Los temas de mis entradas emanan a veces de cosas que se me ocurren mientras camino o corro por calles y senderos. Casi siempre son preguntas que me hago yo mismo o que surgen de un artículo o un libro que acabo de leer. Hoy parto de una pequeña discusión que surgió, a partir de la publicación en ABC[1] de una entrevista realizada en el podcast “Vidas Contadas”[2] al catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada Jesús González Maestro.

La discusión comenzó con una invitación dirigida a mí, en concreto, por uno de los miembros del grupo de WhatsApp “Diálogos abiertos”, Luis Morales, a comentar las tesis que se presentaban en el artículo sobre el amor y el fracaso. Leí el artículo y me fui también directamente a escuchar el podcast. Allí descubrí que se trataba de presentar el libro “El fracaso de la felicidad” publicado recientemente por Maestro. Metido en el podcast, descubro, que, lo que Maestro se propone con su libro, es explicar lo que realmente significa la felicidad. Para expresarlo de forma superconcentrada, Maestro nos dice que la felicidad consiste simplemente en tener salud, pero, el artículo en el ABC se centra en el amor y en otras ideas “fuertes” de Maestro como la que el mercado ha convertido la felicidad en un producto de consumo, que ha debilitado el amor y que las generaciones más jóvenes han heredado una situación peor debido a las decisiones de los “boomers”, como yo.

Hay cosas que me chirrían demasiado en esa catarata de afirmaciones que Maestro nos sirve durante casi una hora. Cuando se afirma que antes existía un amor más auténtico, suele olvidarse que durante siglos los matrimonios estuvieron condicionados por la religión, la economía, la dependencia legal de la mujer y la presión social. El mero hecho de que hoy haya más rupturas no implica necesariamente menos amor. También puede significar que las personas ya no están obligadas a permanecer en relaciones insatisfactorias.

También me choca, la visión excesivamente conspirativa del mercado. Las empresas intentan vender productos y estilos de vida, pero resulta difícil sostener que exista un plan deliberado para que la gente permanezca soltera. Muchas industrias que se dedican a la vivienda, el turismo, la alimentación, el ocio infantil, etc., obtienen enormes beneficios precisamente de las parejas y las familias.

Además, desde la Antigüedad encontramos autores convencidos de que la sociedad de su tiempo era más egoísta, superficial o decadente que la de generaciones anteriores. Es un tema recurrente en la historia cultural, nada nuevo, por tanto. A Maestro le debería contestar una mujer, porque creo que se necesita esa perspectiva. Aun no siendo mujer, me atrevo a repasar su situación legal.

Durante la Monarquía Hispánica de la edad moderna, el derecho castellano y las costumbres sociales situaban a la mujer en una posición de subordinación respecto al varón. El liberalismo español del siglo XIX proclamó la igualdad jurídica de los ciudadanos, pero esa ciudadanía era esencialmente masculina. La Constitución de Cádiz de 1812 hablaba de “los españoles”, como la constitución americana y la francesa hablaban de los “hombres”, pero las mujeres quedaron fuera de la participación política. La mujer casada tenía una capacidad jurídica limitada, porque el marido era considerado el cabeza de familia. La administración de los bienes matrimoniales correspondía al esposo. Para actos jurídicos importantes necesitaba autorización marital.

El matrimonio implicaba una relación de obediencia de la esposa hacia el marido, recogida en la tradición jurídica y religiosa. La mujer soltera podía tener más autonomía que la casada, fijaos en este detalle, especialmente si era viuda y poseía bienes, pero la norma social era que su vida estuviera vinculada a una figura masculina, ya fuera padre, marido o tutor.

El Código Civil de 1889 consolidó muchas desigualdades, coma la de que la mujer casada necesitaba la autorización del marido para trabajar, abrir negocios o realizar determinados contratos. La ley concedía la patria potestad sobre la familia al padre, que también fijaba el domicilio familiar. El adulterio femenino estaba castigado de forma más severa que el masculino. La mujer tenía obligaciones de obediencia al marido. En lo referente al adulterio, el ejemplo más conocido aparece en el Código Penal de 1870, cuyo artículo 438 establecía que, el marido que sorprendiera a su esposa en adulterio y matara en el acto a ella o a su amante sufría una pena muy reducida, muy inferior a la que correspondía por un homicidio ordinario. La lógica jurídica era la defensa del “honor” familiar, entendido como un bien especialmente ligado al varón y a la fidelidad sexual de la mujer. Esta concepción sobrevivió durante décadas. El llamado uxoricidio por honor siguió apareciendo en la legislación penal española hasta la reforma de 1963.

En España, las mujeres casadas dejaron de necesitar el llamado permiso marital en 1975, durante los últimos meses del franquismo. Hay mujeres de mi edad que vivieron una realidad en la que para abrir una cuenta bancaria o para sacarse el pasaporte, se les requería el permiso conyugal. La reforma clave fue la Ley 14/1975, de 2 de mayo, que modificó diversos artículos del Código Civil y del Código de Comercio y eliminó muchas de las incapacidades jurídicas de la mujer casada. Y todavía hay que remontarse a 1978, cuando la Constitución consagró por fin la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, y al 1981, cuando la ley del divorcio y plena igualdad dentro del matrimonio, consagró esta igualdad jurídica. Maestro, nacido en 1967, ha vivido prácticamente en democracia e igualdad toda su vida. Quizás esto último tenga alguna relevancia.

Maestro mezcla observaciones muy razonables, como la mercantilización de las emociones, la industria de la autoayuda, la presión por ser feliz constantemente, etc., con afirmaciones mucho más difíciles de demostrar empíricamente. Yo sé que no estamos ante un historiador, y, por tanto, no niego todos sus argumentos, sino me limito en señalar que presenta fenómenos complejos mediante afirmaciones muy categóricas y a menudo poco apoyadas en evidencia histórica o sociológica.

Uno de los problemas en su discurso es la comparación implícita entre un pasado donde el amor, la familia y las relaciones humanas funcionaban supuestamente mejor y un presente dominado por el mercado. Si observamos la historia de España o la de Suecia, me da igual, encontramos que durante siglos los matrimonios estaban fuertemente condicionados por la economía familiar y la mujer tenía una posición jurídica subordinada.

La estabilidad matrimonial del pasado no puede interpretarse automáticamente como una prueba de relaciones más felices o más amorosas, confundiendo permanencia con éxito Maestro parece asumir que una relación duradera es necesariamente una relación exitosa, sin embargo, históricamente muchas parejas permanecieron juntas porque simplemente no podían divorciarse, porque la mujer carecía de independencia económica y existía una enorme presión religiosa y social. Que hoy existan más rupturas puede indicar fragilidad de los vínculos, pero también puede indicar una mayor libertad para abandonar relaciones insatisfactorias.

 La teoría del mercado que “nos quiere solteros” es sin duda una de sus afirmaciones más débiles. El mercado, aunque algunos lo presenten así, no es una entidad con voluntad propia. Además, gran parte de la economía moderna obtiene enormes beneficios precisamente de las parejas, matrimonios, niños, y todo lo relativo a la familia. Si hubiera una conspiración económica para destruir la familia, sería extraño que tantos sectores económicos dependieran de ella. Lo que sí puede afirmarse es que determinados modelos de consumo fomentan el individualismo. Pero eso es muy distinto de sostener que existe un interés deliberado en que las personas permanezcan solteras.

Los que nos hemos dedicado a estudiar la historia conocemos bien el fenómeno de la idealización del pasado. Ya en la Roma antigua se lamentaban de la decadencia moral de los jóvenes, en la Edad Media se pensaba que las costumbres estaban empeorando y en el siglo XIX se denunciaba la destrucción de la familia por la industrialización, nada nuevo, pues. En los años sesenta se culpaba a la televisión, hoy se culpa a las redes sociales y, según la óptica política, se culpa por parte de la derecha al marxismo y feminismo, mientras la izquierda culpa al capitalismo.

Otra dificultad que encuentro en el planteamiento de Maestro es que parece imaginar en el pasado un amor libre de intereses materiales, cuando en realidad los matrimonios aristocráticos eran alianzas políticas, los matrimonios campesinos eran unidades económicas y los matrimonios burgueses eran pensados para proteger los patrimonios. La idea de casarse exclusivamente por amor es relativamente reciente y, paradójicamente, es más común hoy que en la mayor parte de la historia.

En cuanto a la felicidad como engaño, considero que Maestro toca un problema real, pero exagera la conclusión. Tiene razón cuando critica la industria de la autoayuda, la comercialización de las emociones o la obligación social de estar siempre feliz. Sin embargo, de ahí no se deduce que la búsqueda de la felicidad sea una estafa.

Desde Aristóteles hasta Bertrand Russell, gran parte de la filosofía occidental se ha preguntado precisamente cómo vivir bien. La cuestión no es, creo yo, si debemos buscar la felicidad, sino qué entendemos por ella.

Un error histórico fundamental es que Maestro tiende a analizar las relaciones humanas como si dependieran únicamente de ideas o valores culturales, cuando la historia muestra que también dependen de las leyes y las estructuras económicas. No se puede comparar la familia de 1950 con la de 2026 ignorando que en 1950 la mujer española no podía divorciarse, no tenía igualdad jurídica dentro del matrimonio y carecía de muchas libertades básicas. La paradoja de Maestro es que denuncia que el mercado ha destruido el amor, cuando podría sostenerse justamente lo contrario, que nunca tantas personas habían tenido la posibilidad de elegir libremente a su pareja, separarse de ella si la relación fracasa y volver a intentar construir una vida afectiva conforme a sus propios deseos. Eso no garantiza la felicidad. Pero sí garantiza algo que durante gran parte de la historia fue mucho más escaso, la libertad. Y una historia del amor que olvide la conquista de esa libertad corre el riesgo de confundir la nostalgia con el análisis histórico.

En cuanto a la idea de que la familia pierde peso por influencia de Lenin, esta tiene un problema cronológico evidente porque la transformación de la familia occidental comenzó mucho antes de la Revolución Rusa de 1917. Tocqueville observó estos procesos en Estados Unidos mucho antes de Lenin. Marx, de hecho, los describió como consecuencias del capitalismo industrial. El individualismo moderno, asociado tanto al liberalismo como al capitalismo, reforzó la autonomía personal frente a los vínculos tradicionales.

Tampoco fueron los regímenes comunistas los que destruyeron la familia tradicional. La realidad histórica es bastante más compleja. Tras la Revolución Rusa hubo intentos radicales de reformar el matrimonio y facilitar el divorcio. Sin embargo, durante el período de Stalin ocurrió exactamente lo contrario y se reforzó la familia tradicional, se restringió el divorcio, se promovió la maternidad y hasta se exaltó a la familia como núcleo básico de la sociedad socialista. Lo mismo ocurrió en otros países comunistas como China, Cuba o la RDA. Ninguno sustituyó realmente la familia por una relación directa entre individuo y Estado. Paradójicamente, muchos regímenes comunistas fueron mucho más conservadores en cuestiones familiares y sexuales que las democracias occidentales de la misma época.

Si observamos dónde se produjeron las mayores transformaciones familiares desde los años sesenta, encontramos que el individualismo contemporáneo tiene raíces más liberales que marxistas porque comenzó en países como los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, los Países Bajos o Suecia. Es decir, sociedades capitalistas avanzadas, no sociedades marxistas. Resulta difícil atribuir la caída de la natalidad, el aumento de divorcios o las nuevas formas familiares a Lenin cuando los cambios más profundos ocurrieron precisamente en países donde el leninismo nunca gobernó y ni siquiera fue una ideología importante. Muchos sociólogos, desde Anthony Giddens hasta Zygmunt Bauman, relacionan estas transformaciones con la modernidad, el consumo, la educación y la autonomía individual, no con el marxismo.

Freud defendió que la sexualidad desempeñaba un papel mucho más importante en la vida humana de lo que admitía la moral victoriana. Eso es cierto, pero Freud no inventó la sexualidad ni la crítica a la monogamia, porque esta es muchísimo más antigua. En nuestra cultura occidental, Platón ya imaginó formas alternativas de organización familiar en La República y, saltándome siglos de libertinaje, diversas corrientes anarquistas del siglo XIX defendieron el amor libre mucho antes de Freud.

Existe una tendencia a presentar a la Escuela de Frankfurt como una conspiración intelectual destinada a destruir la familia tradicional, lo que me parece históricamente insostenible. Theodor W. Adorno escribió sobre cultura, autoritarismo y capitalismo, no sobre la promoción del libertinaje sexual. Walter Benjamin se ocupó sobre todo de arte, historia y técnica. Solo Herbert Marcuse desarrolló una crítica explícita de la represión sexual en obras como Eros y civilización. Agrupar a todos bajo un único proyecto de destrucción de la familia simplifica excesivamente sus posiciones.

Si las teorías de Freud y la Escuela de Frankfurt hubieran sustituido la monogamia por el libertinaje, esperaríamos encontrar una sociedad organizada principalmente alrededor de relaciones múltiples y efímeras, pero la realidad nos muestra que la inmensa mayoría de las personas sigue aspirando a relaciones estables y la mayoría de los hijos nacen y se crían en hogares donde existe una pareja estable, aunque no siempre matrimonial.

La infidelidad existía mucho antes de Freud. La prostitución, las relaciones extramatrimoniales y los hijos fuera del matrimonio son fenómenos documentados desde la Antigüedad. Lo que ha cambiado no es la existencia del deseo de pareja, sino la libertad para elegirla o abandonarla.

Terminaré aplicando la famosa navaja de Occam, porque la transformación de la familia puede explicarse sin recurrir a Lenin, Freud o la Escuela de Frankfurt. Bastan algunos factores muy visibles, como son, para empezar, la mayor esperanza de vida que tiene explicaciones económicas como así también la urbanización y la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral. Súmese a eso la educación universal, la prosperidad económica, la menor influencia de las instituciones religiosas, los derechos civiles y, no olvidemos los anticonceptivos eficaces. Estos son los cambios que afectan directamente a la forma en que las personas se relacionan y forman familias.

Por eso, desde una perspectiva histórica, resulta más convincente ver la evolución de la familia como consecuencia de la modernización social y económica que como el resultado de un proyecto ideológico diseñado por Lenin, Freud o los pensadores de Frankfurt. La evidencia histórica encaja mejor con la primera explicación que con la segunda. Gracias, Luis, por presentarme a este catedrático lingüista, aficionado a los podcast y dado a opinar sobre cuestiones actuales.


[1] https://www.abc.es/recreo/jesus-maestro-catedratico-literatura-amor-reemplazado-fracaso-20260730112342-nt.html

[2] https://open.spotify.com/episode/5JHp5xaOYlH0NDwvKzZ7Gc