Tengo que confesar que estoy bastante aturdido. Esta sensación se debe a un cúmulo de cosas que están ocurriendo a mi alrededor, empezando por los resultados de las elecciones en Suecia que nos han dejado en una situación confusa, en cuanto a la posibilidad de formar gobierno. Y es que, las elecciones suecas no han dado una victoria ideológica inequívoca a la izquierda roja y verde, como algunos quieren hacer ver, sino que, han producido una mayoría parlamentaria potencial en la que el liberalismo centrista resulta decisivo, pese a que no comparte necesariamente el proyecto económico de los partidos de izquierda. Por tanto, a día de hoy, no podemos saber que tipo de gobierno vamos a tener, si de derechas o izquierdas. Bastante desconcertante, si me preguntáis..

Además, las últimas semanas han estado marcadas por movilizaciones en Francia, Italia, España, Portugal y Albania. Las causas son diversas, pero coinciden en vivienda inaccesible, salarios, pensiones, deterioro de los servicios públicos, educación y corrupción. En Francia, las protestas estudiantiles comenzaron con reivindicaciones sobre los centros educativos y se extendieron a otros sectores; algunas manifestaciones derivaron en disturbios y detenciones. Aquí, en Suecia, por ahora, no vemos ese tipo de minifestaciones. No es que les falten a los jóvenes causas que defender o reclamaciones que hacer, pero, al menos por ahora, no se organizan ese tipo de movidas por nuestras calles. 

Yo sé de sobra que no conviene confundir una acumulación de acontecimientos inquietantes con el anuncio de una catástrofe inevitable. Las sociedades atraviesan crisis, se transforman y, en ocasiones, encuentran soluciones que antes parecían imposibles. Aunque la historia también enseña que el progreso material no garantiza por sí solo la estabilidad política ni la cohesión social. Cuando las expectativas de una población chocan durante mucho tiempo con sus condiciones reales de vida, aparecen tensiones que pueden adoptar formas muy diferentes.

Mi impresión, a partir de los acontecimientos de este octubre, es que merece la pena observar menos cada episodio como una noticia aislada y prestar más atención a las preguntas que se repiten. Se trata de conocer cuales son las expectativas de los jóvenes, y qué es lo que las instituciones pueden ofrecerles. También es importante prestar atención a quién controla las nuevas tecnologías y cómo se reparte la riqueza que estas generan. Eso de las expectativas es esencial, porque parece que existe una dicotomía entre las expectativas de los jóvenes occidentales y las posibilidades de nuestras sociedades para satisfacerlas. 

Durante décadas hemos educado a los jóvenes en la idea de que el esfuerzo, la formación, el trabajo y la iniciativa personal les permitirían vivir mejor que sus padres. No se trataba solamente de una promesa económica. Era también una promesa de autonomía: poder elegir una profesión, encontrar una vivienda, formar una familia si lo deseaban, viajar, desarrollar sus capacidades y participar en una sociedad que ofrecía cada vez más posibilidades.

Hoy esa promesa parece haberse debilitado. Y lo más importante es que no hablamos necesariamente de jóvenes que aspiran a una vida extraordinariamente lujosa, sino de muchos que dudan de poder alcanzar lo que sus padres consideraban normal, algo tan natural como un empleo razonablemente estable, una vivienda propia o asequible, tiempo libre para disfrutar y una perspectiva de progreso.

La contradicción es especialmente inquietante porque nuestras sociedades poseen una capacidad tecnológica y productiva extraordinaria. Somos capaces de desarrollar inteligencia artificial, automatizar tareas complejas, producir cantidades inmensas de bienes y transmitir conocimientos a una escala que habría resultado inimaginable hace unas décadas. Sin embargo, esa capacidad no se traduce automáticamente en una vida más segura para la mayoría. Podemos ser más ricos como sociedad y, al mismo tiempo, hacer que determinados bienes esenciales resulten menos accesibles para quienes están comenzando su vida adulta.

Los datos europeos respaldan esta impresión. Un informe de la Comisión Europea publicado en enero de 2026 identifica dificultades crecientes para las generaciones jóvenes en materia de ingresos y acceso a la vivienda, en comparación con generaciones anteriores a la misma edad. Eurofound, por su parte, advierte de que la vivienda inasequible limita la independencia, las oportunidades laborales y las decisiones de formar una familia.

https://regions-and-cities.ec.europa.eu/whats-new/newsroom/intergenerational-fairness-eu-income-and-housing-dynamics-context-demographic-change-2026-01-22_en

Pero creo que debemos ir un poco más allá de la cuestión material. El problema no es solamente que las expectativas sean demasiado elevadas o que los recursos disponibles sean insuficientes. Es que hemos construido sociedades que estimulan continuamente el deseo de progresar, mientras que sus estructuras económicas dificultan cada vez más el acceso a algunas de las condiciones necesarias para hacerlo.

Concretamente, hoy, escuchando en la radio sueca a un joven que trataba de explicar la situación en que se encuentran muchos jóvenes como él, me resutó interesante que repitiera tantas veces la frase “pérdida de valor adquisitivo”. Es que, es ahí, creo yo, donde aprieta el zapato, como decimos en Suecia. Es la pérdida de valor adquisitivo, o sea, la falta de posibilidades de seguir consumiendo más y más en todos los sentidos y, me pregunto: ¿cómo podrán estos mismos jóvenes defender la lucha contra el cambio climático y al mismo tiempo desear “mayor poder adquisitivo”?

El progreso se ha medido hasta ahora, en buena medida, por la capacidad de consumir cada vez más. Una vivienda más grande y más cómoda, un automóvil más seguro y mejor, viajes más frecuentes y a lugares más lejanos, dispositivos electrónicos modernos y de alta gama, más posibilidades de ocio y una renovación constante de todo aquello que poseemos. El crecimiento económico ha alimentado la expectativa de que cada generación dispondría de más que la anterior. No solamente de más seguridad material, sino también de más opciones para elegir y disfrutar de la vida.

Cuando esa capacidad de consumo se reduce, aunque sea poco, la sensación no es necesariamente la de estar pasando hambre o carecer de lo imprescindible. Puede ser, sencillamente, la de estar perdiendo terreno, de no poder mantener el nivel de vida que uno esperaba alcanzar. Y para una generación que ha crecido rodeada de mensajes que identifican el éxito con la capacidad de consumir, esa pérdida puede vivirse como una frustración profunda.

Y, digo yo y repito: ¿cómo pueden esos mismos jóvenes defender la lucha contra el cambio climático si sienten que las medidas necesarias para afrontarlo amenazan precisamente su capacidad de consumir y disfrutar de la vida?

Los datos sugieren que mi preocupación no es una contradicción imaginaria. En la encuesta europea de juventud publicada en 2025, el coste de la vida era la principal preocupación para el 40 % de los jóvenes de entre 16 y 30 años, mientras que aproximadamente un tercio señalaba el medio ambiente y el cambio climático como prioridades para los próximos cinco años. Ambas preocupaciones coexisten.

https://www.europarl.europa.eu/pdfs/news/expert/2025/2/press_release/20250210IPR26795/20250210IPR26795_en.pdf 

Y un estudio de la OCDE publicado en agosto de 2026 llega a una conclusión importante: la preocupación por el cambio climático no garantiza el apoyo a cualquier política climática. Cuando las medidas se perciben como una amenaza para la seguridad económica, el respaldo disminuye, sobre todo entre quienes tienen menos margen financiero.

https://www.oecd.org/en/publications/taking-the-temperature-on-climate-change-and-on-just-transition-policies_96cf0561-en.html

Creo que aquí debemos distinguir entre dos cosas. Una es defender que hay que combatir el cambio climático; otra, aceptar que esa lucha implique renunciar a determinadas comodidades, pagar más por la energía o limitar ciertas formas de consumo. La primera convicción puede ser sincera y profunda, pero la segunda pone a prueba hasta qué punto estamos dispuestos a asumir sus consecuencias.

Comprendo que no es justo acusar a los jóvenes de incoherencia sin más. Ellos no fueron los que diseñaron una sociedad que identifica el éxito con el consumo creciente. Han nacido en ella. Han recibido mensajes constantes que les dicen que deben formarse, trabajar, viajar, disfrutar y aprovechar todas las posibilidades que ofrece el mundo. Después les decimos que ese modelo de vida no es sostenible y que deben modificar sus aspiraciones. ¿No hay ahí una contradicción que también los adultos, entre los que me encuentro, debemos asumir?

Además, hay una cuestión de justicia. Si una familia acomodada puede comprar un coche eléctrico, instalar paneles solares y pagar una vivienda energéticamente eficiente, mientras que otra apenas puede afrontar el alquiler y la factura de la luz, la transición ecológica no se vive de la misma manera. Una política climática que encarece la vida cotidiana sin ofrecer alternativas accesibles corre el riesgo de convertir la protección del planeta en un privilegio de quienes pueden permitírsela. Eso lo hemos estado intentando explicar desde mi partido por medio de nuestra ministra de medio ambiente y cambio climático, Romina Pourmukthari, y muchos han querido hacer oídos sordos a sus explicaciones. 

No debemos pedir a los jóvenes simplemente que consuman menos. Tenemos que preguntarnos todos si somos capaces de imaginar una idea de bienestar que no dependa de consumir cada vez más. Un transporte público eficaz, viviendas asequibles y bien acondicionadas, ciudades donde sea agradable caminar, productos duraderos, más tiempo libre y menos dependencia de la renovación permanente de los objetos podrían mejorar la vida sin exigir un crecimiento indefinido del consumo material. Y aquí llego yo a la cuestión que, para mí, es decisiva: ¿cómo vamos a convencer a las nuevas generaciones de que deben aceptar los límites ecológicos si sienten que todavía no han alcanzado las condiciones materiales necesarias para vivir como adultos independientes?

No podemos pedirles que renuncien a un bienestar que, para muchos, sigue siendo más una expectativa que una realidad. La transición ecológica sólo podrá ser socialmente sólida si ofrece una perspectiva creíble de seguridad, autonomía y calidad de vida. El verdadero desafío de nuestro tiempo es, a mi parecer, precisamente, dejar de confundir el progreso con la acumulación constante de bienes y encontrar una forma de prosperidad que permita vivir mejor sin destruir las condiciones que hacen posible la vida. No será fácil, porque significa revisar hábitos, intereses económicos y aspiraciones profundamente arraigadas. Pero difícilmente podremos afrontar el cambio climático si no somos capaces de convertir esa necesidad en una promesa de futuro, en lugar de presentarla únicamente como una lista de sacrificios.

La percepción de que el sistema falla es un resorte mobilizador. Cuando un joven estudia, trabaja y cumple las reglas, pero no consigue independizarse, puede llegar a la conclusión de que el sistema no funciona. Si, además, observa que la riqueza heredada permite acceder a oportunidades que su propio esfuerzo difícilmente le proporcionará, la promesa de igualdad de oportunidades pierde credibilidad. El informe europeo sobre equidad intergeneracional señala precisamente que las dificultades iniciales de ingresos y vivienda pueden producir desigualdades duraderas y reducir las posibilidades de movilidad social.

https://regions-and-cities.ec.europa.eu/whats-new/newsroom/intergenerational-fairness-eu-income-and-housing-dynamics-context-demographic-change-2026-01-22_en

Las democracias se sostienen mediante elecciones libres, derechos individuales y buenas instituciones, pero necesitan también que una parte suficiente de la población crea que el futuro merece la pena, que el esfuerzo tiene sentido y que sus hijos podrán vivir al menos tan bien como ellos. Cuando esa expectativa se desvanece, el descontento se dirige como es lógico contra el Gobierno de turno, contra las élites, contra la inmigración o contra el propio sistema democrático. La dirección que adopta depende, en parte, de quién consiga ofrecer una explicación convincente y una salida creíble.

Tenemos que ser conscientes de que las expectativas de los jóvenes no pueden satisfacerse indefinidamente mediante el crecimiento material. La vivienda, la estabilidad, la confianza y la posibilidad de desarrollar las propias capacidades no se distribuyen automáticamente cuando aumenta el PIB. Tampoco toda frustración puede resolverse desde el poder público. Pero sería un error exigir a los jóvenes que simplemente rebajen sus aspiraciones sin preguntarnos por qué algunas metas que antes parecían razonables se han vuelto tan difíciles de alcanzar. Cuando una democracia pierde la capacidad de ofrecer esperanza, otras fuerzas políticas, algunas profundamente autoritarias, pueden aprovechar ese vacío. 

Permitidme terminar con una reflexión histórica. Si contemplamos la evolución de las sociedades occidentales desde la Revolución Industrial, observamos que el progreso tecnológico ha generado una y otra vez expectativas de bienestar que no siempre se han correspondido con las condiciones reales de vida de amplios sectores de la población. La industrialización multiplicó la capacidad de producir riqueza, pero también creó nuevas desigualdades, inseguridad laboral y conflictos sociales. La cuestión era quién se beneficiaba de esa riqueza y qué posibilidades tenía cada persona de mejorar su propia vida.

Durante buena parte del siglo XX, las democracias occidentales consiguieron responder, al menos parcialmente, a ese desafío mediante la ampliación de los derechos sociales, la educación pública, la mejora de los salarios y la construcción de sistemas de protección social. Después de la Segunda Guerra Mundial, la experiencia de varias décadas de crecimiento permitió que millones de familias confiaran en que sus hijos vivirían mejor que ellas. Esa expectativa de progreso contribuyó a fortalecer la legitimidad de las instituciones democráticas.

La historia también nos recuerda lo que ocurre cuando las promesas de una sociedad dejan de resultar creíbles. La crisis económica de los años treinta no explica por sí sola el ascenso de los fascismos, pero la inseguridad material, el desempleo, el sentimiento de humillación y la pérdida de confianza en las instituciones contribuyeron en buena parte a crear un terreno favorable para los movimientos autoritarios. No debemos equiparar aquella época con la nuestra, porque las circunstancias son diferentes, pero sí podemos aprender de ella que las democracias necesitan ofrecer razones para confiar en el futuro.

Hoy nos encontramos ante una transformación tecnológica de enormes dimensiones, acompañada de una crisis ecológica que obliga a revisar nuestra manera de producir y consumir. La inteligencia artificial puede aumentar extraordinariamente nuestra capacidad productiva, del mismo modo que otras revoluciones tecnológicas transformaron las sociedades anteriores. Pero ninguna innovación garantiza por sí sola una distribución más justa de sus beneficios. Eso depende de decisiones económicas, sociales y políticas.

El desafío histórico de nuestra generación consiste precisamente en reconciliar tres aspiraciones que a menudo parecen enfrentarse: la posibilidad de vivir mejor, la justicia entre generaciones y la conservación de las condiciones naturales que hacen posible nuestra existencia. Si presentamos la lucha contra el cambio climático como una renuncia al bienestar, difícilmente conseguiremos un apoyo duradero. Y si prometemos un bienestar basado en un crecimiento ilimitado del consumo, estaremos ofreciendo una promesa que no podemos cumplir indefinidamente.

No sé si estamos ante una nueva encrucijada histórica, y desconfío de quienes creen conocer de antemano el desenlace de la historia. Pero sí creo que deberíamos tomarnos en serio las señales de malestar que aparecen en nuestras sociedades. Debemos preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo para que esas expectativas puedan convertirse en una realidad razonable.

El progreso debería medirse por el grado de libertad efectiva de las personas para desarrollar sus capacidades, vivir con dignidad y mirar al futuro sin miedo. Si no conseguimos que las nuevas generaciones encuentren una promesa de vida mejor en la democracia y en la transición ecológica, no podemos sorprendernos de que empiecen a buscar respuestas en otros lugares, y eso es lo que me preocupa y me preocupa hoy, ante la sucesión de actos vandálicos.