y asociaciones locales adoptaron las reglas y, en 1904 se creó la FIFA para coordinar el fútbol internacional.
Como los británicos eran durante muchos años los únicos que jugaban al fútbol en serio, si querían encontrar alguna dificultad internacional, se la tenían que hacer ellos mismos. Por tanto se fundaron asociaciones escocesas, galesas, irlandesas e inglesas. Es un aspecto curioso, porque estas cuatro asociaciones son todavía consideradas naciones futbolísticas independientes dentro de la FIFA, a pesar de que políticamente forman parte del Reino Unido. Fue una consecuencia directa de la historia del fútbol, porque, el deporte nació antes de que existiera una organización mundial y se estructuró primero alrededor de identidades nacionales británicas. En Euskadi y Catalunya existe una creciente opinión de que estas entidades nacionales deberían tener sus propias selecciones, al igual que escoceses, irlandeses etc.
El caso de Euskadi y Cataluña se entiende precisamente a partir de la peculiar historia del nacimiento del fútbol internacional. En el Reino Unido, las asociaciones de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda surgieron antes de que existiera una organización mundial del fútbol. La primera fue la inglesa, fundada en 1863; después aparecieron la escocesa en 1873, la galesa en 1876 y la irlandesa en 1880. Cuando se creó la FIFA en 1904, estas asociaciones ya tenían una larga tradición de competición internacional y fueron reconocidas como miembros con personalidad propia. Por eso hoy Escocia, Gales e Irlanda del Norte pueden tener selecciones nacionales, aunque formen parte de un Estado más amplio como el Reino Unido.
Esta situación histórica es el principal argumento utilizado por movimientos deportivos de Cataluña y Euskadi para reclamar un reconocimiento similar. Cataluña fue una de las primeras regiones de Europa continental donde arraigó el fútbol gracias a la influencia británica. La Federación Catalana de Fútbol fue fundada en 1900, incluso antes de la creación de la FIFA, y la selección catalana disputó encuentros internacionales en diferentes momentos del siglo XX. Desde finales de ese siglo ha vuelto a jugar partidos amistosos como expresión de una identidad deportiva propia.
El País Vasco tiene también una tradición futbolística muy antigua. La selección vasca tuvo especial protagonismo durante la Guerra Civil española, cuando realizó una gira internacional por Europa y América para representar a Euskadi y recaudar fondos para la causa republicana. En las últimas décadas la llamada Euskal Selekzioa ha disputado nuevamente partidos amistosos, manteniendo la reivindicación de poder competir oficialmente.
Los defensores del reconocimiento de Cataluña y Euskadi argumentan que, si Escocia o Gales pueden participar en competiciones internacionales sin ser Estados independientes, otros territorios con una identidad histórica, cultural y deportiva propia deberían tener el mismo derecho. Señalan además que Cataluña y el País Vasco poseen federaciones históricas, una gran tradición futbolística y una fuerte cultura deportiva.
Sin embargo, la FIFA mantiene una posición restrictiva. Desde que el fútbol internacional quedó organizado en torno a Estados y federaciones nacionales, el principio general es que solo las asociaciones de países reconocidos internacionalmente pueden formar parte de la organización. Las excepciones existentes, como Escocia, Gales, Irlanda del Norte, las Islas Feroe o Puerto Rico, se consideran casos históricos particulares y no un modelo aplicable automáticamente a todos los territorios
Por ello, el debate sobre las selecciones vasca y catalana no es únicamente deportivo, sino también político e histórico. El fútbol heredó una anomalía de sus orígenes, ya que nació en una época en la que las identidades nacionales no siempre coincidían con los Estados soberanos. La existencia de las selecciones británicas demuestra que una “nación futbolística” puede tener un significado diferente al de un Estado, pero también explica por qué abrir esa puerta hoy plantea un problema para las organizaciones internacionales, que temen que el reconocimiento de nuevos equipos nacionales genere numerosos conflictos territoriales en todo el mundo.
El fútbol, precisamente por su enorme carga simbólica, suele convertir una competición deportiva en una expresión de pertenencia colectiva. Dentro del Estado español existe una diversidad de sentimientos hacia la selección española. Para muchas personas, “la Roja” representa una identidad compartida y sus éxitos, como el Mundial de 2010 o las Eurocopas de 2008, 2012 y 2024, han sido motivo de orgullo colectivo. Para otras personas, especialmente en territorios con movimientos nacionalistas propios como Cataluña o Euskadi, la selección española no siempre es percibida como una representación propia, sino como la selección de otro proyecto nacional con el que no se identifican plenamente.
Al mismo tiempo creo yo, debería ser posible sostener dos ideas a la vez, reconocer el valor integrador que puede tener una selección estatal y, al mismo tiempo, defender que Cataluña o Euskadi puedan tener selecciones propias. De hecho, el caso británico demuestra que las dos cosas no son necesariamente incompatibles, muchas personas en Escocia, Gales o Irlanda del Norte apoyan también competiciones británicas en otros ámbitos, mientras mantienen una fuerte identidad futbolística propia.
La cuestión central es qué se entiende por “nación deportiva”. Para algunos, debe coincidir con un Estado soberano mientras, para otros, una comunidad con historia, instituciones, lengua o identidad propia puede merecer representación internacional. El fútbol no resolvió esta cuestión, simplemente la heredó de la historia.
A mi entender, lo más interesante es que el deporte podría permitir una convivencia de identidades en lugar de obligar a elegir una sola. Una persona puede sentirse vinculada a su territorio, a su cultura regional y también disfrutar del éxito de una selección estatal. Pero también es comprensible que alguien cuya identidad política o cultural está ligada a otro proyecto nacional no sienta la misma conexión emocional con esa selección. En definitiva, la existencia de sentimientos diferentes ante una selección no debería interpretarse necesariamente como rechazo al deporte o a los jugadores, sino como el reflejo de la pluralidad de identidades que existen dentro de un mismo territorio. El reto está en que esa diversidad pueda expresarse sin convertir cada partido en un conflicto político.
Y, ahora, sin más que escribir, me voy a Dinamarca a disfrutar de su costa, entre Hornbæk y Gilleleje, también llamada “La Riviera Danesa”, una denominación que se consolidó por la tradición de balnearios, artistas y veraneantes que desde finales del siglo XIX acudían a esta costa por su luz especial, sus playas y sus paisajes. Hornbæk, en particular, fue uno de los primeros grandes destinos de veraneo de Dinamarca. Ya os iré contando.
[1]https://www.researchgate.net/publication/376562155_Galeno_entrenador_Una_lectura_de_De_Sanitate_Tuenda_Galen_the_coach_A_Reading_of_De_Sanitate_Tuenda
[2] https://archive.org/details/onomasticonexre00pollgoog/page/14/mode/2up
[3] https://romanletters.org/letters/sidonius_apollinaris/5017/?view=original&utm_source=chatgpt.com
[4] https://archive.org/details/bub_gb_QB0VAAAAQAAJ/page/n11/mode/2up
Leave a Reply