Los lunes toca colada. Esa ocupación tediosa que nos ata a una máquina o dos máquinas, en mi caso, durante unas cuantas horas. De siete a diez de la mañana tengo que estar atento para llenar, vaciar, secar y recoger toda la ropa que hemos ensuciado durante la semana, qu es mucha. Y, mientras la máquina trabaja, me veo obligado a matar el tiempo, como decía mi madre.
Matar el tiempo» es una expresión curiosa, porque el tiempo es precisamente aquello que no podemos matar. Podemos distraernos, llenarlo, olvidarlo por un instante, pero mientras creemos matarlo, es él quien nos va matando lentamente.
Matar el tiempo es sentarse a mirar cómo pasan las nubes, hojear un libro sin leerlo, contemplar a la gente desde un banco, dejar que una mañana se consuma sin pedirle nada. Es vivir unas horas como si fueran monedas sin valor, gastándolas sin pensar. Cuando decimos que matamos el tiempo, tal vez lo que intentamos matar es nuestra conciencia de que el tiempo pasa. Porque el tiempo vacío nos enfrenta con nosotros mismos. Y entonces buscamos cualquier cosa, una conversación, una pantalla, un paseo en mi caso, una taza de café, cualquier cosa para no escuchar el tic-tac silencioso de nuestra propia existencia.
Por eso quizá sería mejor decir “acompañar el tiempo”, dejar que pase a nuestro lado mientras caminamos. No intentar matarlo, sino caminar con él, sabiendo que cada minuto que dejamos pasar no vuelve. Porque el tiempo no muere, el que muere, poco a poco, es el tiempo que nosotros teníamos para vivir.
Esta mañana he decidido no matar el tiempo. He decidido acompañarlo.
Lleno la lavadora, echo el detergente y un poco de suavizante, elijo el programa y aprieto el botón. La máquina comienza su trabajo con ese rumor doméstico que anuncia que algo, aunque sea una pequeña carga de ropa, se ha puesto en movimiento. Miro el tiempo que necesita el programa. Cinco kilómetros, pienso. Es aproximadamente lo que tardaré en volver.
Salgo.
Es temprano y la ciudad todavía no se ha llenado de gente. Las calles parecen recién estrenadas. Hay algo especial en caminar por una ciudad antes de que despierte del todo: uno puede escuchar cómo empieza el día. Una puerta que se abre, el ruido lejano de un autobús, el primer automóvil, una bicicleta que pasa, alguien que levanta la persiana de una tienda. Los sonidos se van incorporando poco a poco al silencio de la mañana, como si la ciudad fuera respirando después de una larga noche.
Yo también voy despertando.
Mientras camino vuelven a mi cabeza algunas imágenes del sueño que acaba de interrumpir el despertador. Es curioso cómo los sueños se deshacen con tanta rapidez. Intento retenerlos mientras avanzo, como quien intenta llevar agua entre las manos. Algunas imágenes permanecen; otras se escapan antes de que pueda darles un nombre.
También mi cuerpo despierta con cada paso. Primero lentamente, después con mayor decisión. Alargo la zancada. Acelero. Quiero sentir el cuerpo trabajando, notar cómo aumenta la respiración, cómo el corazón responde al esfuerzo. No se trata de llegar a ninguna parte. Es casi una comprobación: a ver si todo funciona. Y, por ahora, parece que sí.
Cinco kilómetros después regreso a casa.
La lavadora ha terminado su trabajo. Abro la puerta y saco la ropa todavía húmeda. La voy pasando a la secadora, una prenda detrás de otra. La estiro, la sacudo, la coloco. Procuro que cada cosa tenga su sitio para que al final no salga arrugada. Recuerdo las instrucciones de mi compañera. Hay cosas que uno aprende porque se las han repetido muchas veces y otras porque no quiere defraudar a quien se las enseñó.
Cierro la secadora.
Y vuelvo a salir.
Esta vez escojo otro camino. No quiero repetir el paseo anterior. Busco un trayecto más solitario, más apartado del ruido, más metido en el otoño. Los árboles han empezado a cambiar de color y el suelo está cubierto aquí y allá de hojas. El aire tiene ese olor que solamente pertenece a esta época del año: húmedo, vegetal, ligeramente frío, un olor que parece venir de la tierra misma.
Camino otros cinco kilómetros.
Y durante todo el trayecto me acompaña el otoño. No hace falta pensar demasiado. A veces basta con caminar y mirar. El tiempo, que al principio parecía algo que había que llenar mientras la ropa se lavaba, se ha convertido en otra cosa. Ya no estoy esperando que termine el programa de la lavadora. Estoy dentro de ese tiempo, caminando con él.
Cuando regreso, la secadora ha terminado.
Recojo la ropa todavía tibia. La voy doblando cuidadosamente y colocando cada cosa en su lugar. Camisetas, pantalones, ropa interior, calcetines. Una pequeña ceremonia doméstica que nadie verá y que, sin embargo, deja una extraña sensación de orden.
Entonces me siento.
Y escribo estas líneas.
La lavadora ha lavado. La secadora ha secado. La ropa está limpia, seca y doblada. Yo he caminado diez kilómetros y, de alguna manera, también he hecho algo parecido con el tiempo: lo he atravesado.
Quizá eso sea lo contrario de matar el tiempo.
No intentar que pase más deprisa, ni llenarlo de cosas para no sentirlo, sino caminar a su lado, escuchar cómo respira la ciudad, sentir cómo responde nuestro cuerpo y mirar cómo cambia el mundo mientras nosotros cambiamos con él.
Esta mañana no he matado el tiempo.
He salido a pasear con él.
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