Acabo de sentarme en mi lugar preferido, aquí en la cocina, con la ventana a mi izquierda, a través de la cual veo pasar el tiempo y las estaciones del año siguiendo los cambios de un majuelo. Es sábado y todo parece dormir a esta hora de la mañana. Cuando termine de escribir esta entrada, saldré a dar mi paseo.
Es un día gris de otoño, el último de octubre, víspera de Todos los Santos, aunque aquí en Suecia, se celebra hoy. Debería pensar en todas y todos aquellos que formaron parte de mi vida y ya no están: familiares, amigos, conocidos, ídolos de mi juventud. Sin embargo, si soy sincero, ahora mismo solo pienso en mí.
No sé, pero puede que sea inevitable. La muerte de los demás nos recuerda nuestra propia finitud. Cada nombre que recuperamos de la memoria nos devuelve también a una época de nuestra vida, a una versión anterior de nosotros mismos, a lugares que ya no existen o que han cambiado tanto que apenas los reconocemos. Recordamos a quienes se fueron, pero también al joven que fuimos cuando compartíamos con ellos una parte del camino.
Y así, mientras miro el majuelo a través de la ventana, pienso en el tiempo. En el que ha pasado, en el que he vivido y en el que todavía tengo por delante. No sé si debería sentir nostalgia, agradecimiento o simplemente curiosidad. Tal vez un poco de todo. Dentro de un rato saldré a caminar. El mundo seguirá ahí, aunque las estaciones cambien y algunas personas que conocimos ya no estén para acompañarnos.
Me sobrecoge un poco pensar que he consumido ya casi todo mi tiempo. No es una idea que me produzca exactamente miedo, pero tampoco puedo contemplarla con indiferencia. Durante buena parte de mi vida el tiempo parecía una posesión inagotable. Siempre había un mañana para hacer aquello que hoy dejábamos pendiente. Ahora sé que no es así. No conozco la extensión del camino que me queda, pero tengo la certeza de que ya no puedo dar por supuesto que será muy largo. Por eso me detengo más en ciertas cosas. En la luz que entra por la ventana, en los cambios del majuelo, en una conversación inesperada, en el placer de caminar sin tener que llegar a ninguna parte. No quiero convertir cada día en una despedida anticipada, pero tampoco quiero vivir como si el tiempo no tuviera límites.
Hoy es sábado, el último día de octubre. Dentro de un rato saldré a caminar. Más tarde iremos a poner una flor en la tumba de mi suegro. El otoño seguirá su curso y el majuelo perderá poco a poco sus hojas. Yo seguiré caminando mientras pueda. Y, por ahora, eso me parece suficiente.
Pasado mañana vendrán mis amigos Eduardo y Vicky. Hace más de cuarenta años que nos conocemos Eduardo y yo, y Vicky más de treinta. Cuando nos encontramos, volvemos a hablar de nuestras vidas, de las cosas que hemos compartido, de quienes ya no están y de quienes seguimos aquí. Hay amistades que se convierten en una especie de hilo conductor de nuestra existencia. Nos permiten reconocer al joven que fuimos en la persona que somos ahora, aunque hayan cambiado nuestros rostros, nuestras preocupaciones y nuestras maneras de mirar el mundo.
Eso lo que pienso esta mañana, sentado frente a la ventana. El tiempo pasa, se lleva personas, transforma lugares y modifica nuestros cuerpos. Pero también nos deja recuerdos, afectos y encuentros que siguen dando sentido a los días. No puedo recuperar el tiempo vivido ni sé cuánto me queda por vivir. Lo que sí puedo hacer es seguir atento a lo que ocurre a mi alrededor, disfrutar de la compañía de quienes quiero y salir a caminar mientras las piernas me acompañen.
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