El calor hace que busque el amparo de la sombra, durante las horas en las que el sol domina. A la sombra, con algo fresco para beber, leo lo que tengo a mano y si no tengo otra cosa, leo las noticias que me ofrecen los diarios digitales. Una de estas noticias me causa primero hilaridad, pero después me hace pensar en que es un buen ejemplo de como funciona “el mercado”. Lo de mercado me viene bien, porque la noticia surgió en un mercado, concretamente, en el mercado de Sant Antoni de Barcelona, lugar donde los domingos se intercambian libros, cromos, sellos, postales y más cosas que la gente junta y recopila. La noticia decía: “Agentes de paisano controlan el Mercat de Sant Antoni para regular la compraventa ilegal de cromos”. La noticia, firmada por Goundo Sakho y publicada en El Peródico de Barcelona, dice así: “El álbum oficial de la Copa Mundial de la FIFA 2026 ha vuelto a desatar la fiebre del coleccionismo. La alta demanda y la escasez de estas estampas han provocado largas filas matutinas en varios puntos de venta y también conatos de incidentes y peleas comerciales en países como México, Brasil o Chile.
Sin embargo, no hace falta irse tan lejos para verlo en directo: en Barcelona, los paradistas del Mercado de Sant Antoni llevan días alertando de la creciente piratería que se está desarrollando en torno a la venta de cromos.
Cada domingo, desde que salió la colección a principios de mayo, el Mercat de Sant Antoni de la capital catalana se abarrota de cientos de personas de todas las edades que intercambian cromos de esta colección, ahora más extensa y más cara que nunca: 980 estampas, repartidas en sobres de siete a un precio de 1,5 euros cada uno.”[1]
Esta es una de las noticias, pero hay más, porque es una cuestión importante según parece:
“Los sobres de cromos del Mundial de fútbol 2026 se agotan en los quioscos de España: “La gente se lleva cajas enteras”
“Locura por los cromos del Mundial en Barcelona: se dispara la reventa en Wallapop”
“El dineral que cuesta el primer cromo de Diego Armando Maradona con el Barça: solo apto para coleccionistas”
Yo me pongo a pensar en los tulipanes. No en mis tulipanes, que ya florecieron y esperan bajo tierra a renacer la próxima primavera, sino en los tulipanes de la llamada tulipomanía o burbuja de los tulipanes en los Países Bajos, que tuvo lugar en la década de 1630, cuando algunos bulbos llegaron a venderse por el precio de una casa. El valor residía en la esperanza de encontrar un comprador dispuesto a pagar más de lo que uno había pagado.
Así se mueve el mercado, así se mueve el capitalismo, el sistema económico que nos ha traído hasta aquí, donde estamos hoy, con todo nuestro bienestar, nuestra opulencia, nuestro consumismo, nuestro despilfarro, nuestro deterioro del medio ambiente, nuestro…cualquiera diría que no soy liberal, pero lo soy. Soy liberal pero no soy ciego, puedo ver las miserias del sistema y reconocer que parecen ser fruto de algunas propiedades características de nuestra especie. Los tulipanes, los cromos etc. no son consecuencia inevitable del capitalismo, sino de una combinación de mercado, escasez artificial, psicología colectiva y expectativas de beneficio.
La psicología colectiva que impulsa fenómenos como la fiebre por los cromos del Mundial ha sido estudiada desde la economía del comportamiento, la psicología social y la sociología. No existe una sola causa, sino la convergencia de varios mecanismos psicológicos que se refuerzan mutuamente. Ahí tenemos la teoría del principio de escasez de Stephen Worchel, Jerry Lee y Akanbi Adewole (1975).[2] En este trabajo, los investigadores realizaron el famoso experimento de las galletas. Las mismas galletas eran valoradas como más sabrosas cuando se presentaban en un tarro con solo dos unidades que cuando había diez y, tras muchas repeticiones, se llegó a la conclusión de que la escasez incrementa el valor percibido incluso cuando el objeto es exactamente el mismo.
Después tenemos también el efecto de la persuasión demostrado por Robert B. Cialdini en su libro Influence: The Psychology of Persuasion[3] de 1984 que presenta una síntesis de décadas de investigación y describe el principio de prueba social: “Cuando muchas personas hacen algo, tendemos a pensar que es lo correcto.” Este es uno de los pilares de las burbujas colectivas, junto con la teoría del comportamiento de rebaño, lanzada 1992 Abhijit Banerjee en su artículo: “A Simple Model of Herd Behavior”[4], publicado en Quarterly Journal of Economics. Banerjee describe en ese trabajo cómo las personas copian las decisiones de los demás incluso cuando poseen información propia que indica otra cosa.
Podría dar muchos más ejemplos, que muestren como nuestra pobre psicología nos induce a obrar de forma, al parecer, tan estrepitosamente ridícula, pero me conformo con citar a uno de los grandes, a Robert J, Schiller, premio Nobel de economía 2013, socialdemócrata, que analiza cómo nacen las burbujas financieras en su trabajo Irrational Exuberance.[5] La idea central de Schiller es que las burbujas no son producto únicamente de factores económicos, sino también de narrativas contagiosas, emociones y expectativas compartidas. Ya se sabe: se cree lo que se quiere creer.
Bueno, para volver al coleccionismo, yo también colecciono cosas. De pequeño coleccionaba cromos, pero yo no tenía dinero para gastarme en cromos especiales o caros, lo que yo hacía era cambiar o jugar a los cromos. Yo jugaba “a la palma” que se jugaba de manera que un niño colocaba un cromo en el suelo y el otro intentaba darle un manotazo con la palma de la mano. Si el golpe hacía que el cromo se diera la vuelta o saliera de una zona determinada, el jugador ganaba el cromo. La habilidad consistía en producir una corriente de aire suficiente sin mover la mano después del impacto. ¡Oye, te invito a intentarlo, verás qué chulo! En otros barrios se jugaba “al pico”, lanzando los cromos contra una pared y quien dejaba el suyo más cerca de la pared o lo ponía por encima del del contrario, ganaba.
Así se iban llenado los álbumes, poco a poco, gastando pocas perras, y con mucho tino. Sellos también he ido coleccionando, yendo a la Plaza Mayor los domingos por la mañana, o al Rastro, según. Tengo todavía algún sello por ahí y, si alguna postal antigua cae en mi mano, el sello es lo que más me importa, casi.
Con los años he seguido coleccionando cosas, aunque ya no cromos. Libros, postales antiguas, alguna fotografía, mapas, pequeños objetos que cuentan una historia. La diferencia es que ahora intento preguntarme por qué deseo poseerlos. No siempre encuentro una respuesta satisfactoria.
Porque, en el fondo, el coleccionismo plantea una pregunta muy interesante: ¿qué es exactamente lo que buscamos cuando queremos tener algo raro o escaso? ¿El objeto en sí? ¿La satisfacción de completar una serie? ¿La sensación de pertenecer a un grupo? ¿El placer de encontrar lo que otros no encuentran? ¿O simplemente la ilusión de que poseer algo difícil de conseguir nos hace un poco más ricos, aunque solo sea simbólicamente?
Quizá el mercado no haga otra cosa que aprovechar una inclinación que ya llevamos de fábrica. Mucho antes de existir el capitalismo, los seres humanos ya acumulábamos conchas, piedras extrañas, plumas exóticas, metales preciosos o reliquias. La escasez siempre ha ejercido una poderosa atracción sobre nosotros. El capitalismo no inventó ese impulso, quizás lo descubrió, lo perfeccionó y aprendió a convertirlo en un formidable motor económico.
Ahí reside, precisamente, su grandeza y también una de sus contradicciones. El mercado es un mecanismo extraordinariamente eficaz para coordinar millones de decisiones individuales, estimular la innovación y generar prosperidad. Pero esa misma eficacia convierte nuestros sesgos psicológicos en oportunidades de negocio. Si sabemos que las personas desean lo escaso, basta con fabricar escasez. Si sabemos que disfrutan completando una colección, basta con diseñar una colección interminable. Si sabemos que la gente imita a la mayoría, bastará con crear la sensación de que todo el mundo quiere lo mismo.
No hay ninguna conspiración detrás de ello. Es, sencillamente, la lógica de un sistema que responde a nuestros deseos y, al mismo tiempo, aprende a dirigirlos. Por eso me resulta tan interesante la historia de los tulipanes, la de los cromos del Mundial o la de cualquier otra burbuja, grande o pequeña. No hablan únicamente de economía. Hablan de nosotros. De cómo un bulbo, un sello, un cromo o una zapatilla pueden adquirir un valor que nada tiene que ver con su utilidad material. Hablan de nuestra facilidad para dejarnos contagiar por una historia compartida, para creer que aquello que todos persiguen debe de ser extraordinario.
Por eso sigo mirando con simpatía a los niños que intercambian cromos en un mercado. En ellos veo una versión inocente de los mismos mecanismos que, a otra escala, mueven las bolsas, los mercados inmobiliarios o las criptomonedas. Cambian los objetos y cambian las cantidades de dinero, pero la psicología permanece sorprendentemente igual. Pero, en el Mercat de Sant Antoni se lo toman muy en serio.
Y, mientras tanto, mis tulipanes seguirán esperando bajo tierra a que llegue otra primavera. Ignoran por completo que hace casi cuatrocientos años algunos de sus antepasados llegaron a valer más que una casa. Ellos solo saben florecer. Somos nosotros quienes nos empeñamos en convertir las cosas más sencillas en objetos de deseo.
[1] https://www.elperiodico.com/es/barcelona/20260615/mundial-cromos-2026-mercado-negro-ilegal-sant-antoni-barcelona-dv-loc-131406038
[2] https://psycnet.apa.org/record/1976-03817-001
[3]https://dn760007.eu.archive.org/0/items/ThePsychologyOfPersuasion/The%20Psychology%20of%20Persuasion.pdf
[4] https://pdodds.w3.uvm.edu/teaching/courses/2009-08UVM-300/docs/others/1992/banerjee1992a.pdf
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