Antes de cerrar el ordenador, tengo que escribir algo sobre la efeméride del día, porque el 10 de julio de 1925 pasará a la historia como un día importante para la ciencia, para Estados Unidos y para la humanidad. Ese día, hoy hace cien años, se inició el juicio contra el maestro de escuela de 24 años John Scopes en la pequeña ciudad de Dayton, en Tennessee, EE. UU. Esto me lo recuerda el diario Dagens Nyheter.[1]

A Scopes, profesor de física y química, se le acusaba de haber enseñado a sus alumnos la teoría de la evolución de Darwin, lo que contravenía una ley que el estado había aprobado en marzo de ese mismo año, la cual hacía ilegal que cualquier maestro en las escuelas y universidades públicas financiadas por el estado “enseñara alguna teoría que niegue la creación divina del ser humano tal como se enseña en la Biblia, y en su lugar enseñe que el ser humano desciende de especies animales inferiores”. [2]

Bueno, diréis, – eso era hace cien años- y, claro, pensaréis que eso no puede ocurrir hoy, pero la verdad es que sí, que ocurre hoy mismo, en EEUU, se entiende. En realidad, como muestra un reciente estudio hecho sobre la percepción de los americanos sobre la ciencia, por la revista Public Understanding of Science, una tercera parte de los encuestados no cree en la teoría de la evolución.[3]

William Jennings Bryan, quien había sido secretario de Estado y candidato demócrata en tres elecciones presidenciales, representaba a la acusación. Para él, el juicio contra Scopes era una cruzada para defender la iglesia, que según él estaba amenazada de muerte, si la teoría de la evolución triunfara. El resultado del juicio fue que a Scopes, que se declaró culpable, le impusieron una multa de cien dólares, pero el juicio en sí, abrió la puerta a serias discusiones sobre la evolución y el creacionismo, discusiones que aún siguen enfrentando a los americanos.

Una gran cantidad de los que votaron a Trump en las pasadas elecciones se definen como creacionistas, y en algunos estados americanos, la ley les ampara. En Louisiana, la Ley de Educación Científica de Louisiana (Louisiana Science Education Act, 2008) permite que los profesores utilicen material suplementario crítico con teorías como la evolución, calentamiento global o clonación, lo que facilita la inclusión de creacionismo en la enseñanza científica. Una ley aprobada en Tennessee en 2012 autoriza que se analicen y discutan críticamente en clase teorías controvertidas (como evolución, cambio climático o clonación), proporcionando cobertura legal para los profesores que quieran enseñar creacionismo bajo el amparo de la “libertad académica”. Solo dos estados lo permiten por ley en escuelas estatales, pero en estados como Texas, Florida, Arkansas, Georgia, Oklahoma, Arizona, Colorado, Indiana, Michigan, Ohio, Wisconsin y Washington D.C., existen programas de ayudas estatales que financian escuelas privadas que enseñan creacionismo. Aunque el creacionismo no se enseña directamente en escuelas públicas, parte de los fondos estatales sí lo financian. Todo esto en el país presupuesto más alto del mundo en investigación y desarrollo en términos absolutos. Un país que alberga instituciones líderes como Harvard, MIT, Stanford, Caltech, la NASA etc, y que ha ganado más premios Nobel en ciencias que cualquier otro país. Paradojas de la vida.

Este aniversario me recuerda la etiqueta de una conocida botella. La botella de anís de las Navidades, en mi casa siempre El Anís de Mono, que también servía de instrumento musical con la ayuda de un cuchillo, cuchara o tenedor, para acompañar las zambombas y el pandero en los villancicos; ¡Qué recuerdos! Vamos a ver como se relaciona el creacionismo con el castizo Anís del Mono. Empezamos nuestro relato en Cataluña, donde los hermanos José y Vicente Bosch y Grau crearon una bebida que llegó a ser líder mundial en su tipo: el Anís del Mono. Seco: etiqueta verde; o dulce: etiqueta roja, esta última es la que teníamos nosotros en casa, por cierto.

Conscientes de el revuelo que las teorías de Darwin habían levantado y que en 1870 ya había muchos productos internacionales que usaban lo de “el hombre y el mono” como reclamo; los Bosch y Grau le encargaron a un dibujante que les hiciese algo que aludía a la controversia. El resultado está ahí a día de hoy, un mono con la cara de Darwin que, sentado en un espigón proclama: “”Es el mejor. La ciencia lo dijo y yo no miento”. Fuera por la gracia de la etiqueta o por la calidad del producto o por las dos cosas, el Anís del Mono se hizo famoso y los Bosh y Grau se hicieron ricos.

A los partidarios de la evolución no les hizo gracia la etiqueta, pero, esta se hizo muy popular y fue la primera en ser mostrada en anuncios iluminados, tanto en la Puerta del Sol de Madrid como en la Plaza Catalunya en Barcelona. Desde la publicación del Origen de las Especies, en 1859, las burlas contra Darwin, en particular en las revistas inglesas, como en la clásica caricatura de la revista Hornet, eran comunes, pero se supone, que los Bosch y Grau, que eran muy católicos, aprovecharon para hacer valer su particular punto de vista ante la discusión científica[4].


[1] https://www.dn.se/varlden/maria-gunther-skracken-for-vetenskap-lever-vidare-100-ar-efter-aprattegangen/

[2]https://web.archive.org/web/20090520091924/http://www.law.umkc.edu/faculty/projects/ftrials/scopes/tennstat.htm#

[3] https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/09636625211035919

[4] https://www.lavanguardia.com/comer/al-dia/20211026/7806053/licor-colo-salas-arte-debate-teoria-evolucion.html#google_vignette