Estamos disfrutando una pequeña pausa antes de que las lecciones aquí en Suecia, entren en su fase decisiva. Esta calma veraniega hace que la política pase a segundo plano y el fútbol, el deporte, los viajes, los encuentros con la familia y demás, ocupen nuestra atención y las portadas de los diarios. Yo también estoy en modo canicular, pero, de vez en cuando, sentado cómodamente en mi jardín, en medio de un sosiego absoluto, apenas roto por el canto de los pájaros y el zumbido de algún abejorro, me viene a la cabeza alguna idea más o menos descabellada, que me incita a pensar que, ya va siendo hora de que propongamos cosas serias, cambios importantes, necesarios para encarrilar bien el futuro.

Recuerdo que, ya en los años ochenta se despertó en Suecia un debate real sobre la financiación futura del estado de bienestar. Kjell-Olof Feldt, que fue ministro de Finanzas socialdemócrata entre 1982 y 1990, defendió en varias ocasiones que el sistema tributario debía adaptarse a una economía en transformación y que la carga fiscal no podía descansar de forma desproporcionada sobre el trabajo. Feldt argumentó que la base impositiva debía desplazarse parcialmente desde los ingresos laborales hacia otras formas de creación de riqueza. Esa filosofía estuvo muy presente en la gran reforma fiscal sueca de 1990-1991, conocida por el lema “bredda skattebasen och sänk skattesatserna” (“ampliar la base tributaria y reducir los tipos impositivos”). La idea era gravar una base más amplia y con menos distorsiones, en lugar de concentrar la presión sobre los salarios, porque la presión tributaria había llegado a un punto en el era ya muy difícil defender el sistema.

Las propuestas de Kjell Olof Feldt me parecen lógicas sobre todo pensando en los cambios estructurales que se vislumbran tras la rápida implantación de la IA. En 1985 la productividad seguía dependiendo en gran medida del empleo humano, pero hoy, en 2026, empieza a depender cada vez más del software, la IA, la robótica y el capital tecnológico. Ya no es solo cómo repartir la carga fiscal entre trabajo y capital, sino si la producción de valor debería convertirse en la principal base imponible. De hecho, algunos economistas actuales hablan de gravar el valor añadido generado por empresas altamente automatizadas, independientemente de cuántos trabajadores empleen. Otros proponen impuestos sobre las rentas del capital, sobre los beneficios extraordinarios derivados de la automatización o incluso sobre la renta económica generada por tecnologías con costes marginales muy bajos.

Es una idea que se está discutiendo cada vez más. La cuestión de fondo es si una parte creciente del valor económico deja de generarse principalmente mediante trabajo humano, ¿tiene sentido que el Estado siga financiándose sobre todo gravando salarios y cotizaciones sociales?

Durante casi todo el siglo XX, el modelo fue bastante estable. Las empresas contrataban trabajadores y los trabajadores recibían salarios. Sobre esos salarios se recaudaban impuestos y cotizaciones y con ello se financiaban pensiones, sanidad, educación y prestaciones sociales. Si hoy la inteligencia artificial permite que una empresa produzca el doble con la mitad de empleados, el PIB puede aumentar mientras disminuye la base sobre la que hoy se recauda una parte importante de los ingresos públicos. Ese es el problema que yo veo.

Gravar la producción en lugar de los ingresos tiene ventajas. Entre las ventajas está saber que el sistema seguiría obteniendo recursos, aunque hubiera menos empleo humano. Se evitaría penalizar la contratación de trabajadores mediante cotizaciones elevadas y se conseguiría que empresas muy automatizadas contribuyeran en función de la riqueza que generan.

Es importante dejar claro que es lo que se gravaría. Se podía gravar el valor añadido, algo parecido al IVA, pero diseñado de otra forma; los beneficios empresariales, la producción física, el uso de sistemas automatizados o IA, o el excedente económico generado por el capital. Pero hay que reconocer que cada opción tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, un impuesto sobre la producción física perjudicaría a industrias con márgenes muy bajos, mientras que un impuesto sobre beneficios puede eludirse trasladándolos a otros países. Aquí es importante que se encuentren formas de colaboración internacional.

Algunos economistas proponen precisamente desplazar parte de la carga fiscal desde el trabajo hacia el capital, el consumo de recursos naturales o el valor añadido. Otros han hablado de un impuesto a los robots, aunque esa idea ha recibido críticas porque podría desincentivar la innovación. El premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, decía que hay argumentos sólidos para gravar las rentas del capital, especialmente aquellas derivadas de rentas monopolísticas y otras formas de rentas económicas. En El capital en el siglo XXI (2013) afirma Thomas Piketty, economista que suelo citar muy a menudo que la redistribución moderna no consiste en transferir riqueza de los ricos a los pobres, sino en financiar bienes públicos y reducir las desigualdades mediante un sistema fiscal progresivo sobre la renta y el patrimonio. En su reseña de Capital in the Twenty-First Century, sostiene el mismo Piketty, que una parte importante de los rendimientos del capital no corresponde a inversión productiva sino a rentas económicas susceptibles de tributación.

Otro economista que sostiene que es necesario cambiar el sistema tributario es Antony Atkinson  que, en Inequality: What Can Be Done? (2015), propone explícitamente:

“Deberíamos gravar el capital de forma más efectiva y reducir la dependencia de los impuestos sobre el trabajo”.

La misma OCDE escribe en un documento de trabajo en 2023 que: “Trabajos recientes han aportado argumentos a favor de reforzar la tributación del capital. Unos impuestos sobre el trabajo más elevados que sobre el capital pueden desincentivar la acumulación de capital humano y favorecer una automatización excesiva.”[1] Esto es especialmente interesante porque relaciona directamente la fiscalidad con la automatización y la inteligencia artificial.

Si en 2050 una fábrica produce cien veces más gracias a la IA y la robótica, resulta lógico preguntarse por qué el grueso de la financiación del Estado seguiría dependiendo de los salarios de los pocos trabajadores que permanezcan.

En cierto modo, ya existen precedentes. El IVA grava el valor generado en cada etapa de producción, no los salarios. Los impuestos de sociedades gravan los beneficios empresariales. Lo que podría ocurrir es un cambio gradual del peso relativo de cada figura tributaria, con menos dependencia de las cotizaciones laborales y más de impuestos ligados al valor creado por empresas altamente automatizadas.

También hay un debate político importante. Si la IA aumenta enormemente la productividad, la sociedad puede optar por que esa ganancia se concentre en los propietarios del capital o por redistribuir una parte para sostener bienes públicos y quizá incluso fórmulas como una renta básica. La tecnología no determina esa decisión, la determinan las instituciones y las políticas fiscales, por tanto, es algo que deberíamos debatir mucho más, aquí y en todo el mundo.

En mi opinión, esta es una de las más importantes preguntas de las próximas décadas. El verdadero desafío no es que la IA sustituya determinados trabajos, eso es inevitable, sino adaptar un sistema fiscal diseñado para una economía industrial basada en el empleo masivo a una economía donde una parte creciente del valor puede producirse con muy poco trabajo humano. Si esa adaptación no se produce, es posible que aumente la productividad mientras se debilita la financiación del Estado del bienestar.

Y ¿qué vamos a hacer con nuestro tiempo, todos los que nos veamos libres de obligaciones gracias a la IA? Bueno, pues, la historia ofrece algunas pistas. Cada gran avance tecnológico prometía más ocio. A principios del siglo XX, John Maynard Keynes imaginó que sus nietos trabajarían unas quince horas semanales gracias al aumento de la productividad.[2] Sin embargo, eso no ocurrió. No porque la productividad no creciera, lo hizo enormemente—, sino porque las sociedades transformaron ese incremento en más consumo, nuevos empleos y nuevas necesidades.

La IA podría alterar ese equilibrio de una forma mucho más profunda. Si una parte considerable del trabajo intelectual también puede automatizarse, ya no bastará con crear nuevas ocupaciones al mismo ritmo que desaparecen las antiguas. Algunos dedicarán más tiempo a cuidar de sus hijos, de sus padres o de sus comunidades. Otros estudiarán durante toda la vida, escribirán, investigarán, crearán música o arte.

Habrá quienes emprendan proyectos que hoy no pueden permitirse porque necesitan un salario a tiempo completo. También existe el riesgo de que muchas personas experimenten una pérdida de propósito si el trabajo sigue siendo la principal fuente de identidad y reconocimiento social. Aquí está el miedo al ocio que nos ha dejado la Biblia, recordemos aquello de que “El que no trabaja, no come”.

Para Aristóteles, el ocio (scholé) no era tiempo vacío, sino el espacio donde el ser humano podía desarrollar las actividades más elevadas, aprender, dialogar, contemplar y participar en la vida de la comunidad. El trabajo era un medio, pero el fin era vivir bien, la buena vida. Pero, durante siglos hemos invertido esa relación. Hemos definido a las personas por su profesión y cambiar eso será difícil. Eso exigirá una transformación cultural. La educación no podrá limitarse a preparar para el mercado laboral, tendrá que preparar también para utilizar bien el tiempo disponible. Aprender a pensar, crear, convivir, participar en la vida pública o disfrutar del conocimiento puede dejar de ser un lujo para convertirse en una necesidad.

También existe un riesgo político difícil de calibrar. Si solo una minoría controla la riqueza generada por la IA mientras una mayoría dispone de mucho tiempo, pero de pocos recursos y pocas oportunidades de participación, la frustración puede crecer. En cambio, si los beneficios de la productividad se distribuyen ampliamente, ese tiempo liberado podría traducirse en una sociedad más culta, más creativa y con mayor implicación cívica. En ese sentido, la revolución de la IA recuerda una vieja aspiración de la humanidad. Durante milenios, el progreso técnico se justificó con la promesa de liberar a las personas del trabajo duro. Si esa promesa llega a cumplirse, el verdadero desafío dejará de ser producir más. Será aprender a vivir mejor. La cuestión decisiva ya no será cuánto trabajamos, sino qué hacemos con el tiempo que hemos conquistado. Pienso todo eso mientras disfruto mi ocio, en mi pequeño jardín, mientras los pajarillos, libres y felices (supongo) cantan a mi alrededor. Os dejo con estas líneas de Fray Luis de León en su “Canción de la vida solitaria”.

¡Qué descansada vida

la del que huye el mundanal ruido,

y sigue la escondida

senda, por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido!


[1] https://www.oecd.org/content/dam/oecd/en/publications/reports/2023/08/the-taxation-of-labour-vs-capital-income_0d35e3e3/04f8d936-en.pdf?utm_source=chatgpt.com

[2] https://brian.weatherson.org/keynes-seminar/posts/grandchildren/index.pdf