Ahora llevo unos días corriendo, en lugar de dar mis caminatas. Cuando mi cuerpo empieza a aprovechar el entrenamiento y cada paso no es ya una proeza, queda tiempo para pensar. Según voy corriendo, voy mirando los entornos y, cuando ya son más que conocidos, si no ocurre nada impredecible, como ver una vaca volando o algo así, mi cerebro empieza a imaginarse cosas, sacar conjeturas, imaginarse charlas o disponer el contenido de un libro.
Hoy he salido a las tres de la tarde para correr seis kilómetros, antes de ir a cenar con unos amigos, que nos han invitado a paella. Mejor correr antes que después, me dije, y salí con todo el calor de la tarde, pero eso no importa mucho para este relato. La cosa es que, cuando llevaba un rato corriendo, vi venir en dirección contraria a un viejo amigo, corredor como yo, acompañado de su esposa. Venían caminando tranquilamente y al pasar por su lado, me reconocieron y mi amigo gritó: “Martín, sigues corriendo” – no sé si ponerle una interrogación o una exclamación, porque creo que caben las dos. Yo le contesté jadeante con una afirmación y un impreciso “un poco”, y seguí trotando.
De pronto, me vino a la cabeza una de esas ideas peregrinas que me suelen salir cuando corro: Si sigo corriendo hasta completar 40 075 kilómetros en un año, en dirección contraria a la rotación de la Tierra, tengo que ganar algo de tiempo, ¡digo yo! ¿O no? Y seguí trotando y pensando. Me dije que, esto lo tengo que averiguar de alguna manera. Le preguntaré a alguno de mis hijos, que de esto saben mucho, o a la misma IA, o llamaré por teléfono a algún astrónomo, físico o algo así, de los que conozco.
Ya en casa, con el aliento medio controlado, duchado y fresco, me he puesto manos a la obra y he encontrado algunas cosas interesantes, otras menos y algunas un poco desoladoras, la verdad, pero pienso contároslas, así como yo las he averiguado. Empecemos por la historia, que es lo mío: Parece que un tal Antonio Pigafetta, nacido hacia 1491 en Vicenza, una ciudad de la actual Italia que entonces formaba parte de la República de Venecia, se encontraba en España en 1519 y consiguió incorporarse a la expedición que preparaba Fernando de Magallanes para encontrar una ruta occidental hacia las islas de las especias, las Molucas.
Su cargo oficial era modesto, como supernumerario o ayudante de algo, pero llevaba consigo algo muy importante, la costumbre de tomar notas detalladas de todo lo que veía, buena costumbre, que nos sirve para conocer casi todo lo que ocurrió en ese fantástico y hasta entonces inédito viaje alrededor del mundo. El 20 de septiembre de 1519 partieron de Sanlúcar de Barrameda cinco barcos, a saber: Trinidad, San Antonio, Concepción, Victoria y Santiago. A bordo de estos barcos viajaban 240 hombres. Nadie sabía entonces que estaban a punto de protagonizar una de las mayores aventuras de todos los tiempos.
Pigafetta iba registrando cuidadosamente todo lo que iba viendo y lo que acontecía durante el viaje, como las rutas seguidas, las tormentas, los conflictos entre oficiales, las plantas y animales desconocidos, las costumbres de los pueblos encontrados y las dificultades de la navegación. Gracias a él conocemos innumerables detalles que de otro modo se habrían perdido.
Por Pigafetta, sabemos que, recorrieron la costa de Sudamérica, hasta encontrar en 1520 el paso que hoy conocemos como Estrecho de Magallanes. Pigafetta describió el paisaje, el frío, las montañas y las enormes hogueras que veían en la costa, razón por la cual aquella región recibió el nombre de Tierra del Fuego. Para los europeos fue una demostración de que existía un paso entre el Atlántico y el océano que Magallanes bautizó como Pacífico. El relato de Pigafetta nos va mostrando las vicisitudes, la inquietud y la creciente impaciencia de los marinos que pensaban que las Molucas estaban relativamente cerca, pero nunca llegaban a las codiciadas islas.
Durante meses navegaron sin encontrar alimentos suficientes. Pigafetta cuenta que llegaron a comer galletas podridas llenas de gusanos, cuero ablandado en agua de mar, serrín y ratas. Con esa dieta, los marinos iban muriendo de hambre, de escorbuto. En 1521, al llegar la expedición a las islas que denominarían Filipinas, Magallanes intentó intervenir en conflictos locales y acabó participando en la batalla de Mactán, donde fue muerto por guerreros dirigidos por el jefe local Lapulapu. Pigafetta estuvo presente allí y dejó una descripción detallada de los hechos. La muerte de Magallanes puso en peligro toda la expedición.
Tras enormes dificultades, solo una nave, la Victoria, logró regresar a España, mandada por Juan Sebastián Elcano. De los aproximadamente 240 hombres que habían partido, solo 18 regresaron el 8 de septiembre de 1522 y Pigafetta era uno de ellos. Habían completado la primera circunnavegación de la Tierra. Hasta aquí, la historia es bien conocida por todos los escolares, pero hay algo que tiene que ver con mis elucubraciones de corredor aburrido, y os lo voy a contar a continuación.
Cuando regresaron a puerto en Sevilla, descubrieron algo desconcertante. Pigafetta descubrió que sus registros indicaban una fecha distinta a la de quienes habían permanecido en España. Habían “perdido” un día. No era un error. Habían viajado siempre hacia el oeste alrededor del planeta. Aquella experiencia contribuyó a comprender un fenómeno que siglos después llevaría a establecer la Línea Internacional de Cambio de Fecha. Curiosamente el mismo fenómeno del que hablaba antes cuando pensaba que ocurriría si yo me pusiese a correr 40 075 kilómetros en sentido contrario a la rotación terrestre. Si os interesa leer el libro que escribió este curioso marino, aquí os lo dejo.[1]
Para responder a la pregunta que me hacía yo mientras corría, diré que, sí, aproximadamente ganaría un día solar si consiguiera recorrer en un año una distancia equivalente a una vuelta completa alrededor de la Tierra en dirección contraria a su rotación. Veámoslo:
La circunferencia de la Tierra en el ecuador, ahí donde es más barrigona, es de unos 40.075 km. La Tierra gira una vez cada 24 horas en torno a su eje, a 1670 kilómetros por hora en el ecuador, a 1280 km/h en Madrid y a 940 km/h en Lund, que es donde corro yo. Si estuviese en el polo norte o el polo sur, la velocidad sería 0, porque ahí es donde está el eje, ¿verdad? Si permanecemos quietos sobre la superficie de la Tierra, el Sol parece dar una vuelta completa por el cielo cada día.
Bueno, pues, imagina que durante un año avanzo continuamente hacia el oeste, o sea, en sentido contrario a la rotación terrestre, hasta completar una vuelta al mundo. Al hacerlo, estaré “persiguiendo” el movimiento aparente del Sol. Como consecuencia, al final de mi carrera, experimentaré un amanecer más y un atardecer más que alguien que se haya quedado quieto en Lund durante ese año en el que yo corro mis hipotéticos ciento y pico de kilómetros diarios. Esto es exactamente lo contrario de lo que les ocurre a los viajeros que dan la vuelta al mundo hacia el este.
Desgraciadamente, contrario a mi teoría, no habré envejecido un día menos ni habré viajado al futuro. Mi reloj biológico y mi reloj de pulsera, que, por cierto, me regaló mi amigo Edu, habrán avanzado exactamente igual que los de cualquier otra persona, salvo un efecto relativista diminuto e imperceptible. Lo que si habré ganado es un amanecer y un atardecer extra, y una fecha más en tu calendario de viaje. Dicho de otra manera, habré vivido 366 mediodías solares mientras otra persona que se quede en Lund ha vivido 365, pero ambos hemos envejecido prácticamente lo mismo. Si corro 40.075 kilómetros hacia el oeste durante un año, no ganaré un día de vida, pero sí ganaré un día de Sol. Y eso, para un corredor paciente, no deja de ser una recompensa bastante hermosa. Además, sé por muchos estudios, que correr alarga la vida, corras en la dirección que corras, si tienes cuidado con los patinetes eléctricos y miras bien por donde vas.
[1] https://fcm.uncuyo.edu.ar/upload/texto-1-viaje-alrededor-del-mundo.pdf

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