Ayer no fue un viernes cualquiera, no. A las cinco de la tarde se abrió una ventana simbólica en mi mente por la que pude ver y escuchar un mundo de esperanza. Caminando hacia el centro, en una tarde tipicamente otoñal, una lluvia fina que calaba y que ponía un filtro gris sobre las calles y las plazas, pensaba yo que no sabía lo que me esperaba. Llegué a la plaza de la catedral y vi que una larga cola rodeaba ya casi todo el peímetro. Cientos de gente de todas las edades aguantaba la lluvia estoicamente. Se notaba que no les importaban las molestias, porque iban a presenciar algo que verdaderamente habían esperado.

Yo no tenía entrada, porque todo estaba vendido desde el año pasado pero, como profesor vicario, me habían prometido dejarme pasar. Me situe en la cola, que iba creciendo a mis espaldas y fui avanzando lentamente hasta llegar al portal. Al entrar, me reconocieron y me mostraron un lugar discreto al fondo de la inmensa sala. Estaba en la catedral, rodeado de gente, aforo completo, que son 950 personas en el público y  192 alumnos entre músicos y coro. La luz, el ambiente de espectación me introdujeron en un mundo nuevo. He presenciado muchos conciertos, el último hace dos semanas, pero esto era algo especial. 

Al comenzar, desde un compacto silencio del público, todo empezó a vibrar. La música, las voces, todo ejecutado de una forma tan perfecta me causaba una emoción que me costaba disimular. Frente a mí se encontraban mis alumnos, aquellos jóvenes a los que hace apenas unos días había comenzado a enseñar historia, y que ayer me mostraban, sin necesidad de palabras, hasta dónde puede llegar el talento humano cuando se cultiva con paciencia, disciplina y sensibilidad.

Escuchar Förklädd gud (Dios disfrazado), de Lars-Erik Larsson, con el texto de Hjalmar Gullberg, en aquel espacio cargado de historia, fue una experiencia que me hizo olvidar por un momento las preocupaciones cotidianas y las malas noticias con las que acostumbramos a comenzar el día. Las voces se elevaban bajo las bóvedas de la catedral y la música parecía establecer un puente entre el pasado y el presente, entre la fragilidad de nuestra existencia y esa capacidad extraordinaria que tenemos los seres humanos para, a veces, crear belleza y compartirla con los demás.

Mi emoción tenía también algo de personal. Yo estaba allí como espectador, aunque no podía dejar de sentirme, en cierta manera, partícipe de lo que sucedía. Había regresado a la enseñanza después de haberme despedido de las aulas, convencido de que la jubilación me ofrecía una nueva forma de organizar mis días. Y de pronto, casi sin darme cuenta, volvía a encontrarme entre jóvenes que me obligan a mirar el mundo con curiosidad, a preparar nuevas lecciones y a recordar por qué he dedicado tantos años de mi vida a enseñar. Ayer comprendí que ese regreso no solo me había devuelto a una profesión, sino también a una comunidad humana de la que, en el fondo, nunca había querido alejarme.

Mientras escuchaba a mis alumnos, pensé en la responsabilidad que asumimos quienes nos dedicamos a la educación. Enseñar historia significa explicar conflictos, guerras, ambiciones, injusticias y sufrimientos. Significa también recordar hasta qué punto los seres humanos somos capaces de destruir lo que hemos construido. Pero también significa mostrar que nuestra historia está llena de personas que han creado obras, descubierto conocimientos, defendido la libertad y buscado maneras más dignas de convivir. La educación no puede eliminar las sombras de nuestra condición, pero quizá pueda ayudarnos a reconocer y alimentar aquello que hace que la vida merezca la pena.

Ayer, durante un rato, la música me permitió escuchar ese otro relato de la humanidad. No el de los poderosos que se disputan el mundo, ni el de quienes anuncian catástrofes desde las pantallas, sino el de unos jóvenes que trabajan juntos para ofrecernos algo hermoso. En una época en la que tantas veces parece que todo se mide por la utilidad, el dinero o la capacidad de imponerse a los demás, aquella actuación me recordó que existen otras formas de grandeza, mucho más discretas y, sin embargo, profundamente necesarias.

Salí de la catedral con una sensación de gratitud que todavía me acompaña esta mañana. Quizá sea eso lo que he venido buscando durante tantos años en las aulas, no solo transmitir conocimientos, sino encontrar ocasiones para comprobar que el mundo sigue abierto, que las nuevas generaciones tienen mucho que ofrecernos y que nunca es demasiado tarde para volver a sorprenderse. A mis años, después de una vida dedicada a enseñar y de haber conocido tantas luces y sombras, no esperaba que un viernes de octubre me regalara una emoción semejante. Y, sin embargo, allí estaba yo, sentado en la catedral, escuchando a mis alumnos y sintiendo que aquella ventana abierta en mi mente dejaba entrar una luz que no tenía ninguna intención de cerrar.