Dije ayer que hoy iba a continuar mirando a España desde una perspectiva catalana. Lo voy a hacer desde mi propia perspectiva, porque, siendo yo como soy el resultado de innumerables migraciones y mestizajes acumulados durante generaciones, fácilmente puedo recurrir a mi ascendencia catalana, de Tremp, para ser más concreto. Soy un rompecabezas de etnias y culturas, todos lo somos. Retrocediendo diez generaciones, unos trescientos años, tenemos en teoría más de mil antepasados. Veinte generaciones atrás, el número sería astronómico. Es imposible para una persona nacida en una ciudad moderna que todos ellos pertenecieran a una única identidad étnica. Lo de las identidades étnicas puras es más un mito que una realidad. Los pueblos han migrado, comerciado, guerreado y se han mezclado constantemente durante miles de años. Un español actual, venga de donde venga dentro de la piel de toro, puede tener antepasados iberos, celtas, romanos, visigodos, judíos, norteafricanos, vascos y otros muchos orígenes. Un sueco puede descender de escandinavos, finlandeses, alemanes, bálticos o eslavos. Lo mismo ocurre prácticamente en cualquier lugar del mundo.

Además, la identidad no es solo una cuestión biológica. Una persona puede sentirse vinculada simultáneamente a varias tradiciones culturales, lingüísticas o nacionales. Se puede ser europeo, español, andaluz o catalán, por ejemplo, sin que esas identidades se excluyan entre sí. El historiador francés Fernand Braudel decía que las civilizaciones son el resultado de innumerables capas históricas superpuestas[1]. Algo parecido ocurre con las personas, cada uno de nosotros representa una acumulación de herencias familiares, culturales, lingüísticas e históricas. Quizá por eso algunos historiadores prefieren hablar de identidades históricas y culturales antes que de identidades étnicas. Las primeras pueden cambiar, enriquecerse y coexistir, mientras las segundas dan una impresión engañosa de homogeneidad. Como escribió José Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote, el ser humano no es una esencia fija, sino una historia: “Yo soy yo y mi circunstancia”[2].

Dicho esto, me considero un gran conocedor y observador de la cultura catalana. Desde mi primera visita en 1967, cuando gran parte de Barcelona semejaba ese mundo gris y chabacano que aparece en los libros de Eduardo Mendoza, quedé prendado de sus calles y sus barrios. Desde entonces hasta hoy, he ido presenciando todos los miles de cambios, que han hecho de la Ciudad Condal una urbe tan sugestiva, que millones de extranjeros de todas las partes del mundo la han convertido en ese escaparate turístico que poco a poco va diluyendo su catalanidad.

He recorrido las calles del casco antiguo de Barcelona, el Gótico y más allá, con el libro de Víctor Balaguer Las calles de Barcelona. Origen de sus nombres, recuerdos, tradiciones y leyendas, 1865.[3] He subido a las torres de la Sagrada Familia. He corrido desde Montjuic hasta el Tibidabo. He recorrido los senderos de Montserrat. He comido pescado frito en los chiringuitos de la Barceloneta, que casi impedían la vista al mar, antes de que la olimpiada del 92 abriera la playa. Pero, en fin, no quería simplemente hablar de mi y de mis sensaciones y encuentros con Barcelona y sus alrededores. También comprendo que un catalán pueda decir que Barcelona no es Cataluña, y tendría razón, pero yo he dormido en Poblet, he subido al Canigó, he paseado por las calles de La Seu d´Urgell, Carmona, Figueres, Tremp y tantas otras, de montaña y playa, de payeses y pescadores, que puedo decir, que nada en Cataluña me resulta extraño.

He vivido años, juntando periodos de meses, profundizando en la historia de Cataluña y de sus movimientos políticos, en el Archivo de la Corona de Aragón, La biblioteca Nacional de Catalunya, la Casa de la Ardiaca, la Fundación Jaume Bofill, la Universidad de Barcelona y cientos de otros lugares. De mis estudios han salido algunos escritos, no tantos como podría haberlo hecho, porque yo, entre tanto, vivía mi vida, sentía, amaba, me incorporaba a esa tierra como una semilla más. Por tanto, creedme, puedo ver España desde una perspectiva catalana, sin un ápice de vergüenza.

En esta entrada, intentaré presentar cómo yo creo haber entendido que la idea de España es y ha sido vista desde el horizonte catalán. Primero, como siempre, aclarar eso de los conceptos. Si hablamos de los nombres y no de los Estados modernos, el concepto de España es más antiguo que el de Cataluña, eso está muy claro. El término Hispania aparece ya en la Antigüedad, con los fenicios, que utilizaban una denominación parecida (I-špny)[4] hacia los siglos VIII-VII anteriores a nuestra era, los griegos hablaban de Iberia y, tras la conquista romana iniciada en el siglo III a. C., Roma convirtió Hispania en una realidad geográfica y administrativa del Imperio. Autores romanos como Polibio, Tito Livio o Estrabón hablan de Hispania como el conjunto de tierras de la península Ibérica. Más tarde, durante el reino visigodo, en los siglos VI y VII, se desarrolló una idea más política de Hispania, especialmente en autores como Isidoro de Sevilla, que veía la península como una unidad histórica y cultural. Sin embargo, esta Hispania no era todavía España como Estado nacional, sino una referencia geográfica, cultural y política.

Cataluña aparece mucho después. Tras la conquista carolingia de Barcelona en el año 801, surgieron una serie de condados fronterizos conocidos como la Marca Hispánica: Barcelona, Girona, Osona, Urgell, entre otros. Con el tiempo, especialmente entre los siglos XI y XII, estos territorios fueron adquiriendo una identidad común, y el nombre Cataluña (Catalania, Cathalonia) aparece en las fuentes medievales durante el siglo XII. Cataluña se consolidó como una comunidad política dentro de la Corona de Aragón tras la unión del condado de Barcelona con Aragón en 1137.

Por tanto, la respuesta depende del sentido que demos a las palabras. Si hablamos de una referencia histórica y geográfica, Hispania/España es anterior a Cataluña en más de mil años. Si hablamos de entidades políticas organizadas, Cataluña como conjunto institucional medieval aparece antes que España como Estado unificado. La España moderna nace mucho más tarde, a partir de la unión dinástica de las coronas de Castilla y Aragón a finales del siglo XV y, sobre todo, con el proceso de construcción del Estado español entre los siglos XVIII y XIX. Durante la Edad Media, además, estas identidades no se excluían. Un habitante de Cataluña podía considerarse catalán por sus leyes, lengua e instituciones, súbdito de la Corona de Aragón y, al mismo tiempo, parte de una Hispania o España entendida como realidad histórica y cultural. La idea de una nación española moderna y la idea de una nación catalana moderna son construcciones posteriores, vinculadas sobre todo a los movimientos políticos e intelectuales de los siglos XIX y XX.

La posición autónoma del conde de Barcelona y su función dirigente dentro de la Marca se fortalecieron a medida que el reino franco occidental entraba en crisis durante el siglo X. En el año 985, los musulmanes lanzaron una ofensiva contra la Marca, saquearon e incendiaron Barcelona sin que llegara ayuda desde el otro lado de los Pirineos. La influencia franca sobre la Marca disminuyó aún más a partir de entonces, independientemente del estatus jurídico de la Marca, y el conde Borrell II puede considerarse con razón el primer conde soberano.

Cuando el reino de Aragón y el Principado de Cataluña se unieron en una unión personal en 1150, fue una iniciativa de las élites de Aragón y Cataluña (la antigua Marca) dirigida contra las pretensiones hegemónicas de Castilla. Unidos, Aragón y Cataluña pudieron continuar su expansión hacia el sur, aunque el papel dirigente de Castilla en la Reconquista nunca fue seriamente cuestionado. Aragón-Cataluña creó un imperio mediterráneo propio que, a finales del siglo XIV, llegaba hasta el Mediterráneo oriental. Al mismo tiempo, toda expansión posterior hacia el norte, sobre territorio francés, quedó imposibilitada debido a la consolidación del Estado francés. Los vínculos con el antiguo núcleo territorial francés se debilitaron.

Mediante la unión con Aragón, Cataluña quedó mucho más estrechamente vinculada al resto de la península que antes. Cataluña dio la espalda a Francia y apostó por España.

Los condes de Barcelona comenzaron, a partir de 1140, a buscar alianzas de igual a igual con Castilla, que, sin embargo, siempre mantuvo la iniciativa. El Tratado de Tudilén de 1151 significó que Castilla y Aragón-Cataluña se repartían entre sí los territorios de Al-Ándalus (la España musulmana, la actual Andalucía) que fueran conquistados en el futuro, pero también implicó que el rey/conde de Aragón-Cataluña reconocía estar subordinado al «emperador» de Castilla. Los catalanes avanzaron hacia el sur hasta la frontera con Al-Ándalus y colonizaron, con su propio excedente de población, toda la costa desde la antigua frontera meridional de la Marca (Llobregat) hasta Alicante.

Durante los siglos XIII y XIV existieron, por tanto, tanto un proyecto de expansión catalán como otro castellano, que se desarrollaban en paralelo en la península ibérica. Frente a estos proyectos se encontraban, en primer lugar, los reinos musulmanes de la península, así como Portugal y Navarra, que durante mucho tiempo fueron lo bastante fuertes como para frenar la expansión castellana y aragonesa-catalana, pero demasiado débiles para poder concurrir con los dos mayores proyectos. Contra la expansión de Castilla y Aragón-Cataluña, los pequeños reinos podían solamente intentar desarrollar una política de contención.

Castilla y Aragón-Cataluña presentaban grandes diferencias en lo que respecta a las estructuras internas de poder y a la organización. Mientras que Castilla desarrolló muy pronto un marcado centralismo construido en torno a una monarquía fuerte y apoyado por una cancillería leal, Aragón-Cataluña siguió siendo una formación estatal descentralizada. En la práctica, el conjunto aragonés-catalán nunca llegó a ser más que una confederación muy laxa de monarquías autónomas, que no pocas veces incluso se encontraban en guerra entre sí. La monarquía castellana, en cambio, tenía un objetivo claro y constante: restaurar la antigua Hispania visigoda. En Castilla, este proyecto ya estaba definido desde el siglo XI.

Los gobernantes de Aragón-Cataluña alcanzaron el punto culminante de su poder a finales del siglo XIII. Después, bajo la presión conjunta de los franceses, los turcos y las ciudades italianas, se vieron obligados a retirarse a su núcleo territorial ibérico. Esto ocurrió al mismo tiempo que el poder económico y militar de Castilla se expandía con fuerza.

Hacia una monarquía «española»

Cuando la dinastía castellana de los Trastámara se instaló en el trono de Barcelona y Aragón en 1412, quedaron sentadas las bases dinásticas para la hegemonía castellana en la península ibérica. El poder sobre Aragón-Cataluña pasó de los condes catalanes y de los burgueses de Barcelona a las élites castellanas. Este desplazamiento interno del poder dentro de la confederación privó a la oligarquía de Barcelona de su posición de monopolio político en favor de la nobleza aragonesa.

La lenta caída del imperio catalán dejó al descubierto conflictos de intereses, tanto dentro de la confederación Aragón-Cataluña como entre la nobleza feudal y la burguesía de Barcelona. Las tensiones culminaron con la revuelta de la nobleza catalana entre 1462 y 1472.

En 1469 contrajeron matrimonio los herederos de los dos reinos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. La unión personal fue una consecuencia natural de varios factores:

1. la posición de poder de Castilla en la península;

2. el retroceso de Aragón-Cataluña;

3. la presión francesa y turca;

4. el sueño de Castilla de una España unificada.

Juntos, Fernando e Isabel hicieron realidad el antiguo sueño castellano de restaurar Hispania, una España unida, mediante la conquista de Granada en 1492. En 1512, finalmente, Fernando cerró el círculo anexionando a la fuerza el sur de Navarra en nombre de Castilla, tras la muerte de Isabel 1504.

La hija de Fernando e Isabel, Juana, transmitió la herencia a su hijo Carlos (príncipe de la casa de Habsburgo y, desde 1519, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico), quien en 1516 asumió los dominios de sus abuelos maternos: Castilla, Aragón-Cataluña, Navarra y Granada.

Carlos inició un proceso de integración que, en la práctica, supuso la formación de un Estado español, aunque seguía basándose en el mismo modelo de confederación laxa que caracterizaba al reino de Aragón, es decir, el modelo de unión personal de sus abuelos.

Al principio, la integración y la centralización encontraron una mayor resistencia en Castilla que en Aragón o Cataluña. En Castilla, el parlamento y las ciudades se alzaron contra la política de Carlos, pero la revuelta fue sofocada.

España se convirtió en una plataforma de lanzamiento para que Carlos alcanzara la dignidad imperial y en una carta de triunfo en la lucha contra Francia. El proyecto castellano de integración quedó eclipsado por la política imperial de la monarquía de los Habsburgo.

La llegada de los Habsburgo al poder no significó el fin de las instituciones castellanas, navarras o catalanas. Ni siquiera después de la revuelta castellana de las Comunidades y de las agitaciones en Valencia y Mallorca, las llamadas Germanías, se realizaron desde el poder central intentos serios de limitar la autonomía regional.

La excepción fue Aragón, que en 1591 sufrió una intervención directa de la Corona tras el asunto de Antonio Pérez y se convirtió en la primera región sometida a un control central efectivo. Sin embargo, a pesar de esta descentralización, el acceso al trono de Carlos V marca el nacimiento del Estado español, al quedar reunidas bajo un mismo monarca las diferentes entidades territoriales (Portugal se incorporaría más tarde, en 1580) que habían surgido a lo largo de más de ochocientos años en la península ibérica.

Para cualquier forma de tributación o prestación extraordinaria seguía siendo necesario el consentimiento de los parlamentos regionales, pero la monarquía ocupaba una posición negociadora tan fuerte que, en la práctica, era imposible que las regiones se opusieran durante mucho tiempo a los deseos del soberano. Cataluña mostró frente a Madrid una sumisión que reflejaba la débil posición de Barcelona. La independencia de las instituciones autónomas también se vio erosionada por la creciente influencia del poder central sobre su composición.

Un paso importante hacia la centralización del Estado español se dio en 1561, cuando la capital fue establecida de forma permanente en Madrid. La elección de Felipe II de aquella ciudad castellana sin tradición política como capital de España fue una manera de mantener la dirección del reino fuera del alcance de los todavía poderosos y presumiblemente molestos parlamentos regionales.

Aunque Madrid se encontraba en el corazón de Castilla, era un dominio real y, por tanto, quedaba fuera de la influencia de las Cortes castellanas. Madrid se convirtió en una especie de territorio neutral desde el cual el rey y la poderosa burocracia imperial podían gobernar el imperio mundial español.

Desde Madrid se trazaban las directrices de una política cuyas consecuencias podían sentirse en toda Europa e incluso en el resto del mundo. Al mismo tiempo, Valladolid, Barcelona y Pamplona dejaron de ser centros políticos de importancia internacional y quedaron reducidas a capitales administrativas regionales.

España no evolucionó hacia un Estado nacional, sino que las diferencias regionales se reforzaron a través de la construcción del imperio. Cuando Colón regresó de su primer viaje en 1493 a lo que creía que eran las Indias, se dirigió en Barcelona a Fernando e Isabel. Sin embargo, su descubrimiento no se realizó en nombre de España, sino de Castilla, algo que quedó también establecido un año después en el Tratado de Tordesillas.

Aragón, y por tanto también Cataluña, quedó excluido del imperio. Sus habitantes fueron impedidos de participar en la colonización de América y sus ciudades quedaron apartadas tanto del lucrativo comercio colonial como del oro y la plata procedentes del Nuevo Mundo. En la práctica, Aragón fue equiparado al resto de territorios del imperio, mientras que Castilla se convirtió en su centro. En Castilla, la autonomía regional acabó desapareciendo y fue sustituida por una simbiosis con el poder central.

La perspectiva de la formación nacional

El propio concepto de «España» experimentó un largo proceso de transformación, pasando de tener un significado geográfico y territorial, comparable a Escandinavia o los Balcanes, a designar un Estado territorial.

Durante el siglo XVI, los términos «España» y «españoles» se utilizaban tanto dentro como fuera de la península ibérica para designar a todos los grupos etnoterritoriales de la península (excepto Portugal) y a sus habitantes. Ser español durante el apogeo de los Habsburgo era algo positivo también para quienes no eran castellanos, hasta el punto de que posteriormente los castellanos fueron acusados de intentar monopolizar el concepto y utilizarlo exclusivamente para sí mismos.

«La mayoría de los castellanos disfrutan diciendo públicamente que esta provincia (es decir, Cataluña) no es España y que nosotros no somos españoles.»

El escritor Cristòfor Despuig escribió sus Coloquios de Tortosa en 1557 como respuesta a la tendencia de los cronistas castellanos a olvidar Cataluña en sus relatos históricos. Despuig no pretendía únicamente destacar el carácter español de Cataluña, sino también reivindicar para ella un lugar central en España. Continuaba diciendo:

«Esta provincia no es solamente una parte de España, sino la mejor España.»

Este último pasaje es especialmente interesante para los debates actuales, porque muestra que en pleno siglo XVI un autor catalán como Cristòfor Despuig no contrapone Cataluña a España, sino que reivindica simultáneamente ambas identidades: Cataluña forma parte de España y, según él, constituye incluso su mejor expresión. Es un ejemplo muy citado por historiadores que sostienen que la identidad catalana y la española no se percibían necesariamente como incompatibles en la Edad Moderna. Continuará.


[1] https://archive.org/stream/braudel-fernand.-las-civilizaciones-actuales-ocr-1966/Braudel%2C%20Fernand.%20-%20Las%20civilizaciones%20actuales%20%5Bocr%5D%20%5B1966%5D_djvu.txt

[2] https://ia800605.us.archive.org/24/items/jose-ortega-y-gasset-meditaciones-del-quijote-e-pub-libre-1914/Jos%C3%A9%20Ortega%20y%20Gasset%20-%20Meditaciones%20del%20Quijote-ePubLibre%20%281914%29.pdf

[3] https://archive.org/details/lascallesdebarc00balagoog/page/n14/mode/2up

[4] Durante mucho tiempo tuvo mucha difusión la explicación según la cual I-špny significaría “isla o costa de los conejos” (i como “isla” y špny relacionado con un supuesto término para conejo). Esta interpretación fue popularizada por autores como el hebraísta Samuel Bochart, aunque hoy muchos especialistas la consideran poco segura. Uno de los primeros autores modernos que defendió una explicación fenicia fue el filólogo alemán Wilhelm Gesenius (1786-1842). Gesenius propuso que Hispania podía relacionarse con una expresión fenicia, aunque las interpretaciones concretas han ido cambiando.