Hace un par de años viajé con mi familia desde Málaga a Madrid en el AVE. Recuerdo que, durante buena parte del trayecto, estuve pendiente de la pantalla que nos informaba de la velocidad a la que circulábamos. Cuando veía que el tren superaba los doscientos cincuenta kilómetros por hora, no podía evitar sentir cierta inquietud. Me parecía extraordinario que aquella enorme máquina se desplazara tan deprisa, con nosotros dentro, sentados cómodamente en nuestros asientos, como si tal cosa. Los demás pasajeros leían, miraban sus teléfonos, conversaban o dormitaban. Mi familia parecía viajar con absoluta tranquilidad. Yo, en cambio, tenía demasiada imaginación.

No es que creyera que iba a ocurrir una desgracia, no,  ni que desconfiara especialmente de la tecnología ferroviaria. Pero mi cabeza empezaba a trabajar por su cuenta. ¿Qué sucedería si se rompía una pieza fundamental? ¿Y si aparecía un obstáculo en la vía? ¿Cómo reaccionaría el tren ante un imprevisto a semejante velocidad? ¿Cuánto espacio necesitaría para detenerse? Una pregunta llevaba a otra y, antes de darme cuenta, mi imaginación había construido una pequeña colección de catástrofes posibles. No necesitaba que sucediera nada fuera de lo normal. Me bastaba con mirar la cifra de la pantalla para poner en marcha todo aquel mecanismo.

Mientras tanto, procuraba mantener una expresión tranquila. No quería preocupar a mi familia ni convertir un viaje agradable en una conversación sobre accidentes ferroviarios. Me guardaba mis pensamientos y volvía a mirar la pantalla, como si la información que aparecía en ella pudiera ofrecerme alguna respuesta. Pero aquella cifra tenía algo de inquietante. Cuanto más alta era, más consciente me hacía de la velocidad a la que nos desplazábamos y de mi absoluta incapacidad para intervenir en lo que pudiera suceder. Yo no conducía, no conocía los sistemas que gobernaban aquella máquina. Había, además, una razón para que mi imaginación se disparase de aquella manera. No viajaba completamente desprevenido ante la posibilidad de un accidente ferroviario. Tenía presente la tragedia de Angrois, cerca de Santiago de Compostela, ocurrida en julio de 2013, cuando un tren Alvia había entrado en una curva a una velocidad muy superior a la permitida y el descarrilamiento había costado la vida a ochenta personas. Recordaba las imágenes que habían recorrido los informativos, los vagones destrozados y la desesperación de quienes acudieron a socorrer a las víctimas.

Aquel accidente había demostrado que la tecnología más avanzada no elimina por completo el error humano ni todos los riesgos. Y ahora estaba yo, sentado en un AVE, mirando una pantalla que indicaba nuestra velocidad. No podía evitar establecer una relación entre ambas cosas, aunque sabía perfectamente que se trataba de circunstancias diferentes. Mi razón me decía que estaba viajando en un sistema diseñado para circular a aquella velocidad; mi imaginación, menos disciplinada, me recordaba que también los sistemas más sofisticados dependen de personas, procedimientos y mecanismos que pueden fallar.

No comenté nada con mi familia. No quería transmitirles una inquietud que quizá solo existía en mi cabeza. Seguí mirando la pantalla, guardándome mis pensamientos, mientras el tren avanzaba hacia Madrid. Ellos viajaban; yo, además de viajar, imaginaba.

En relidad, siempre me ha interesado la historia de las innovaciones humanas y la manera en que transforman nuestra existencia. El ferrocarril fue una de las grandes revoluciones de la sociedad industrial. Cuando aparecieron las primeras locomotoras, la velocidad a la que se desplazaban aquellas máquinas resultaba asombrosa para quienes estaban acostumbrados a caminar, montar a caballo o viajar en carruajes. También despertaba temor. Los accidentes de los primeros tiempos alimentaron la desconfianza y obligaron a desarrollar nuevas medidas de seguridad. Con el paso de las décadas, lo que había parecido extraordinario se convirtió en algo cotidiano. Hoy nos subimos a un tren de alta velocidad, dejamos atrás cientos de kilómetros en unas horas y apenas pensamos en la complejidad técnica que hace posible el viaje.

O, al menos, eso es lo que hacemos la mayoría de las veces. Porque basta una pequeña circunstancia para que lo cotidiano vuelva a parecernos extraordinario. En mi caso fue aquella pantalla. La velocidad, que normalmente permanece oculta detrás de la comodidad del viaje, se hacía visible mediante una cifra que cambiaba ante mis ojos. Y cada incremento parecía recordarme que estábamos confiando nuestras vidas a una máquina que se desplazaba mucho más deprisa de lo que yo habría considerado razonable si hubiera tenido que decidirlo por mi cuenta.

Naturalmente, sé que la sensación de peligro no equivale necesariamente a un peligro real. El AVE está construido para circular a esas velocidades y cuenta con sistemas de control y seguridad que no dependen de la atención de un pasajero preocupado. Pero el conocimiento racional no siempre consigue convencer a la imaginación. Uno puede saber que una actividad es segura y, al mismo tiempo, experimentar cierta inquietud cuando piensa en todo lo que podría salir mal. La razón calcula probabilidades; la imaginación, en cambio, tiene una capacidad casi ilimitada para representar acontecimientos posibles, por improbables que sean.

Al final, llegamos a Madrid sin que sucediera absolutamente nada, como era de esperar. Mi familia había disfrutado del viaje y yo no había compartido con nadie mis inquietudes. Bajé del tren y seguí con mi vida, sin que quedara ninguna huella visible de aquella pequeña batalla interior. Pero todavía recuerdo la escena: la pantalla, las cifras, la velocidad y aquel pasajero, que era yo, que intentaba parecer tranquilo mientras su cabeza viajaba por lugares bastante menos agradables que los que atravesaba el tren.

El 18 de enero de 2026, un tren Iryo que viajaba de Málaga a Madrid, el mismo trayecto que hicimos unos meses atras, descarriló y sus vagones invadieron la vía contigua, por la que circulaba un Alvia con destino a Huelva. Los dos trenes colisionaron.a la altura de Adamuz, en Córdoba, y el accidente causó la muerte de 46 personas. 

Con los años he aprendido que no siempre podemos evitar nuestros temores, pero sí podemos reconocer la distancia que existe entre lo que sentimos y lo que sabemos. También he aprendido que la confianza en los demás y en las instituciones que hacen posible nuestra vida cotidiana es una necesidad, aunque no siempre resulte fácil. Viajamos en trenes, volamos en aviones, cruzamos puentes y utilizamos máquinas cuyo funcionamiento desconocemos. La civilización moderna nos exige aceptar continuamente riesgos que no estamos en condiciones de evaluar por nosotros mismos.

Esta mañana, mientras caminaba, escuchaba Radio Nacional. Serían alrededor de las nueve cuando Juan Ramón Lucas interrumpió una entrevista para dar paso a una noticia urgente: se había producido un accidente ferroviario en la provincia de Toledo, en la línea de alta velocidad entre Madrid y Sevilla.

Me detuve mentalmente, aunque mis piernas seguían caminando. No era la primera vez que una noticia semejante me hacía pensar en la fragilidad de nuestra confianza en la tecnología. Recordé, claro está, mi viaje en el AVE desde Málaga a Madrid, dos años atrás, cuando observaba en la pantalla la velocidad a la que circulábamos. Recordé también Angrois y, más recientemente, el accidente de Adamuz. Ahora volvía a ocurrir una tragedia ferroviaria, y de nuevo la noticia irrumpía en una mañana cualquiera.

Hay algo desconcertante en estas interrupciones de la vida cotidiana. Uno sale a caminar, escucha la radio, piensa en sus cosas y, de pronto, se encuentra ante una desgracia que afecta a personas que hasta unos minutos antes viajaban hacia sus destinos, quizá con la misma despreocupación con la que nosotros empezamos el día. 

Todos mis pensamientos están ahora con las víctimas y sus familiares, con quienes esperaban su llegada y han recibido, en lugar del abrazo que aguardaban, una noticia terrible. Pienso también en los heridos, en quienes han sufrido lesiones que quizá les acompañen el resto de sus vidas, en quienes han visto truncadas de golpe sus ilusiones, sus proyectos y su manera de entender el futuro. Cada viajero llevaba consigo una historia, unos afectos, unas preocupaciones y unos planes. Ninguno había subido al tren pensando que su vida podía cambiar de aquella manera.

Cuando ocurre una tragedia así, las cifras son necesarias para comprender la magnitud de la catástrofe, pero nunca alcanzan a expresar todo lo que ha sucedido. Detrás de cada víctima hay personas que la querían; detrás de cada herido, una vida que tendrá que encontrar de nuevo su camino. Y detrás de cada familia golpeada por la desgracia queda un vacío que ninguna explicación técnica, ninguna investigación y ninguna indemnización podrán borrar por completo.

El azar forma parte de la vida. Podemos planificar nuestros días, confiar en la ciencia y en la técnica, organizar nuestros viajes y hacer proyectos para el futuro, pero nunca llegamos a dominar por completo lo que nos sucede. A veces, en unos segundos, todo cambia. Para unos, la vida termina; para otros, comienza una lucha dolorosa por recuperar la salud, reconstruir sus ilusiones o aprender a vivir con una ausencia que nada podrá llenar.

La vida, sin embargo, sigue. No porque el dolor desaparezca ni porque el tiempo lo cure todo, sino porque quienes permanecen tienen que encontrar la manera de continuar. Hoy mis pensamientos están con las víctimas, con los heridos y con quienes esperan noticias de sus seres queridos. Ante una tragedia así, sobran las grandes palabras. Queda la solidaridad, queda el deber de conocer la verdad y queda, también, esa obstinada continuidad de la existencia que nos obliga a levantarnos cada mañana, salir a caminar y seguir adelante, aunque el mundo, de pronto, nos recuerde cuán frágil es todo.