Hoy vamos a hablar de España. Entre otras cosas por la actualidad de esa especie de “flashmobb” de ayer protagonizado por 50 000 jóvenes magrebíes en Ceuta. Vamos por tanto a hablar de Ceuta y de la integridad del territorio nacional español. Yo tengo bastante que decir sobre este tema, porque he pasado una buena parte de mi vida estudiándolo. Primero empezaremos por repasar lo que se dice de España y quien, y por qué dicen lo que se dice, porque hay varios autores y corrientes intelectuales que han tenido una influencia enorme. Lo interesante es que muchas de esas interpretaciones fueron discutidas por historiadores que las consideran simplificaciones o incluso estereotipos, pero, la verdad es que, esas visiones están ahí y siguen teniendo influencia sobre todo aquel que se acerca al estudio de España.
La famosa Leyenda Negra es probablemente la corriente más influyente. Surgió en los siglos XVI y XVII entre los rivales de la Monarquía Hispánica, especialmente en los Países Bajos e Inglaterra, y presentaba a España como un país fanático, intolerante, cruel y enemigo de la libertad. El historiador Julián Juderías la definió en 1914: “El ambiente creado por los relatos fantásticos que acerca de nuestra patria han visto la luz pública en todos los países. “Su libro La Leyenda Negra[1] sigue siendo una referencia clásica, aunque no la única, porque el propio termino fue creado por Emilia Pardo Bazán, el día 18 de abril de 1899, invitada por la Sociedad de Conferencias, en la Sala Charras de París, en la conferencia titulada: “La España de ayer y la de hoy”[2], publicada en forma de libro, en edición bilingüe, que bajo el mismo título, a finales de mayo de 1899 ya había salido de la imprenta de Agustín Avrial, que estaba en la calle San Bernardo, muy cerca de la casa donde me crie, y así queda dicho. De ese escrito, me gustaría señalar dos cosas, la primera, los defectos de nuestra idiosincrasia, que Pardo Bazán, tan elegantemente, explica en la citada conferencia:
“Verdad que la raza, si posee extraordinarias cualidades, también tiene graves defectos. Verbigracia, el instinto de anarquía individualista, estorbo a toda labor colectiva, sin razón confundido con el instinto de independencia. Si a veces contribuyó a la defensa del territorio, otras muchas hizo ineficaces las leyes, atizó la discordia y dispersó las fuerzas nacionales. Aparte de su indisciplina viva, inclínase el español a no respetar el derecho ajeno y a violentar la conciencia. Levadura semítica, fe musulmana que por la fuerza se impone. Acaso en esto consista que con leyes muy semejantes a las de otras naciones, nuestras costumbres revelan mayor atraso, y haya podido decir con gran exactitud el actual Presidente del Consejo, D. Francisco Silvela, que España posee todas las apariencias y ninguna realidad de nación jurídicamente constituida.
Leyes, más bien nos sobran. Andamos perdidos en un laberinto de disposiciones, anegados en un océano de papel, y el derecho, ciencia, como la teología, profundamente española, ha caído en tal descrédito, que el nombre de justicia engendra recelo o desconfianza invencible, y no es aventurado decir que en España se teme más a la justicia que a los malhechores. No hay lucha legal, porque se la cree ociosa; la indisciplina se transforma en estoico fatalismo o en cautelosa astucia; hecha la ley, hecha la trampa; a ver cómo se elude lo que no puede cumplirse; contra ley de estuco abuso de piedra; venga el contrabando, venga la influyente recomendación, gire la mecánica política, enrédese el pleito y mañana Dios dirá.”
Y, tras de repasar todos los problemas de España, leed por favor la conferencia completa, meses después de debacle que significó la guerra con los Estados Unidos, Pardo Bazán, finaliza apuntando la intencionalidad de la Leyenda Negra:
“Y pues mi sinceridad me autoriza, tengo derecho a afirmar que la contraleyenda española, la leyenda negra, divulgada por esa asquerosa prensa amarilla, mancha e ignominia de la civilización en los Estados Unidos, es mil veces más embustera que la leyenda dorada. Esta, cuando menos, arraiga en la tradición y en la historia; la disculpan y fundamentan nuestras increíbles hazañas de otros tiempos; por el contrario, la leyenda negra falsea nuestro carácter, ignora nuestra psicología, y reemplaza nuestra historia contemporánea con una novela, género Ponson du Terrail, con minas y contraminas, que no merece ni los honores del análisis. El tal novelón nos ha perjudicado, pues por absurda que sea la calumnia, siempre habrá quien la crea y propale; pero nada hubiese podido la calumnia contra nosotros, si nuestros yerros no colaborasen con nuestros calumniadores para llevarnos al abismo.
El día en que la historia se escriba imparcialmente; cuando acaben de despojarnos y el denigrarnos no tenga objeto alguno, reconocerá el mundo que si hemos sido colonizadores inhábiles, no hemos sido ni más crueles ni tan rapaces como esos anglo-sajones, cuyo ejemplo, propuesto ahora a las naciones mediterráneas, puede enseñarnos la adquisividad y el instinto de apropiación, pero no la lealtad y la humanidad.”
Y, es que esa leyenda, fue tomando forma durante la ilustración, propulsada entre otros por Montesquieu que, aunque admiraba algunos aspectos de España, contribuyó a difundir la idea de que los países del sur tendían al despotismo más que los del norte. En El espíritu de las leyes escribió: “Los pueblos de los países cálidos son tímidos como los viejos; los de los países fríos son valientes como los jóvenes.”[3] Hoy esta explicación climática se considera muy discutible, pero influyó enormemente en la visión europea.
Pero, en realidad, España tuvo una importante tradición liberal desde comienzos del siglo XIX. La Constitución de Cádiz de 1812 fue uno de los grandes textos del liberalismo europeo de su época y tuvo una enorme influencia internacional. Durante el siglo XIX existieron corrientes liberales que defendieron la soberanía nacional, la limitación del poder monárquico, la división de poderes, la libertad de prensa y la igualdad jurídica. Posteriormente, durante la Segunda República, muchas de estas ideas volvieron a ocupar un papel central en la vida política española.
El problema histórico de España no fue la ausencia de liberalismo, sino la dificultad para consolidar instituciones liberales estables debido a una combinación de factores: conflictos sociales profundos, desigualdades económicas, intervenciones militares en la política, enfrentamientos entre distintas concepciones de la nación y una larga tradición de inestabilidad constitucional. Pero esos problemas no son exclusivos de España ni del sur de Europa.
Kar Marx analizó las dificultades de España de una forma clara en sus artículos publicados en el New York Daily Tribune entre 1854 y 1856 y recopilados posteriormente en el libro “Revolución en España”[4] donde podemos leer este buen análisis sobre la problemática de la vertebración, como diría Ortega y Gasset, de la nación española:
“ Para nuestro actual propósito basta con recordar simplemente el hecho. A medida que la vida comercial e industrial de las ciudades declinó, los intercambios internos se hicieron más raros, la interrelación entre los habitantes de diferentes provincias menos frecuente, los medios de comunicación fueron descuidados y las grandes carreteras gradualmente abandonadas. Así, la vida local de España, la independencia de sus provincias y de sus municipios, la diversidad de su configuración social, basada originalmente en la configuración física del país y desarrollada históricamente en función de las formas diferentes en que las diversas provincias se emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la revolución económica que secó las fuentes de la actividad nacional. Y como la monarquía absoluta encontró en España elementos que por su misma naturaleza repugnaban a la centralización, hizo todo lo que estaba en su poder para impedir el crecimiento de intereses comunes derivados de la división nacional del trabajo y de la multiplicidad de los intercambios internos, única base sobre la que se puede crear un sistema uniforme de administración y de aplicación de leyes generales. La monarquía absoluta en España, que solo se parece superficialmente a las monarquías absolutas europeas en general, debe ser clasificada más bien al lado de las formas asiáticas de gobierno. España, como Turquía, siguió siendo una aglomeración de repúblicas mal administradas con un soberano nominal a su cabeza. El despotismo cambiaba de carácter en las diferentes provincias según la interpretación arbitraria que a las leyes generales daban virreyes y gobernadores; si bien el gobierno era despótico, no impidió que subsistiesen las provincias con sus diferentes leyes y costumbres, con diferentes monedas, con banderas militares de colores diferentes y con sus respectivos sistemas de contribución. El despotismo oriental sólo ataca la autonomía municipal cuando ésta se opone a sus intereses directos, pero permite con satisfacción la supervivencia de dichas instituciones en tanto que éstas lo descargan del deber de cumplir determinadas tareas y le evitan la molestia de una administración regular.”
En cuanto a la originalidad del liberalismo español, Marx concedía a la constitución de 1812 una originalidad que se basaba en la tradición histórica de los pueblos españoles, siendo mía esta nominación de las diferentes entidades políticas y culturales surgidas dentro del estado español:
“La verdad es que la Constitución de 1812 constituye una reproducción de los antiguos fueros, pero interpretados a la luz de la Revolución Francesa y adaptados a las necesidades de la sociedad moderna. El derecho de insurrección, por ejemplo, suele considerarse una de las innovaciones más audaces de la Constitución jacobina de 1793; sin embargo, ese mismo derecho aparece ya en los antiguos Fueros de Sobrarbe, donde recibe el nombre de Privilegio de la Unión. También se encuentra en la antigua Constitución de Castilla. Según los Fueros de Sobrarbe, el rey no puede hacer la paz ni declarar la guerra, ni concluir tratados, sin el consentimiento previo de las Cortes.
La Comisión Permanente, compuesta por siete miembros de las Cortes encargados de velar por la estricta observancia de la Constitución durante la suspensión de las sesiones del cuerpo legislativo, existía ya antiguamente en Aragón y fue introducida en Castilla cuando las principales Cortes de la monarquía se unificaron en un solo cuerpo. En la época de la invasión francesa aún subsistía una institución semejante en el reino de Navarra.”[5]
Sigo citando a Marx, que finaliza su análisis de la constitución de Cádiz con estas palabras: “Al examinar con mayor detenimiento la Constitución de 1812, llegamos a la conclusión de que, lejos de ser una copia servil de la Constitución francesa de 1791, fue un producto genuino y original de la vida intelectual española; una regeneración de las antiguas instituciones nacionales, que introdujo las medidas de reforma reclamadas con insistencia por los autores y estadistas más célebres del siglo XVIII, al tiempo que hacía las concesiones inevitables a los prejuicios populares.”
De hecho, si comparamos con otros países europeos, vemos que la consolidación del liberalismo democrático fue un proceso largo y conflictivo en casi todas partes. El Reino Unido tuvo una evolución gradual, pero Francia vivió revoluciones, golpes de Estado e imperios antes de consolidar la República. Alemania no estableció una democracia liberal estable hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Italia también tuvo enormes dificultades para consolidar instituciones democráticas.
Por tanto, no creo que sea correcto explicar las diferencias entre el norte y el sur de Europa mediante una supuesta falta de tradición liberal en el sur y expresamente en España., porque tradiciones liberales existieron tanto en España como en Italia o Portugal, al igual que en otros países mediterráneos. La cuestión fundamental no fue la ausencia de ideas liberales, sino las condiciones sociales, económicas e institucionales que permitieron o dificultaron que esas ideas se transformaran en democracias liberales sólidas.
Lo que sí se puede decir que es una seña de identidad de la cultura española, comparada con la de otros pueblos, el sueco, por ejemplo, es la percepción del Estado. Para muchos suecos, el Estado se percibe como una herramienta común creada por la sociedad para garantizar la seguridad, la igualdad de oportunidades y la autonomía personal. Esta idea está profundamente vinculada al concepto de folkhemmet (“el hogar del pueblo”), desarrollado especialmente por la socialdemocracia sueca durante el siglo XX, según el cual la sociedad debía funcionar como una gran casa común donde todos los ciudadanos pudieran vivir con dignidad.
Desde esta perspectiva, un Estado fuerte no es necesariamente contrario a la libertad, sino una condición para hacerla posible. La verdadera libertad no consiste únicamente en estar libre de la intervención del Estado, sino en disponer de los medios necesarios para poder tomar decisiones propias. Una persona puede ser más independiente si tiene acceso a educación, sanidad, protección social y servicios públicos que eviten que su vida dependa exclusivamente de la familia, de la riqueza heredada o de relaciones personales de poder. En este sentido, el Estado sueco se ha entendido como un instrumento de emancipación individual.
Esta visión está relacionada con una tradición histórica en la que el Estado no se ha visto tanto como algo ajeno o enfrentado a la sociedad, sino como una expresión organizada de la comunidad. Mientras en otros países, como España, existe una larga tradición de desconfianza hacia el poder estatal, asociada al absolutismo, al autoritarismo o a la corrupción, en Suecia ha predominado durante mucho tiempo la idea de que las instituciones públicas son una construcción colectiva destinada a resolver problemas comunes. El ciudadano no piensa necesariamente en términos del Estado contra el individuo, sino en cómo la sociedad puede organizarse para conseguir objetivos que difícilmente podrían alcanzarse de manera individual.
Esta relación se basa en gran medida en la confianza social. El sistema funciona porque existe la expectativa de que los demás ciudadanos también cumplen sus obligaciones, de que los impuestos se utilizan razonablemente y de que los funcionarios actúan con profesionalidad. La elevada confianza en las instituciones ha sido uno de los pilares del modelo sueco, y el ciudadano acepta pagar impuestos elevados porque percibe que recibe algo a cambio y porque confía en que el sistema beneficia al conjunto de la sociedad.
Sin embargo, el Estado sueco no se concibe tradicionalmente como un Estado paternalista que dicta cómo deben vivir las personas. Más bien se ha intentado combinar un Estado social fuerte con un elevado grado de individualismo. La idea es que las instituciones públicas deben crear las condiciones para que cada persona pueda desarrollar su propio proyecto de vida. Por eso Suecia ha podido unir dos valores que a menudo parecen contradictorios, una amplia responsabilidad colectiva y una fuerte defensa de la autonomía personal.
Esta relación entre Estado e individuo ha sido analizada por el historiador sueco Lars Trägårdh, quien ha señalado que el Estado del bienestar sueco no debilitó necesariamente al individuo, sino que contribuyó a liberarlo de dependencias tradicionales, como la familia[6], la Iglesia o las jerarquías sociales. La seguridad proporcionada por las instituciones públicas permitió que las personas pudieran actuar con mayor independencia.
Naturalmente, también existe una crítica al modelo. Algunos liberales y conservadores suecos han advertido de los peligros de un Estado demasiado potente, de una burocracia excesiva o de una dependencia exajerada de las instituciones públicas. Desde esta perspectiva, un Estado muy poderoso puede reducir la responsabilidad individual y limitar la iniciativa privada. Pero incluso entre muchos críticos existe una aceptación de la idea fundamental de que el Estado no es un enemigo externo de la sociedad, sino una organización creada por los propios ciudadanos.
Volviendo a la imagen de España, Gerald Brenan, en El Laberinto Español, escrito durante la guerra civil y publicado en 1943, describe dos movimientos políticos que el considera “españoles”: el carlismo y el anarquismo, mientras niega cualquier “contribución a las ideas sociales o políticas”, aparte de esas dos:
“Y, sin embargo, nadie que se preocupe por la cultura europea puede cerrar los ojos ante las potencialidades de este pueblo extraordinario. En los últimos años han producido en el arte a Picasso, en la mecánica el autogiro y, en medicina, al menos un invento nuevo y sorprendente. En la literatura y en la música, su producción ha sido característica y original.
¿Cuál ha sido entonces su contribución a las ideas sociales y políticas? Aquí hay que decir de inmediato que, si buscamos la respuesta en los libros, no encontraremos nada demasiado definido. Y, sin embargo, creo que, bajo toda la insensatez y el frenesí de la política española, emerge una actitud coherente.
Tomemos, por ejemplo, esos dos productos enteramente autóctonos del país: el anarquismo español y el carlismo. Como sistemas políticos, ninguno de los dos necesita ser tomado en serio: uno pretende realizar un sueño de un futuro lejano; el otro intenta recuperar un pasado idealizado. Pero, como críticas de la sociedad, ambos canalizan un sentimiento profundamente arraigado entre los españoles.
Podría describirse este sentimiento como un odio hacia las falsedades políticas, un anhelo de una vida social más rica y profunda, una aceptación de un bajo nivel material de existencia y la convicción de que el ideal de la dignidad humana y de la fraternidad nunca puede alcanzarse únicamente por medios políticos, sino que debe buscarse mediante una reforma moral de la sociedad (impuesta obligatoriamente, no hace falta decirlo).
Esta es lo que podríamos llamar la actitud característica española. En contraste con la doctrina liberal, que separa la Iglesia del Estado y la sociedad del gobierno, esta actitud pretende una integración de la vida política y social. Pero no es totalitaria. Lejos de afirmar la supremacía moral del Estado, sostiene la concepción cristiana de que todo ser humano, cualesquiera que sean sus capacidades o su inteligencia, es un fin en sí mismo, y que el Estado existe únicamente para favorecer la realización de esos fines.”[7]
El eslogan “Spain is different” fue una de las campañas turísticas más conocidas de la España del franquismo. Se lanzó en 1964 por iniciativa del Ministerio de Información y Turismo, dirigido entonces por Manuel Fraga Iribarne, con el objetivo de atraer turismo extranjero y proyectar una imagen internacional más amable del país.
La frase tenía una doble lectura. Por un lado, pretendía presentar España como un destino exótico y atractivo, país de sol, playas, fiestas, gastronomía, tradiciones populares y paisajes distintos de los del resto de Europa. Era una invitación al visitante extranjero, España no era simplemente otro país europeo, sino un lugar con una personalidad propia, una cultura singular y una forma de vida diferente.
Al mismo tiempo, el eslogan reflejaba una realidad política y cultural compleja. En los años sesenta España seguía siendo una dictadura autoritaria, aislada durante mucho tiempo de las democracias occidentales. La expresión “Spain is different” podía interpretarse también como una forma de justificar esa diferencia. España no seguía necesariamente los modelos políticos europeos porque tenía una historia, una tradición y unos valores propios. La diferencia cultural podía convertirse así en una explicación de la diferencia política. Permitidme que me atreva a comparar un poco con la China actual. Lo trataré de hacer en una próxima entrada.
La campaña turística tuvo mucho éxito porque conectaba con una imagen que ya existía en el imaginario europeo, la de una España romántica, heredera de los viajeros del siglo XIX que habían buscado en la península una tierra de pasiones, paisajes salvajes, fiestas populares y costumbres pintorescas. El franquismo aprovechó esa visión y la transformó en una herramienta de diplomacia económica, si la política española era difícil de defender internacionalmente, al menos podía venderse una imagen atractiva del país.
Con el paso del tiempo, la frase adquirió también un sentido irónico. Muchos españoles empezaron a utilizar “Spain is different” para señalar precisamente los aspectos más peculiares o problemáticos del país, la improvisación administrativa, ciertas contradicciones sociales, la distancia entre las normas oficiales y la práctica cotidiana, más o menos lo que ya apuntaba Pardo Bazán en 1899.
Después de la Transición democrática, la idea de una España “diferente” cambió de significado. Ya no se trataba tanto de reivindicar una excepcionalidad política, sino de valorar una identidad cultural propia dentro de Europa. España podía ser diferente por su patrimonio, su lengua, su diversidad regional, su historia y su forma de relacionarse socialmente, pero sin situarse fuera de las tendencias europeas.
En cierto modo, el eslogan resume la vieja tensión de la historia española, la pregunta de si España es un país excepcional, con una trayectoria distinta a la europea, o si es una sociedad europea más con sus propias particularidades. La Constitución de 1812, que estábamos tratando antes, ya se encontraba en medio de esa discusión, algunos la veían como una copia de modelos extranjeros, mientras otros, como Marx, defendían que era una creación genuinamente española, nacida de sus propias tradiciones históricas. La noción de una España excepcionalmente atrasada, autoritaria o ajena al liberalismo ha sido cuestionada por historiadores como John H. Elliott, Henry Kamen, José Álvarez Junco o Juan Pablo Fusi, quienes sostienen que muchos de los problemas atribuidos exclusivamente a España, como guerras civiles, intervenciones militares, conflictos religiosos o dificultades para consolidar la democracia liberal, fueron comunes a buena parte de Europa durante los siglos XIX y XX. Me paro aquí hoy, pero prometo continuar, si la salud me acompaña.
[1] https://archive.org/details/la-leyenda-negra-y-la-verdad-historica/page/n3/mode/2up
[2] https://www.filosofia.org/aut/001/1899epb4.htm
[3] https://archive.org/details/montesquieu.-el-espiritu-de-las-leyes-2018/page/n1/mode/2up
[4] https://archivochile.com/Marxismo/Marx%20y%20Engels/kmarx0023.pdf
[5] https://www.marxists.org/archive/marx/works/1854/revolutionary-spain/ch06.htm
[6] Debemos observar esto a la luz de nuestra conversación de ayer.
[7] https://archive.org/details/spanishlabyrinth001334mbp/page/n17/mode/2up

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